sábado, 7 de junio de 2008

Review 'Antes de que el Diablo sepas que has muerto (Before the Devil Knows You're Dead)'

Renovación clásica y antropología familiar
Sidney Lumet compone un prodigioso puzzle familiar de incomunicación, traición y violencia cuya calidad y alcance la convierten en una de las películas del año.
Cualquiera podría decir que ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ podría ser una apasionada ‘opera prima’ de un joven cineasta con un talento fuera de lo común. El entusiasmo y la fuerza que anida en esta prodigiosa muestra de talento destilan admirable clarividencia y la fertilidad del atrevimiento. Cine con estigma de cine clásico rodado con una perspectiva de ruptura, modernizando la ya desgastada relectura del ‘thriller’ en su discurso escéptico y dramático, con una historia cruel y despiadada.
El veterano director Sidney Lumet, con 84 años y en plena forma, alecciona con su audaz disposición formal curtida a lo largo de los años, transformada en una cognición vehemente del medio. Cualquiera diría que uno de los más representativos autores de la llamada ‘Generación de la Televisión’ ha podido aportar una obra tan revitalizadora en el ocaso de su carrera. Como lo hizo Frankenheimer en sus últimos filmes. Lumet impone su sortilegio cinematográfico retornando a la mirada trágica de los acontecimientos en un poderoso puzzle familiar de incomunicación, traición y violencia.
‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ se centra en los días anteriores y posteriores de un robo a baja escala de una pequeña joyería familiar. Detrás del hecho se ubican dos hermanos sumidos en una profunda crisis económica y personal que ven en la obtención del dinero fácil una efímera solución a sus problemas. Se trata del negocio de sus padres. Todo está planeado para que todo salga bien y nadie salga herido. Obviamente, en un mundo regido por la Ley de Murphy, este objetivo no se cumple. El guionista Kelly Masterson, también veterano pese a que se trate de un primer libreto y el octogenario Lumet, utilizan este robo como la base medular del ‘thriller’, pero conscientes en todo momento de que no es más que un pretexto que servirá como evidencia de la destrucción inevitable de la familia y del enfrentamiento entre las dispares personalidades de unos hermanos unidos por el vacío existencial, avocados ambos al hundimiento común, que acabarán reencontrándose con una figura paterna sumida en el odio y la desesperanza. La cinta reflexiona así sobre uno de los temas que ha caracterizado gran parte de la carrera de Lumet ya desde sus primeras obras maestras: la situación social de Estados Unidos, desde un posicionamiento ideológico amargo y cínico, aquí proyectado en la asfixia moral y existencial de una sociedad competitiva donde el cimiento primordial viene dado por la artificial salvaguardia que da el dinero.
La gran valía del último filme de Lumet se vertebra a través de unos personajes rigurosamente fascinantes, descritos con la escrupulosidad asombrosa de un maestro, capaz de ofrecer una suntuosa planificación formal a la vez que evidencia un gusto casi minimalista por los detalles, por los pequeños rasgos que perfilan a estos perdedores sin futuro que no saben aceptar las derrotas. Tragedia ética sobre la desintegración humana y familiar, cuyos pilares han sido derribados por el paso del tiempo, los dos hermanos actúan embozados en una ambigüedad anímica y la apariencia; Andy, es un hombre que parece tenerlo todo; una hermosa mujer, una buena posición social rodeado de lujo y una inteligencia admirable.
Todo es apariencia, ya que está enganchado a la heroína, su mujer pone los cuernos y está a punto de ser descubierto por robar dinero a su empresa. Un pobre individuo incapaz de cumplir sus sueños de altos vuelos. Por si fuera poco, dentro de la parentela, es el hijo repudiado que no duda en recurrir a la profanidad familiar para salir de un mal trago. Hank, por su parte, es un ser débil que ha fracasado primero como marido, después como padre (su mujer y su hija no dudan en definirle constantemente como perdedor) y que se acabará naufragando en los miedos provocados por la inseguridad y la falta de madurez. Desesperado y pusilánime ante su situación en la vida, cae en las redes de su hermano, al que únicamente le vincula su mujer, a la que ambos se están tirando como otra de sus penosas salidas ficticias a sus respectivos problemas.
