lunes, 6 de octubre de 2008

Review 'El Tren de las 3:10 (3:10 to Yuma)'

Readaptación y clasicismo actualizado del ‘western’
Un sorprendente James Mangold consigue aportar con su nueva versión una admirable lealtad hacia el clásico de Daves en un apreciable filme de elegancia y factura intachable.
El western, como género, es uno de los modelos de narrativa épica más elaborado y reconocido del Arte Cinematográfico. Bajo su espíritu se ha recorrido un esencial destilación de las raíces de Norteamérica, de sus figurantes humanos y de sus paisajes. Un género mayor cuyos relatos describen la perfección de la mitología y el folclore de una nación. Actualizar un género en una época de coléricos ‘remakes’ y de ‘revivals’ puede considerarse un desacierto si no se logra readaptar a los tiempos que corren. Como una inalterable forma de entender el mundo, el ‘western’ acepta una continua renovación, siempre y cuando se respeten sus reglas y el código de valores logre revelar la esencia geográfica legítimamente americana para convertirla en un concepto ecuménico.
En ese terreno de duelos, bien sea de personalidades como verbales, de ‘cowboys’, de villanos admirables sumidos en una constante pugna de pliegues psicológicos y morales, en los que la violencia juega un papel fundamental se sitúa ‘El tren de las 3:10’, del irregular cineasta James Mangold, que reformula la historia con entornos de ‘western’ que Delmer Daves sugiriera en 1957 con la adaptación de un relato corto de Elmore Leonard con Glenn Ford y Van Heflin como protagonistas.
La versión actualizada no es un ‘remake’ como tal, sino una reinterpretación del mismo argumento que recoge esa mística de valoración dicotómica que utiliza los estereotipos del ‘western’, a sabiendas del tópico, pero otorgándoles una sobriedad más que apreciable. Se podría decir que a ambas versiones les unen los mismos puntos, con el eje coaxial de un argumento trenzado a través de dos personajes antagónicos que reúnen paralelismos en sus diferentes formas de actuar. La de Dan Evans, un pobre ranchero veterano de guerra al que sus hijos no respetan que sufre el acoso por parte de los patronos sin entrañas que aspiran a conseguir sus tierras para poder construir el ferrocarril. Por otro lado, Ben Wade, un peligroso forajido con ciertos valores, que es trasladado hacia el pueblo donde esperarán a que el tren que da título al filme le lleve a saldar sus cuentas con la justicia. Evans se une a las autoridades encargadas de trasladar al proscrito con la intención de cobrar una recompensa que alivie su miseria. La historia de fondo sigue siendo la misma que en la versión del 57, la lucha por la supervivencia de dos roles que comparten trayecto; uno, transformado por la leyenda en un célebre asesino uno y otro, hombre de buena fe, un padre de familia frustrado, lleno de dudas y sin futuro.
Mangold, bajo el guión de Halsted Welles, Michael Brandt y Derek Haas, consigue aportar con su nueva versión una admirable lealtad hacia el clásico de Daves, llegando a determinar una personalidad propia que se apoya en el tono artesanal que despliega, con sobrado talento, un halo de clasicismo actualizado. ‘El tren de las 3:10’ supone así una inesperada sorpresa que describe todo aquello que debe divulgar un buen ‘western’; una fábula donde mito e historia se agrupan en una cohesión donde la moralidad y la epopeya conviven en conflicto bajo los relieves de un paisaje en la que la aventura y la acción proponen diatribas tan salvajes como trascendentes.
Un reconocible viaje hacia un punto en concreto, que es la excusa para profundizar en otra travesía mucho más importante, la del trayecto vital en el que Evans reconoce errores vitales para poder vencer un lastre que arrastra en forma de minusvalía junto a un Wade que aprende a ver la heroicidad que mueve a un hombre que actúa por demostrar su valía ante su hijo mayor. Es, en definitiva, un relato poético erigido a partir de la idea del itinerario que vincula la idea de desplazamiento físico del héroe individual o colectivo como de su representación de cruzada ética.
