lunes, 29 de septiembre de 2008

Paul Newman: El adiós del mejor actor de todos los tiempos

1925-2008
El mundo del cine ha perdido a una de sus figuras más emblemáticas. Hollywood se ha visto huérfano del gran estandarte de su época dorada, al representante del glamour, el talento y la contundencia interpretativa. La despedida final de Paul Newman a los 83 años, víctima de un doloroso cáncer de pulmón, marca el final de una era que deja imágenes inmortales dentro de una filmografía y legado como actor, director y productor repleta de clásicos indiscutibles e interpretaciones memorables. Newman nació en Shaker Haights, Ohio, en 1925 procedente de una familia de inmigrantes; su padre, Arthur, era un alemán israelí y su madre, Theresa, húngara de férreas creencias católicas. Quiso ser piloto, pero debido a su daltonismo le fue imposible y tras un fugaz paso por la Marina yanqui, acabó cursando estudios de Economía. Pero el destino de Newman tenía un signo evidente y muy distinto a los números. Había nacido para ser una estrella. Casado con Jackie Witte, con la que tuvo dos hijas, el joven aspirante a actor se traslada a Nueva York con la intención de ingresar en el Yale Drama School y en 1952 recala en la prestigiosa Actor’s Studio, donde coincide con actores generacionales como Marlon Brando y James Dean que, como él, pasarían a formar parte de los anales a través de las enseñanzas de Lee Strasberg.
Debutó en televisión con algunos personajes episódicos en series como ‘You are there’, de John Frankenheimer, pero sus primeros éxitos llegan sobre los escenarios de Broadway en 1953, con la obra ‘Picnic’, de William Motter Inge, prosiguiendo su andadura teatral con la obra de Joseph Hayes ‘Horas desesperadas’, que serviría como pasaporte para firmar un contrato con la Warner. Newman iba a debutar en el cine. Pero no lo hizo con buen pie. Victor Saville hace que su portentoso talento no luzca como era de esperar en el filme ‘Caliz de Plata’, película de la que el actor nunca se sintió satisfecho. Tras seguir interpretando pequeños papeles en series de televisión, la trágica muerte de James Dean en un accidente automovilístico le brinda la gran oportunidad de su vida. ‘Marcado por el odio’, de Robert Wise, supone no ya el despegue definitivo y absoluto de Newman como estrella, sino la demostración categórica del potencial interpretativo de un actor de fuerza y energía indiscutible. El biopic sobre la figura del boxeador Rocky Graziano se sustenta sobre la grandeza de Newman, en su fuerza dramática y emocional.
Cauto en sus decisiones, con películas donde desplegar su carisma y sin mucha prisa por convertirse en la estrella que ya era, vuelve a dar un golpe de efecto a su incipiente filmografía con su papel como Ben Quick en ‘El largo y cálido verano’, la adaptación de Martin Ritt sobre el texto de William Faulkner. En ella, coincidió con Joanne Woodward, la mujer con la que se casaría en segundas nupcias y que siempre ha estado a su lado en uno de los matrimonios más ejemplares del mundo de la farándula a lo largo de 50 años. La conoció durante su etapa en el Actor’s Studio, con la preparación de ‘Picnic’ y durante todos los años venideros se mantuvieron juntos, haciendo frente a la gloria y las adversidades. De esta ejemplar relación siempre quedará esa máxima marital de honestidad y compromiso intachable del actor: “¿Para qué salir a buscar una hamburguesa si tengo en casa un bistec?”.
Paul Newman estaba ya considerado como uno de los valores en alza y un ‘sex symbol’ de mirada asombrosa. Su brutal composición del atormentado ex futbolista alcohólico Brick Pollitt, junto a la estrella femenina de la época Elizabeth Taylor en la adaptación de la obra de Tenesse Williams llevada a cabo por Richard Brooks en ‘La gata sobre el tejado de Zinc’ sigue siendo una las actuaciones más recordadas de aquélla espléndida época hollywoodiense. Su actuación es una exhibición de su talento, de personalidad, de poder de atracción y aptitud para la ambigüedad. Newman fue uno de los mejores representantes del Método Stanislawski, que supo interiorizar con las emociones de los personajes, aprendiendo absolutamente todo aquello que hacía falta para aprender para a dominar la película. Un hecho vital que aprovecharía para su posterior lanzamiento como director. Su trabajo al lado de una estupenda Taylor le atribuiría la primera de sus nueve nominaciones al Oscar a lo largo de su carrera. Su interpretación de Billy “El Niño” en ‘El Zurdo’, de Arthur Penn, es otro hito dentro del ‘western’ y un importante escollo dentro del debacle de la mejor tradición del género en su arista clásica.
