miércoles, septiembre 05, 2007

Dossier Quentin Tarantino (II)

La fulgurante carrera de un cineasta de culto
Controvertida, polémica y llena de talento, la filmografía de Tarantino ha ido evolucionando hacia la lógica integridad visual y narrativa de un director llamado a ser un clásico.
A lo largo de los últimos quince años, el director más polémico y provocador que ha dado el cine en mucho tiempo. Sus provocadores diálogos ‘godardianos’, su narración visual, su inapreciable detallismo de cada plano, los enunciados postmodernistas y el abundante reciclaje e influencias de viejos conceptos cinematográficos actualizados han forjado una personalidad propia que han terminado por evangelizar a Quentin Tarantino con la imposible providencia de los elegidos. Tarantino es, hoy en día, uno de los directores más importantes y trascendentes del Séptimo Arte. Pasó de ser un aspirante a actor que curraba como dependiente de un video-club de California, a ser el emblema que abanderó una generación de autores independientes bajo una imagen de revolucionario cinematográfico, el consolidado estandarte que, con el tiempo, pasará a ser un clásico. Si no lo es ya.
El tipo desaliñado y mal vestido, del que se dice que huele mal, poseedor de una verborrea impresionante plagada de vocablos malsonantes y cara de chalado, que es incapaz de escribir sin faltas de ortografía y que, según muchas leyendas, es un arrogante y ama la comida basura y los excesos es, en cuestiones fílmicas, un icono del cine contemporáneo. Produce, actúa, escribe guiones, apadrina nuevos talentos y distribuye filmes a su antojo sin ningún objetivo comercial. Un rebelde que crea a partes iguales amores y odios entre crítica y público con el máximo atractivo de romper con las formas tradicionales de forma irreverente y que opera al margen de las modas, sin hacer caso a lo que se lleva en el intransigente Hollywood. Un producto millonario apadrinado por los hermanos todopoderosos hermanos Weinstein desde ‘Pulp Fiction’ puesto al servicio de su estilo corrosivo y violento merecedor de genios tales como Sam Peckinpah, Robert Siodmak, Nicholas Ray o Don Siegel. Tarantino se ha creado a sí mismo y ha logrado el viejo sueño americano. Es en la actualidad una gloria del oficio, habiendo justificado que su aura sigue más incandescente que nunca. Quentin Tarantino ha corroborado una y otra una vez que conoce muy bien el secreto del éxito.
Unos inicios consabidos
Nació en Knoxville (Tennesse) el 27 de marzo de 1963. Su singular nombre, Quentin, procede de la protagonista femenina de la novela ‘El ruido y la furia’ de Faulkner. Su madre Connie, una descendiente de cherokees que tuvo a Quentin a los 16 años y fue abandonada por su padre, Tony Tarantino (que reapareció cuando su primogénito se hizo famoso), le inculcó una afición casi enfermiza al cine, que aderezó con aficiones tan productivas como es el cómic y la música ‘funky’ de los 60. Según Tarantino las primeras películas que recuerda haber visto por influjo materno son ‘Conocimiento carnal’, de Mike Nichols y ‘Deliverance’, de John Boorman, una de las influencias más marcadas de su cautivador y agresivo estilo. Estudiante indisciplinado e insurrecto, en su adolescencia decide abandonar los estudios en favor de un trabajo como acomodador de un cine porno y con la ilusión de ser algún día actor de cine (asegura que falseó su curriculum inscribiéndose como extra en ‘Zombie’, de Romero y en ‘El rey Lear’, de Godard).
