lunes, 16 de junio de 2008

Review 'La Niebla de Stephen King (Stephen King's The Mist)'

Los peligros del fanatismo y del miedo
‘La Niebla’ es un rotundo ejercicio de terror en el que Darabont utiliza la introversión del discurso terrorífico muy por encima de los mecanismos típicos del género, creando una sobresaliente obra de culto.
Algo tendrá Frank Darabont cuando, con cuatro adaptaciones literarias de la ingente bibliografía de Stephen King (incluido el cortometraje ‘The Woman in the Room’), se ha convertido en el cineasta que mejor ha sabido desprenderse de la fidelidad y a la vez el que mejor se aproxima al mundo terrorífico del literato de Maine reconvirtiendo ésa distancia en acatamiento sobre las obsesiones del escritor. Y lo hace en esta ocasión con la adaptación de ‘The Mist (La niebla)’, relato corto sobre la desintegración de la sociedad en un marco sobrenatural de pánico colectivo dentro de un pequeño pueblo alejado de las grandes ciudades, muy del gusto de King, que gira en torno a una espesa niebla que asola poco a poco la zona y va engullendo con bestialidad a todo aquel que se pone por delante. Un grupo de gente que compra en el supermercado descubrirá que la niebla oculta unas peligrosas criaturas sedientas de sangre, sin saber que el verdadero peligro anida en el interior del recinto. Y no precisamente con forma de monstruo.
Darabont contribuye al género con una más que estupenda película de terror creada de modo artesanal, con algunas limitaciones técnicas, ya que ha costado poco más de 11 millones de dólares, una cifra ridícula acostumbrados a los números que se manejan hoy en día en Hollywood para las grandes producciones. ‘The Mist’ parte como un sincero homenaje (en fondo y en forma) a las narraciones de terror de los años 50 que tanto proliferaron en los medios cinematográficos y literarios. Partiendo de esta base, el filme se resguarda en todo momento en ése espíritu de serie B, con cierta nostalgia, donde los subtextos y segundas lecturas quedan dinamitadas por la única idea con la Darabont ha elaborado su película; estamos ante una película de terror al uso, sin ningún tipo de alarde ni ambición.
Por eso, no sorprende a nadie que echando un vistazo a la sinopsis venga a la memoria la estructura medular de gran parte del cine de John Carpenter, establecida en historias centradas en un aislamiento colectivo de personas bajo condiciones extremas dentro de un espacio delimitado al margen de la civilización, donde el hermetismo y la angustia provocan tal grado de desconfianza y odio que terminan por ser más peligrosos los propios personajes para sí mismos que la amenaza exterior que les asola.
Siguiendo estos criterios habituales dentro del cine de terror, influencia implícita de Hitchcock y ‘Los Pájaros’, el vehículo narrativo remite aquí a determinadas fórmulas que inciden en el tópico, dependiendo de los referentes evidentes que maneja, pero que bajo la batuta de Darabont abre considerables posibilidades dentro el relato terrorífico, desde el personal aditamento del terror atávico de King, filtrado con inquebrantable pulso cinematográfico, hasta el manejo de la genealogía más ortodoxa, aquél que proviene del orden psicológico y social, disposición implícita donde ‘The Mist’ exprime sus más reconocibles valores.
No se limita a proporcionar detalles, a aligerar su encadenamiento o ir evaluando referencias internas, sino que la película va avanzando a través de los personajes, de sus reacciones y de las situaciones, encaminados hacia un ‘huis clos’ donde los individuos son abandonados descorazonadamente a su miedo y a su angustia. A Darabont, por tanto, le interesa más la introversión del discurso terrorífico que los mecanismos típicos del género. Tanto es así, que si a lo largo del metraje se eliminasen los ataques de los pterodáctilos, los seres prehistóricos y las arañas gigantes, el relato de terror no lo notaría, puesto que se incrementaría la opresión devenida en movimientos y pulsiones personales de unos roles a punto de estallar. Gracias a ello, la atmósfera termina por ser irrespirable, donde falta la esperanza no existe y no hay resquicio de solidaridad humana que determinan así las verdaderas intenciones del filme.
En los últimos años, se ha redundado en exceso, de forma sistemática y reiterativa, sobre las consecuencias de los atentados del 11-S. Pero es verdad que aquí ésa situación es inevitable, manifestada ya no como un contexto de miedo que genera miedo, sino de cómo el terror, utilizado en momentos de crisis común, también puede ser aprovechado por los individuos para mover a las masas. ‘The Mist’ no se esconde en subterfugios simbólicos a la hora de denunciar los abusos de los poderes fácticos y la sociedad moderna. El personaje que sirve como vaso comunicante con el espectador es David Drayton (Thomas Jane), una suerte de Drew Struzan, creador de afiches para películas de Hollywood (de hecho, hay referencias explícitas a ‘La Cosa’, de Carpenter), que lidera sin aparente dificultad al grupo de hombres y mujeres que, en seguida, se muestran ante los ojos del público como personas cabales capaces de controlar la situación.