Más cercano para el público que un complejo y oscuro Marlon Brando, Newman se caracterizó por la amplia gama de registros que podía interpretar; su naturalidad y compromiso con el rol acabarían por forjar una de las filmografías más interesantes y completas de cuantos actores hayan pasado por la meca del cine. De cinismo sano y de mueca honesta, quiso apartarse de la explotación de su hipnótico físico contrarrestándolo con una serie de papeles antológicos. Para Newman su profesión siempre fue un duro oficio, no una categoría o un ‘status’. Muy pronto, se convierte en el actor protegido de Martin Ritt (con él rodaría seis títulos – ‘Hud’, ‘Un largo y cálido verano’, ‘Un hombre’, ‘El más salvaje entre mil’, ‘Un día volveré y ‘Cuatro confesiones’-), que sabe ver la fuerza dramática de Newman, ideal para desglosar el intimismo sociológico del director. Además, a ambos les une las mismas tendencias políticas con el partido demócrata, al que el actor fue propuesto como delegado por Conneticut. Esto, le haría aparecer en el puesto número 19 de la lista de enemigos de la Administración de Richard Nixon.
‘Un marido en apuros’, de Leo Mcarey, ‘La ciudad frente a mí’, de Vincent Sherman, ‘El buscavidas’, de Robert Rossen, ‘Dulce Pájaro de juventud’, de Richard Brooks, ‘El Premio’, de Mark Robson o ‘La leyenda del Indomable’, de Stuart Rosenberg componen los mejores años de Newman como actor, moldeando los caracteres de aquellos personajes a los que da vida en una inteligente estrategia que evita el encasillamiento, logrando apartarse del estereotipo. Newman interpretó como nadie a los débiles, a los perdedores, víctimas traumatizadas en lucha contra la injusticia y de los contratiempos, trasmitiendo el espíritu de la autenticidad con cada trabajo.
Incluso los fracasos comerciales como los de ‘Éxodo’, de Otto Preminger, ‘Cortina rasgada’, del mítico Alfred Hitchcock o posteriormente ‘El hombre de Mackintosh’, de John Huston no hicieron mella en su viable regreso al éxito. Es conocida su facultad de resarcimiento, de asumir los errores y seguir aprendiendo de una profesión en la que llegó a ser el mejor. En 1968, funda la Newman-Foreman; posteriormente, en 1971, se asocia con Barbra Streisand, Dustin Hoffman y Sidney Poitier para crear la First Artist Production Ltd.
Paul Newman regresa por la puerta grande con el éxito comercial ‘Dos hombres y un destino’, de George Roy Hill con otro de esos rostros destinados a marcar época en Hollywood: Robert Redford, en un atípico ‘western’, alegre y desenfadado sobre la huida de Butch Cassidy y Sundance Kid. Una explosiva asociación que repetiría cuatro años después en ‘El Golpe’, también dirigido por Roy Hill, en una cinta no menos clásica. Durante los 70, Newman diversifica su rostro en películas de desigual suerte, asumiendo los retos de sus elecciones, en filmes de trascendencia personal, como la aceptación de lo peor y lo condenable de su majestuosa construcción del personaje del juez Roy Bean en ‘El juez de la horca’, de John Huston, en sus constantes coqueteos con el ‘western’ (‘Los indeseables’, con Rosenberg y ‘Buffalo Bill y los indios’, de Robert Altman) como en su incursión en éxitos de claro corte ‘mainstream’ como ‘El coloso en llamas’, de Irwin Allen y John Guillermin o la divertida ‘El castañazo’, de nuevo con Roy Hill.
Paul Newman había rodado en 1959 un cortometraje inspirado en ‘Los perjuicios del tabaco’, de Chéjov con su mujer al frente. Sería nueve años más tarde cuando decide dar el salto detrás de las cámaras. Y lo hace, como siempre a partir de entonces que dirigiera un filme (a excepción de su segundo título como realizador ‘Casta invencible’), con su mujer Joanne Woodward, a la que proporcionó algunas de sus mejores y más recordadas interpretaciones dramáticas. ‘Rachel, Rachel’ ofrece a la actriz la posibilidad de cambiar los papeles de lucimiento por una interpretación de carácter. Su carrera como director también fluctúa entre la desigualdad y el interés, la irregularidad y la calidad de filmes como ‘El efecto de los rayos Gamma’, basado en la obra ganadora del Pulitzer de Paul Zindel y el telefilme de ‘The Shadow Box’ o la más adecuada y último trabajo de Newman como director ‘El zoo de cristal’, de nuevo con recital de Woodward.