Su primera oportunidad como intérprete fue un cameo en la serie televisiva ‘Las chicas de oro’, interpretando nada menos que a Elvis Presley, pero sabedor de que su imagen no era la apropiada para triunfar como actor, decide rodar junto a su compañero Craig Hamann una película en 16 mm. bajo el título ‘My best friend’s birthday’, cinta que nunca llegó a ver la luz al quemarse parte el negativo por un problema de laboratorio. Tras pasar un par de años como dependiente de un video-club situado en Manhattan Beach de Los Ángeles, lo que le proporcionó la posibilidad de consumir una y otra vez todas las películas del establecimiento. Tarantino escribe por aquel entonces dos guiones titulados ‘Captain Peachfuzz and the Anchovy Bandit’, de sólo 20 páginas y n libreto titulado ‘True Romance’. Sin llegar a colocar los guiones en ninguna productora, el joven Tarantino pasó meses un par de años organizando ciclos temáticos de Nicholas Ray o David Carradine con los clientes del Video Archives donde trabajaba. Dos de esos clientes fueron Roger Avary, que a posteriori sería co-guionista de ‘Pulp Fiction’ (y con el que no terminó muy bien su relación de amistad y laboral) y Scott McGill, primero de los tres que trabajó en cine, dentro de la película de culto de Don Coscarelli ‘Phantasma’, el cual se suicidó en 1984 por motivos que sólo Tarantino y Avery conocen.
Una carrera en ciernes
Sin perder la esperanza, Quentin Tarantino vende al fin ‘True Romance’ por 300.000 dólares y tras la negativa de las ‘majors’ a producirle un nuevo guión llamado ‘Asesinos natos’, escribe una película de bajo presupuesto dispuesto a autoproducir que, sin saberlo, lanzaría su nombre al estrellato: se trata de la revolucionaria ‘Reservoir Dogs’. Cuenta el propio Tarantino que el filme estaba encuadrado en las historias que acabarían dando como resultado ‘Pulp Fiction’, pero que dejó fuera porque de ahí se podía sacar un buen largometraje. Fue cuando el actor Harvey Keitel, junto con Lawrence Bender (su co-productor habitual), se metieron de lleno en la producción de una película que costó un millón y medio de dólares. Meses después de su estreno, el dinero invertido se multiplicaría por cinco.
Con un reparto coral de magnitudes artísticas descomunales (Keitel, Tim Roth, Michael Madsen, Lawrence Tierney, Chris Penn o Steve Buscemi), Tarantino narraba la historia de los preliminares y consecuencias de un atraco que acaba de forma sangrienta. Según el cineasta, el germen de la cinta provenía de películas como ‘Topkapi’, ‘Rififí’ o ‘El caso de Thomas Crow’, aunque luego, como todos sabemos, encontrarían similitudes que bordearían el plagio con la película de Ringo Lam ‘City on fire’. Un factor que ha acompañado al director a lo largo de su carrera. En una ocasión se defendió afirmándose un seguidor de la cultura del reciclaje con la máxima: “Yo robo de todas las películas que veo. Los artistas roban, no homenajean. Quién diga lo contrario es un embustero”. Fue el principio de la directriz que ha hecho de él un tótem dentro del cine: la reutilización, la fusión perfecta de influencias que Tarantino ha sabido reconvertir con la innovación de un cine cargado de deudas con el pasado, pero a su vez, solemne en cuanto a personalidad e invención. En el caso de ‘Reservoir Dogs’, con un ritmo endiablado, unos diálogos que determinaron la particularidad guionística de su autor, habilidosa en su carácter caótico y desestructurado o en su dirección de actores escondía tras el prodigioso ‘mcguffin’ (un atraco que ni siquiera se ve en pantalla) un filme que dejaría para los anales una verdadera muestra de cine independiente, honesta y memorable, que desprendió el talento y la brillantez de un director dispuesto que a se hablara de él. ‘Reservoir Dogs’ triunfó en festivales como Cannes, Sitges o Venecia y la crítica de todo el mundo aplaudió unánimemente la nueva forma de ver el cine del deslumbrante genio creador del procaz Tarantino. Algo que también debió ver Robert Redford, cuando le otorgó el premio a la mejor película en el Festival Independiente de Sundance, verdadero trampolín para el director y su ‘opera prima’.