Podría decirse que ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ es una película de resonancia antropológica, no sólo por implicar la historia y su contexto cultural en su interpretación egoísta y materialista del ser humano, con personas que se refugian en el alcohol y en el juego o que acuden a un edificio aséptico, alegoría de un cielo terrenal donde uno puede beber copas y ver dibujos animados antes de meterse algo de droga (como hacía el personaje de Mary Burke en ‘Al Límite’, de Martin Scorsese) para huir así de los problemas cotidianos y la soledad. También lo es por la catástrofe familiar descrita con un lenguaje casi proxémico, cuando Lumet ofrece el giro trágico donde un padre lleno de cólera descubre el peor de los secretos perpetrado por un hijo, evidenciando, con total inclemencia, el cataclismo filial que lleva consigo la pérdida de la humanidad. Es el angustiado simbolismo de una sociedad tremendamente infectada por el odio y la superficialidad, pero también profundamente infeliz. Para Masterson y Lumet, en la actualidad (como síntoma creciente desde el pasado), la decadencia humana ha encumbrado el valor preponderante de una motivación única que reside en el dinero y el individualismo escapista.
Lo más llamativo de esa bifurcación formal a medio camino entre el clasicismo más depurado y la renovación modernista, es que Lumet se adapta a los nuevos tiempos con un desarrollo que se constituye dentro de la defragmentación temporal, siguiendo los preceptos de la promiscuidad cronológica, que va recomponiendo la trama según se van desvelando las motivaciones y problemas de los personajes desde diversos puntos de vista.
La discontinuidad y redistribución de los acontecimientos en torno al atraco a la joyería familiar imponen un dinamismo capaz de aportar una densa atmósfera emotiva y un desasosiego que si bien no aportan ninguna novedad a los esquematismos más rupturistas del cine actual, sí logran proferir una disociación de los elementos morales de los roles, anticipando el fatídico desastre dentro de ese ‘collage’ de enfoques. No escapa a la reiteración o ciertos efectismos en los ‘flash-backs’ y ‘flash-forwards’, sin embargo, Lumet consigue que el impacto con unas coordenadas estructurales que van activando lentamente la evolución del ejemplar ‘thriller’ inicial para dejar paso al drama opresivo de existencias condenadas al fatalismo.
No sorprende, por tanto, que un viejo zorro como Lumet ofrezca una lección de ejemplaridad, de virtuosa y aparente sencillez con la que asume la dirección del filme. Un ensayo estilístico ejercitado con coherencia y precisión con las que va desgranando narración con maestría autoral, exhibiendo una redefinición de capacidad clásica a la hora de llevar a imagen la historia, sin dejar de recurrir a sus mejores armas dentro de la planificación, ya sea televisiva como teatral (en la profundización interpretativa y secuencias cerradas a dos únicos personajes) o el furor apasionado con el que va desarrollándose, sin ningún tipo de contemplación a la hora de describir la descomposición personal de los hermanos, en la que destaca ese derrumbamiento de un impresionante Philip Seymour Hoffman al volante del coche junto a su mujer. Se nota que Lumet ha disfrutado como un enano realizando esta maravillosa obra.
Y lo ha hecho adaptando su estilo y hábitos clasicistas a la película, nunca al contrario. Se percibe el esmero en la renovación de formas clásicas, en el equilibrio de composición y ritmo, dando prioridad a los personajes sumidos en un microcosmos, situados muy por encima de la acción. Un asfixiante retrato de una crudeza inigualable que se beneficia de la frialdad casi displicente en la mirada fotográfica aportada por Ron Fortunato y de la partitura de un inspirado Carter Burwell.
Por último, hay que destacar, muy especialmente, la gran aportación interpretativa del ya ya citado Seymour Hoffman y el inmenso Albert Finney, que bordan una composición dramática desbordante. Estela que siguen como pueden y con gran virtud, sumándose a la fiesta de calidad interpretativa, Ethan Hawke y Marisa Tomei dando todo lo mejor de sí mismos. ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ es una obra cinematográfica irresistible y subversiva. Posiblemente uno de los grandes títulos de 2008.
Sidney Lumet ha dejado otra sobresaliente pieza con vocación de clásico. Película que atesora, bajo su caótica estructura temporal, uno de los manifiestos más escépticos de los últimos años en ese ‘thiller’ melodramático que se alimenta del drama moderno de incomunicación paternofilial, con la feroz crítica a una sociedad americana donde las miserias humanas, salpicadas de secretos inconfesables, se transforman en una cruel amenaza que va más allá de la ambición y del egoísmo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008