martes, 29 de septiembre de 2009

'El lector (The Reader)': Fantasmas del pasado

“La conciencia es cobarde y la culpa que no tiene fuerza para impedir, rara vez es lo suficientemente justa como para acusar” es una frase de origen inglés que se podría aplicar a la recuperada película ‘El lector’ meses después de su estreno en las salas cinematográficas. Stephen Daldry recompone una visión nada complaciente a la historia de posguerra y consecuencias del conflicto mundial sobre Alemania y su pasado nazi con una historia que se mueve entre cuatro décadas en las que se narra la historia de pasión y amor de Michael Berg, un inocente joven de quince años y una misteriosa mujer llamada Hannah Schmitz que ha superado los 35. Pronto la pareja comenzará a mantener habituales relaciones sexuales solidificadas con la lectura por parte del joven de obras de Homero, Twain, D.H. Lawrence, Goethe, Tolstoi, Schiller o Chejov que ella escucha atentamente. Un buen día, ella desaparece y él sigue su camino hacia el mundo adulto con el despertar sexual cumplido y el aprendizaje romántico inamovible a través de los años. El reencuentro de ambos años llegará en un tribunal. Él asiste como oyente y estudiante de derecho por la Universidad de Heidelberg. Ella sentada en el banquillo de los acusados como partícipe de actos criminales relacionados con el nazismo y el Holocausto. La introspección, en lo dramático y en lo ideológico, sigue fiel al texto de la obra Bernhard Schlin. Daldry y su guionista David Hare, siguen el proceso del distanciamiento temporal, el sentimiento de culpa, la parálisis emocional y el marasmo moral que desencadena este encuentro.
Más allá de esa relación de amor y sexo entre los dos personajes principales, ‘El lector’ lanza cuestiones de gran calado intelectual que determinan apuntan a la responsabilidad y culpa colectiva de un pueblo con respecto a su pasado. Se inscribe así en unos planteamientos de disidencia emocional al interior de un país y los sucesos pretéritos que sucedieron a un nivel histórico y mundial. Más concretamente, al Estado alemán y los campos de concentración nazis. Durante el juicio, Michael no puede mirar en ningún momento a la mujer que despertó su inicio sexual y primer amor, eludiendo con ello el pasado, sin asumir su vínculo con aquéllos tiempos de felicidad y calor femenino, avergonzado por el nexo que le une a esa mujer a la cual no puede pero quiere olvidar, como también su distanciamiento a su hogar y a su familia por esa huída del pasado. Hannah, por el contrario, afirma en el juicio que consintió que casi tres centenares de judíos murieran bajo el fuego porque era posible actuar de otro modo, ya que hubiera supuesto un caos insostenible. La actitud de Hannah es coherente por lo que respecta más al miedo por la burocracia nazi que por una intención criminal. Algo, obviamente, que desglosa cierta controversia ya no sólo en los magistrados y la opinión popular, sino en el posicionamiento del espectador ante la situación del personaje y la reflexión de doble rasero sobre el Holocausto.
Esta idea deviene en coartada a la hora de simbolizar en esta mujer la ingenuidad e ignorancia de un pueblo alemán también sometido durante el nazismo, pero que hace avergonzarse a las nuevas generaciones por lo acontecido. La historia de amor imposible se muestra como una alegoría de la incapacidad de aceptar la verdad histórica de toda la Alemania de una época concreta. Él deja escapar la oportunidad de asumir su pasado, ocultando datos que podrían haber salvaguardado la libertad de su ex amante (ella es analfabeta y por lo tanto es imposible que redactara las consignas nazis) por vergüenza y por las dudas morales. Mientras, ella aprovecha su segunda oportunidad para aprender a leer y a escribir, precisamente el lastre que le ha llevado a la cárcel por eludir la vergüenza de hacer público su incultura. ‘El lector’, es así una historia sobre la diferencia entre generaciones con respecto a un tema tan escabroso y polémico como el genocidio alemán.
Stephen Daldry se vuelve a mostrar diestro a la hora mantener la tensión e interés de una historia melodramática que nunca cae en la sensiblería. Y lo hace jugando con la música, la impecable fotografía y cuidada dirección de producción con un uso del tempo disminuido en celeridad que utiliza un montaje discontinuo, a modo de ‘flashback’ que da sentido a una historia sobre el pasado y el presente. El joven David Cross como Michael, Ralph Fiennes dando vida al mismo papel en su madurez y sobre todo, ese portento de la interpretación llamado Kate Winslet hacen posible la cercanía (a veces excesivamente fría) de esos personajes que, por uno otro motivo, buscan el perdón y la redención.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009