Después de un éxito tan prometedor y rentable, sus anteriores guiones no tardaron en ser rodados. ‘True Romance (Amor a quemarropa)’, fue dirigida por Tony Scott en 1993, con un buen entendimiento entre director y guionista, muy satisfecho con el resultado de una cinta sangrienta y romántica protagonizada por Christian Slater y Patricia Arquette. Otra obra de culto que, en esencia, sigue siendo una de las películas más personales de Tarantino. Aunque no se puede decir lo mismo de ‘Asesinos Natos’, la cinta que dirigiría Oliver Stone en 1994 fue ultrajada por Tarantino, que no guarda muy buenos recuerdos de la experiencia y lo ha hecho público en multitud de ocasiones: “Hizo una basura de película. Jodió mi historia por completo y además luego tuvo la poca dignidad de incluirme en los créditos. Es una persona despreciable”, aseguró en más de una ocasión.
‘Pulp Fiction’: La obra definitiva
En mayo de 1994 se estrenaría su siguiente película en Cannes. ‘Pulp Fiction’ fue producida por Danny DeVito, Lawerence Bender y los hermanos Weisntein, entonces dueños de la Miramax, que no dudaron en acoger a Tarantino como un filón al que había que explotar. Y no se equivocaron. La segunda obra del director levantó una expectación inusitada en un festival como Cannes, acostumbrado a otro tipo de cine más sosegado al provocador estilo de un director que demostró lo que sería el sello primordial de su controvertido juego de referencias, conjugando el influjo cultural del cine de serie B, la televisión de culto, el cine oriental, el género de acción, las tendencias pop y el restitución de las novelas ‘pulp’, origen en un tipo específico de publicación basada en el folletín decimonónico, con un formato ‘digest’ más reducido que un libro y por lo general parvo en calidad de impresión y papel. De solemne influencia en Tarantino, que supo absorber con insolente facilidad la sublectura de sus contenidos en el filme, donde prevalece la acción abastecida de suculento ‘hardboiled’ inspirada en el talento de autores como Edgar Rice Borroughs, Clark Ashton Smith, Leigh Brackett, Manly Wade Wellman o Dashiell Hammett. ‘Pulp Fiction’ acabó por ganar el premio gordo, la Palma de Oro a la mejor película de ese año.
Su segunda obra es una modesta cinta basada sobre todo en un imponente reparto coral encabezado por John Travolta (resucitado gracias a esta película), Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Uma Thurman o Christopher Walken, entre otros. Una compleja historia menos claustrofóbica que ‘Reservoir Dogs’, más extrovertida y gamberra que justifica su éxito en la violencia, en los diálogos de excepcional engranaje y eficacia y en una perspectiva visual que consolidaron a Tarantino como la figura más relevante de los 90 en cuanto nuevos cineastas norteamericanos se refiere. La clave del cine de Tarantino la explicaba hace ya más de una década el propio director: “las ganas de hacer películas para que la gente salga del cine discutiendo sobre la historia, No quiero que nueve millones de personas salgan encantadas del cine diciendo lo buena que ha sido mi película. Por eso mis historias no tienen un puto mensaje que pretenda demostrar algo. Ahí está el fallo del cine actual”.
Tiempo de diversión y relax
Tarantino era una celebridad, un fenómeno de masas que se divertía en saraos, fiestas, programas de televisión y festivales de todo el mundo, donde con sólo dos filmes ya era considerado una figura trascendente que incluso era centro de retrospectivas sobre su obra. El director se dedicó durante unos años a disfrutar de la fama y aparecer como actor en varias películas que no dudaron en utilizarle como reclamo taquillero. De su faceta interpretativa destacan títulos como ‘Desinity’, ‘Duerme conmigo’, ‘Girl 6’, ‘Desperado’ o ‘Four Rooms’, en la que también dirigió uno de los cuatro episodios que componían este trabajo conjunto con directores como Robert Rodríguez, Allison Anders y Alexander Rockwell. Un evento importante y trascendente pues supone el germen de la vinculación junto a Rodríguez que marcaría uno de los duplos artísticos y creativos con los que el cineasta ha seguido desarrollando proyectos.
