viernes, 31 de agosto de 2007

Review 'The Bourne Ultimatum'

La consolidación de un mito
Paul Greengrass cierra una excelente trilogía con un filme lleno de puro nervio, donde la acción prevalece sobre la trama, dejando la sensación de estar ante un espectáculo de excepcional calidad.
En el universo de este hierático espía llamado Jason Bourne, el sistema es corrupto, el brazo ejecutor y las altas esferas de poder no dudan en eliminar cualquier rastro si aparece una causa fortuita que suponga una mínima amenaza. Así concibió sus obras el autor Robert Ludlum, en éste caso, el de un hombre que, tras de ser sometido a un inhumano adiestramiento para convertirse en una máquina de matar, pasa a ser el objetivo más escurridizo de la CIA debido a su pérdida de memoria y las consecuencias que pueda traerles. El personaje de Ludlum, cerrando una de las trilogías más sugerentes de los últimos años, sigue con su perseverante búsqueda de su identidad, para saber quién es en realidad y quién le enseñó a matar. Es la trama diametral que sigue esta nueva entrega ‘El Ultimátum de Bourne’, la de un individuo que se enfrenta a un poderoso colectivo en un particular y personal rastreo por desvelar la incógnita que esconde su personalidad.
Esta lucha sirve como ‘macguffin’ ofrecido como excusa para un frenético juego de espionaje y ambigüedades como paradigma de cine de acción que ha supuesto una renovación, donde la genealogía de Bourne se arraiga con una nueva visión del género, evolucionando hasta la actualización de sus cánones y acomodándolos a la actualidad, donde las grandes corporaciones mundiales, fuerzas militares y organizaciones gubernamentales conspiran para reemplazar el status quo a su antojo, sin prever una temible colisión contra un factor creado desde su entorno que les desafía en busca de respuestas personales. En la mejor línea del ‘thriller’ político, la filosofía imparable de un proceder frenético y la fría inteligencia de los guiones de Tony Gilroy, modelados con proverbial interacción con respecto a sus elementos vitales, la saga de Bourne, incluida esta estupenda última entrega, es el ejemplo de ese cine inabordable e ilusorio con el que muy pocas veces Hollywood retribuye al espectador.
Tanto Doug Liman, con su estilo más clásico y austero, como el nervio rítmico de montaje sincopado de Paul Greengrass, la eficaz heterogeneidad narrativa con la se ha desplegado impetuosamente la acción en la pantalla a través de las aventuras de Bourne, suponen un modélico cine de insuperable cadencia que, apoyándose en su deliberado realismo y verosimilitud, sin levantar el pie del acelerador, invita al espectador a acompañar a un hombre en su angustioso viaje por conocer su identidad, desplegando un cuidado diseño de producción a lo largo y ancho del mundo, pero sin alardes de ningún tipo, respetando la idea de una estética genérica de los años 70, con ese toque de cine europeo que se ha fomentado hasta el momento, con cámara en mano e iluminación y montaje de ritmo vehemente. La Saga Bourne es, en su conjunto, un modelo intuitivo y frenético, donde prima la intensidad y la adrenalina por encima de todo.
Para ‘El ultimátum de Bourne’, la idea de la conspiración y doctrinas gubernamentales descontroladas siguen siendo más que relevantes. Treadstone, el programa de operaciones ultrasecretas que convirtió a este espía en un arma letal ya no existe. Fue absorbido por el programa Blackbriar del Departamento de Defensa, que lanzó a la calle una nueva generación de asesinos profesionales a disposición del Gobierno y cuya existencia es desconocida. Entre ellos, el primero de la generación de estos sicarios, Jason Bourne. En este nuevo episodio, la humanización de Bourne es trascendental, debido a que, en esa indagación sobre su personalidad, el espectador recupera la memoria del propio personaje junto a él, en un viaje personal por descubrir la verdad, exhibiendo sus defectos como persona y siguiendo las huellas de un pasado oscuro inmerso en un siniestro mundo dispuesto a hacer lo que sea por eliminarle. En este último filme, Paul Greengrass se convierte en dueño y señor de una función colérica, donde se prolonga su alterado ritmo demencial en ese estilo tan personal de la cámara en mano, un ‘modus operandi’ de narración sustentado en el constantemente movimiento, dentro de un delirio visual a medio camino entre el frenesí y el ‘cinèma veritè’. Greengrass no se modera ni un pelo a la hora de formular sus sacudidas de planos, con extrema rapidez y mucha movilidad, que logra su cometido: agilizar y confundir, consiguiendo ese efecto de imprecisión e incertidumbre que caracterizan al realizador británico. Sin embargo, no puede evitar que en muchas ocasiones resulte demasiado enardecido, con un montaje aturdidor, donde el desconcierto parece ser ofrecido como un efecto funcional de una trama que se transmite con la fugacidad con la que las imágenes pasan por la retina del público.
