viernes, 31 de octubre de 2008

Review 'Camino'

Amor terrenal por encima de los dogmas
Javier Fesser cambia de género para ofrecer una portentosa historia que, más allá de fijar su mirada en el anverso y el reverso del Opus Dei, supone una fábula fantástica sobre la independencia, la bondad humana, el amor y la muerte. Una experiencia vital y emocional irrepetible.
Lo más seguro es que ni a los seguidores del Opus ni a los sectores más comprometidos con el cristianismo beligerante una película como ‘Camino’ les haya hecho mucha gracia. Es una cinta que levanta ampollas por lo diáfano de su discurso y por los elementos reales que Javier Fesser utiliza para narrar su nueva y controvertida fábula. La gran controversia ha venido dada por una dedicatoria final, donde se ofrece la tercera película del cineasta madrileño a la memoria de Alexia González-Barros, personaje en el que se inspira libremente. Alexia fue una adolescente española que sufrió un doloroso cáncer que acabó con su vida con tan sólo 14 años. Según se cuenta, aceptó plenamente su dolorosa enfermedad desde el primer momento, ofreciendo el intenso sufrimiento y las numerosas limitaciones físicas que padecía a la Iglesia, al Papa y a todos los demás. Todo ello desencadenó que, después de su pérdida, se iniciara un proceso de canonización que está a punto de culminar.
En ningún momento, Fesser trata de hacer un ‘biopic’ postulador de una persona real, ni de acercarse a la vida de Alexia, ni a las profundas razones gracias a las cuales afrontó con tanta entereza su enfermedad. Fesser se limita a tomar como punto de partida un hecho real y su entorno familiar, donde no existen más analogías que aquellas que puedan molestar por la controvertible dialéctica de la fábula narrada por el director de ‘El Milagro de P. Tinto’. ‘Camino’ se distancia así del acontecimiento y se muestra como una experiencia vital y emocional de una inocente niña que padece una terrible dolencia y afecta a quienes la rodean, como muchas otras trágicas historias que tienen lugar cada día en todas las partes del mundo. De ése alejamiento surgen nuevas posibilidades, que Fesser utiliza para construir una ficción que poco tiene que ver con la realidad de la joven Alexia.
Tan sólo las une un similar enfrentamiento a la misma enfermedad, ya que aquí se asume otra vertiente concebida para redimensionar el mensaje testimonial con la inclusión de dos acontecimientos trascendentales en la vida de Camino; se enamora por primera vez y al mismo tiempo siente cómo su vida se apaga. Si a eso unimos que ‘Camino’, es el título del libro esencial escrito por el creador del Opus Dei Jose María Escrivá de Balaguer, la polémica está servida.
La película presenta a Camino, una joven muchacha de vitalidad y alegría contagiosa, preocupada porque a ella le gustaría dedicar su tiempo libre al teatro, mientras que su madre, acogida a las férreas y inescrutables consignas religiosas del Opus Dei, prefiere que siga el rumbo de su hermana, una numeraria de la “obra” que vive en Pamplona reclutada para seguir las órdenes que marcara Escrivá de Balaguer, fundador de esta peculiar sociedad religiosa-católica. Para Camino Dios, Jesucristo y el Opus pasa a un segundo plano cuando conoce a Cuco, Jesús, un chaval del que se enamora y que también actúa en la función teatral. Mientras, su padre José, más agnóstico ante el fanatismo de su esposa, adora a su hija simplemente como una jovial niña de 12 años que tiene toda una vida por delante. Sin embargo, los acontecimientos cambian cuando a Camino se le detecte un agresivo cáncer óseo que la postrará en una cama avocándola a una vertiginosa y amarga agonía. El arriesgado trabajo de Fesser traza un recorrido por una doble vertiente; la de los parajes existencialistas que ponen en duda las creencias católicas y la de un doble sentido de espiritualidad que utiliza para exponer, con calculada ambigüedad, la vida de aquellos que ponen su vida al servicio de un dogma al borde del fanatismo. Los mismos que viven su farsa persuadiendo a los demás a sus dominios y, de paso, delimitar la libertad. Es una mirada clara y contundente al anverso y el reverso de un santuario de doctrina con nombre propio: El Opus Dei.
