lunes, 9 de marzo de 2009

Stanley Kubrick: Una década sin el Gran Genio

Este pasado fin de semana se cumplió el aniversario de la primera década de la muerte de Stanley Kubrick. Diez años sin el genio obsesivo y perfeccionista, el oscuro poeta de talento inabordable y elevación fílmica superlativa.
Uno de los valores congénitos que caracterizaron su filmografía fue, por encima de cualquier profundidad estilística, su independencia de los grandes estudios, su ilimitada megalomanía y una actitud casi insultante hacia la catalogación de un cine que el director supo forjar hacia la ruptura de todo esquema tradicional, sometiendo los cánones habidos y haber a las reglas de su propia imaginación. Desmitificador de iconos sociales y humanos, creador de universos, Kubrick, visionario con capacidad de cine de autor, hizo de cada trabajo una obra de completa clarividencia, en cualquiera de los terrenos en que se divida. Un perfeccionista que logró convertir todos sus proyectos en tesis cinematográficas. Cada plano, cada encuadre, cada luz… está examinada hasta la extenuación, hasta acercarse de forma verosímil a la sublimidad, donde el paralelismo análogo entre imagen mental y ocular pudiera ser posible. Stanley Kubrick fue, ante todo, un creador y pionero de nuevas formas, un ingeniero de imágenes, un idealista capaz de controlar cualquier aspecto de la producción por minúsculo que éste fuera con tal de lograr un objetivo tan poco loable como es la perfección. Una perseguida perfección que, aunque obsesiva, le valió el reconocimiento unánime gracias a sus extraordinarios códigos de representación formal.
Kubrick se convirtió así en un cineasta que supo realzar la inmensidad del cine hasta llevarla a un barroquismo que parecía extinguido, con una riqueza expresiva jamás alcanzada en la representación de la ambición, la violencia, el fracaso, el miedo, la catarsis y la avidez humana, jugando abundantemente con las convenciones de todos los géneros que filmó, graduando en cada película sus certeras sugerencias y explicitudes, metáforas y realidades. Las preocupaciones estéticas de Kubrick se puntualizaban en su gusto por reflejar el arte como un medio de transmisión de valores éticos, en una filmografía con personajes sumidos en una confrontación moral que, pese a su dificultad de identificación, desplegaban una sorprendente afinidad respecto al público. El cine de Kubrick se sustentó en unas poderosas imágenes vinculadas a la liturgia clásica, contrapuesta a su vocación de revolucionario estético, de explorador de las nuevas técnicas y primeros pasos del futuro cinematográfico. Para el Gran Maestro, la obsesión de sus creaciones provenía de una ambición por visualizar las oscilaciones del pensamiento y de lo onírico, mostrando para ello una sucesión de fragmentos interconectados tanto a la vida y a la realidad como a un estado de trascendencia. Como en ‘2001, una odisea del Espacio’, épica cinta centrada en la historia de la Humanidad, desde el nacimiento de la Prehistoria hasta un futuro confuso que presenta un ejemplar y bucólico retorno a los orígenes representado en la transmutación de Bowman, primero en un valetudinario viejo para, después, pasar a ser un feto nacido del Padre Muerto que regresa al cosmos infinito…
Con sólo trece títulos a sus espaldas Stanley Kubrick es, hoy en día, uno de los caracteres más emblemáticos e iconográficos que se puedan encontrar en la Historia de Cine. Considerado como un genio de enloquecida personalidad, su obra se ha establecido como prototipo de un cine insuperable, dando a su trayectoria una densidad mayor que la de cualquier director que se haya puesto detrás de una cámara. Diez años después, el Mito sigue vivo en la memoria y el Cine sigue echando de menos al hombre que logró una imposible magnificencia en la necesaria fusión de técnica, estética y las posibilidades conceptuales del Séptimo Arte.