jueves, 5 de febrero de 2009

Review 'La Duda (Doubt)', de John Patrick Shanley

Verdad, manipulación y tergiversación
John Patrick Shanley crea, con apasionante cauce dialéctico y en una diatriba que enfrenta los prejuicios y la Iglesia católica, para promover un filme sobre la naturaleza misma de la verdad, sobre los prejuicios que la desbaratan por medio de la desconfianza y la sospecha.
La carrera cinematográfica de John Patrick Shanley va camino de convertirse en una de las excentricidades más insólitas de Hollywood. ‘La duda’ es su segundo filme en dos décadas. La primera fue, en 1989, ‘Joe contra el volcán’, cuento de un hombre que rompía con la monotonía diaria dentro de una sociedad adulterada y deshumanizada para embarcarse en un alucinante viaje hacia la búsqueda del sentido de la vida cuando le diagnostican una terrible enfermedad denominada “nube cerebral” que le lleva a una remota isla del Océano Pacífico, donde es ofrecido como sacrificio al Dios de un volcán. Tal vez demasiado excéntrica y atrevida para aquellos principios de los 90 tan arraigados al cine comercial. Antes, como guionista, había ganado un Oscar por ‘Hechizo de luna’, de Norman Jewison y después escribió películas como ‘Viven’ y ‘Congo’. Ensayista y guionista, pero sobre todo dramaturgo, es autor de una veintena de obras de teatro que tuvieron su cúlmen en ‘Doubt: A Parable’, con la que obtuvo el Pulitzer y el Tony a la mejor obra dramática.
No resulta extraño, por tanto, que ésta última haya sido la elección para su regreso a Hollywood. ‘La duda’ se sitúa en 1964, en una época de desencanto social. Dentro de las paredes del colegio de San Nicolás en pleno Bronx, donde el carismático padre Flynn trata de cambiar las estrictas normas católicas que imperan gracias a draconiana hermana Aloysius Beauvier. Sus homilías dominicales abren debate entre los fieles y la integración por parte del cura del primer alumno negro del colegio, hacen que esta férrea directora, con la sospecha infundada de una joven novicia que ejerce como profesora de historia, utilice el prejuicio contra el sacerdote para acusarle de propasarse sexualmente con el crío escudándose en su convicción moral, sin pruebas que delaten al clérigo.
Con estos mimbres, Patrick Shanley expone una historia que se inspira en los trágicos escándalos de abusos sexuales de parte del clero católico en Estados Unidos, sacados a la luz en los últimos años, donde se señalaba a 4.000 sacerdotes acusados de abuso sexual en desde 1950. Pero a Shanley esto no parece importarle. Sin embargo, esta trama central es un enorme ‘McGuffin’, ya que ‘La duda’ no es un filme de denuncia que aproveche la coyuntura para sacar a la luz los abusos e hipocresía de la Iglesia Católica ante el tema. Tampoco es un panegírico en contra de la pederastia clerical. A Shanley le interesa profundizar, con apasionante cauce dialéctico, en la naturaleza misma de la verdad, en los prejuicios que la desbaratan por medio de la desconfianza y la sospecha. La realidad, dentro del filme, está subvertida por la manipulación, por la tergiversación que impone la subjetividad que enfrenta a esa dama de hierro que cree firmemente en el poder de la disciplina antes las pautas seguidas por el comprensivo y aperturista padre Flynn. En medio de ambos, la dulce e inocente hermana James, la promotora de las sospechas de que el clérigo esté prestando una atención equivocada a Donald.
El espectador, dentro del juego de ambigüedad brutal, donde el contexto y la situación se encubren en la duda, es fundamental a la hora de entender los condicionamientos como escritor de Patrick Shanley, puesto que exige un posicionamiento del público en un desafiante juego psicológico de misterio y secretos, reales o ficticios, que acaba igual que empieza, sin una respuesta clara a todos los interrogantes que se han ido planteando a lo largo de la historia. Y es en esa parcela de psicología, en la manera en que el autor y director trata con inteligencia al espectador, donde ‘La duda’ se transforma en una apasionante experiencia hermenéutica que ofrece una pluralidad de perspectivas, que determina los ángulos trascendentales para una posible elucidación de todas las dudas (que son muchas) que desfilan en una obra provocadora y contemporánea, pese a su estilo y composición clásica. La corruptible influencia de una sospecha deja una extraña situación encubierta por el poliédrico punto de vista que surge de las perspectivas y las necesidades de sus personajes, donde nada es lo que parece y las certezas aparentes se diluyen en indecisiones.
