jueves, 23 de julio de 2009

Review 'Brüno (Brüno)'

Otra ración de humor ‘hardcore’ y kamikaze
Al igual que ‘Borat’, ‘Brüno’ se presenta como una experiencia extrema que no conoce los límites morales de lo políticamente correcto para reflexionar sobre la hipocresía social que rodea a la sociedad moderna.
El humor radical que fomenta, de forma pervertida y sin límites, Sacha Baron Cohen no es apto para todos los públicos. De hecho, sus ejercicios de provocación, subversivos, desvergonzados y siempre con un toque un poco zafio, pueden llegar a ser molestos para según qué espectadores poco curtidos en adentrarse en esta suerte de ‘performances’ que utilizan la manipulación de la realidad como vía para la denuncia social por medio de la comedia más extrema. Si con ‘Borat’, el cómico británico, siempre absorbido por sus personajes, realizaba una cruel parodia de la visión tercermundista del norteamericano ante los países que considera subdesarrollados para patentizar la desmedida incultura encubierta en la absurda y elitista prepotencia con la que Estados Unidos mira al resto del mundo, en ‘Brüno’ la línea es similar en sus conceptos y propósitos. Baron Cohen utiliza así un humor sarcástico e inmediato, que va en contra de cualquier convención social en busca de una consecuencia tajante, como es el humor que deriva de la crítica social, jugando la indiscreción, dinamitando los códigos éticos para ofrecer de este modo un pendenciero análisis sociológico sobre los defectos y los artificios que constituyen los principios morales de la sociedad actual.
Brüno es un reportero de moda austriaco muy homosexual y libertino que ve cómo, de la noche a la mañana, es despedido de su programa de máxima audiencia tras ser expulsado de un desfile de modelos enmarcado dentro la semana de la moda de Milán por lucir un traje de velcro. Inmerso en las listas negras europeas de la fama, decide triunfar en Los Angeles, donde el ex fenómeno sigue las pautas y claves que se utilizan en Estados Unidos para poder ayudarle a convertirse en una fulminante estrella. El insurrecto cineasta Larry Charles y Baron Cohen siguen los criterios de ‘Borat’, en su definición de falso documental, donde la realidad y la ficción, de ‘cámara oculta’ y el guión se mezclan en función de un recorrido que desprende un pretendido feísmo que persigue las reacciones de sus víctimas con unos contextos de verismo muy adecuados a las exigencias provocativas de sus creadores. ‘Brüno’ corre el riesgo de incapacitar su insolencia en la repetición del formulismo de su anterior cinta, pero lo cierto es que, a la hora de llevar a cabo este ensayo análogo, nadie vuelve a quedar fuera del sarcasmo y la parodia subversiva, de las intenciones de ridiculizar los estereotipos expuestos por parte de Brüno.
El mundo de la moda es una excusa con la que iniciar el periplo de invectivas. Las bambalinas y la pasarela son estereotipadas con demasiada facilidad en las estúpidas palabras de una supermodelo que asiente ante las acometidas de Cohen, que en seguida entra a provocar al espectador con lo que realmente les interesa, que es llevar a cabo una crítica brutal a la fama efímera y los métodos para conseguirla. Por eso, a muchos escandalizará la inicial sodomía rutinaria de sexo desenfrenado y llevado al paroxismo de Brüno y su amante pigmeo en una imposible suerte de posturas de penetración anal dignas del puro ‘cartoon’ para adultos que ver, en un momento del filme, a unos aterradores padres negligentes que son capaces de poner en peligro la vida sus hijos pequeños con tal de que conseguirles un trabajo como modelos o actores en cualquier campaña. En un doble juego, Charles y Baron Cohen se divierten y hacen divertir con esa confrontación exagerada entre los tabúes del sexo confrontada con la hipocresía social.
Pese a las correrías sexuales explícitas de Brüno, para el que todo este tipo de actividades es lo más normal del mundo, Hollywood se muestra como deleznable cosmos de agentes retrógrados y ambiciosos, de asesores que se dedican a orientar a los famosos sobre las causas humanitarias que están de moda, de ‘médiums’ para famosos que escuchan lo que las estrellas quieren oír (impagable la escena de mímica con la felación imaginaria del protagonista al malogrado Rob Pilatus, de los Milli Vanilli). Es una forma desdibujada de altruismo público, donde figuras del mundo del espectáculo venden su imagen de falsedad filantrópica con el único objetivo de acaparar las páginas de revistas. De ahí que Brüno quiera poner paz y abrir el diálogo entre judíos y palestinos, consiguiendo en apenas unas secuencias de encuentros con representantes de los diversos estratos políticos y religiosos hacer ver la caricaturesca evolución de los fundamentalismos islámicos.
