sábado, septiembre 12, 2009
La resonancia de un declive paulatino
Isabel Coixet, muy fascinada por la cultura y por la ciudad de Tokio, firma su película menos genuina, donde fluyen los estereotipos visuales de lirismo sensual y concentra muy poca credibilidad en el drama de sus personajes protagonistas.
Muy lejos ha quedado la Isabel Coixet de sus comienzos, de aquélla autora que fue concibiendo el cine como colisión con la intimidad de unos sentimientos a flor de piel, escondidos en un embalaje de cine independiente al más puro estilo americano (debut cinematográfico aparte). Desde ‘Cosas que nunca te dije’, posiblemente su mejor filme hasta el momento, la cineasta catalana apostó por un esteticismo y el estilo ajeno a los límites nacionales para acercarse con soltura a la inspiración ‘underground’ foránea en hábiles análisis acerca de la soledad, el amor y el destino. Con ímpetu introspectivo y personal, su cine siempre ha codiciado traspasar fronteras, en una actitud fílmica intercultural, con ambición ecuménica, lanzándose a sus característicos flujos emocionales que entremezcla, con mayor o menor suerte, la deliberación filosófica con sus cuestionamientos finales sobre los laberintos del corazón.
Por desgracia, en un declive paulatino, los filmes de Coixet ha ido abogando cada vez más por directrices que tienen que ver más con la expresión visual y estética de una directora que por el crecimiento como guionista. Y esto ha dado como consecuencia que su cine se haya vuelto algo pretencioso y sublimado en su forma, pero vacío en su contenido. El yacimiento emocional de aquéllas ‘Cosas que nunca te dije’, ‘A los que aman’ y ‘Mi vida sin mí’ se ha ido diluyendo y forzando una carrera excesivamente artificial, manierista, que no dejan de ser meros ejercicios de estilos.
‘Mapa de los sonidos de Tokio’ se engloba en este último tramo de trabajos fallidos. La historia ya impone un esfuerzo por parte del espectador a creer esa inercia hacia lo inverosímil surgida de la imaginación de Coixet; Ryu es una joven japonesa hermética y silenciosa que lleva una doble vida, trabaja en una lonja de pescado y a la vez se dedica a asesinar ejecutivos de alto ‘standing’. El conflicto se produce cuando recibe un el encargo de eliminar a un vendedor de vinos catalán al cual su suegro culpa del suicidio de su hija. Ryu, en vez de llevar a cabo su cometido, mantiene una apasionada aventura sexual en una habitación de hotel que simula un vagón del metro de París. Por supuesto (no podía ser de otro modo), los personajes están avocados a la tristeza, son seres solitarios incapaces de expresar sus sentimientos, torturados en su interior. David, que tiene una tienda de vinos llamada ‘Vinidiana’ (ojo al homenaje ‘buñueliano’), se carcome por dentro por no haber entendido a su esposa asiática y que ésta haya acabado con su vida. Por su parte, Ryu siente remordimientos por cada hombre al que asesina como sicaria y acude todos los domingos a adecentar sus tumbas. Entre ellos se establece una conexión sentimental que explota en el desahogo sexual.
Entre medias, un narrador, ingeniero de sonido, se dedica a extraer cualquier eco que desprenda la ciudad nipona, enfatizando con sus frases en “Off” lo que ya hemos visto en pantalla y que da como consecuencia un continuo aire de impostada trascendencia. Un ejemplo se revela en la sinopsis oficial, donde éste narrador es descrito como “el mudo testigo de esta historia de amor que se adentra en las sombras del alma humana allá donde sólo el silencio es elocuente”. Es una muestra del sutil barrunto semántico que exuda la nueva película de Coixet. Por si fuera poco, lo más novedoso es el desventurado cóctel de géneros a modo de ‘wok’ en el que todo vale, que roza (y cae muchas veces) en la más absurda extravagancia y que desprende una historia de pasión y necesidades que se mueve entre el suspense introspectivo y el drama. Es la forma que tiene la realizadora catalana de dejar a un lado el realismo de sus dramas anteriores y adentrarse en lo que, para ella, simboliza lo que podríamos llamar como ‘thriller’ romántico y erótico.
