jueves, 19 de noviembre de 2009

Review 'Celda 211'

La visceralidad del submundo carcelario
Daniel Monzón obtiene su mejor película con un ‘thriller’ donde ritmo y suspense no dan tregua al espectador. Una ejemplar obra de gran calidad en la que destaca, sobre sus muchísimos valores, la excepcional interpretación de un inspirado Luis Tosar.
La libertad queda lejos cuando la cámara se inmiscuye en las vidas de los presidiarios que ven pasar la vida entre los barrotes, bajo los fríos muros de la soledad. El género carcelario ha sido testigo de historias donde el ardimiento más oscuro anida en los infiernos de intramuros. El tormento físico y psicológico se une a una angustiosa claustrofobia, donde la irracional violencia del colectivo tiene que explotar por algún lado. ‘Celda 211’ se mete de lleno en ese submundo del caos, entendiendo perfectamente las posibilidades dramáticas de su argumento, recreando el universo de sordidez al que se enfrenta un joven funcionario de prisiones que se ve envuelto, en su primer día de trabajo, en un motín de unos presos hartos del autoritarismo extremo. Por ello se hará pasar por un preso recién llegado.
Daniel Monzón recrea con impulso y vehemencia un ‘thriller’ que se nutre de la acción por todos sus costados, sin renunciar a su compromiso con la historia y el género en ningún momento. Su violencia expositiva se manifiesta desde su primer fotograma, con gran crudeza, despojada de cualquier tipo de efectismo a lo largo de su desarrollo. Una violencia que no es purgada con comedimientos estéticos, que supura un realismo que obliga al espectador a una disposición aceptada ante la crudeza de sus imágenes. Monzón, a través de esa actitud beligerante y valiente, opta por conseguir como propósito que la atmósfera en la que envuelve a su fauna entre a saco con una lograda claustrofobia, que ventea su mugre ambiental en un contexto de encierro que hará evolucionar a sus personajes, endureciéndolos o ablandándolos, en su evolución como grupo y como seres humanos.
‘Celda 211’ narra, de esta manera, el infortunio de un personaje que está en el sitio equivocado en el momento incorrecto, expuesto, por el azar y el destino, a una tesitura en la que debe sobrevivir con instinto de metamorfosis, pasando de ser un cordero asustado a un lobo vengativo llevado por unos dramáticos acontecimientos que le convierten en una bestia a la altura de los peores ‘malnacidos’ que controlan los movimientos del motín. En esta apasionante espiral de violencia y de tiempo se mueve una cinta que desprende un poder de seducción inapelable, en su descripción de un ambiente marginal y opresivo, que podría responder al estereotipo de preso cinematográfico, muy genérico. En cierta medida es así. Sin embargo, la grandeza del filme y su sustancia es la de desafiar la superficialidad, la transcripción de referencias. Monzón elude propagar cualquier tipo de obediencia a lo establecido, utilizando los formulismos del género, sí, pero evitando caer en los estereotipos y superarlos, confrontando intenciones y resultados un trabajo admirable, se mire por donde se mire.
Lo que consigue es responder a los códigos identificativos de su cine y estilo, más libres a la hora de jugar con un ritmo y suspense que no abandonan su trama en ningún momento, dotando a la puesta en escena carcelaria con un agresivo éter de fatalidad. Destaca, por encima de sus otras (y son muchas) virtudes, el brillante sentido del ritmo visual y narrativo. En ‘Celda 211’ la acción se superpone al verbo, los personajes están medidos, perfectamente definidos en intenciones y templanza, equilibrados en su retrato a la hora de llevarlos al límite, con diálogos excepcionales que dejan espacio al humor y al drama, sin perder de vista su continuidad de ‘thriller’ de acción.
