sábado, 19 de enero de 2008

Review 'The Darjeeling Limited'

La belleza de lo sutil y lo espontáneo
Anderson corrobora su marcada personalidad con otra tragicomedia familiar que reivindica la transformación lógica de su muy personal modo de narración.
Esta película empieza mucho antes de que comience ‘Viaje a Darjeeling’. Y lo hace en una pieza a modo de cortometraje introductorio titulado ‘Hotel Chevalier’, dirigido también por Wes Anderson. Son diez minutos en los que dos personajes a los que dan vida Natalie Portman y Jason Schwartzman se reencuentran en una ‘suite’ parisina intentando arreglar sus discrepancias y solucionar un problema que les ha distanciado como pareja. El protocolo de preparación, una maleta, un palillo en la boca, un perfume, un diálogo de diferencias, amor y desamor en una velada donde el sexo determina el final o la prosecución de una relación tambaleante, determinan los elementos de una historia mínima que servirá como punto de referencia dentro de su posterior narración.
Sustentado en su concisa brevedad de la expresión, en el sarcasmo y con grandes dosis de nostalgia desencantada, Anderson da la pauta de lo que será ‘Viaje a Darjeeling’. En esta nueva aventura cinematográfica, este dinamitador de clichés, vuelve a dar cuenta de una asombrosa demostración de dimensión narrativa e inspiración, de admirable extrañeza estética y belleza poética, imprudente y anárquica. Anderson persiste en la esencia bizarra, pero atendiendo a la cuidada visualidad, aportando aquí una exótica atmósfera en la que se intrinca lo banal y lo trascendente, lo surreal y lo espontáneo.
Para su quinto largometraje, el cineasta de Texas se adentra en un entorno arquetípico como es la India, para narrar, a modo de tragicomedia familiar, la historia de tres hermanos con ciertas diferencias, interpretados con soltura por Owen Wilson, Adrien Brody y el mencionado Schwartzman, los cuales, tras la muerte de su padre, deciden lanzarse a la búsqueda de la espiritualidad para encontrar el vínculo del pasado que les une: su madre (a la que da vida Angelica Huston). Se trata de nuevo de un drama familiar ataviado con significantes toques de comedia, en el que vuelven a congregarse la amargura interna, dulcificada con un perspicaz y sutil sentido del humor, y la reflexión sentimental, que radica, en esta ocasión, en la idea de perder a sus personajes en un mundo ajeno a su hábitat, para, una vez extraviados geográficamente en ese extraño espacio, ir desgranando sus miedos, sus pequeñas miserias, desubicados en diversos contextos como el afectuoso y el familiar.
Los tres hermanos, malheridos de diversos modos, representan el modelo de rol que tanto ha dibujado Anderson; pequeños ‘loosers’ emocionales y contradictorios que caminan a ciegas en un desierto de incertidumbre, llenos de fortuitas vacilaciones y desalentados, pero que no pierden su ánimo por recobrar, aunque sea de forma fingida, un ejemplo de afinidad familiar. Al igual que en sus anteriores filmes, el cineasta se nutre de subyacentes deliberaciones existencialistas sobre el sentido de la vida, los vínculos o las necesidades, inscritas en una ‘road movia’ ferroviaria.
En ‘Viaje a Darjeeling’ no faltan las insólitas situaciones que rodean la tragedia y el ánimo a partes iguales, despertando éstas la búsqueda de respuestas al desaliento de los vulnerables hermanos para, una vez superadas, descubrir una nueva etapa más esperanzadora de la vida, el reencuentro consigo mismos. Como todos y cada de los referenciales protagonistas de sus anteriores cintas, cada uno a su manera, los hermanos Whitman son incapaces de afrontar sus problemas al colisionar con un mundo que no les entiende, pero que en su final asumen su madurez y recelan de lo insustancial, dando prioridad a cosas vitales más significativas. La desunión familiar, la falta de afecto y necesidad de lazos comunes rotos por la distancia y la incomunicación siguen perviviendo en la superficie de esta historia. Anderson incide, por tanto, en esas coordenadas reconocibles de otro peculiar viaje introspectivo, sin ánimo itinerante más que el de escapar a los problemas en un fingido proceso espiritual que obrará sus frutos con una desgracia real que ensamble sus lamentos.
Con ello, Anderson logra asumir que su cine es la aseveración de un excepcional progreso cinematográfico vinculado a una transformación lógica de un modo de narrar muy personal, que no duda en recurrir a la autoafirmación si el resultado es la consecución de un reconocible estilo, de un cine donde identidad y discurso juegan con la disfuncionalidad para hacer de la tragedia una comedia y viceversa, donde no faltan cámaras lenta, canciones ‘pop’ y una estructura episódica que responde a los rasgos de un director que rompe elegantemente la narración convencional. Sin embargo, la cámara mira directamente al rostro de sus personajes, en primeros planos, con los que los roles transmiten su esencia alejándose de filigranas conceptuales, de virguerías de planificación; el cine de Anderson es sencillo y directo. Anderson corrobora con ‘Viaje a Darjeeling’ que es uno de los cineastas con más personalidad del cine actual.
Dentro de paisajes desérticos y calurosos de la India, representado desde la metempsicosis, con sus ritos, sus gentes, sus reacciones e idiosincrasia, siempre desde el respeto y la fascinación, el filme entra directamente en el proceso de imaginería personal de un creador que, mediante la confrontación del espectador ante unos caracteres de ralea inmadura, permite llegar, a través del significado de sus discursos, absurdos tratos de hermanos y palabras perdidas, a las realidades trascendentales o ideas de ese mundo alejado de toda civilización que sirven como superación del trauma de la pérdida paterna, último acontecimiento que les reunió y a la vez les separó.
Un extravagante poema dialéctico sobre el egoísmo inocente de aquellos que emprenden trayectos espirituales para comprender al compañero de viaje y que aprovechan para echarse un vistazo a las entrañas, pese a llevar un pesado lastre como son unas maletas de Louis Vuitton diseñadas por Marc Jacobs, como legado del recuerdo patricarcal, metáfora de ese lastre vital del que han de desprenderse para poder ser felices. Es el cine y la personalidad de Wes Anderson, capaz de hacer perder a un tren en sus propias vías en el perdido paraje de Jodhpur, en el límite del desierto de Thar.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008