jueves, marzo 26, 2009
El síndrome ‘post 11-S’ y la inmigración
Thomas McCarthy no abandona la pureza del género independiente y el intimismo de su debut para hablar, con delicadeza y sinceridad, de la bondad contrapuesta a la actitud de unos Estados Unidos tiranizados por una burocracia injusta con el inmigrante.
Ya en su primera película, la infrecuente y entrañable ‘The Station Agent’ (en España se tituló ‘Vías Cruzadas’), Thomas McCarthy exhibió su enraizada adhesión a los verdaderos valores del cine mal llamado “independiente”. En ella, por medio de una perspectiva intimista y alejada de cualquier afinidad al cine comercial de Hollywood, ejercía de sutil maestro de la construcción de personajes y la quietud dramática con la que se describía la realidad humana de tres personajes necesitados de afecto. El filme, premiado en Sundance, ratificó la voluntad de rechazo por parte de su director hacia las fórmulas dramáticas adocenadas en el rancio discurso melodramático a cambio de una hermosa historia de seres cuya resignación y aislamiento emocional acaba abriendo un resquicio a la esperanza.
No se aleja mucho McCarthy en la descripción del protagonista de aquélla, Finbar McBride, el sigiloso e introvertido enano con pasión desaforada por los trenes víctima de una profunda misantropía, del Walter Vale de ‘The Visitor’, un hombre sumido en la tristeza y automatismo rutinario que da clases de pianos para no olvidar a su mujer. Ambos serían la representación de la sociedad contemporánea que se aliena dentro de los márgenes de la incomunicación y la inadaptación que simbolizan ese autismo por parte de la gran potencia norteamericana respecto a los problemas sociales dentro de su falso paraíso. Los dos caracteres se ven obligados a la apertura al mundo exterior con el encuentro involuntario de personas con las que debe compartir una experiencia tan vital como enriquecedora.
‘The Visitor’ gira en torno a la apática vida de un maduro profesor de universidad que, en un viaje a Nueva York para la presentación de un libro, descubrirá que su viejo apartamento está ocupado por una pareja de inmigrantes sin papeles que ha sido víctima de un fraude inmobiliario. Llevado por el altruismo y el desconcierto, compartirán el apartamento fraguando una extraña amistad que se extenderá cuando el joven, de origen sirio, es arrestado y encarcelado por su situación ilegal. Para McCarhty la bondad humana no es una etiqueta absurda con la que armonizar un relato optimista y caprichoso. En este filme todo huele a verdad, desde ese acercamiento condescendiente a través del djembe, instrumento con el que Tarek se gana la vida en locales nocturnos, al hecho de compartir experiencias y problemas, del contacto entre desconocidos fraguado en inasible relación de necesidad.
Ante esto, la contraposición con la iniquidad de un país tiranizado por una burocracia injusta y cruel con el inmigrante. En cierta medida, ‘The Visitor’ vendría a ser una dogmática reflexión sobre las consecuencias del 11-S, sobre el continuo estado de desconfianza que han dado como resultado esos centros de arrestos de inmigrantes donde se dan inacabables procesos de deportación privando de libertad a los detenidos.
McCarthy persiste en su independencia pura, libre de cualquier atadura, sin débito con el ritmo y la ligereza, pausado en su definición, cristalino en su narrativa lánguida y templada, armónica y cadenciosa. Para lograr ese admirable realismo naturalista que desprenden todos y cada uno de los personajes que se describen en esta melancólica fábula, es necesario dejar la progresión dramática de la historia en la inacción con la que se van desplegando las personalidades de todos los personajes; del profesor sumido en una crisis personal y profesional, al joven y soñador Tarek, su novia senegalesa, desconfiada y suspicaz o la protectora madre del segundo, que llega en busca del bienestar de su hijo. La moderación formal se va transmitiendo desde su inicio, poniendo a sus personajes sobre la escena como artífices de los movimientos del relato, pues son ellos los encargados de hacer avanzar la acción a través de sus diálogos, sus miradas y su soledad, como parte del ceremonial qua acerca al espectador la sensibilidad de un filme que sabe dosificar la narración, sin necesidad de dramatismos superfluos o suntuosidades trágicas.
Es entonces cuando la hermosa fábula de necesidades, de soledades y preocupación por un tema común se transforma en una crítica a una política de inmigración ferozmente injusta, pero también en un viaje interior a la vida de un hombre que descubre una nueva oportunidad en la vida, a pesar de las desgracias compartidas con las que tiene que lidiar. Es curioso cómo el entramado dramático, el hecho de luchar por la libertad de Tarek junto a su madre, hace abrir los ojos al protagonista. El enclaustramiento personal en el que estaba sumido no es más que un drama subjetivo que cambia cuando Tarek es encerrado en la siniestra prisión de Queens por no tener los papeles en regla. Una discordancia tan dolorosa como real y efectiva; para que el adusto viudo se reencuentre consigo mismo y recupere las ganas de vivir existe una víctima real que es privada de la libertad que él empieza a disfrutar con este espinoso asunto. Con ello, se convierte en el cabeza de una familia sumida en las dudas y el abandono. La consecuencia es una hermosa historia de amor otoñal definida por la necesidad, la de Mouna, la madre, como un apoyo emocional y la de él como una energía salvadora.
Por supuesto que en ‘The Visitor’ el engranaje funciona como un reloj debido a la pericia de McCarthy como director de actores. En sus manos, un actor de desbordante talento como Richard Jenkins otorga un halo de soberbia interpretativa en la piel de un personaje aburrido, con una realidad que camufla esa diatriba sobre Walter, si pasa por una depresión efímera o es que su vida está realmente vacía. Por supuesto, el director de ‘Station Agent’ acierta con todos aquellos que rodean un rol satélite con tanta fuerza en pantalla. Y Haaz Sleiman, Danai Jekesai Gurira y sobre todo Hiam Abbass están impresionantes.
Pese a que no deje de ser una película con cierto tono moralista, a la cual se le puede reprochar su intención de llevar al espectador a reflexionar sobre el asunto que trata, con cierta concienciación del problema de la inmigración, la poderosa poética fílmica se transforma en una experiencia enriquecedora y humanista, llena de autenticidad y realismo (en cierto modo pesimista) que esgrime la simplicidad como inmejorable arma donde la música de un tambor sanbanyi se torna en un medio curativo contra la desesperación del vacío.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 11:42 |


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