El propio cineasta, en comunión con el gran Jorge Guerricaechevarría, lleva a buen puerto una prodigiosa adaptación de la estupenda novela de Francisco Pérez Gandul, dando forma a un valeroso guión donde la política y la reclusión se unen con un factor que propone un realismo atroz cuando se trata de utilizar rehenes terroristas de E.T.A. para negociar otras prioridades por parte de los reclusos que exigen mejoras con su particular rebelión de los FIES, los ocupantes de los módulos de presos más peligrosos. Un factor político y policial que proporciona una coartada de justicia alternativa, que justifica la probabilidad de éxito de los internos de la prisión para magnificar la furia de éstos en sus exigencias de mejora de los reglamentos penales.
No obstante, existe cierto maniqueísmo a la hora de enfrentar a los que protestan con intimidación y fervor y a los que, desde el exterior, pretenden acallar las voces disonantes desde las altas esferas, desde la burocracia que considera a los convictos como basura silenciosa con la que negociar para evitar trascendencias de ningún tipo. No importa. Todo funciona como una maquinaria de relojería en esta introducción y vivencia dentro de un universo reconocible, en el que cada cual busca sus propios intereses.
Sin destripar su contenido o giros, los componentes de dramatismo y tragedia se exacerban con demasiada facilidad. Y es una pena, porque hubieran funcionado igualmente como un poco más de sutileza o ambigüedad. Por un instante, todos los acontecimientos se suceden de forma fulgurante, sin dar tregua. Es lo que se busca, por eso los ‘set pieces’ de la pareja a punto de ser padres, del joven funcionario y sus anhelos, de su felicidad conjunta… se aprecian con algo de permisión y empacho, necesarios para aliviar algo la claustrofobia del relato. Aunque es cuestionable su punto de partida, la improbable amistad de dos personalidades antagónicas que se unen en un impasible lapso de guerra y lucha por sobrevivir y la transformación de uno en el otro y viceversa, a ‘Celda 211’ se le perdonan todos sus defectos, sus artimañas argumentales o sus inapreciables imperfecciones que son producto, casi siempre, del azar y del destino sobre los hechos que se van fraguando, como su precipitado final, que se baña en las aguas de la desproporción y énfasis por el sensacionalismo.
Aquí hay algo que impera sobre las demás. En el instante en que Malamadre se presenta, ése personaje destinado a trascender con su magnitud imponente y su voz ronca, un bárbaro que acojona y seduce a partes iguales, todo lo demás parece dar igual. Luis Tosar compone una interpretación tan colosal que cualquier cosa que salga de su boca, ya sea para sacudir, hacer reír o amenazar con intimidación, patentiza una admirable credibilidad que se va contagiando a sus acompañantes, reales composiciones de ‘chusma’ de cárcel. Como esa sobrecogedora naturalidad con la que Luis Zahera interpreta a “Releches”, con la sutileza de acento de Carlos Bardem a la hora de dar vida a ese sicario mexicano “Apache”, Antonio Resines un poco desubicado y sobreactuado o Manolo Solo, como honesto individuo lleno de mierda como todos sus compañeros. Incluso el joven Alberto Ammann va graduando su interpretación hasta lograr dar una convincente réplica a Tosar. ‘Celda 211’ es, posiblemente, la mejor película española que dará este 2009.
Y lo es porque es honesta con sus intenciones genéricas, porque destila visceralidad, porque es directa y cruda y atiende a unos objetivos alcanzados con gran facilidad. La última propuesta de Daniel Monzón golpea con fuerza en la retina del espectador, sobrecogiendo y conmoviendo sin aparente dificultad. Y lo que es mejor, lo hace solidificando un ‘thriller’ como la copa de un pino. Monzón, que debutara con la fallida ‘El corazón del guerrero’, reivindica con notables argumentos la valía no sólo de un director que ha logrado su mejor y más aplaudida película, sino el testimonio tangible de una nueva vía de escape al ostracismo temático del cine español. ‘Celda 211’ es el mejor ejemplo de disyuntiva versátil y atrevida. Una muestra de ganas de cambio, que se adjudica una variable añorada en los tiempos de cine nacional que corren: la de un cine de género sin excusas para la ramplonería, sin subestimar en ambición.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
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