Podría verse como una tentativa maniquea para poner en tela de juicio una institución sectaria amparada por la Iglesia Católica, sin embargo, ‘Camino’ no va de eso. Fesser es lo suficientemente sutil e inteligente a la hora de ejemplificar la cotidianidad de la “obra”, sin promover una idea demasiado negativa sobre sus costumbres y abnegaciones. Evidentemente aquél que haya vivido de cerca esta hermética sociedad religiosa sabrá reconocer la esencia radiográfica y el contexto que se le da a ciertos fragmentos de la película; sobre todo en lo concerniente a la hermana y su vida de numeraria auxiliar y sus tentaciones terrenales que deben ser martirizadas, al proselitismo interno, a la obsesión de la “obra” con la Iglesia Prelaticia en Roma, a la vida otorgada a Jesús y la constante grafía de Escrivá, siempre presente en su día a día. Así como la coacción e influencia religiosa, la falta del derecho a la intimidad y la necesidad de canonizar creencias místicas y milagrosas, como aspirar a la Santidad en lo cotidiano de cada día.
Los cuestionamientos de esta apasionante historia son mucho más trascendentales. Se superpone así la escala esencial del antropocentrismo, entendido como el enaltecimiento del ser humano como medio para llegar al conocimiento de la misericordia y no recurriendo a una figura incorpórea de divinidad aparente. Y lo hace sin ningún tipo de alarde ni afectación existencial. El terrible conflicto es evidenciado con sencillez y emotividad, desde un fino prisma de verdad, sin artificios dicotómicos (pese a que los curas sectarios sean demasiado caricaturescos), situado en un punto de libertad de expresión que apela a la independencia creativa y a la libertad de crítica hacia aquellos que ponen por encima de todo la actitud de evangelizar y vender a los demás su creencia.
Por eso, tal vez, el discurso duela por lo contundente, por la posición de acercamiento, con ímpetu de conocimiento hacia los límites y las fuentes de una realidad como es el fundamentalismo religioso. A través de la tragedia de la niña, también hay una diatriba contra las férreas supersticiones a las que se somete cierta parte de la sociedad que, paradójicamente, aleja la materialidad de muchos conceptos en los que se cree fielmente, como puedan ser el amor, la libertad y la vida. ‘Camino’ se adentra así en los oscuros cauces de una doctrina cuestionada desde la quietud y el naturalismo, sin caer en la provocación que, a buen seguro, florecerá dentro del seno de aquellos a los que se refiere esta conmovedora cinta.
La crítica existe, por supuesto. Pero está camuflada entre líneas de una inspirada y emotiva fábula de fantasía enfrentada a la cruel realidad. El director y guionista carga sus tintas contra un sector que tiene dentro de sus filas a fanáticos oportunistas capaces de inventar y vender milagros, de utilizar una vida infantil arrancada para ser utilizada como instrumento de glorificación de la voluntad de Dios. Pero no es tanto una crítica a los principios y creencias del Opus Dei ni al credo católico como lo es a la usurpación de las creencias y pensamientos de los demás y de los hechos que se narran. Para Camino, es más importante su ímpetu por sentir un amor real, de disfrutar de una vida sin condicionamientos, de querer vivir el día a día del falso salvoconducto vital que le propone su madre.
De ahí ese escapismo onírico que enfrenta con sueños idealizados y pesadillas en forma de tortura maternal y persecución del ángel custodio. Son los momentos en los que Fesser aprovecha para insertar sus reconocidos juegos fantásticos que irrumpen bruscamente en el tono hiperrealista, aprovechando tales inflexiones para proponer un apasionante juego gramatical y semántico, pero sobre todo visual. Más allá de la ejemplificación, más allá del Opus Dei, de la polémica y de los maniqueísmos que puedan verse desde una dualidad de pensamiento, ‘Camino’ es una fábula fantástica sobre la independencia sentimental, sobre la bondad humana y el primer amor, sobre la felicidad que no sabe de reconvención religiosa ni de dogmas.