En su propósito de cambio, ‘El Ultimátum de Bourne’ es la cumbre de esa readaptación genérica que han ido desarrollando de sus predecesoras, con asombrosa innovación narrativa de referencias argumentales y visuales, olvidando los desgastados arquetipos del pasado y haciendo, de forma inteligente, que se considere más importante la forma respecto al fondo, prevaleciendo la impetuosa apoteosis del ‘thriller’, sin escatimar en constantes persecuciones a pie o en vehículo, combates a cuerpo o dialécticos, que terminan por ser el verdadero eje argumental del filme y que lo vincula a sus dos anteriores partes. Un filme dinámico, que sabe neutralizar la extensa geografía por la que se mueve, representando los diversos espacios transitados por el ex espía con una estupenda indefinición de territorio, sin olvidar de caracterizar cada una de las muchas ciudades (Londres, París, Berlín, Tánger, Madrid, Nueva York…) que aparecen en la película con breves retazos, sin recurrir al tópico, entre otras cosas, porque lo que prima aquí no es el detalle turístico, sino la preeminencia de las escenas de acción (algunas muy notables como la de la estación de Waterloo de Londres o la persecución por los tejados y balcones de Tánger o la parte final de Nueva York).
Tampoco faltan los indispensables secundarios al acecho, siempre en comunicación directa con Bourne, pero al que no pueden ni ver ni seguir, sin salirse de la invisibilidad con la que se mueve el espía, donde juega un papel importante la tecnología, sobre la que Bourne está por encima cuando se trata de su persecución por parte de la CIA. Si Chris Cooper, Brian Cox, Clive Owen o Karl Urban fueron sus anteriores perseguidores, ahora, además de los que repiten (Joan Allen o Julia Stiles), se incorporan David Strathairn y Albert Finney, que dan la réplica a un Matt Damon que no abandona su rictus circunspecto ni su genial corporeidad para poner su notable talento al servicio de un personaje para que el parece haber nacido. Tal vez se eche de menos más relevancia en personajes como los que interpretan Paddy Considine, Scott Glenn, Daniel Brühl o Edgar Ramírez, simples peones dentro del gran ajedrez de la saga.
‘El Ultimátum de Bourne’ completa así una trilogía de incuestionable calidad que tiene momentos de puro cine, de admirable frenesí, de complicidad directa con el público, como en el momento en que Bourne pronuncia una misma frase de ‘El mito de Bourne’ a Joan Allen desde la distancia, entendiendo ambos que pueden confiar el uno y el otro o la última persecución en manos de otro agente entrenado para matar que ni siquiera sabe porqué ese énfasis de destrucción ante la mirada de entendimiento de un Bourne a punto de saltar a su salvación final más humano que nunca. Ese acercamiento y concordia final, bajo las notas de una excelente partitura de John Powell (que ha variado su cadencia según haya requerido la situación lo largo de las tres películas) en encadenamiento con el tema ‘Extreme Ways’ de Moby, dejan el regusto de haber asistido a una ceremonia de acción y pasión muy difícil de repetir en los tiempos que corren dentro del fastuoso universo hollywoodiense. Y es que Bourne y sus aventuras son cine trepidante, de acción inmutable, pura esencia de gran y genuino cine.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007