Por si fuera poco, Baron Cohen lleva el desafío de incitar a la polémica paseando por las calles de Jerusalén con pantalones ajustados y cortos, escarneciendo la vestimenta de los judíos ortodoxos y levantando la ira de los viandantes que quieren agredirle. Es la estrategia de ‘Brüno’. Su humor puede percibirse, de una forma errónea, como la búsqueda del altercado fácil, de la polémica estúpida que utiliza mecanismos y argumentos grotescos para lograr su propósito, pero lo cierto es que, dentro del entramado de situaciones absurdas, sus creadores llevan las bromas y entrevistas hasta el extremo, bien sea con interlocutores puestos en ridículo por la superioridad del interrogante que manipula al interlocutor, como de aquéllos que se dan cuenta del juego y reaccionan de formas inesperadas, como en esa impagable entrevista a Ayman Abu Aita, uno de los jefes del grupo extremista al-Aqsa Martyrs, al que le suelta que Osama Bin Ladem parece “un mago sucio y un Santa Claus sin techo”.
‘Brüno’ aprovecha cualquier excusa para someter la realidad a un escarnio de sarcasmo y abusos de toda índole. Así, como en ‘Borat’, las desventuras del supermodelo austriaco se transforman en un viaje al lado más genuino de la América Profunda. Es cuando Baron Cohen se sumerge de nuevo en cúmulo de manifestaciones de intransigencia y provincianismo símbolo del ‘white trash’ yanqui; desde esos afroamericanos enardecidos por el ingenio cabrón de Cohen en una demostración de vacuidad televisiva de este tipo de ‘shows’, así como la apática hombría de unos cazadores plenamente ‘rednecks’, la bravata de entrevista y acoso sexual que le marca al congresista de Texas y ex candidato a presidente norteamericano Ron Paul o el hilarante ‘set piece’ que tiene lugar en una reunión de ‘swingers’ en el que hombres y mujeres se reúnen en cabañas para llevar a cabo un cambio de parejas para sus relaciones sexuales.
Pero lo que más interesa es ir destapando la esencia del manifiesto ácido y corrosivo que pone contra el paredón a los homofóbicos. Cuando entra en juego la clave del filme, en la búsqueda de encontrar la heterosexualidad, al igual que estrellas como John Travolta, Tom Cruise y Kevin Space, que han logrado difuminar su supuesta homosexualidad excluyendo públicamente la condición de ‘gay’ de sus vidas. Cierto es que ‘Brüno’ muestra en ocasiones la homosexualidad como un mundo de perversión y el exceso, pero únicamente lo hace para ejemplificar que los tabús sobre el sexo delimitan en muchas ocasiones la libertad de las personas.
Sólo así es posible que existan predicadores que siguen la palabra de Jesús que aseguran poder curar la homosexualidad, clases de autodefensa contra algún gay que pudiera atacar con vibradores multirraciales o la humillación marcial en ese campamento militar de candidatos en Alabama. Hasta llegar a ése punto álgido del filme, cuando pasados unos meses, Brüno se ha reconvertido en Dave “El hetero”, un macho que hace chistes sobre ‘gays’ en un ‘Blue Collar Brawlin’, evento que une lucha libre, cerveza barata y varios inmoderados homófonos de Arkansas para acabar con una antológica secuencia romántica y homosexual por parte de dos hombres besándose en un ring al son de ‘My Heart Will Go On’, de Celine Dion. Como era de esperar, el hecho levanta la cólera de unos espectadores con rostros desencajados, que gritan y blasfeman y arrojan sillas al cuadrilátero. Es el mejor ejemplo del violento prejuicio que sigue suscitando un tema que debería estar superado y que evidencia la intransigencia que prospera de modo solapado en el seno de la modernidad, donde el prejuicio y la ignorancia afectan sobremanera a nuestra sociedad.
‘Brüno’, al igual que hacía ‘Borat’, enfrenta al mundo desarrollado a verse reflejado en un espejo donde la falsa tolerancia se escuda en una aparente democracia artificialmente laica, pero que encubre la impostura de las relaciones sociales y pierde el sentido de comprensión e indulgencia. Es la consecuencia de la imbecilidad mediática, de la doble moral que se exterioriza en forma de buenos modales, pero que hace pensar en el tipo de sociedad infectada que sigue perviviendo dentro lo políticamente correcto. La utilización del ridículo y los mecanismos de irritación y provocación por parte de Sacha Baron Cohen y Larry Charles pueden resultar descompensados (que a veces lo son –y mucho-), vulgares, soeces, escandalosos y fuera de lugar, pero lo cierto es que sus provocaciones de efectos inmediatos provocan en el público sentimientos de incredulidad o rechazo, pero también de entendimiento y diversión.
El humor ‘hardcore’ y kamikaze de esta nueva experiencia extrema no conoce los límites morales de lo políticamente correcto y más allá de la gamberrada cáustica, de la exhibición de humor descontrolado, ‘Brüno’ se presenta como una comedia inteligente y hábil, pero, cómo se decía en el inicio, no apta para todos los públicos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW:'Up', de Pete Docter.