viernes, 17 de julio de 2009

Review '¿Hacemos una porno? (Zack and Miri make a porno)'

La decrepitud fílmica de un viejo talento
El último filme de Kevin Smith deja claro que su evolución ha ido depreciándose, pretendiendo unir las dos perspectivas de su cine; el fresco urbano malhablado y la edulcorada comedia sensiblera.
En la mitad de los 90, desde su ópera prima (y a la postre mejor película de su filmografía -y a título personal una de mis películas favoritas-) ‘Clerks’, Kevin Smith pasó con una pastosidad asombrosa de definir una nueva generación de comedia americana con gusto por la insurrección, la originalidad, el atrevimiento o la mordacidad directamente a la nada, al vacío de talento e ideas, dejando en el camino ese fondo argumental sobre subrepticios juegos de preguntas y respuestas e hipótesis indubitables acerca del amor, la amistad y la sexualidad. Smith fue decayendo paulatinamente en un insípido caldo de autoreferencias onanistas que, sin olvidar la hoy apreciables ‘Mallrats’ o ‘Persiguiendo a Amy’, aseguraron su calimotosa evolución para tocar fondo en ‘La chica de Jersey’, infumable melodrama romántico y familiar que destapó al verdadero Kevin Smith.
El rebelde contestatario se había convertido en un ascético sentimentaloide que ha utilizado, en gran medida, sus armas de provocación escondiendo un mensaje didáctico o moraleja más o menos ilustrativa. Por supuesto, después del batacazo tanto comercial como crítico de la cinta protagonizada por Ben Affleck y Liv Tyler, Smith optó por volver a la guerrilla del cine más sedicioso, a sus antihéroes de la contracultura, con la secuela de ‘Clerks’. Sin embargo, el cine de Smith se había quedado anticuado, ya que su tentativa era sólo una excusa indefectible por la necesidad de recobrar forzadamente la esencia de aquélla pequeña película que descubrió a irrepetibles personajes como Dante, Randall, Jay y Bob “El silencioso”.
Su nuevo trabajo no es diferente. La historia nos presenta a una pareja de amigos, interpretados por Seth Rogen y Elizabeth Banks, que comparten gastos de piso, amistad y complicidad, sin evitar que las deudas y la crisis empiecen a hacer mella en su día a día. Viendo que no pueden hacer frente a tanto problema económico, hasta el extremo de no poder pagar la luz o el agua, maquinan una idea descabellada para la salida de sus problemas. Se les ocurre un modo de obtener dinero fácil: rodar una película porno para colgarla en Internet. ‘¿Hacemos una porno?’ pretende, sin suerte, reunir ambas perspectivas del cine de Smith. Por un lado, el fresco urbano donde no falta la alusión a los genitales, ‘gags’ sobre todo tipo de locuras ‘freaks’ y palabras malsonantes embutidas en diálogos que han perdido su brillantez, pero que albergan cierta nostalgia gamberra y, por otro, la más edulcorada comedia romántica de libro, pródiga en desaborida cursilería endulzada por una infame y patética congoja sensiblería.
Si echamos un vistazo atrás, la filmografía de Smith ha estado poblada por pequeños ‘losers’ que oscilan entre la inmadurez y la admisión de su edad, inmersos en un mundo cerrado que se hace abismal con la presencia de un problema “de adultos”. Obviamente, aquí sigue la misma línea. Lo que pasa es que hoy en día parece haber perdido su voluntad narrativa, aquélla que transgredía con su provocación y se salía de las normas del género al que estaba sujeto. Por eso, ahora Kevin Smith, aunque siga inmerso en cruzadas de confrontación entra la inmadurez y la aceptación del compromiso, se acerca descaradamente a la nueva comedia americana abanderada por Judd Apatow, primero con la sustitución de su actor fetiche Ben Affleck por el ubicuo Seth Rogen, con la intención comercial de asumir dócilmente las reglas de un juego actual del que él mismo fuera hace tiempo uno de sus genuinos innovadores que perdieron la oportunidad de ir escalando en un género que se le quedó grande o no supo crecer dentro de él, como sus propios personajes.
Se evidencia en ‘¿Hacemos una porno?’ una redundancia de lo peor del cine de Smith, en su aparente interés de sinopsis que crea expectativas con un formulismo de desprejuicio y diálogos que se reblandecen rápidamente con la vena emotiva y delicada de su desarrollo romántico de amores imprevistos y deliberaciones idealistas sobre la persona amada. Dicho de otro modo y claramente; Smith no tiene los huevos suficientes para capear con la actitud más socarrona del mal gusto y llevarlo hasta el extremo como hace con su historia de amor. Por mucho que se diga 200 veces la palabra “fuck”, que quiera aparentar un desprejuicio en su sarcasmo, a Kevin Smith le pesa demasiado su gusto por el olor a golosina, su apego a un guión que va de cabeza a la moraleja adoctrinadora con una previsibilidad insultante.
Lo que en sus principios era simplicidad y desparpajo se ha convertido en un forzado signo por resultar gracioso, de provocación sin sustancia, doblegando la estructura y la temática a una comodidad que evita cualquier riesgo. El cine de Smith se ha convertido una flatulencia sonora que aspira a invitar a unas risas, pero que se tira sin ganas, afogonada en su propio convencionalismo. El reciclaje del universo de su director ha terminado por fagocitarle y transformar su cine en continuo bucle donde tiene tantísimo peso la figura de John Hughes, las alusiones a su idolatrada saga ‘Star Wars’ (aquí en una previsible chanza con el título de ‘La guarra de las galaxias’) o sus ingeniosos pero efímeros monólogos sobre los cómics (en concreto Superman y su imposibilidad de mantener una relación sexual plena con Lois Lane).
Esa perpetua dependencia de una pareja predestinados a estar junto pero que no quieren o no pueden decírselo por miedo a cambiar las cosas sigue siendo la losa que aplasta lo mejor de esta cinta, que no es otra cosa que secundarios extraídos directamente de una película contemporánea de John Waters y que ejecutan su libertad dentro de un cine malhablado y sedicioso, fundamentalmente porque aquí hay autolimitaciones impuestas por el lado más comedido y conservador del director de ‘Mallarats’. Y es una pena, porque los personajes de Jason Mewes (que se sale en esa exposición de la ‘paja recíproca’ sin tocarse), Jeff Anderson, Craig Robinson, Ricky Mabe y dos estrellas del porno; una de hoy, Katie Morgan, otro icono de ayer, Traci Lords, podrían haber aportado mucho más el hecho presencial de sus papeles.
Cuando todo es aburrido y el producto se consolida en un filme sumamente fláccido, poco imaginativo y rotundamente convencional. Incluso se desperdicia la idea de ése subtexto autobiográfico sobre lo difícil que supone sacar una película de bajo presupuesto que lleva los protagonistas a utilizar el lugar de trabajo como improvisado ‘set’ y no tener final para la película por falta de presupuesto. Tal y como sucedió con ‘Clerks’.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
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