Junto al director de raíce mexicanas escribiría ‘Abierto hasta el amanecer’, con la influencia de los esperados diálogos ‘tarantinianos’, una macarrada sin precedentes, donde la fusión de las ‘road-movies’ con el género ‘gore’ y el cine de vampiros, las excentricidades de ambos cineastas se vertieron en un sensacional cóctel de humor negro y sangre que aunó las ganas de diversión de ambos realizadores en su continuo vandalismo contra los tópicos del género en una película que contagia la sensación de ‘colegueo’ con la que está concebida, como un pasatiempo sangriento e insurrecto que es el verdadero origen de la actual ‘Grindhouse’. La experiencia tendría su prolongación en el falso documental ‘Full till boggie’, de Sarah Kelly, que reproducía ese buen rollo entre actores y directores y los problemas con la censura que tuvieron sus responsables. Una época marcada por la espera de todo el mundo por la nueva película de Tarantino, que no desvelaría su siguiente proyecto y que, entretanto, se recrearía en trabajos como el episodio que dirigió para la serie televisiva ‘Urgencias’ o el Cd-Rom interactivo ‘Steven Spielberg’s director’s chair’, en la que pondría la voz al personaje de Jack Cavello junto a Jennifer Aniston, produciendo, además, con su productora ‘A band Apart’ (homenaje a la cinta de Jean-Luc Godard) películas como ‘Past Midnight’, ‘Killing Zoe’, ‘Tú asesina que nosotras limpiamos la sangre’, las secuelas destinadas a vídeo de ‘Abierto hasta el Amanecer’ o la cinta de Yuen Woo-ping ‘Iron Monkey’.
La sombra de Leonard es alargada
Su tercer largometraje resultó ser ‘Jackie Brown’, una libre adaptación de la novela de Elmore Leonard ‘Rum Punch’, que devolvió al candelero a un Tarantino menos visionario y más interesado en dar un paso adelante en su corta pero fulgurante carrera. El director, consciente de su condición de fabulador y modernización de clichés cinematográficos para su beneficio propio. Se centró en el ‘blaxploitation’ de los 70, célebre pero olvidado movimiento cinematográfico que asumía a la población afroamericana como principal ingrediente de un subgénero definido por el heroísmo de sus protagonistas, el género policiaco y las bandas sonoras de conocidos artistas de la época, con la esencia de Detroit y de música ‘funk’ abanderada por Curtis Mayfield, Isaac Hayes, Bobby Womack o James Brown. Alicientes que Tarantino volvería a subvertir los conceptos de la corriente ‘exploit’ alejándose de su peculiar mundo hortera y excesivo, sin esquivar su mitomanía, para narrar la historia de una azafata de bajos vuelos que sirve de correo a un traficante ilegal de armas y que es detenida por la policía para que entregue la cabeza del pez gordo que, entre tanto, paga la fianza con la intención de deshacerse de ella. La sobriedad estética, el tono crepuscular, el pesimismo de su fondo y la capacidad con la que el director supo introducir sus personajes pintorescos, su humor negro, la justa dosis de violencia y el cinismo cabrón hicieron de ‘Jackie Brown’ su mejor película hasta el momento, su obra maestra de nostalgia y designios creativos elevados. Es la demostración más fehaciente de que el autor es capaz de despojarse de artificios y prejuicios para enaltecer una película de género negro más cercana al clasicismo que al postmodernismo que siempre le ha acompañado.
Depurado homenaje a modo de nostálgico catálogo de virtudes, apoyado en el ‘Rashomon’ de Kurosawa, la clave circunstancial del filme reside en la historia de amor madura, con personajes que pasan desapercibidos, que encuentra su grandeza en la exploración de sus relaciones, de sus dilapidarios diálogos reflexivos, en las precisas secuencias donde no falta la motivación de cada movimiento que se produce en un filme de trampas, felonías, amores, venganzas y homicidios en la que destacan, con luz propia, sus actores protagonistas; Robert Foster, Pam Grier, Samuel L. Jackson, Robert De Niro o Bridget Fonda. ‘Jackie Brown’ devolvió la posibilidad de ver otra obra arriesgada de Tarantino, que aunque siguió apostando por sus registros narrativos en plena ebullición, no satisfizo a los ‘fans’ ávidos de sangre y excesivas dosis de violencia o diálogos ingeniosos de ‘Pulp Fiction’ y ‘Reservoir Dogs’, pero dejó patente que la melomanía afiazada en la bandas sonoras exitosas bandas sonoras de sus anteriores películas son otro de sus fuertes, al incluir una sucesión de temas populares en los 70, entre otros, el ‘Across 110th Street’, de Bobby Womack, ‘Long Time Woman’, de la banda sonora ‘Big Doll House’ y ‘Street Life’, de Randy Crawford.