Tampoco se olvida del salvaje oeste inmerso en una época de cambio, el principio del fin de aquel mundo insociable de conquista y colonización, con la introducción de ésa contemplación histórica que se establece en torno al papel simbólico que juega la homérica construcción del ferrocarril, definido en un par de secuencias donde un pueblo atestado de inmigrantes trabajan duramente para los colonos estadounidenses o en la desidealización de la propia esencia del ‘western’, con indios atacando con armas de fuego y los desagravios familiares que se llevan a cabo con avanzadas técnicas de tortura. A Mangold no le hace falta hacer hincapié en estos temas, puesto que forman parte de la descripción de un ‘far west’ a punto de cambiar, como una subsiguiente refracción de la magnífica serie de la HBO ‘Deadwood’.
En ése sentido ‘El tren de las 3:10’ se sitúa en un nivel más cercano a la infravalorada ‘Open Range’, de Kevin Costner, que a las magníficas manifestaciones genéricas de películas como ‘The Proposition’, de John Hillcoat o ‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’, de Andrew Dominik, ya que la obra de Mangold está desprovista de la lacónica crepuscular de estos citados y excelentes ‘westerns’, aunque sí verdad que aquí se eche de menos la proliferación de panorámicas paisajistas. Preocupa más, por tanto, la descripción de los personajes por encima del horizonte, planteando incertidumbres y reflexiones que tienen su mejor soporte en unos brillantes diálogos acerca de la dialéctica sobre la ética, la vida y la muerte. Todo ello, sin olvidar el cuidado por la acción y la coreografía de la violencia en la que no faltan asaltos a diligencias, tiroteos y la tensión hacia su inesperado final, donde la dicotomía del bien y el mal se ve extrañamente sacudida por el curso de los acontecimientos.
La diferencia, entre el filme de Daves y la nueva actualización de Mangold, se encuentra en el abandono del claustrofóbico reducto de una habitación donde el lucha psicológica entre ambos roles tenía lugar en su película originaria se expande aquí a un vasto territorio. La importancia del reloj y el paso del tiempo no lo es tanto como el de una reliquia en forma de condecoración que le hace recordar a Evans quién es en realidad. Para Wade, auténtica alma de la historia, su gesto de heroicidad está por encima de la justicia. Y eso, hace despertar su fascinante catadura ética, viendo en la coyuntura la oportunidad de ayudar a un pobre hombre a recuperar el respeto de su hijo y de él mismo, que contrasta e inmuta al convicto, ambiguo en su moral y en sus actos.
El heroísmo se muestra como una forma de catarsis destructiva, de exoneración con la culpa y con el pasado. Evans actúa con la resignación a convertirse en el héroe que nunca fue por necesidades mucho mayores que el dinero. Wade, por su parte, lo hace como una reivindicación personal porque sabe que el primogénito de Evans le respetará no por una vida de sacrificios y trabajo, sino por una acción que va más allá de cruzar la frontera, donde no existe ni ley, ni moral ni justicia, sólo la idea de la valentía.
Hay que destacar muy especialmente el gran trabajo de dos actores en constante reto interpretativo. Si bien un inmenso Russell Crowe (posiblemente su mejor papel hasta el momento) aprovecha la grandeza de un personaje perfilado con sutiles aristas, también lo es el partido que saca Christian Bale a su humilde granjero, muy por debajo en el atractivo de su personaje respecto a su antagonista, así como la aportación de secundarios de lujo como Ben Foster, el veterano Peter Fonda o el jovencísimo Logan Lerman. ‘El tren de las 3:10’ es una oda al género y a sus reglamentos artísticos, perfectamente conseguidos bajo las directrices de un Mangold que encuentra, en varios momentos y con la lógica de un talento reposado en la veteranía, ápices de genialidad, de resolución impecable y de planificación elegante con cierto estilo clásico.
Una película muy masculina que realza su brillantez con la proverbial partitura de un rotundo Marco Beltrami, siguiendo las directrices de maestros del género como Morricone, Bernstein o Broughton. Es incomprensible, por ello, que este ‘western’ de altos vuelos haya estado a punto de sucumbir a las ineptas decisiones de las grandes distribuidoras que estuvieron a punto de no estrenar esta fantástica película en nuestro país.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008