jueves, 20 de diciembre de 2007

Review 'Mr. Brooks (Mr. Brooks)', de Bruce A. Evans

La perfección del ‘psycho-killer’
‘Mr. Brooks’ recrea con precisión un viaje al enfrentamiento maniqueo de la conciencia, del deseo y el acto, en un personaje antológico al que da vida un inesperadamente acertado Kevin Costner.O
“La normalidad, a veces, puede ser monstruosa”. Es una de las célebres frases de Robert Louis Stevenson que reflejó en su portentoso libro ‘Dr. Jeckyll & Mr. Hyde’, obra con la que esta ‘Mr. Brooks’ comparte sus pilares primigenios. La película de Bruce A. Evans habla de la dualidad propia de la naturaleza humana, de la misma esencia con la que el clásico literato escocés abordó la lucha interior entre la razón y los instintos, entre la conciencia y el inconsciente, en un entorno obsesivo y físico, que está asociado a la faceta más oscura del ser humano. Kevin Costner da vida a un triunfador empresario y filántropo reconocido que, tras su amable rostro y su feliz vida como intachable hombre de negocios y ejemplar marido fiel y amante, esconde a un asesino en serie motivado por un tenebroso ‘yo’ llamado Mr- Marshall (su Hyde particular), impulsor de conductas criminales que ha logrado con sus múltiples asesinatos un arte perfeccionado, llevando a cabo una metodología impecable.
Earl Brooks es un hombre adicto al crimen, que no niega sus disfunciones patológicas, pero que se arrepiente en una (simulada) cruzada interior con los instintos perturbados que determinan y condicionan sus relaciones familiares y su vida social. Representa una concepción mucho más precisa del ‘psychokiller’ de lo que el espectador está acostumbrado a ver en el cine contemporáneo, en exceso enviciado por la vileza de célebres precedentes que han marcado las actitudes modélicas del asesino en serie cinematográfico.
El personaje de Costner es un monstruo real, peligroso, que esconde su verdadera personalidad detrás de una máscara social que le ampara y le protege, conviviendo en la hipocresía de una sociedad que premia como ‘hombre del año’ a un homicida que roza en su proceder la perfección. El asesino, tal y como lo conocemos en nuestros días, ha despertado en el hombre moderno una pasión en la que han convergido tanto la ficción, alimentando con sus iconos mitos de la gran pantalla, como la realidad, con unos sucesos cada vez más inexplicables que asolan nuestra sociedad.
A modo de tragedia clásica, puramente ‘shakespeareiana’, ‘Mr. Brooks’ afronta sin complejos, y desde un principio, su riesgo por definir la visualización del ‘Doppelgänge’, que representa el lado oscuro del ‘yo’ transmutado en un ser misterioso y tenebroso ser, corporeizado sólo en la imaginación enfermiza de un hombre falsamente torturado que irá escalando en la evolución psicológica de uno de los más fascinantes roles de los últimos tiempos.
Es un fascinante viaje al enfrentamiento maniqueo de la conciencia, del deseo y el acto, de los impulsos que concretan las acciones de un calculador hombre sin escrúpulos que, paradójicamente, empatiza rápidamente con el público, dada la dulzura y afabilidad que siempre ha transmitido el rostro de un Kevin Costner que realiza aquí la mejor interpretación de su carrera desde ‘Bailando con lobos’.
En el interior de esta tortuosa fábula de perversidad cruel y brillante se incluyen sinuosos giros argumentales, absorbiendo la esencia de algunas subtramas asimétricas, para hilvanarlas de tal manera que se confabulen con la constante depravación con la que se va desplegando el lógico diseño argumental confeccionado por Evans y Raynold Gideon a modo de culebrón concéntrico, pero que no es más que un sardónico guiño para tratar otro tipo de padecimientos sociales, de adicciones que no escapan a la afilada crítica subversiva del filme; como ese ‘vouyerismo’ de un fotógrafo que quiere comprender qué se siente al matar y los efectos psicológicos que produce de esa droga a la que Mr. Brooks es adicto. Puede parecer un giro extraño y poco incongruente dentro de la narración. Sin embargo, la aparición de este chantajista interpretado por el cómico Dane Cook, víctima también de sus propios instintos, es la reivindicación patológica de esa enfermedad morbosa que se ha instalado definitivamente en nuestro entorno cotidiano.
En la otra cara de la moneda, la implacable agente de policía que lo persigue en una recuperación de la mejor Demi Moore que se recuerde, que simboliza amén del representante moral de la ley, la rebeldía impuesta a una vida marcada por el autoritarismo paterno, fracasando en sus relaciones íntimas e incapaz de atrapar al asesino que se esconde tras el rostro del señor Brooks. El perseguidor y el perseguido son dos roles contrapuestos, que no responden al raciocinio moral de un ‘thriller’; mientras uno triunfa en sus vertientes (los negocios y su oscura adicción al asesinato), el otro es una persona frustrada a la hora de mantener la calma en su vida, también falseada debido a los mareantes números de su cuenta corriente por miedo a traicionar sus principios.
‘Mr. Brooks’ camina en el filo génerico del ‘thriller’ psicológico y el drama de personajes, y logra evitar cualquier tipo de enjuiciamiento moral hacia un personaje principal construido desde la aceptación de la maldad como elemento convencional, dentro de una historia brillante que merece el elogio de las películas destinadas a no pasar desapercibidas.
Un hipnótico y adictivo periplo a la mente de un frío ‘psychokiller’ donde no falta la violencia consecuente con la historia, algún que otro desliz de ambición narrativa (el miedo del padre que ha infectado el instinto criminal a su hija) o una anticuada banda sonora a cargo de Ramin Djawadi que puede llegar a saturar, descontextuando en ocasiones la acción. Pero lo cierto es que Evans sabe equilibrar su función, reposado en un matiz aséptico e innovador, de cuidado modernismo y estilización visual, que es incomprensiblemente quebrada con la fusión de estilos que desfilan en momentos puntuales del filme; como un tiroteo de relantíes bajo las notas de una música estridente o algún efectismo que está a punto de romper su digresión entre la voluntad psicológica y la acción mecánica del filme. A pesar de ello y de que podría haber sido mucho más controvertida en sus planteamientos y definición, ‘Mr. Brooks’, sin mucho alarde y gran virtuosismo, es una de las pequeñas sorpresas más reconfortantes y sorprendentes del año.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007