Puede que haya quien vea la personificación de Gloria, la madre, como un personaje negativo, que infunde el odio del espectador y simboliza la maldad de una institución como es el Opus. Pero no es así. A pesar de significar esa represión cultivada, aplicada a su familia y derivada a su credo llevado al límite, no deja de ser otra víctima del entorno opresivo, que tiene momentos de duda y que sufre impotente una tragedia sin solución. Lo profano es visto como una amenaza a los ojos de esta madre, que no tiene más remedio que escindir la libertad de elección de Camino, metaforizada como ése pequeño ratón que entra una y otra vez en la jaula con queso, pero que gracias a la gran bondad de la niña, logra escapar siempre.
Otra cosa es que el padre sea mostrado como un ser mucho más tangible ante el dolor, que se muestra débil, dubitativo, aterrado e incapaz de no sufrir hasta el extremo con todo el periplo existencial que supone ver perder a su hija pequeña. Él es el confidente de Camino, su cómplice, su conexión real con los sentimientos fraternales, con el albedrío que genera la comprensión y el entendimiento. Es un hombre que no entiende porqué es anulado por ése “verdadero Padre” o por la figura de Escrivá, hecho por el que la película pasa apenas de puntillas, sólo remarcado en esas flores compradas para su hija que aparecen poco después bajo su terrorífica efigie. Es un hombre que, en último término, permanece inerme ante su mujer porque la quiere y la entiende, en su creencia y en su dolor. “Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor”, se puede leer en la máxima 982 del libro de Balaguer.
Fesser juega desde su prodigioso prólogo a la confusión, a proponer una historia de falsas apariencias, donde Camino ve la luz divina de la “obra” en sus momentos finales, alcanzando el éxtasis de santidad que satisface, y de qué manera, a los que visten las sotanas de usuras que tan bien apelan a la farsa y a la manipulación. A lo largo del filme, Fesser irá desajustando esa realidad a través de la mirada inocente y pura de un ángel real, de esa niña con ganas de vivir intensamente el primer amor, de ir configurando sus sueños y devociones, que muy poco tienen que ver con lo cristiano. Lo que todo el mundo va interpretando como claras señales de santidad, no es más que un hermoso y desesperanzador amor infantil.
‘Camino’ es, ante todo, una historia de amor que, a lo largo del metraje, se va nutriendo de referentes fabulescos, como esa ‘Cenicienta’ de Charles Perrault o ‘Alicia en el país de las maravillas’, de Lewis Carroll. Referencias que Fesser aprovecha para definir con carga poética, visualizada con los habituales efectos especiales que se ponen al servicio de su punzante trasfondo, como una vía de escape, un espejo onírico y catártico. Es el modo de paliar el dolor y la tutela maternal convertida en visceral por su devota madre. Es un tránsito redentor hacia la luz y el amor, sí, pero nada tiene de beatífico.
Camino se muestra entregada y romántica a su pasión por Jesús. Pero es una ilusión. “Jesús, que yo haga siempre lo que tú quieras”, decía constantemente el personaje en el que se inspira. Camino, comparte la misma fortaleza, paz y alegría en su vía crucis, pero diferenciando lo divino y lo humano, puesto que el Jesús a quien la niña quiere tiene los rasgos de ese chaval de mirada triste que también bebe por sus vientos. El amor divino y la santidad poco tiene que hacer contra el amor terrenal. La salvación espiritual de la niña no comparte la visión religiosa de la vida y no comprende la actitud cristiana ante la muerte.
Tampoco deja espacio para la actitud masoquista, puesto que Camino sufre y se cuestiona sus creencias, porque, como ella misma afirma dentro del filme, todo lo que pide para los demás se cumple, pero no para ella. No entiende porque si Dios la quiere tanto la castiga de esa manera tan atroz. Sus últimos deseos no se corresponden a los aspectos doctrinales y el modo de vida de los integrantes de ese movimiento religioso oportunista. Ella propone un bello viaje a un Viena de ensueño con olor a dulce, en brazos de su auténtico padre y con un vestido rojo de oferta, para poder ver, por última vez, a su enamorado junto a la persona que lo da todo, absolutamente todo, por esta pequeña enferma.
