jueves, 20 de septiembre de 2007

Festival de Cine de Donosti: sempiternos recuerdos

Hace justo ahora diez años fui por primera vez al festival de Donosti, cargado de ilusiones, con hambre de cine y de experiencias. Durante esta década he asistido como acreditado a San Sebastián en ocho ocasiones, lapso de tiempo en el que aprendí a amar la ciudad, a disfrutar la Zinemaldi, viviendo con tristeza el decaimiento de un certamen que fue perdiendo el relumbrón adquirido a través de muchos años de altibajos, de gloria y decadencia. El último, muy entrañable porque coincidió con la inauguración de este weblog.
Este año, todos aseguran que el Festival vuelve por sus fueros. Al menos, en la parte de ‘glamour’ que lo encumbró como uno de los festivales más prestigiosos del panorama internacional. Su 55ª edición ha dado comienzo hoy en una ciudad que siempre se ha volcado con su emblema cinematográfico, con un cartel que incluye nombres como Richard Gere y Liv Ullman, que son los premios Donostia de este 2007 y a los que se unen otros como los de Viggo Mortensen, David Cronenberg, Demi Moore, Samuel L. Jackson, Barbara Hershey, Renny Harlin o Alyssa Milano, entre otros. Algo es algo. Y en ellos pervive está el énfasis de recuperar ese prestigio que no hace mucho preponderaba dentro de un certamen perfectamente organizado. Un hecho que deberían seguir muchos certámenes de mucha más notoriedad.
Lamentablemente no estaré allí. Desde hace tres años no piso una de mis ciudades favoritas; el desinterés, el cansancio, la falta de tiempo o las cuestiones profesionales me han privado de regresar al festival que me ha ofrecido algunos de los mejores y más entrañables recuerdos de mi vida. El Teatro Victoria Eugenia este año reabre sus puertas como una sede más de la oferta de ubicaciones que ofrece este acontecimiento después de siete años en los que el centro neurálgico pasó a pertenecer al Kursaal, los cubos de Moneo, que ha sido el punto de encuentro de todos los profesionales que integran cada año este evento.
No podré devorar seis o siete películas diarias, ni veré ninguna película en el Teatro Principal, ni en los Cines Príncipe, ni escribiré en una sala de prensa acondicionada impolutamente por los organizadores, ni podré pasear por el paseo marítimo de la playa de la Concha, tampoco el monte Urgull volverá a inspirar nuevas ideas o el monte Igueldo servirá de excusa para admirar la belleza de otro sueño que, de alguna manera, hacía que cada año me reencontrara conmigo mismo, con mis deseos y con el vicio de ese prototipo de alimentación universal que es el bocadillo, abanderado en el bar ‘Juantxo’, un trozo de Paraíso Alimenticio que anualmente me regaló los mejores instantes de apetito básico, encauzados hacia otra cocina más enriquecedora y epicúrea que estaba empezando a conocer cuando mi armonía monetaria empezó a ser más estable.
El Festival donostiarra ha dado a mi memoria muchos de los mejores recuerdos tanto en a nivel cinematográfico, como en un entorno personal de diversión, desfase y pensamiento. Por eso, pese a seguir en la distancia los avatares de esta edición, no puedo dejar pasar otro año más sin volver a la Bella Easo, sin recobrar una porción de vida que anualmente me ha dejado una huella imborrable. Por eso, prometo volver al festival. No sé cuándo, ni cómo. Pero lo cierto es que el Zinemaldia siempre formará parte de mi vida.