miércoles, 12 de septiembre de 2007

Review 'Caótica Ana'

Caótica, sí. Catastrófica y vergonzosa, también.
El último filme de Medem es la peor y más séptica muestra de obsesiones existencialistas y alegóricas dentro de su titubeante filmografía.
Después de cuatro años alejado de los cines, ha regresado a la pantalla uno de los autores españoles más aclamados de los últimos tiempos. Julio Medem ha ido creando, con su cine construido dentro de unos límites propios, definidos por la aparente originalidad y la sensibilidad, en una estética determinada y preciosista que se fusionan con en el experimentalismo y la cuestionable ruptura de cánones establecidos. Después del controvertido documental ‘La Pelota Vasca’, subjetivo acercamiento al nacionalismo vasco que, a modo de panegírico político, supuso una quiebra en su cine que dejó su universo existencialista y visual a un lado para ofrecer una maniobra proclive al discurso demagogo, Medem ha querido volver a sí mismo después del fracaso, consciente de que, tras la espantosa ‘Lucía y el Sexo’, lo ideal era reencontrarse con su redundancia estética, con su pretenciosa y manierista perspectiva visual. En definitiva, a sumergirse en su cosmos onírico.
Pero ‘Caótica Ana’ no ha sido ese retorno a las bondades del autor. Todo lo contrario. ‘Caótica Ana’ es la peor y más séptica muestra de Medem en su titubeante y autocomplaciente filmografía. Muy lejos quedan las hipnóticas creaciones de diligente originalidad como ‘Vacas’ o ‘La Ardilla Roja’, donde era reconocible cierta frescura en el dinamismo de las imágenes a través de un código propio donde la poética visual favorecía sus ornamentadas metáforas. A lo largo de su carrera, el ente onírico y la búsqueda simbólica de respuestas a la significación del ser, el dilema de la guerra, el eterno tema del tiempo, la libertad física o metafísica, el amor y el desamor han sido los elementos que han caracterizado a un creador tendente al extremado atildamiento de un estilo en el que sobresale el protagónico efecto de sus melancólicas ideas.
En esta nueva película, Medem ha procurado establecer la prioridad en el retrato emocional de sus historias de amor mediante la iconográfica fusión de arte e imagen, que gravita en los símbolos, en las grafías personales soñadas que persiguen la pasión del sentimiento. En ‘Caótica Ana’ todo el melindre fantasioso se vuelve a centrar en su enfático estudio del alma humana y la existencia, acercándose más que nunca a sus especulaciones místicas de anteriores filmes, como es el viaje inciático que revela, dentro de un fondo espiritual, el idealismo del amor, la vida o la muerte, avocados a surgir y desaparecer por culpa de los avatares del destino y el casualismo.
Medem presenta a Ana, una joven ‘neohippie’ e inocente apasionada de la pintura toda ella, que es requerida por una mecenas llamada Justine que, casualmente, pasa por el mercadillo donde trabaja con su titánico padre alemán al que llama ‘bestia’ para que forme parte de su grupo de artistas e intelectuales que viven y desarrollan su actividad artística en su casa de Madrid. Es el itinerario de descubrimientos y decepciones de una joven que, enamorada del chico equivocado (que resulta que es un saharaui que ha vivido el horror de la guerra en primera persona), inicia un viaje introspectivo a la muerte de otras mujeres jóvenes que fenecieron de forma trágica a manos de hombres (por supuesto, todos ellos muy malvados) y que habitan en el laberinto de su memoria subconsciente. Mediante una esencia barata de ‘new age’ con olor a incienso de zoco, se expone esta reflexión intelectual de ordinarias alegorías psicoanalíticas en forma de puertas espirituales y reencarnaciones pasadas.
Medem pretende que su última película sea una mirada a la feminidad, a través del paroxismo de los viajes de hipnosis, de la muerte trágica para la resurrección de una mujer que vive inconscientemente el constante horror de mujeres trascendentes en la historia, en una cuenta atrás que va desde una guerra pasada hasta las sociedades tribales indígenas. El colmo de la mujer que muere para renacer tierra madre. Para Medem, esto es un canto a la los símbolos de la vida y de la regeneración, donde la mujer es el centro de la creación en una fábula encriptada y, paradójicamente, más accesible al público que sus predecesoras, anegada en el cogitabundo universo del realizador, que aporta su más extática narración, donde los mitos, la feminidad, el sexo, el dolor, el amor, el tiempo convergen mediante círculos vitales de un epigrama tan superfluo como tremebundo. Como sucede desde ‘Tierra’ (y a excepción de ‘Los Amantes del Círculo Polar’), en el filme de Julio Medem se suceden las obsesiones existencialistas de un cineasta abstraído en su propio pragmatismo, que remarca el poder de sus estampas embellecidas con una infumable pretenciosidad que no son suficientes atractivas para expresar sus más reconocibles rasgos estilísticos, que aquí bordean lo paródico, desposeídos de la cuidada ternura lírica que tanto atrae a sus más adeptos espectadores.
Sus esfuerzos por ser más Medem que nunca quedan enflaquecidos por la cansina voluntad por narrar a través de las imágenes, con un lenguaje expresivo que ya no sorprende, que ha perdido magia y fuelle, incapaz de transmitir sensaciones que no sean las que proceden de su deshonesta tentativa por provocar al espectador, haciendo de este filme un paradigma de cine vacío e inexpresivo, definitivamente soporífero, que cae, no en pocas ocasiones, en la torpeza narrativa inconsecuente, como ese deleznable final, con su ininteligible caricatura del imperialismo político norteamericano, en todo el avance de la narración, cargada de tópicos idealistas de fumeta autoindulgente y erudito al que sólo le falta el ‘perro flauta’ y unos bongos para que el discurso sea que, por si fuera poco, aborda una crítica diletante contra las injusticias mundiales, en su inconsistente lamento acusador ante cuestiones como el exilio, el machismo, el racismo, la guerra con un severo tono antropológico y feminista.
Raquitismo al que se suma una desacertada interpretación del descubriendo actoral de Medem para la ocasión, la morbosa Manuela Vallés, desconcertante actriz cuya falta de actitud se puede achacar a su falta de experiencia, que reposa su ineficaz interpretación en la disonante cadencia de su voz, de idéntica modulación en todo momento, ajena a los sentimientos de la protagonista, aportando su vacío emocional a la hora de darle vida a tan pretencioso icono femenino. Aún así, se vislumbra una actriz con cosas que decir dentro del apagado panorama español. La que no se salva es Bebe, que interpreta, sin mucho esfuerzo, a ese personaje desagradable y malhablado que representa en la realidad. ‘Caótica Ana’ se beneficia, eso sí, de la hipnótica (tal vez lo único) partitura de Jocelyn Pook que, superando sin aparente dificultad a la inspiración de Alberto Iglesias, procura sin éxito llenar de vida los fútiles retazos de imaginería de la película que se ahogan en un discurso envanecido por las ínfulas de trascendencia de un director que han terminado por perder el rumbo en un océano de onanismo visual y pedantería argumental.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007