lunes, febrero 09, 2009
Desencanto y sueños perdidos
Sin perder su ostentosa vena academicista, Sam Mendes consigue su mejor obra hasta la fecha con la dramática historia de un matrimonio en crisis que confunde la búsqueda de la felicidad con la del bienestar.
Tan proclive al cuidado esteticismo, a una avidez inmoderada para su impronta como cineasta quede de manifiesto en cada plano de su obra, cada vez que Sam Mendes, un director que anhela (y que está consiguiendo) un estilo determinado, se pone detrás de la cámara, su filme repercute en el medio cinematográfico como un acontecimiento. Su nuevo largometraje, ‘Revolutionary Road’, no se aleja mucho de aquélla disección sobre el sueño americano, sobre la familia y la complejidad del fracaso que supuso ‘American Beauty’. Aunque aquí prescinda de la ironía y la tragicomedia como vehículo para exponer un amargo recorrido vital, Mendes sigue la estela de narraciones ahogadas por la ambigüedad que oscurecen el mensaje de sus intenciones. Su objetivo sigue siendo, después de cuatro filmes, el de indagar con voz propia en la historiografía del ciudadano americano, dentro de un hábitat atemporal, beneficiándose de las deformaciones producidas por una sensación de desorientación.
No importa que sea la lúcida y algo empalagosa mirada a la familia como complexión y médula de realización vital de ‘American Beauty’. Tampoco un vistazo minimalista a un asesino a sueldo y sus contradicciones morales surgidas de su posición de padre de familia en ‘Camino a la perdición’ e incluso la jerarquía de esos ‘marines’ que ridiculizan con sus actos al estamento militar yanqui en contra de la glorificación del heroísmo yanqui de ‘Jarhead’. Para Mendes, hasta este momento, lo importante era manifestar su visión como realizador a través de un derroche de ostentación y alarde de medios en lo que se refiere tanto a su estética como a su descomunal puesta en escena.
Por supuesto, ‘Revolutionary Road’ no es ajena a esta afectación. Para esta historia que adapta la obra homónima de Richard Yates, el cineasta regresa a los barrios residenciales, donde la felicidad se da a entender de puertas afuera y cada hogar esconde la historia de un fracaso. Situada en los años 50, todo lo compone la historia recuerda a homenaje fílmicos, bebiendo de los clásicos, pero sabiéndose alejar lo suficiente como para hacer algo que hasta el momento Mendes no había hecho; dejarse llevar como director a través de los personajes, de la desnudez emocional de éstos ante la cámara, para hacer cómplice al espectador de la amarga depresión que exhuman los interiores residenciales y las vidas que describe. Y lo hace sin renunciar a su consabida sobriedad clasicista, mucho más mesurada y consciente del papel que tiene que jugar como realizador que en sus anteriores obras, sin perder por ello su vena academicista.
Se narra la historia de un matrimonio en crisis, de sus esperanzas y fracasos, de una vida dentro de los parámetros sociales que impone una sociedad caracterizada en un pequeño barrio burgués llamado Revolutionary Hill Estates. Los Wheelers, se creen distintos porque, dentro de los rígidos hábitos, dan la sensación de imponerse con su ideología rebelde y contestataria a lo convencional. Sin embargo, esta diferencia es una simulación de falsedad que les equipara a sus vecinos y que impone una realidad de soledad y desencanto que acaba por aplastar las ansiedades de esa sociedad americana de la posguerra de la II Guerra Mundial. Ubicada en la frontera del melodrama, ‘Revolutionary Road’ propugna una fidelidad escrupulosa a los designios de dobles lecturas y tragedia de Yates por parte de la sólida adaptación del guionista Justin Haythe.
Con ello, Frank y April Wheeler parecen ser la pareja perfecta e idílica que, desde su demoledor comienzo, con una fuerte discusión en una carretera, se ve empañada por el choque de ideas que se va fraguando a lo largo de esta triste fábula. El matrimonio se ve ante dos planteamientos de vida antitéticos; el de una promisoria comodidad sin riesgo enfrentado a la ensoñadora ruptura de la rutina para explorar las verdaderas metas vitales, fuera de la mirada de una comunidad anquilosada en el conservadurismo. Dos posiciones opuestas que dan como consecuencia un terrible drama; el que alude a la circunstancias sociales de esa realidad que aplasta los sueños y la libertad, que coarta el talento y la ambición a cambio de la adjudicación del cómodo e inexorable vacío con el que se nutre el día a día de aquella sociedad de los 50, pero también de todas las posteriores generaciones.
