jueves, 7 de mayo de 2009

Review 'Déjame entrar (Låt den rätte komma in)'

Conmovedor relato de macabro lirismo
Tomas Alfredson adapta la novela John Ajvide Lindqvist en un drama que sigue, desde la distancia, el formulismo folclórico del mito del vampiro con una extraña historia de amor adolescente de entumecida frialdad en el Estocolmo de los 80.
No es extraño que ‘Déjame entrar’ se haya convertido en uno de los filmes más aclamados de 2008. La adaptación de la novela de John Ajvide Lindqvist a la gran pantalla llevada a cabo por Tomas Alfredson es, sin duda alguna, una de las sorpresas más impresionantes vistas en muchos años. Lo tiene todo; una base argumental de sólido enfoque hacia un tema tan apasionante como el vampirismo irrigado de problemática social, drama, suspense y romanticismo, una dirección lujosa y detallista, una atmósfera inolvidable y un reparto extraordinario.
Pero lo que más llama la atención es la humildad que destila el drama, la imperturbable frialdad que rodea la pasión con la que se desarrolla el filme y, sobre todo, que el mínimo presupuesto con el que se ha rodado sublima aún más la grandeza de una película destinada a ser recordada por vivificar el género y ser exponente de arte y genialidad más allá de las cifras y ambiciones comerciales.
‘Déjame entrar’ narra la vida de Oskar, un chaval de doce años que sufre el continuo acoso de sus compañeros de clase y que sueña con venganzas en la soledad de su habitación. A la vez que en el barrio comienzan a sucederse una serie de extraños asesinatos, Oskar conoce a Eli, su nueva vecina, con la que entablará una amistad rodeada de misterio, ya que sus encuentros sólo tienen lugar de noche. En un suburbio de Estocolmo, situado en los años 80, en la entumecida frialdad de esos barrios desalmados, el chico emprende un metafórico viaje inciático, donde el aprendizaje y la comprensión se abrirán a una madurez de aceptación y obsesión dentro un mundo adulto codificado, autómata y antipático, que divaga combatiendo el frío con una botella de vodka en sus hogares desprovistos de calidez.
Se teje así un entramado donde se fusionan el drama social, a través del ‘bullying’ escolar, el suspense, que se patentiza en el frío proceder del oscuro asesino en serie que no es más que el acompañante (insinuado como padre) de la pequeña Eli, que necesita de la sangre de las víctimas para poder vivir, corroborando de esta forma el elemento fantástico de la cinta. Lo que en un principio parece una fábula oscura e inaccesible, va invirtiendo su formulación hacia una orientación narrativa de tono introspectivo, silencioso, de corte poético y tierno a la hora de descifrar la personalidad de dos personajes tan distintos que a su vez permanecen unidos por los mismos problemas. No por ello, Tomas Alfredson y Lindqvist (que adapta su propio ‘best seller’) renuncian al cine fantástico, a su descripción terrorífica del relato.
En su exploración acerca de los miedos infantiles, del lapso de la infancia a la adolescencia que esconde a su vez el despertar erótico, ‘Déjame entrar’ puntea el drama sin salirse en ningún momento del formulismo folclórico del mito del vampiro, sin perder su romanticismo, sordidez, desesperanza melancólica y, sobre todo, su violencia implícita y exteriorizada. Eli necesita sangre. Y no duda en atacar a algún vecino cuando su ya fatigado padre no logra conseguir hemoglobina para poder subsistir. Aquí, también impera la mundología noctívaga, ya que la luz del sol es mortal para la pequeña. A esto se le adscriben ciertas tradiciones vampíricas, pero sin recurrir a insinuaciones góticas preciosistas o recargadas barroquismo, recuperando ese acto que da nombre al filme del ‘chupasangre’ de tener que pedir permiso antes de entrar en la casa de sus víctimas. Todo ello encumbrado con las importantísimas aportaciones de sus dos intérpretes neófitos, los debutantes Kåre Hedebrant y Lina Leandersson. ‘Déjame entrar’ es un conmovedor relato de macabro lirismo, donde es más importante enfatizar el interior de los personajes que los momentos donde la sangre y la truculencia hacen acto de presencia.
