jueves, 7 de agosto de 2008

Review 'Escondidos en Brujas (In Bruges)'

Olvidados en el purgatorio
McDonagh propone un viaje a los rincones más sórdidos de Brujas a través de dos personajes avocados al destino sin retorno en un distinguido análisis sobre la violencia, la culpa y la redención.
El dramaturgo Martin McDonagh debuta con ‘Escondidos en Brujas’ siguiendo los preceptos que han hecho de él uno de los autores teatrales más prometedores y contundentes a mediados de los 90 con apenas 25 años. Desde su primera hora, ‘La reina de belleza de Leenane’, McDonagh ha impuesto un golpe de efecto sobre la escena en lo que podría denominarse como el “teatro del pánico”, con una violencia cruel que subrayaba la realidad como una sistematización grotesca impulsada entre la comedia y la tragedia, como espejo distorsionante que provoca la reflexión del espectador.
Con claras influencias del Grand Guignol, descarnado y visceral, ha abandonó momentáneamente su carrera teatral definida en las tierras de Connemara, la Isla de Aran y la Bahía de Galway para debutar en el cine con un cortometraje galardonado con un Oscar titulado ‘Six Shooter’, otra extraña tragicomedia que narraba el encuentro entre un hombre que acaba de enterarse de la muerte de su esposa y un peligroso y misterioso joven embarcados en un duro viaje salpicado de violencia y muerte.
Su opera prima reivindica la dureza de un estilo, de su comedia negra que aquí se presenta a medio camino entre el ‘thriller’ de tintes existenciales, la ‘buddie movie’ y tragicomedia. ‘Escondidos en Brujas’ es una película de personajes abandonados en un país desconocidos sin más plan que el de esperar nuevas órdenes parte de su superior. Ray y Ken son dos asesinos a sueldo refugiados en la ciudad de Brujas después de haber llevado a cabo un trabajo resuelto con trágicas consecuencias que se embarcan en un intrínseco itinerario moral de meditación y expiación. Mientras uno, el más joven se muestra reacio a perder el tiempo haciendo turismo por la “Venecia belga”, el otro, más veterano, encuentra allí la paz y el sosiego de ese espacio al que denomina como “una ciudad de cuento de hadas”.
Dos profesionales del crimen sacados de su hábitat natural a los que McDonagh le basta con describir con breves trazos y un ‘flashback’ que determinará el dilema moral, sin incisos personales que entorpezcan el cadente desarrollo de la cinta. La fibra cinematográfica se trenza con un ajustado empleo del compás y de la narrativa donde no hay lugar para la digresión o el efectismo visual, dejando espacio para la capacidad de sorpresa y conversión de los géneros que aborda sin rubor. McDonagh sabe hacerse con el espectador desde los primeros compases, desplegando una serie de tópicos en los dos criminales ociosos, en sus fobias y sus anhelos, para paulatinamente ir buscando su complicidad en la disyuntiva de cambio, en las imprevisibles transformaciones que se van explorando dentro de esta brillante fábula a modo de exquisito análisis sobre la violencia, la culpa y la redención.
En todo momento cerca del sarcasmo, solazando en ocasiones con la imaginería de lo onírico hasta llegar a la brutalidad de lo real, el primerizo largometrajista se permite hacer todo tipo de concesiones a lo grotesco, auspiciado en el férreo dominio del surrealismo que van provocando las diversas noches que acontecen en Brujas y en el excepcional romanticismo que desprende esa relación paterno-filial entre los dos asesinos. La ciudad envuelve la trama transformándose en un personaje más dentro del catálogo de secundarios insólitos que se cruzan con los protagonistas (como bella Clémence Poésy, Jérémie Renier o Eric Godon). Una ciudad de luces y sombras, más nocturna que vespertina, donde la incongruencia de la noche invoca a la casualidad, al encuentro amoroso, a la intimidación o al constante encontronazo con un enano norteamericano interpretado por Jordan Prentice que protagoniza una película en pleno rodaje.
Hay que destacar la autoridad de la atmósfera enrarecida con trasfondo dramático en todo el relato, que se manifiesta entre los espacios noctívagos y lo delirante de algunas de sus acciones o personificaciones de la locura colectiva que parece pervertir a todos los que desfilan por la trama. Brujas va mutando desde la sugerente belleza de los canales y la riqueza arquitectónica hacia la variación articulada en la metamorfosis de un escenario incierto, cuyos misteriosos rincones históricos parecen sumergir el relato en un tortuoso viaje a lo sórdido. McDonagh, en ése sentido, se aprovecha del oscurantismo y la ruindad atávica que busca que el entorno funcione como purgatorio idílico donde los personajes deberán hacer examen de conciencia antes de seguir con sus vidas.
La humanidad se va dejando a un lado, condenada al Infierno por los pecados cometidos, destruida con la llegada de Harry Waters, destructor de la heteronomía moral impuesta por unos códigos de honor de un hombre frío y calculador capaz de imponer su ley por encima de cualquier suerte de redención. Hay que rendir cuentas por la inmoralidad de los errores cometidos, sin opción al perdón o las segundas oportunidades que han descubierto Ray y Ken en una evolución que capta en todo momento la amplia serie de matices dialectales.
A ello ayudan las interpretaciones de Colin Farrell, Brendan Gleeson y Ralph Fiennes, que afianzan con sus brillantes aportaciones todos los matices del inextricable paisaje humano que determina un destino sin retorno. Pese al abuso del exceso en un tramo final de impremeditada explosión violenta que rompe con la contención acumulada a lo largo del metraje, las virtudes se sitúan en todo momento por encima de sus anemias.
Por eso, a ‘Escondidos en Brujas’ no se le puede negar su condición de inclasificable. Un filme que sabe jugar a la perfección con todas sus limitaciones, que es honesta con sus objetivos y que revela una excepcional personalidad que contribuye a la lectura superpuesta, al buen cine. McDonagh se presenta así como un cineasta a seguir. Un autor elegante, sobrio, frío y admirablemente descriptivo en el dominio del medio cinematográfico. Toda una sorpresa.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008