Pero si una película será recordada de forma íntima en la vida de Newman, ésa es la conmovedora ‘Harry e hijo’, que supone la catarsis de Newman de la peor etapa personal que llegó en 1978, cuando el hijo de su primer matrimonio, Scott, falleció a causa de una sobredosis. Una película dura y pesimista que supo abordar el espíritu de la América de los perdedores y de los excluidos. Con ella licuó su culpabilidad y los fantasmas del pasado, creando a su vez un centro de ayuda y protección para drogodependientes con el nombre de su hijo y la cadena de salsas Newman's Own, empresa que dona íntegramente sus ganancias a organizaciones benéficas. La muerte de su hijo fue superada, en parte, gracias a su conocida afición por el automovilismo y la velocidad que conoció en 1969 a través del filme ‘Winning’. La adrenalina y las ganas de seguir adelante llegaron por medio del volante y de la afición inexpugnable por correr al filo del límite. Newman se hizo propietario de la escudería de Cart y llegó a lograr un segundo puesto en las 24 horas de Le Mans de 1979 con su Porsche 935.
Los años 80 comienzan con papeles de enjundia, donde llega a desplegar su devoción por la mitología de las soledades, con ese ex abogado alcohólico retirado que mantiene la dignidad ante un caso de negligencia médica o el reencuentro de su personaje de ‘El buscavidas’, Eddie Felson, en ‘El color del dinero’, de Martin Scorsese, papel que le vale el Oscar en 1987. Una década donde su pétreo rostro, perfectamente envejecido y sin perder el ápice de atractivo y talento se deja ver en películas olvidables como ‘El escándalo Blaze’, ‘Creadores de sombra’ o ‘Esperando a Mr. Bridge’, última colaboración en pantalla con su musa. La última etapa interpretativa de Paul Newman está acorde con su personalidad arrebatadora y la dimensión como actor. Ahí quedan un puñado de papeles gloriosos, como el déspota Sidney J. Mussburger de ‘El gran salto’, de los hermanos Coen o ese entrañable cascarrabias de ‘Ni un pelo de tonto’, así como el crepuscular detective a la vieja usanza de ‘Al caer el Sol’, ambas a las órdenes de Robert Benton. Dos películas fascinantes, donde Newman se revela como el veterano mito con ganas de aportar lo mejor, de seguir dejando su estela de grandeza, con una hondura y un mimo por sus personajes llenas de personalidad y seducción inagotable.
Películas de transición y sin mucho destello en ninguna de sus categorías a excepción de la presencia de Newman como ‘Mensaje en una botella’ o ‘Donde esté el dinero’ dejan paso a la que ha sido la última y gran interpretación del mito en la gran pantalla. Sam Mendes contó con él para la irregular ‘Camino a la perdición’ y Newman ofreció, por enésima vez, una lección de interpretación a la vieja usanza como jefe de la mafia irlandesa en Rock Island junto a Tom Hanks. En sus últimos años tuvo tiempo de ganar un Tony por su interpretación en la obra teatral ‘Our Town’ en 2003 y de regresar a la televisión llevándose un Emmy en 2005 por la lujosa ‘Empire Falls’, de Fred Schepisi. La carrera de Paul Newman tiene punto y final en su colaboración vocal de la cinta animada de Pixar ‘Cars’, prestando su voz al modelo 51 Doc Hudson y como narrador del documental ‘The price of sugar’, que sigue la figura del Padre Christopher Hartley que intenta llevar algo de justicia y derechos humanos a la República Dominicana, donde perviven haitianos esclavos que cultivan los campos de caña de azúcar de la que cual se consume en gran parte en Estados Unidos. El cáncer no ha dejado tiempo para más.
Dentro de los fastos del cine, nunca ha existido (ni existirá) nadie como él, con ése hechizo y cercanía que despertaba esa mil veces definida como “la mirada más azul de Hollywood”. Newman era apuesto, guapo, reflexivo, inteligente, filántropo y talentoso. Su rostro tenía un toque de difícil perfección, armonioso y cautivador, de divinidad y atractivo que sedujo tanto a mujeres como despertó la empatía masculina. La admiración que despertaba era comparable al respeto que imponía, a su interminable lucidez delante de la cámara. El hombre respetable del que todo el mundo debería tomar ejemplo. El hombre vulnerable y sentimental que tenía como afición la cerveza y que fue honesto y discreto hasta el final de sus días.
Paul Newman, eterno y ajeno a las modas, siempre fiel a sí mismo, ha sido durante décadas EL HOMBRE. Y lo seguirá siendo por siempre jamás, porque su leyenda será imposible de olvidar. Él es parte del Cine, una pieza fundamental sin la que el Séptimo Arte no sería lo que es. Newman seguirá en la memoria colectiva como una de los más grandes personalidades de su historia. Y de forma subjetiva, creo que el mejor actor de todos los tiempos.
Adiós, Paul.
Echaremos de menos tu mirada azul, tu gran personalidad y al legendario actor insustituible.
Descansa en paz.