Tarantino, con sólo tres películas había alcanzado el olimpo. Ya no era un fenómeno pasajero o efímero, sino que se había consolidando como una gran cineasta, sólido y reputado, merecedor del trono vacío que dejó recientemente su admirado Samuel Fuller (al que le dedicó la película “por todo”). Sin duda alguna, ‘Jackie Brown’ sirvió para acallar a todos aquellos que vieron en él el blanco perfecto para hacerle una moda o de otros que quisieron hundirle desde un primer momento. Tarantino era ya uno de los cineastas norteamericanos que más cosas tenía que ofrecer y aportar al cine contemporáneo.
‘Kill Bill’: La salvaje suntuosidad de la violencia
Los seis años de espera que separaron ‘Jackie Brown’ -posiblemente la mejor película de Quentin Tarantino hasta el momento- y el primer volumen de ‘Kill Bill’ sirvieron para demostrar que la ausencia del cineasta de culto fue el tiempo necesario para crear y componer la obra libre y desvergonzada que esta imprescindible y polémica figura del cine de este siglo estaba destinado a realizar. El aluvión mediático desplegado ante la primera mitad de película hizo previsible que ‘Kill Bill: Vol. 1’ aplacara los deseos del espectador y de Tarantino como director. Y así fue. Tarantino realizó la película que le dio la gana, jugando esta vez con el ‘wuxia pian’, los filmes de yakuzas, el ‘anime’ o el ‘western’ -en sus versiones clásicas y ‘spaghetti’-), que desfilaron en un imposible combinado donde la fuerza del impacto y las analogías temáticas no sólo evocaron simplemente los aspectos más determinantes del cine de género, sino que, tras su primera apariencia, todo escondía un impresionante espíritu de rebelión subversiva que le confirió una intensidad emocional y un poder de fascinación abrumantes.
Para su díptico, Tarantino dejó atrás cualquier complejidad argumental con el fin de narrar, a través de los ojos de un personaje creado para su musa Uma Thurman, una historia de venganza. La de La Novia, una ex asesina del Escuadrón Asesino Víbora Letal (DIVAS) que sobrevive a la matanza que se lleva a cabo por sus compañeros y su jefe, el enigmático Bill, el día de su boda. Cuatro años después, tras salir del coma, comienza la cruenta venganza buscando a cada uno de los miembros que han estado a punto de matarla. En su primera parte de la historia los objetivos de La Novia son Vernita Green (Vivica A. Fox), reformada de su carrera delictiva y encantadora madre de familia y O-Ren Ishii (una muy comedida Lucy Liu), la nueva emperatriz del crimen organizado de Tokio que tiene a su servicio a ‘88 asesinos’ y a sus guardaespaldas Sofie Fattale (Julie Dreyfus) y la sádica Gogo Yubari (de lo mejor de la función, encarnada por la perturbadora Chiaki Kuriyama).
Es en ésa lineal y reiterada trama donde Tarantino descubre la grandeza de su trabajo como realizador. Su epopéyica y trágica odisea de venganza se nutre de arquetipos, sintonías e historias ya contadas y vistas en multitud de ocasiones. Puede que sea cierto que ‘Kill Bill: Vol. 1’ parezca una simple y espectacular ráfaga de situaciones violentas, de luchas y sangrientos correctivos como reverberación del vacío argumental en el cine de género y del que hacían gala las películas de artes marciales orientales, pero también lo es el sustento del poder salvaje de la imagen sobre la palabra, de una forma adscrita a su descarada intención superlativa del impacto sobre el diálogo al que nos tiene acostumbrados. Una asombrosa lección de estilo, un riguroso catálogo de material popular y un festival de guiños, homenajes, devociones y conmemoraciones cinéfilas.