Los cuatro implicados en el drama se escudan en subterfugios éticos y personales de un calado existencial de gran solvencia psicológica; la presunción de inocencia, el desafío a la autoridad y la manipulación eclesiástica que consigue propugnar la falsedad en torno a un hecho para demostrar una oscura evidencia anteponiendo la experimentada moral por encima de una probabilidad. Pero a su vez, se puede mirar para otro lado, asumiendo la verdad impostada y subjetiva por la comodidad que esconde la bondad y la inocencia que, una vez rota, exige un posicionamiento ético y personal. Y una quinta posición, la de la madre del chaval acosado, que cierra los ojos ante un hecho descabellado, únicamente porque con ello se recibe una aceptación imperiosa pero imposible en una época de prejuicios. ‘La duda’ establece un grado de compromiso muy elevado, pues habla de la facilidad con la que se juzga de antemano, sin conceder, eso sí, un punto de vista categórico entre ese conflicto en el bien y el mal.
Por supuesto, también hay algo de acusación a la Iglesia, en una tenue e imperceptible invectiva machista al catolicismo, del enfrentamiento de esa recta monja contra la escala de poder y misoginia que siempre ha profesado el clero. O el debate educacional que promueven los dos bandos del profesorado, el tradicionalismo y la renovación. Empero, Shanley también utiliza estos elementos para ilustrar la naturaleza humana, condicionada por la Fe y las creencias, sin que éstas dicten las decisiones como personas. De ahí que a la hermana Aloysius Beauvier no le importe mentir y chantajear, levantar suspicacias o calumnias si con ello se puede indemnizar un mal y llegar a la verdad.
Dotada de un magnetismo y un ritmo sustentado en los diálogos de sus personajes, la elegancia e inteligencia con la que está narrada esta formidable obra se nutre de imágenes simbólicas y teatralidad congénita a la historia, sabiendo utilizarlos más allá de los límites de esos pocos escenarios reducidos donde se desarrolla la acción. Shanley sabe sacar partido a este contexto opresivo, alejándose de los recursos telefílmicos con una planificación medida y sutil, huyendo de los tópicos visuales en los que podía haber caído con gran facilidad.
A pesar de las apariencias, la complejidad de dirección es plausible en la medida en que compone toda su sinfonía visual al servicio de sus personajes, pero sin renunciar a una disposición de cámara metódica, austera, en función siempre de los personajes que se muevan en el plano, ayudándose, y de qué manera, en la excelente fotografía de un Roger Deakins en estado de gracia y de la sutil partitura de Howard Shore. Rodada con una sobriedad y sencillez, la grandeza de un filme pequeño como ‘La duda’ reside en el soberbio manejo de la escena dialogada, en la que cada palabra llega al espectador con una capacidad de verdad que se alcanza sin ficción alguna.
Y lo hace evitando cualquier tipo de abstracción y sensacionalismo, para dotar de esa fuerte dimensionalidad que bordan todos y cada uno de sus intérpretes. Sería absurdo destacar a uno por encima de otro. Los adjetivos ponderativos se acaban a la hora de describir los trabajos de Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams o Viola Davis (sus diez minutos en pantalla valen más que muchas filmografías de estrellas con más fama y menos talento). Están todos inmensos, en inolvidables duelos interpretativos en la piel de estos seres humanos que ven la vida desde diversas perspectivas. ‘La duda’, con su complejidad y múltiples cuestiones de difícil respuesta, con los debates que provoca y su mundo de creencias y sospechas, de ética y moralidad arbitraria se confabula como un título imprescindible. Sin duda alguna, una de las grandes películas de este año que acaba de empezar.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009