lunes, 24 de septiembre de 2007

Review 'Live Free or Die Hard (La Jungla 4.0)'

Esto no es ‘La Jungla’
Tanto Les Wiseman como Bruce Willis intentan, sin mucho acierto, recuperar el espíritu de un personaje que, con el paso del tiempo, ha perdido el espíritu desvergonzado y el ímpetu contestatario de anteriores entregas en una innecesaria secuela.
La sensación que deja ‘La Jungla 4.0’ es similar a la que dejó hace años la tercera parte de ‘Terminator’, en esa innecesaria rehabilitación de un clásico bien conservado, que sigue perdurando con una inmanente entidad a través de dos décadas. En estos tiempos de ‘remakes’, nuevas versiones, adaptaciones, secuelas y demás modas que parecen haberse asentado en Hollywood, una nueva entrega de ‘La Jungla’ era un hecho esperado e indefectible, según mandan los cánones comerciales de la actualidad. Cuando John McTiernan dirigió en 1988 ‘Jungla de Cristal’, la película que lanzó al estrellato a Bruce Willis, pocos imaginaron que, veinte años después, sería nombrada como la mejor película de acción de la Historia por la revista Entertainment Weekly y pasaría a los anales de la Historia como uno de los paradigmáticos clásicos de culto en un género que no acostumbra a contar con el beneplácito de la crítica. La primera película se basó en la novela ‘Nothing Lasts Forever’, de Roderick Thorp y, a simple vista, su guión no aportaba ninguna novedad destacable que no se hubiera visto ya en una pantalla de cine: la historia de un policía de Nueva York, John McClane, que viaja a Los Ángeles para intentar salvar su matrimonio con una alta ejecutiva que trabaja en el Nakatomi Plaza, lugar que es tomado por un grupo terrorista que termina por apoderarse del edificio y secuestra a un grupo de rehenes. Pero sus planes se ven desbaratados por la dureza de un hombre capaz de poner en jaque al violento grupo de atracadores, y de paso, los de la policía, el FBI y a todo el que se pusiera por delante.
Sus predecesoras (por mucho que se diga que la secuela de Renny Harlin no está a la altura, algo que es incierto) siguieron con destreza la transposición de la acción inteligente sobre su trama, adoptando como materia prima el cinismo y la capacidad de sorpresa con la que las historias van capturando al público, que ha reconocido toda la iconografía y simbolismos con los que ha jugado la saga hasta el momento. La clave era ostensible a cualquier análisis; grandes dosis de espíritu desvergonzado, ímpetu contestatario y el dinamismo físico de un policía obligado en todo su periplo cinematográfico a recuperar sus instintos más arcaicos para subsistir dentro de una situación límite (ya fuera en un rascacielos, en un aeropuerto o en la masificación de un gran orbe como Nueva York).
La esencia de la saga de ‘La Jungla’ ha sido, hasta su cuarta parte, el enfrentamiento cartesiano de un hombre contra el mundo, rodeado de la iconografía de un género del que es uno de los pilares básicos y referentes ineludibles. Esta cuarta entrega dirigida por Les Wiseman pierde, de entrada, el clasicismo y la trascendencia de aquéllas y se sumerge de lleno en las técnicas y espectáculo modernizado con las que se construyen hoy en día las películas de acción, arrastrando además los complejos televisivos del panorama actual, donde el éxito de la ficción americana se debe a la agilidad con la que exponen contenidos, a la acción delimitada a la infatigable vuelta de tuerca y a la calidad intrínseca con la que se ha instaurado un formato del que bebe el cine.
Eso sí, veinte años después, el fondo de la trama continúa siendo el mismo; ‘La Jungla 4.0’ devuelve a un John McClane divorciado, envejecido y sin ningún tipo de relación con sus hijos que debe capturar a un ‘hacker’ llamado Matt Farrell para declarar por una serie de delitos informáticos. El caso, por supuesto, se amplifica cuando un grupo terrorista amenace al país atacando todas las infraestructuras administradas por ordenadores. Un caos sin precedentes que genera el perverso villano, en este caso Thomas Gabriel, que no sabe que McClane, como siempre, llegará al sitio menos adecuado en el momento más inoportuno para ponerle las cosas muy difíciles. Al director Lem Wisesman (responsable de esos ramplones filmes de ‘Underworld’) y, sobre todo, al guionista Mark Bomback, la función les viene demasiado grande, ya no sólo porque, a pesar de intentar sin éxito trufar la historia de representaciones genéricas y símbolos cinéfilos de la genealogía ‘junglesca’, no han sabido equilibrar adecuadamente ni los diálogos ni las situaciones a las que se enfrenta McClane., sino que a ‘La jungla 4.0’ le falta sarcasmo y le sobra esa pose cercana al tópico.
El gran problema de la cinta reside en la indefinición a la hora de delimitar los significados didácticos y sociales que sí tenían sus antecedentes, perdiendo el equilibrio con que se desarrollaban aquéllas, cayendo en el exceso, provocando con ello un espectáculo pirotécnico desmedido, sin lugar para la espontaneidad, el humor o la justa profundidad emocional, elementos que residen como imposición en su argumento, sin la insurrección necesaria para que pueda compararse ni incluirse como una secuela de una trilogía que muchos seguidores consideran cerrada tras esta decepción.