Habrá quien tache a Fesser de neutralidad impostada o de partidista con énfasis de ateísmo negativo que pone en duda la existencia de un supremo creador. Se puede leer entre líneas que el problema de Dios, en esta película, es el mismo que el de Mr. Meebles. Que no existe. Como ése sillón vacío al que apunta la cámara de Super-8 donde debería estar Jesús, el hijo de Dios. ‘Camino’, propone un canto a la vida, a la fe y creencia de un amor tangible y humano en el que, no obstante, no falta la aparición del destino o del ‘Deus ex machina’.
La fe puede tener una doble variante; aquella que sirve para llegar a un estado de plenitud y felicidad y la que se utiliza como herramienta para afrontar los duros golpes de la vida. Es la certificación de que la fe teológica no es la única que puede albergar el auténtico camino al amor real y humano en contraposición del divino. Como la postura de Camino ante la historia de Bernardette Soubirius. Ante su misticismo entregado, la pequeña prefiere recordar las palabras de ese molinero al que dejó por fe divina. Eso, y no su devoción, es lo que pone realmente los pelos de punta.
Javier Fesser ha creado una película intensa, valiente y entregada, que rebasa los límites de lo emocional hasta llegar al paroxismo, que muestra esta agonía con una minuciosidad visual creada a partir del sentimiento. Puede que haya cierto engolamiento dentro de los sueños y pesadillas, pero sólo así es posible vincular de un modo tan íntimo la imaginación y la esperanza para poder superar el dolor y la muerte. También ha habido comentarios en contra de la explicitud con la que se muestra la tortura quirúrgica de Camino. Pero, en definitiva, el filme no deja de tratar sobre la enfermedad y la muerte, que encuentra, eso sí, su único defecto, en su excesivo final, por lo duradero y por lo dramático, por ésa puntilla crítica a unos insólitos aplausos en la muerte de Camino que tiene como objetivo crear la simple concordancia onírica de la niña y la realidad de su fallecimiento. Pese a ello, no desentona en su objetivo por conjugar las emociones con ésa realidad que golpea fuertemente en la retina del espectador.
Sería un error no destacar el elemento más sobresaliente de Fesser como director. Y es la concerniente a la labor interpretativa que realizan todos y cada uno de los actores y actrices que aparecen en ‘Camino’, por mínima que sea su presencia en la pantalla. Desde ese inconmensurable descubriendo de la angelical Nerea Camacho, capaz de reflejar el dolor y el amor que se mezclan en un trayecto de angustia que no elimina la esperanza, de la gran Carmen Elías, que logra transmitir la dualidad del amor y la devoción religiosa de una manera admirable o la entrega sacrificada de ese padre encarnado por Mariano Venancio con absoluta genialidad interpretativa. Sin olvidar la fragilidad que destila Manuela Vellés y secundarios como Ana Gracia, Jordi Dauder, Fernando Carrera, Lola Casamayor y los jóvenes Miriam Raya, Claudia Otero o Lucas Manzano.
Estamos ante una obra magna, de esas que huelen y subliman verdad. Ficción creada a partir de realidad, ‘Camino’ radiografía ciertas creencias y maneras de vivir donde cada personaje describe variantes dentro de la referencia social que utiliza, desde la creencia y desde la duda. Javier Fesser ha rodado su mejor película hasta la fecha y uno de los ejemplos más palmarios de grandeza del cine español en mucho tiempo. Su ambiciosa y arriesgada propuesta, excepcionalmente compleja y conmovedora se define por su intrincada polisemia pura, donde los significados y emociones se diversifican en una brutal muestra de cine con mayúsculas. Si ‘Camino’ no es una obra maestra, poco le falta.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008