El acercamiento y las soledad compartida de los muchachos deviene en una brutal necesidad de afecto; él por ser un marginado algo cobarde que vive en la apatía y ella por carecer de unas cualidades humanas que la hagan vivir de un modo normal. Ambos se necesitan para sentirse libres y aceptados. Pocas veces un filme de calado adolescente como éste había tratado de un modo tan compasivo y primoroso este mundo juvenil, inquiriendo con su mirada minimalista en la desnudez emocional de estos dos personajes que son diferentes ante un mundo que no les comprende. Oskar es hijo de un matrimonio desbaratado, su madre no tiene mucho trato ni tiempo para estar con él y el padre, divorciado, prefiere emborracharse con amigos antes de dedicarle la atención que merece. Eli, por su parte, vive aislada del mundo, con la única compañía del que se supone que es su padre, un asesino obligado que no duda en colgar a sus víctimas para desollarlas y obtener la alimentación necesaria para ella.
Son dos mundos paralelos separados por la fragilidad de uno ante la invulnerabilidad del otro. Entre ellos existen confidencias, amistad, secretos y complicidad que tienen como símbolo propio el aprendizaje autodidacta del código ‘morse’ para encadenar furtivas frases de intención romántica. Es, sin embargo, el elemento fantástico que rompe con la cotidianidad insoportable que sufre Oskar el desencadenante de todo el andamio argumental sobre el que se sustenta tanto la novela como el guión cinematográfico. Eli llega como la inspiración soñada que inculca una emoción, un efecto moral de autodefensa y exteriorización de los impulsos del intimidado Oskar, el foco canalizador que hace que el niño se convierta en hombre, a enfrentarse a sus problemas y plantar cara a sus agresores. Y lo hace desde el mismo impulso con el que Eli ataca a sus víctimas para subsistir, como una imperiosa necesidad de violencia y muerte para nutrirse de vida.
Tampoco se excluye la sugerente y acerba ambigüedad del vampiro que afirma no ser una niña, sugiriendo la posibilidad de una vertiente humanizadora y sutilizada, sobre todo en un entorno de extraño componente homoerótico. Una insinuación ésta, reflejada con gran efectividad en un giro moral a modo de plano fugaz que deja absorto tanto al tímido chaval protagonista como al enrarecido espectador. Para Oskar, las brumas nocturnas de un vecindario desértico significan el momento más esperado del día, ya que sólo entonces podrá sentirse seguro y reunirse con su confidente. En contraste con los fogonazos de luz impoluta que provoca el día, donde la nieve de ese invierno sueco traspasa la pantalla, metáfora perfecta para describir el desafecto y el aislamiento emocional, el miedo a salir de la oscuridad o la esperanza de volver a ella.
En éste aspecto, es donde ‘Déjame entrar’ logra su mejor valor, puesto que Alfredson es capaz de crear mediante imágenes la tristeza que parece rodear a sus protagonistas, conjugando belleza y oscura tribulación en su consecución de una atmósfera que favorece la aquietada intensidad a la película. El cineasta sueco define sus designios creativos en la delicadeza con la que la cámara se acerca a los niños y se aleja en las secuencias más escabrosas del filme, adicionando con la oposición de luces y sombras la tragedia desgarradora con la violenta ternura emocional del relato de Lindqvist. Y lo hace apuntalando su estilo visual y narrativo en la excelente fotografía de Hoyte Van Hoytema y en las tristes notas de Johan Soderqvist.
Es así ‘Déjame entrar’ un filme de espesos paisajes morales, donde el costumbrismo y la naturalidad congenian a la hora de plasmar el contraste de los dispositivos oníricos y realistas. El tratamiento fílmico propone el placer estético de un discurso cimentado en la fuerza de un vocabulario cinematográfico que es capaz de expresar tantas cosas delimitado al ahorro verbal. Los planos milimétricos poseen un tonelaje de sublimación melancólica que termina por conseguir un ambiente enfermizo, que no descubre la gran modestia de su producción, en parte, porque sus secuencias de efectos especiales están reducidas a la lógica coherencia de su ficción, sin recurrir a ningún tipo de efectismo sorprendente. Por eso, cuando la sangre brota de las víctimas o Eli sube trepando por la fachada del hospital, cuando absorbe con su lengua insidiosa la sangre de Oskar o en la secuencia en que una horda de gatos ataca a un vecina recién mordida y posteriormente se autoinmola exponiéndose a la luz solar, el efecto de terror sublima su vigor.
Su tono romántico y pausado, el mensaje de amor catártico, de la esperanza que puede sacar de la oscuridad a un personaje, de su recreación estética del dolor y el desasosiego sin renunciar a la genealogía del subgénero vampírico, hacen de esta ejemplar obra un insólito espejismo para los aficionados, un logro mayúsculo que se puede definir, sin llegar a parecer exagerados, como un filme sublime con futuro de previsible clásico del cine fantástico.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'La Vergüenza', de David Planell.