El principal problema es que Coixet se presenta incapaz de profundizar en el dolor de sus personajes, en su interior deteriorado por la culpa, en sus personalidades movidas por un continuo trance. Aquí es mucho más importante la fascinación por la cultura y por la ciudad de Tokio, por sus luces y sombras, que quedan muy bien sobre el papel para aportarles a los personajes un tono de frialdad enigmática. Una mirada de turista recién llegada a la que le encanta el ‘sushi’, el ‘ramen’ y ‘sashimi’, que aspira a mezclar, sin suerte, la aventura nipona de Sofia Coppola en ‘Lost In Translation’, con del espíritu colorista y flemático de Wong Kar Wai, los propósitos fílmicos de Hou Hsiao-Hsien o la actitud reflexiva sobre la necesidad y el sexo lenitivo de Bertoluci. Además, Coixet ha declarado más de una vez sentirse inspirada por la literatura de Haruki Murakami y Banana Yoshimoto. Su cine se ha caracterizado por ser muy literario, pero aquí esas ínfulas narrativas se desechan por la propensión de Coixet a unirse a una moda, a una descripción geográfica y visual muy ‘cool’, donde ni siquiera falta un corte de Antony and the Johnsons para terminar de ser todo lo guay que suspira ser.
Cuando uno se enfrenta a ‘Mapa de los sonidos de Tokio’ tiene la sensación de haber visto anteriormente de arriba abajo el filme, siendo ésta su película menos genuina, demasiado morosa de estilos ajenos y exóticos, plagada de estereotipos visuales de lirismo sensual que no dejan de ser un ejemplo de extravagancia caprichosa con aire transfronterizo. En todo momento, el relato está fraccionado y resulta impreciso, devenido en búsqueda de un dramatismo inconexo. La artificialidad y falta de veracidad con la que se dibujan y desarrollan sus personajes, así como la organización del deslucido tinglado argumental, terminan por hacer del conjunto un desastroso cómputo fílmico que se lanza directamente a los tópicos de la comida y el sexo, del enfrentamiento entre culturas y cierto romanticismo ramplón. Ni siquiera Sergi López y Rinko Kikuchi (que es la que más se esfuerza en que todo parezca real), pueden hacer mucho por aportar a su escasa química cierta credibilidad.
Tampoco y por muy cuidado que esté el sonido diegético de la ciudad (ganador de un premio en Cannes), con sus susurros, preparación de comida, tráfico, viento, sonidos de la ciudad o los jadeos de los encuentros amorosos, no logra componer la atmósfera necesaria para que éste se convierta en un personaje más de la película. Vale que Coixet no haya perdido un ápice de su valorada puesta en escena, elegante y visceral, aquí rayana en el ‘video-clip’. Ni que siga manteniendo una especial dote para el sutil simbolismo, con pulcros movimientos de cámara y alguna que otra excelencia en su personal mirada cinematográfica. Pero lo cierto es que ‘Mapa de los sonidos de Tokio’ es la confirmación de que su cine ha perdido frescura y autenticidad original y la sublimación de todos sus defectos acumulados en sus últimas producciones.
Nos queda, por tanto, una historia fatalista y previsible, de desenlace trágico, que quiere ir sobre la autodestrucción romántica, la muerte, la soledad, la incomunicación o el amor. Lo peor de todo es que termina siendo un catálogo de fingimientos prosopopéyicos y artificios perfilados con suntuoso atavío fotográfico, con mucha vocación de intensidad y de romanticismo en una historia de amor imposible con paisajes emocionales muy vistosos, sí, pero también totalmente estériles.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
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Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 11:43 |


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