Desde la cortinilla inicial de estilo ‘Drive-in’ “Now our feature presentation…”, seguido del logotipo de los Shaw Brothers, Tarantino está enseñando todas sus cartas, preparando al espectador para una película de venganza al puro estilo del ‘Grindhouse Cinema’, donde los protagonistas no son los típicos héroes o villanos arrogantes, sino victimas de sus decisiones en la que las motivaciones no tienen ninguna profundidad o resonancia psicológica, sino simplemente marcadores del diagrama argumental. Los personajes son definidos mediante sus características físicas y su recorrido vital viene dado por sus actos. Y en ese aspecto ‘Kill Bill: Vil. 1’ es una de las más honestas cintas vistas en mucho tiempo.
Amparado en su estética y puesta en escena de prominente atención a los detalles visuales, pleno de desbordante capacidad visual, Tarantino dejó su impronta de templado academicismo en una inteligente y ingeniosa lección de estilo. Este brutal ejercicio de cine de acción a medio camino entre el cine nipón y el ‘western’ escondía bajo su simulada apariencia frívola una cosmología visual de entusiasta poesía brutal que, además, hizo al espectador partícipe de la diversión categórica. El director de ‘Pulp Fiction’ se permitió con ello el intento de perfeccionar la técnica de desestructuración de sus anteriores trabajos y punto clave en su carrera fílmica, volviendo a jugar con los tiempos, donde la anacronía temporal residió una vez más en la acción definida y fragmentada en bloques, como capítulos de una novela ‘pulp’ que tanto prolifera su cine
Se impuso en ‘Kill Bill: Vol. 1’ una lógica que obedecía a la discontinuidad clásica cinematográfica basada en el ‘flashback’, signo evidente de la moderación de vocación establecida en ‘Jackie Brown’. Aunque pueda tener aquí una extensión rebelde. Esto queda patente en el hecho de que el juego formal y la ruptura directa con la realidad de sus dos primeros filmes vino a ser sustituida por la apoteosis de los capítulos. Y esto es extensible a ‘Kill Bill’ como filme unitario, que deja ver una intención comercial en la decisión de fragmentar la película en dos partes. Un tributo por parte de Tarantino y los Wenstein a la más antigua tradición popular de la narración, es decir, la historia dividida en entregas.
Como tentativa a un nuevo sentido del arte de la narración cinematográfica, en este filme-homenaje se permitió una experimentación de estilismo insólito, reflejado éste en la larga secuencia de lucha con los 88 asesinos, donde las texturas cromáticas y utilización del B/N juegan un papel vital para la preparación de la pelea final. La que tiene lugar entre La Novia y O-Ren, uno de los encuentros más violentos y hermosos del cine de este maestro, desarrollada en la Casa de las Hojas Azules, referente ‘Shuratukihime’, de Fujita o al drama ‘Tokyo Drifter’, de Seijun Suzuki. Pero donde la conjunción de géneros y de las referencias a la cultura pop llega a su apogeo estético es en el espléndido ‘backstory’ de animación japonesa que une con una cadencia perfecta el cine de ‘yakuzas’ (típica del ‘flingage’ nipón) con el ‘spaghetti’. Lo bueno de esta combinación de grafismos genéricos es que Tarantino sabe rescatarlos, reactualizarlos y volver a significarlos, asumiendo la mirada occidental y subrayando la incapacidad de occidente por representar con fidelidad la cultura oriental. Un irónico mundo donde chinos y japoneses son lo mismo, el inglés y la lengua asiática se confunden y se reemplaza ingeniosamente a mafiosos por mujeres que recuerdan (como el DIVAS) al cine de Russ Meyer en su visión feminista de la heroína vengativa y feroz. La representación devota de Tarantino del cine oriental vendría a ser como una película de ‘yakuzas’ y artes marciales dirigida por un ‘gaijin’ (un extranjero) ajeno al mundo que narra.
Tarantino compuso en la primera parte de su cuarta película una esplendorosa sinfonía de violencia, mecanismo cardinal de todo ‘Kill Bill’.
