viernes, 28 de marzo de 2008

Review 'Los Falsificadores (Die Fälscher)'

Dramaturgia desdramatizada
Stefan Ruzowitzky ha creado un drama con tintes de ‘thriller’ que supone una visión diferente del subgénero bélico inscrito en los campos de concentración.
El Holocausto, esa infamia sin precedentes de la Historia, sigue siendo un tema que el cine, de una u otra manera, no puede olvidar. La cinematografía ha rendido en muchas ocasiones la memoria de aquella atroz etapa de la II Guerra Mundial, circunscritas en los campos de concentración dedicados al exterminio, donde ni siquiera la vasta lengua castellana posee calificativos para aproximarse al dolor y al sufrimiento de más de seis millones de personas que murieron asesinadas por la incomprensible crueldad de unos fanáticos que trataron a los judíos como parásitos a los que exterminar.
Desde ‘La Tregua’, de Francesco Rosi o ‘Lacombe Lucien’, de Louis Malle hasta las más modernas ‘El Pianista’, de Polanski, ‘La zona gris’, de Tim Blake Nelson, ‘Amen’, de Costa-Gavras e incluso ‘El libro negro’, de Paul Verhoeven han explorado, de una u otra forma, una de las consecuencias morales de aquella tragedia. Se trata del sentimiento de culpa, la sombra de la depresión y el dolor que se dieron tras aquellas vallas y sus posteriores efectos. ‘Los Falsificadores’ supone una relectura del pasado nazi, de esos planteamientos morales que padecieron aquellos hombres que sobrevivieron al traumático lance gracias a una combinación de buena suerte, destreza y astucia que les hizo necesarios para el usufructo de los alemanes.
Siguiendo la inevitable dramaturgia de los acontecimientos, Stefan Ruzowitzky propone un filme siguiente esta crónica de trágicos sucesos utilizando un armazón narrativo que pospone el horror a un segundo plano, sin olvidarse en ningún instante de la barbarie nazi. Y lo hace fusionando una trama planteada con la intención de avivar la emoción, la tensión y el suspense, a partir de la narración que ejercita su función dramática con valores que van más allá del tormento, como la supervivencia final que coarta las dudas morales sobre una situación privilegiada en tiempos de injusticia y sufrimiento que no distinguen entre el egocentrismo y la necesidad de no morir. El argumento, basado en hechos reales y poco conocidos se centra en un grupo de hombres judíos inmersos en la última y ambiciosa estratagema militar de los últimos años de III Reich denominada la ‘Operación Bernhard’, con un frustrado proyecto de desestabilización económica del bando aliado con la falsificación de libras y dólares que perturbara la bolsa aliada.
Para ello contaron con la inestimable ayuda de un grupo de presos recluidos en el campo de concentración de Sachsenhausen, obligados a trabajar para ellos con el fin de lograr este objetivo. A cambio, se les adjudicó la llamada ‘Jaula de Oro’, donde los lechos de madera fueron sustituidos por camas con colchones, las cámaras de gas por duchas de agua caliente y las torturas por mesas de ping-pong y tabaco. Es la clave que supone el dilema moral de cooperar con sus verdugos, prolongando sus vidas, pero sabedores que su condición de elementos primordiales para que la guerra se inclinara hacia el lado de la balanza nazi. En sólo tres años, en Sachsenhausen se produjeron 134 millones de libras esterlinas, el triple de la cuantía de las reservas de divisas existentes en Gran Bretaña.
El terrible Holocausto es desdramatizado, es cierto. Y, si bien puede resultar algo común y superficial, sin embargo, éste actúa como amenaza contextual y constante, aunque nunca lo hace de forma directa. Ruzowitzky opta por darle a la historia una palpitación de ‘thriller’ y drama moral, sin apelar a efectismos dramáticos ni recurrir a simplificaciones. Tampoco deja reblandecer su discurso con la dureza de la exhibición gratuita de lo que rodea la acción. Tan sólo el sonido de la barbarie en puntuales ocasiones evidencia el clima de la atrocidad de los campos de concentración, con sus causas y efectos. En ‘Los Falsificadores’ lo que importa de verdad es la ambigüedad moral que pervierte las vidas de los judíos que trabajan para los nazis, teniendo en cuenta que tras las concesiones de esa “buena vida” y privilegios, bifurca el pensamiento entre los que lo asumen como única posibilidad de sobrevivir, a pesar de ejemplarizar la muerte espiritual, frente a los que tienen la idea de morir si con ello pueden ayudar al derrocamiento del poder nacionalsocialista alemán.
Dos posiciones representadas por los personajes de Salomon Sorowitsch y Adolf Burger, que ponen en tela de juicio la legitimidad de cooperar con la barbarie y anteponer la propia vida al bien colectivo. La gran aportación del filme, como historia y la honestidad del cineasta como guionista es la de mantenerse al margen de dogmáticas respuestas o lecturas morales y moralistas que se podrían ofrecer como posibles respuestas a lo planteado. “No les voy a dar el placer de sentirme avergonzado por vivir”, expone Sorowitsch en un momento de la película. Mientras, en la otra cara de la moneda, el idealista Burger, pieza clave en la imprenta clandestina, desecha a favor de su dignidad, aunque con ello tengo que sacrificar su vida.
Bajo un pulso intachable, con una firmeza de una solvencia apreciable, expuesta en la minuciosidad con la que están planteados sus encuadres y siguiendo los principios de la televisión actual llevados a cabo por el director de fotografía Benedict Neuenfels, Ruzowitzky ha conseguido un gran trabajo visual que se sustenta en su primorosa puesta en escena, pero sobretodo en la calidad interpretativa del elenco formado por Karl Markovics, August Diehl, Devid Striesow o Martin Brambach, entre otros. La única objeción de ‘Los Falsificadores’, además de la desacertada música a golpe de tango de Marius Ruhland (que logra restar fuerza en varios instantes del filme), es la acentuada frialdad con la que Ruzowitzky retrata algunas situaciones que podrían haber resultado más conmovedoras (como el asesinato a sangre fría de Kolya Karloff o el suicidio de Loszek).
Aquí importa más no desnaturalizar la personalidad de sus personajes y llevar los designios narrativos hasta sus últimas consecuencias, pese a que con ello establezca un reconocible patrón reiterativo dentro de la evolución argumental. La última ganadora del Oscar a la mejor película extranjera es una visión diferente del subgénero bélico inscrito en los campos de concentración que no pierde de vista la dureza de los tristes acontecimientos para abordar una inolvidable hazaña de supervivencia humana.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008