Más allá de la amenaza de esa niebla incorpórea que se descubre infestada de criaturas ‘lovecraftianas’, el terror viene dado desde dentro, en forma de tipeja deleznable, solterona, extrema y obsesiva con la religión, la señora Carmody (una histriónica y superlativa Marcia Gay Harden), que ve su oportunidad apocalíptica para transformarse en una envidada divina, autoerigiéndose como la salvadora que utiliza la palabra de Dios como medio para su discurso. La Biblia, a veces, puede ser un instrumento más peligroso que las armas y la palabra divina tan poderosa que puede llegar a exigir la sangre de los pecadores como tributo para llegar a la expiación mística.
La enunciación crítica del fanatismo religioso, del fundamentalismo absurdo, incluso de la propia religión católica invocan un peligro mucho más real que el mundo fantástico que se genera en el exterior del supermercado. Esa bifurcación terrorífica revela una niebla definida en el miedo a lo concreto, que advierte sobre los dogmas litúrgicos y los peligros de la manipulación. Como el propio Drayton dice en un momento, Carmody es como James Warren “Jim” Jones, fundador del Grupo Templo del Pueblo, que llevó al suicidio colectivo a 913 personas que se inmolaron en una granja aislada del grupo llamada Jonestown, localizada en Guyana en 1978. ‘The Mist’ se cuestiona así los valores del propio ser humano y de su oscura naturaleza cuando la superstición termina por abolir y destruir a la razón.
Por eso, Darabont opta por el verbalismo de la acción, dando prioridad a la psicosis colectiva y dejando en un segundo plano la ciencia ficción y el terror como maravillosas aportaciones a la identidad del planteamiento genérico. Y lo hace sin renunciar a inquietantes elementos descriptivos y momentos de terror y acción que jalonan la historia y dan sentido a la propuesta. Tampoco se salva el estamento militar, que resulta ser el culpable máximo de la siniestra procedencia de la niebla en una interesante paráfrasis de ciencia ficción que concibe la bruma y los monstruos como consecuencia de unos experimentos que han abierto una puerta dimensional en referencia directa al mito de la Caja de Pandora. Los marines, símbolo de la heroicidad y la protección americana, resultan inoperantes, sin determinación, terminando por encontrar una salida mucho más deshonesta e inhumana que la del grupo atrincherado.
A ‘The Mist’ se le puede increpar, no obstante, que ésa idiosincrasia de la que bebe debería haber seguido unos modelos de ejecución un poco más clásicos, ya que están aquí dinamitados por la estética nerviosa de la cámara en mano, con rápidos intervalos de cambios de foco, desenfreno del reencuadre y una búsqueda del éter documental que destroza la ambigüedad y la sugerencia que requería la ocasión. No obstante, no hay que restar méritos a la gran labor del equipo de cámara de la obra maestra de la televisión ‘The Shield’, capitaneados por el fotógrafo Ronn Schmidt, que intenta transferir el nervio angustiado de la serie catódica, pero que no termina de encajar en el conjunto.
Es una lástima que la versión estrenada en cines pierda el sentido primigenio que quiso darle Frank Darabont, pues el consabido B/N de la idea inicial, en su edición americana de DVD, lo hace todo más opresivo, de atmósfera más siniestra, que funciona mejor ya no sólo como sincero homenaje a las películas de serie B de los 50, sino como película de terror, como drama de tensión, agradeciendo el bicromatismo para que los efectos especiales no evidencien sus limitaciones presupuestarias.
‘The Mist’ está destinada a prevalecer como un futuro clásico de culto que ahora divide las opiniones de crítica y público, fundamentalmente por ese final de crueldad insostenible, donde se toman decisiones estrambóticas y extremas, dotado de un escepticismo y desesperanza nunca antes vistos en una gran pantalla. Todo el epílogo, bajo las notas del pesimista tema de Dead Can Dance ‘The Host of Seraphim’ que complementa la genial partitura de Mark Isham (exhibida en sólo media hora de música incidental), deja varias pautas que evidencian el gusto de Darabont por la dureza sin concesiones y la extrema crueldad, declarados en dolorosas paradojas dentro del clímax final; como el rostro impasible de la mujer que en el inicio de la película pide ayuda al salir del supermercado en busca de sus hijos pequeños, consciente de que lo más importante no es la supervivencia propia sino la familiar, recibiendo las miradas esquivas de todos. O la lapidaria invectiva contra la exaltada autodefensa americana, en un pueblo en el que nadie tiene armas de fuego, pero durante alguna parte de la trama atisban la salvación en esa férrea necesidad de disparar cuando las cosas se ponen feas. Un arma que será, a posteriori, un elemento mucho más funesto y cruel que los aterradores engendros que les ha atemorizado durante su aislamiento.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008