Una mirada que realza el crimen con su habitual estilización de violencia, eliminando su realismo para poder así coreografiarla en una espléndida disposición de signos. Por eso, la aparente linealidad de la trillada historia de venganza, fundamentada en el estereotipo más manido, se invalida con una dirección convertida en una auténtica celebración coreográfica, un rebelde manifiesto visual, una ofrenda de ilusiones que recupera el sentimiento del cine para ofrecer una explosión casi sublime del entretenimiento. La violencia, en este caso, resulta efecto y no causa. Una de las cualidades del cine de este dinamitador insurrecto.
‘Kill Bill: Vol. 1’. Y es la oda de amor de Tarantino por una actriz, por Uma Thurman (ya que retrasó el proyecto cuando la actriz estuvo embarazada), que realizó no sólo un verdadero y plausible maratón físico, sino que supo combinar este rasgo tan poco valorado en una actriz con una intensidad actoral mostrada en esa escena en que La Novia cree haber perdido a su bebé manifestado en un llanto desgarrador. Thurman está increíble. Filme de elegante coreografía visual, entre el ritual y la utilización del humor, el primer volumen se disparó como una descarga de maestría. Siempre manteniendo el equilibrio en el peligro del exceso, reforzando su intensidad por una inserción realmente prodigiosa de canciones y sintonías que forman una banda sonora inolvidable.
Volumen 2.
Si con ‘Kill Bill. Vol. 1’, Tarantino logró su primer objetivo de crear una obra que, definitivamente, estuviera avocada a ser una irrepetible fusión armónica entre su forma de vivir el cine y de entender la vida, derivada de una libertad casi insultante, con esta segunda porción, finalización de su cuarta cinta, persistió en su tentativa de dejar ver que su intención continuaba siendo mucho más que una maravillosa composición miscelánea de numerosas tradiciones con la impronta de la flagrante innovación en su fondo.
En el segundo volumen de ‘Kill Bill’, Tarantino equilibró su historia de venganza, dejando los postulados del frenetismo y de la acción de ritmo endiablado a un lado para ofrecer una hermosa pieza reflexiva y armoniosa, deteniéndose en una más que exquisita poética determinada por una ternura inusual en la visión argumental de su realizador, acostumbrado a magnificar el salvaje vigor del impacto. Una característica que si bien no pierde la indómita fuerza de su violencia ni sus más condensadas luchas cuerpo a cuerpo, sí encuentra el peculiar terreno de ironía y cinismo congénito a Tarantino, pero imbuyéndolo de matices íntimos, contemplativos y armónicos, sentimientos imprecisos, profundos y turbiamente impregnados de nostalgia. La culpa expiatoria de la maldad, el tiempo perdido, la acrimonia que deja los errores cometidos y el placer de la venganza más cruel son los dispositivos que prosiguen en su segunda parte de la función.
En el ‘Vol. 2’ ya no se trata de la yuxtaposición sorpresiva del reciclaje, sino de equilibrar la balanza, no de superar los logros. Y para ello, Tarantino acometió una obstinada profundización en los personajes que participan en la historia, creando verdaderos seres humanos, ataviándolos con personalidades demoledoras. Así, la figura incorpórea de Bill en la primera mitad, tiene su apoteosis aquí con el afianzamiento de un rol magnético, apasionante, de múltiples gradaciones y poseedor de una ideología tan fascinante que hay que acudir a los fastos de las mejores épocas del cine clásico para encontrar un malvado, un villano tan grandioso y atrayente.
Si a todo ello se añade el instinto maternal de La Novia/Mamba Negra, que la hace más peligrosa y letal y se descubre (como ya se pudo ver con O-Ren Ishii) ante sus antagonistas secundarios llenos de defectos y enfermo cinismo, asesinos delimitados a esa diatriba que es ‘matar o morir’ (la verdadera clave del total de ‘Kill Bill’), nos encontramos ante una propuesta que basa su fuerza, contra lo que pueda parecer, en los personajes. ‘Kill Bill’, como un todo común de cuatro horas, es una irreprochable película que revela la evolución hacia una perfección dialógica y cinéfila de un director llamado a ser uno de los grandes clásicos del Séptimo Arte, pero con ésas vertientes bien diferenciadas, en las que cumple un papel central la conciliación de subgéneros derivados de los géneros cinematográficos clásicos y donde es fundamental el procedimiento modernista de la intertextualidad genérica cuyo objetivo es releer y reinterpretar.