‘Revolutionary Road’ se centra en la terrible fatalidad de dos seres sumidos en la discordancia, en los sueños no cumplidos, cuando el presente ha terminado por aniquilar los deseos del pasado y todo es distinto a como uno lo había imaginado. El mismo desengaño que subyace bajo la aparente normalidad y la placidez de la rutina que esconde un agotamiento del idealismo juvenil, el mismo que caracteriza la infelicidad, la insatisfacción de ser uno más entre tantos otros que simbolizan una amalgama de vulgar uniformidad. Los Wheeler han llegado a un punto en el que la mediocridad y el complaciente entorno que les admira han terminado por diluir cualquier atisbo de cambio, cualquier pretensión de libertad. Ni siquiera el adulterio logra una vía de escape terrenal al hábito diario. Las primeras etapas de enamoramiento se han perdido en el tiempo y la agitación interna que aviva la chispa de una relación se está apagando sin remisión. Es el sometimiento a la apariencia, el mismo que mira por encima del hombro a un hombre intelectual con problemas psicológicos que, paradójicamente, es la voz de la conciencia que juzga e interpela al matrimonio, el único que sabe entrever el futuro de ese riesgo ante la sociedad que les rodea. El único personaje que asume su realidad.
‘Revolutionary Road’ expone con madurez y solvencia todas estas complicaciones y sufrimientos con una contundencia fuera de toda lógica, sabiendo construir un sólido e inquebrantable retrato de la incertidumbre existencial que queda anulada por la estabilidad económica, por el estatus social adquirido. No hay salida. La puerta que prometía una posibilidad para un futuro soñado está tapiada y lo que fue una ilusión con augurios de esplendor, ahora es una renuncia porque aquélla idea parisina, la rebeldía en forma de nueva vida, era una estupidez infantil. Es el mismo instante en que April, la que lucha por ese sueño, descubre que es la vida que le tocará vivir el resto de sus días. Una vida atada a la esclavitud de la falsedad social y arrastrada a padecer lo asquerosamente convencional de un barrio acostumbrado a los moldes de la época. Él trabajará en la misma empresa y ganará dinero en un puesto de mayor responsabilidad. Ella, quedará esclava de su hogar y de sus hijos. Es la entrega al fracaso y el malogro de las virtudes como personas inquietas que eran. Ya son como los demás.
‘Revolutionary Road’ consigue transmitir la conmoción de una tragedia interior. Y a ello contribuye especialmente, el fabuloso trabajo de Sam Mendes, que acomete el drama con una profesionalidad escrupulosa, sin caer en el sentimentalismo lacrimógeno, con esa portentosa facilidad para describir un estrato social por medio de imágenes, una forma de vida, sin enfatizar demasiado en el entorno. De unos primeros compases de planificación equilibrada se va pasando, de forma inapreciable, a un desnivel visual, captando con sobrecogimiento el aspecto formal devenido en la inestabilidad de la cámara, el mismo que agita a sus personajes bajo las imágenes icónicas de Roger Deakins y los (reiterativos) subrayados musicales de Thomas Newman. Es cierto que la sobriedad que imponen cuatro paredes puede asumirse como un efecto antojado por Mendes de solemne teatralidad, pero también responde al éter claustrofóbico que impone la situación marital. Por primera vez en su carrera, los personajes de su historia profieren la desgarradora humanidad y realidad necesaria para que la capacidad de identificación sea vigorosa, asumiendo el impacto en la retina del público como un logro factible. Mendes se deja de florituras formales para narrar su historia vehiculada completamente en sus personajes que confunden la búsqueda de la felicidad con la del bienestar.
Por eso, la mano del director desaparece con la brutal aportación interpretativa, después de once años desde que coincidieran en ‘Titanic’, de Kate Winslet y Leonardo DiCaprio. En ‘Revolutionary Road’ ofrecen un recital, un lujoso y notable espectáculo actoral, con una soberbia lucidez interpretativa escondida bajo la sencillez de unos trabajos memorables. Ambos alcanzan altas cotas de excelencia, no en las discusiones, tan agradecidas para el comedido histrionismo, sino en los silencios contenidos, en las miradas escapistas, en la complicidad y la desavenencia sigilosa. Los personajes son la médula del filme. De ahí que todos y cada uno de los secundarios aporten una significación primordial; la de esos vecinos que admira a los Wheeler, la descreída agente inmobiliaria y su marido, que tienen su punto negro en un hijo con problemas psicológicos, hasta llegar a la amante inocente de él o los compañeros de trabajo.
‘Revolutionary Road’ es una película monumental, demoledora y sombría, sincera y dolorosa que aporta una visión a ése vacío histórico sobre tantos y tantos hombres y mujeres que han renunciado a la búsqueda de aquello para lo que han nacido, entregando su vida a la comodidad que infecta a la ilusión con el aislamiento, la incomunicación y la falta de plenitud. En último término, almas abocadas al infortunio, ya sea por la inseguridad y el egoísmo que se sustrae del bienestar como de la resignación con que se asume el naufragio de una revolución no consumada.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 09:44 |


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