viernes, 16 de octubre de 2009

Regreso a La Salle

Ayer por la tarde regresé, siete años después, como en un insólito ‘flashback’ auténtico al lugar donde se rodó ‘El Límite’. No me lo cuestioné ni un solo instante. En el momento en que me propusieron poder visitar aquél extraño y tétrico lugar donde se fraguó aquella pequeña porción de mi vida, tal vez la más venturosa y especial de mi vida, no me lo pensé dos veces. Iba a poder retornar a ese infecto y destartalado museo de los horrores, para rememorar, en soledad y con mi cámara de fotos, las sensaciones perdidas, casi borrosas, que supusieron aquella inolvidable semana de septiembre dilapidada en el año 2002. Hablar de La Salle, en las dependencias municipales homónimas, de su ala abandonada, de su inhóspita Iglesia que fue reconvertida en los 70 en Psiquiátrico y más tarde en hura de ‘homeless’, ‘okupas’ y más tarde festín de misas negras y demás barbaries, me produce un efecto de nostalgia y añoranza más que de rechazo o miedo.
Hoy en día, en 2009, casi no hay vida ni siquiera en la parte del edificio que durante tanto tiempo fue el lugar donde muchos músicos armonizaban sus sueños en una agrupación común que ha dado lo mejor (y también lo peor) de la música local salmantina. Ya no existe el Colectivo de Músicos. Tampoco hay mucha vida policial que digamos. Hace años, vigilando en la puerta siempre había un infranqueable bedel cuya especialidad era tocar un poco los huevos, pidiendo permisos impresos y todo tipo de explicaciones para autorizar la entrada. Ahora no. Sale un amable agente de la sección de transmisiones que te deja acceder sin esperar ninguna perorata a cambio.
Una vez dentro, me sentí como si un hijo pródigo volviera a una siniestra casa con vida propia. Sentí como si aquel oscuro y lóbrego pasillo fuera encendiendo sus luces a medida que caminaba por él. Reconozco que estaba un poco nervioso por todo el vendaval de recuerdos que iba a vivir. Saqué la cámara y me dispuse a adentrarme en los entresijos de la edificación que corresponde a la Iglesia. Hace años, hacían falta hasta cuatro llaves para entrar. Ahora el candado está desvalijado y sólo hay que levantarlo y acceder al interior. Cuando abrí las puertas, un extraño aire sacudió mi rostro haciendo que un escalofrío recorriera mi cuerpo. “Ya estoy aquí. He vuelto.” Dije en voz alta.
Para cualquier visitante de este lugar lo entendería como uno de los más terroríficos y oscuros que se puedan encontrar. Yo me sentía en un hogar lleno de telarañas y polvo, con un sentimiento de tristeza y alegría mezclados de forma confusa. Recuerdo la primera vez que recorrí los tétricos pasillos y subí aquellas desamparadas escaleras. Corría el año 2000 y Eugenio Mira rodaba allí su cortometraje de ‘Fade’. Fue entonces cuando la entidad diabólica del edificio me llamó. Algo hizo que escribiera ‘El Límite’ sólo para poder rodar allí yo también. Recorriendo las múltiples habitaciones abandonadas, uno no puede dejar de imaginar agónicos y tortuosos sucesos de la crónica negra charra que se habrían desarrollado allí mismo. Mirando la estructura del edificio, una Iglesia de cruz latina, me volví a sentir como Brett, el encargado de mantenimiento de la nave comercial Nostromo, yendo en busca de Jones, el gato mascota de la tripulación.
La Salle parece un Castillo del Terror. Recuerdo haber pensado en aquellas instalaciones como metáfora visual del orgullo humano, del ascenso excesivo de un mortal, ascensión orgullosa cuyo corolario es un aislamiento demasiado grande respecto a la comunidad sobre la que pretende elevarse. Y fue la definición que trasladé a Fred, el asesino de carácter hedonista de ‘El Límite’. Ayer, se me ocurrieron varias historias, de otra índole, de otros géneros… Es, probablemente, la localización más acojonante de cuantas haya visto. Esa humedad, las tuberías que dejan ver el alma del edificio, la oscuridad visceral, los tonos ocres, las aberturas en el techo que, a modo de ojos, observan al incauto intruso que camina sobre los pasillos envueltos en doce capas de polvo. Pero, sobre todo, la historia oculta de la Iglesia, los zapatos y la ropa de personas que huyeron de allí despavoridas, cabezas de muñecos con un ojo contemplando cada paso que das y la otra cuenca vacía, con libros de texto intemporales al lado y esos colchones, algunos con sangre, otros llenos de mugre.... Uno imagina niños llorando, viendo cómo sus padres caen muertos ante sus ojos. Sin explicación o teorías prácticas. La Salle es así. No hay un término medio que pueda albergar otro tipo de historias.
No sé por qué, pero ayer, el instinto me hizo recordar desde mi entrada a la construcción una habitación especial de entre todas las que hay. Aquélla en la que descubrimos una escalofriante historia real, sin espacio para la ficción o el abuso de imaginación. Recuerdo, así como lo harán todos los que la leyeran, una nota que comenzaba con la frase “me estoy muriendo...”. Pone los pelos de punta. Cierto es. Sin embargo, profundizando un poco más, leyendo cartas y postales, la misma persona iba contando cómo y de qué manera iba a morir, salpicado todo aquello con fotos de un niño pálido, triste, desesperanzado. Era la siniestra narración de aquélla mujer y su relación con su hijo. La historia de una madre encerrada en lo que fue allá por los 60 un psiquiátrico. La angustia de una mujer llamada Beatriz, la misma que aseguraba querer acabar con su vida y, lo que es peor, con la de su pequeño… Miles de historias entre las paredes de aquel lugar se solidifican en el interior del que lo visita, le poseen y le retuercen el corazón hasta que uno no puede respirar. Y lo que pocos saben. Que el templo está construido sobre un cementerio, para enterrar a los clérigos y presbíteros. Un dato que puede formar parte de su leyenda negra, pero que tal vez fue real…
En las restantes habitaciones que no llegan a los 20 metros cuadrados, hay esparcidos calendarios de los 60 y de los 70 junto a otros de 1994, ropa roída junto a una zapatillas Nike no tan antiguas, sillones ensuciados hasta la arcada, colchones con diversos fluidos, cocinas individuales, armarios destartalados, ropa y más ropa atemporal, crucifijos llenos de mierda, postres de futbolistas de los 80 y material psiquiátrico... más del que uno le gustaría ver. Una vez metido en aquellas paredes, como me pasó ayer, uno sólo cabe hacerse una pregunta ¿Qué cojones pasó aquí? ¿Por qué todo es tan intemporal? ¿Por qué parece que en las más de 150 habitaciones hubiera habido gente de hace más de seis décadas pero da la sensación de que han abandonado el lugar hace menos de diez años?
Mientras fotografiaba insaciablemente, miré hacia abajo, por las ventanas interiores y lo que cualquiera podía ver como una Iglesia muerta, ambientada por el terror, para mí era la vuelta a casa. De repente, me vi a mí mismo correr por la nave central de la Iglesia, lleno de alegría, dirigiendo mi último corto, yendo de aquí para allá. Los del equipo de eléctricos sin respiro, a mis actores esperando su turno, al director de fotografía mirando por el combo… Volví a sentir aquélla vida que le dimos al edificio durante seis días. Reviví, por medio del recuerdo y unos pocos minutos, aquella semana en que los sueños del pasado se desempañaron y me devolvieron, de forma cruel, a la realidad de La Salle, como si ésta quisiera decirme algo.