Inmersa en su particular venganza homérica, concordada en la idea de Esquilo y Sófocles, ‘Kill Bill. Vol. 2’ presenta a La Novia dejándola dónde se había quedado: con dos miembros del Comando Letal Asesino Víbora aniquilados y en busca de los otros dos (Bud –Michael Madsen- y Elle Driver –Daryl Hannah-) que dejen como único designio la venganza contra Bill y recuperar así a su hija de cuatro años a la que nunca ha conocido. Su agrio sentido del fatalismo, colmado de indudable pomposidad operística, concede una sublime eficacia que hace que esta segunda parte de filme le sirva a Tarantino para olvidar estilo de ese mencionado ‘Grind House Cinema’ para centrarse un poco más en el porqué, en las causas y las consecuencias. ‘Kill Bill. Vol. 2’ vendría a ser el complemento a lo propuesto, una elevada reflexión sobre la vida y la muerte, el amor y el odio y, principalmente, una preciosa y enternecedora glorificación a la maternidad.
Un núcleo ideológico y existencial que cavila acerca de la naturaleza de la maldad, utilizando como modelos la muerte del pez Emilio a manos de la pequeña B.B. y en el modélico discurso sobre el genuino Superman como camuflaje de una teoría que parece contener el centro temático de la historia. Un razonamiento que si bien incluye agudos comentarios sobre la identidad y honestidad personal, sirve como explicación perfecta para los auténticos motivos del villano. Por eso las peleas son mucho más breves, pero también más impactantes, pues se van conociendo las motivaciones de los personajes y sus propósitos. Las batallas con ‘katana’ y las luchas a muerte ya no funcionan como espectáculo y homenaje al cine de artes marciales, sino que contribuyen a la narrativa, fortaleciendo la historia y extendiendo la comprensión hacia los personajes. Y es en ésa esfera donde se sitúa el segundo volumen de ‘Kill Bill’.
Hay, por tanto, dos partes muy bien diferenciadas en ‘Kill Bill’. Una primera, oriental, en la que el cineasta basó los movimientos de la trama en función del espectáculo puro y adrenalítico, utilizando referencias a los clásicos asiáticos Seijun Suzuki, Kiachi Okamoto y Toshiya Fuyita como explicitación del homenaje experimental de estilismo al cine de ‘yakuzas’ y al ‘wuxia pian’ de artes marciales y que representó la sección física de la cinta. Y una segunda parte que es el ‘spaghetti-western’ el encargado de transportar al espectador por el viaje emocional de su protagonista. Un género definitorio de ‘Kill Bill’ como película. Y es que el ‘spaguetti’ no es como el ‘western’ de Hollywood, ya que el salvaje Oeste yanqui idealizó en sus bases genéricas la cruda realidad histórica haciendo que sus elementos se circunscribieran al entorno geográfico y sus leyes. Sin embargo, en el ‘italo-western’ la vida fronteriza y desértica devino en áspera tragedia, donde un agresivo instinto de supervivencia alumbró nuevas formas de barbarie y libertad. ‘Kill Bill. Vol. 2’ es así dependiente de su primera parte para reflejarse en ella y aquélla necesita de ésta para entender su existencia. Ambas son complementarias y una sola, pese a ser heterogéneas. Como si la primera fuera el anverso de la segunda y viceversa. Tarantino enfocó su pieza de cámara hacia una desbordante superación de los límites tradicionales de cualquier género, cuestionando cualquier orden, quizá para construir uno nuevo. Con ‘Kill Bill’ llegó a la madurez como clásico del cine moderno. A partir de entonces, el espectador puede esperar lo mejor en cada una de sus próximas demostraciones de superioridad. Como ha sucedido con su última obra ‘Death Proof’.