lunes, 4 de febrero de 2008

XXII Premios Goya: Entre la indiferencia y el aburrimiento

La Academia recuperó a José Corbacho para volver a ejercer de maestro de ceremonias en esta pasada XXII gala de los Premios Goya. Lo hizo por una sencilla razón; el año pasado, el evento no fue tan desastroso como sus predecesores. Eso sí, sin alardes de ingenio ni divertimento. Afianzado en lo fácil, lo de ayer fue un mero trámite, una de esas galas convencionales, en un reparto de premios que se ha parecido más a los Globos de Oro de este año que a cualquier otra cosa. Una lectura de galardones, pero con los premiados presentes.
Un artificio de entrega, de tránsito en el que la diligencia era el objetivo, un encargo donde no se ha tenido en cuenta ni el humor, ni un guión formalizado y coherente, ni el espectáculo que se le debe exigir a este tipo de galas. Corbacho estuvo, como la noche consagrada a laurear al cine español en su cita anual, anodino, sin chispa, sin recursos, sin la apelación al absurdo humor que destiló en algún instante el pasado año. Únicamente destacó esa parodia a la Presidenta de la Academia Ángeles González Sinde en referencia al sonrojante discurso que ejecutó hace una edición. En ésta, la guionista y directora, se limitó a leer un oportuno y limitado escrito sobre nuestro cine. Aunque nadie lo recordará por su insustancial contenido.
Invocando a ese humor de ‘doblaje falso’ promovido y mil veces visto en televisión, sin atisbo de originalidad, Corbacho hizo su particular versión de las películas nominadas, un discurso inicial carente de gracia, dobló algún que otro vídeo de Woody Allen a modo de desorientado ‘runing gag’ y terminó con una chusca y paupérrima representación de Anton Chigurh, el asesino que está dando a Javier Bardem la gloria ‘hollywoodiense’ definitiva. En cualquier caso, el cómico catalán no brilló en absoluto porque moderó sus célebres salidas del tiesto, su corrosivo humor e improvisación, como si “el horno no estuviera para bollos”. Desde los medios de comunicación, las cifras de taquilla, algunos sectores de la crítica y la sensación general sobre el tema, la situación de supuesta crisis del cine español no parece que deje espacio para el exceso ni la chanza. Ésa fue la sensación difundida; la de un acontecimiento ineficaz e insípido, con poco que criticar, destacar y mucho menos elogiar.
Todo el mundo presentó con hieratismo, sin brillantez ni líneas de guión más allá que la lectura de los nominados y el premio con el galardón cabezudo, los apáticos discursos a las familias y productores, circunscribiéndose al tópico donde el vestigio de sopor y aletargamiento fue el espíritu constante de la noche.
En el recuerdo quedarán pocas cosas. Obviamente, que una película minoritaria llena de talento como ‘La Soledad’, de Jaime Rosales, fuera la gran triunfadora de una ceremonia en la que ‘El Orfanato’ , de J.A. Bayona secundó con su hacinamiento de premios (hasta siete) y alguno para ‘Las 13 Rosas’ y ‘Siete mesas de billar francés’ que dejó contentos a todos. Isabel Coixet sigue demostrando que lo suyo no es hablar en público, Julio Fernández hace lo propio con su inevitable protagonismo y su reincidente y rancio discurso en contra de la piratería (eso sí, a la hora de agradecer el premio a los directores del filme ‘Nocturna’, se puede tomar la licencia de olvidarse), Alberto San Juan deslució su premio con un improcedente énfasis de polémica al pedir la disolución de la Conferencia Episcopal (que poco tiene que ver con el Séptimo Arte) y que los ganadores de los premios a los mejores cortometrajes, de nuevo ninguneados en un bloque, sin orden ni respeto, se preocuparan más de agradecer a padres, madres, amigos, productores (estos también agradeciendo a los mismos), etc… que haber tenido la decencia de reivindicar su posición dentro del Cine como savia y futuro de la industria después de la polémica que estuvo a punto de dejarlos fuera de la gala. La noche, así y a grandes rasgos, dio muestras de flaqueza cinematográfica (ni un solo vídeo sobre el cine, ni un mísero montaje con cierta virtud), de fiesta (todo fue aburrido) y carente de cualquier ‘glamour’, menos interés y una turbadora percepción de desgana. Algo que no se debería fomentar en este nuestro cine capaz de premiar como película del año a ‘La Soledad’. Sin duda alguna, lo que debemos recordar de esta noche de Goyas.
LO MEJOR
- Maribel Verdú, en todo su esplendor.
- José Luis Alcaine y su emotiva enumeración de esas ‘13 rosas’ a las que se refiere la cinta de Martínez-Lázaro.
- El maestro Roque Baños; era vergonzoso que el mejor compositor que ha tenido el cine español en muchos años todavía no tuviera un Goya. Gracias a que Alberto Iglesias este año no estuviera nominado, ha sido posible.
- La frase “Recogen el premio Isabel Coixet, Mariano Barroso, Fernando León de Aranoa y un médico de Médicos Sin Fronteras”, en referencia a la Presidenta de la ONG en España.
- J.A. Bayona cambiándose de sitio con su hermano porque el realizador había equivocado durante toda la noche sus rostros y poder aparecer así en el recuadro de enfoque de los nominados.
LO PEOR
- Que la gala volviera a ser en diferido. Quieren que no se alargue la ceremonia de entrega, pero pueden bombardear al espectador televisivo con infinidad de cortes publicitarios que llevó un evento de dos horas hasta casi las tres. Teniendo en cuenta esto, no se entiende que quieran cercenar premios a diversas categorías por este motivo. Hay que ser hipócritas.
- El vestuario de Pepe Viyuela, que parecía que venía de pastorear con ovejas y cabras.
- Ángeles González Sinde, mujer sin garbo ni presencia, con ese cadáver de hurón negro al cuello y, por segundo año consecutivo, leyendo un soporífero y políticamente correcto discurso académico.
- Sergio G. Sánchez expresando su sorpresa porque, según él, se dice que el ‘El Orfanato’ “es una mala copia de ‘Los Otros’”.
- El público del Palacio de Congresos parecía seguir la gala sin interés, a su puta bola; unos comiendo Chupa-Chups, casi todos leyendo la revista especial de la ceremonia…
- El interminable discurso sobre las venideras generaciones de cinéfilos de Jaime Rosales.
Para finalizar, quiero rectificar un hecho que tiene que ver con el discurso del gran Alfredo Landa. Volviendo a ver el vídeo de agradecimiento, uno se da cuenta de que ese icono, este actor veterano no iba improvisando lo que decía, sino que el discurso de agradecimiento eterno a la profesión y a su familia iba diluyéndose para formar un diálogo sinsentido, no intencional, que se pierde en la voluntad de decir muchas cosas, pero traicionado por la memoria deleble de un hombre mayor incapaz de enlazar tres frases seguidas. La intervención de Landa fue muy emotiva, porque a pesar de hacer creer a mucha gente que el viejo chocheaba (entre ellos, a mí), su discurso, cercano a un galimatías de olvido, puede hacer pensar que Landa padezca algún mal de memoria o simplemente que los nervios le jugaran una mala pasada... quién sabe. En cualquier caso, su discurso se cerró con una frase paradigmática que no deja lugar a dudas y que entristece por esa marcha definitiva del actor "Adiós para siempre". Landa ya es inmortal en nuestra memoria.