sábado, marzo 08, 2008
El dramático trance del terror
Cristian Mungiu lanza una dura mirada a la historia y al pasado en forma de purga contra los tabúes de un país mutilado de libertad durante el comunismo de Ceaucescu.
Cuando en el mes de junio del pasado año este estremecedor relato procedente de Rumania, obra de bajísimo presupuesto sobre la memoria histórica y el espinoso tema del aborto clandestino, mereció la Palma de Oro en el Festival de Cannes, toda la crítica y parte del público no dudó en señalarla como una de las mejores películas del año. El filme es un duro viaje, muy cerca en su metodología y espíritu al docudrama, a uno de los períodos más negros de la historia de Rumanía, mediante la adaptación a la gran pantalla de algunas de las leyendas urbanas más conocidas y difundidas durante los interminables años que se prorrogó el régimen dictatorial comunista de Nicolae Ceaucescu a finales de los 80.
Cristian Mungiu aborda para ello las vidas de Gabita y Otilia, dos estudiantes que subsisten como pueden en una residencia de habitaciones entre compra y venta de mercadeo negro. Gabita (Laura Vasiliu), es una mujer débil, mentirosa y acobardada, que necesita del ímpetu y el desafío a los obstáculos de Otilia (una magnífica Anamaria Marinca), para llevar a cabo la interrupción embarazo no deseado de su mejor amiga. Ambos son personajes sumidos en el miedo de lo que acontece, pero también están condicionadas por las circunstancias, por las decisiones que marcarán para siempre sus vidas y por el temor a ser descubiertos en una pugna a la sociedad, al sistema, que confronta la pusilanimidad de una con el denuedo de la otra. No es la única contraposición de la película, pues ésta se nutre de los enfrentamientos con la realidad desde estas dos perspectivas; la carencia de esperanza por una libertad perdida con la dura realidad de un mercado negro donde todo se vende y se compra con el conformismo de la discreta vulgaridad vital, los comentarios triviales e intrascendentes de la cena familiar del novio de Otilia con el rostro perdido de una mujer que ha sufrido la peor y más traumática experiencia de su vida. También en el aspecto técnico, donde se percibe en esa diversidad de cámara en mano con el estatismo de sus estudiados planos secuencia. Filmado con pulso nervioso, consiguiendo la opresión pesadillesca confundida con el drama, con la realidad amenazante que amenaza a Otilia, dejando un claro ejercicio de estilo suntuoso.
Un relato testimonial sobre la era comunista en Rumania mostrada desde la desnudez de dobleces en su parte técnica, rechazando incluso partes de la naturaleza cinematográfica como pueda ser la iluminación, la música, la planificación en busca de un conseguido tono inflexible, donde prevalezca la contundente mirada directa del espectador. Si bien es cierto que a ratos, ese tono de crudeza insinuante funciona perfectamente, sobre todo, en un primer tramo de brutal coherencia e incómoda aprehensión de los acontecimientos, allí donde las dos chicas, acorraladas, terminan cediendo a la espiral degradación acuciadas por la situación desfavorable, también lo es la tendencia de Mungiu hacia el lamentablemente y fácil recurso del morbo cuando, con toda su explicitud, muestra el lastre vital en forma de feto humano sin vida, renunciando a la conceptualización analítica del filme y cediendo, en último término, al impacto y a la búsqueda de significaciones que van más allá de lo mostrado. Un hecho que desvirtúa por completo el énfasis de docudrama de ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’.
Aún así, el filme logra desprenderse en todo momento de juicios morales y plantea su historia como una realidad de inestable crudeza, siempre al amparo de su afinidad por el lento discurrir de las dudas, de las sospechas sobre todo lo que rodea a una verdad que acaba por romperse, pero también a la vez encomiásticas decisiones que se toman. La dura obra de Mungiu es una mirada a la historia en forma de purga contra los tabúes de un país mutilado de libertad durante el comunismo, pero lo es también para advertir sobre aquellas situaciones políticas de muchos países a los que la voluntad les es negada desde los gobiernos, en el pasado o en el presente.
Eso sí, además de su citada mención a ésa traición a la elipsis, al realizador rumano también se le puede recriminar ese ajado y falible plano final en el que la protagonista mira a cámara haciendo al espectador partícipe de lo que ha vivido tiene la extraña percepción de ‘déjà vu’ premeditado, visto en demasiadas ocasiones como para que tenga la fuerza necesaria que Mungiu ha querido como broche final a un filme que indaga sin temor en la certera experiencia de resistencia a través de personajes reales, veraces y antagónicos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 16:49 |


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