El artilugio nitroglicerínico para mayor gloria de un moderado Willis no va más allá de su enunciado, limitándose a jugar con las expectativas del público, aprovechando la empatía edificada en sus anteriores partes y apostando sobre seguro, más pendiente de la exhibición de fastuosos fuegos artificiales, apuntalados en un ritmo entusiasta (eso sí, que no decae en ningún instante), que la definición actual del carácter de un antihéroe que ha perdido su carisma, sin sugerir ningún tipo de evolución más que no sea que McClane ahora ya no dice tantos tacos, ni bebe, ni fuma, ni tiene pelo. ‘La Jungla 4.0’ se convierte así en un difuso borrador de ideas pirotécnicas que sólo buscan lanzar grandes dosis de tensión explosiva, lo que deja a un lado la credulidad y desequilibra en el conjunto inteligencia y acción, restando la pureza realista que habían conseguido, no sin ciertos obstáculos, sus predecesoras.
En esos pequeños brochazos que apuntan a un ramplón rudimento en la digresión de acción y familia que siempre ha movido a McClane, el héroe de raigambre mitológica se ha transformado aquí en un demiurgo postmoderno indestructible. El héroe analógico inmerso en una era digital obliga así reinterpretar el mundo, tanto en McClane, como en el propio Willis y, lo que es peor, obliga a reinterpretarse a sí mismo al espectador de la saga, que no logra ubicar toda la función circense, inverosímil e incongruente, a la iconografía del héroe. Un conato de desproporción efectista donde se perciben más los desaciertos que sus destrezas, en un clímax que no llega a exprimir todo el jugo de los conceptos tópicos de la saga, que se desvincula del arquetipo que fue McClane para modernizar el tumultuoso contexto en el que se mueve y hacer un par de chistes a su costa, destacando débilmente la odisea de ese cincuentón poco hábil a la hora de adaptarse a los complejos tiempos tecnológicos.
A ésa pérdida de gran parte del aire canalla e insurrecto de McClane, se une un reiterativo punto que va en su contra; como es la idea del elegante terrorista que no es tal, sino que tras la interesante amenaza de poner en jaque a la nación más importante del mundo jugando con la lasitud de una sociedad excesivamente dependiente de la tecnología para su existencia, se encuentra algo mucho más prosaico como es el dinero. Algo que ya sucedía en ‘Jungla de Cristal’ o en la tercera parte ‘Die Hard with a Vengeance’. Lo peor de ello es que el villano, personaje cardinal dentro de la saga, aquí opera con una carente personalidad, sin resultar creíble ni amenazante. Y por el que poco puede hacer el televisivo Timothy Oliphant. Y no es todo lo negativo, ya que casi todos los personajes secundarios son exhibidos sin empaque, comenzando por el cargante seguidor de McClane, un joven Justin Long que recoge el testigo de Samuel L. Jackson en la penúltima parte, dando vida al compañero accidental del héroe, obligación del ‘target’ juvenil y el responsable de que ‘La Jungla 4.0’ sea una ‘buddie movie’ desabrida, donde el comparsa va avanzando verbalmente lo que estamos viendo o ese personaje de Kevin Smith interpretando al ‘hacker’ Warlock, total y absolutamente innecesario en la acción.
Podría funcionar como un filme desvinculado a la idea primigenia, sin emparentarse demasiado a una trilogía que se antojaba inalterable en el tiempo. Lem Wiseman hace lo que puede y aporta cierto toque de sofisticación a una cinta donde la categórica profusión por la fantasmada, por la alegría con la que la fisicidad ha sido sustituida por la mecanización motorizada de un personaje indestructible (en esta caso, al volante de coches, furgonetas o monstruosos tráilers) se sazonan con un fondo tecnológico que va indeterminando los objetivos del villano en contraposición con los objetivos de McClane, que, como no podía ser de otro modo, encuentra en su hija el centro de búsqueda de esta nueva aventura.
Pero no es suficiente, porque ‘La Jungla 4.0’ deja la sensación de espectáculo rancio que el espectador ha visto demasiadas veces; como esa persecución por la autopista en el que un trailer se enfrenta a un F-35 o una furgoneta que queda pendiente del hueco de un ascensor a punto de caer al vacío, donde tiene lugar una pelea a muerte (refrescando la memoria de ‘Terminator 2’, ‘El Mundo perdido’ o ‘Mentiras arriesgadas’) e incluso dentro del argumento sistémico, que la hija adolescente que rechaza su apellido y termina por sentirse orgullosa de ser hija del policía, como sucedía con Holly Gennero (Bonnie Bedelia) en la primera parte.
A pesar de ese esquema habitual, con detonaciones masivas, persecuciones, peleas y combates armados de gradual intensidad y exuberancia, ‘La Jungla 4.0’ no satisface las expectativas de un espectador que afronta, en cuanto arranca el filme, que Bruce Willis se aleja del McClane que todos recordaban y advierte que Wiseman no es, ni de lejos, una sombra de McTiernan o Harlin. El dato curioso, de forma inaudita, se centra en el doblaje del gran Ramón Langa, que subyace en la personalidad de Bruce Willis desde la época de ‘Luz de luna’ y se beneficia de algunas expresiones propias de las primeras películas de McClane, así como parte del lenguaje malsonante y cínico que, parece ser, se ha perdido en la versión americana, que musita con la boca pequeña el ilustrativo “Yippee Ki Yay, hijo de puta”.
Una película que deleitará a aquellos que buscan acción artificiosa, sin coartadas, pero que decepcionará a aquellos nostálgicos que escucharán, interiormente, el himno de la alegría con menos fuerza que nunca.