jueves, 7 de junio de 2007

Review 'Pirates of the Caribbean: At World's End'

Tecnología digital, propósito comercial y anti-épica
Verbinski firma una tercera parte de estos piratas caribeños donde se ha perdido la frescura primigenia y sólo importa el espectáculo visual más allá de cualquier coherencia argumental y aventurera.
Cuando el todopoderoso productor Jerry Bruckheimer unió sus fuerzas al director Gore Verbinski con el inicio de la saga ‘Piratas del Caribe’, el género de aventuras de bucaneros y galeones se vio vivificado con un acertado tanteo postmoderno que mezclaba el más genuino clasicismo genérico con los preceptos de las superproducciones infalibles en taquilla. El resultado se saldó con una película contundente en sus propósitos y aspiraciones, de convencidas habilidades, en la que destacaró su categórica elocuencia y su imaginería, intrascendencia argumental, su inspirada cadencia rítmica y su desparpajo a la hora de actualizar los términos de aventura del pasado, sabiendo manejar sus defectos para transformarlos en virtudes. Por supuesto, el rotundo éxito, hizo que esta primera cinta se convirtiera, por arte de magia, en una saga formada por tres cintas uniéndose así a la desdeñable moda de las trilogías. Su segunda muestra, ‘El cofre del hombre muerto’ no fue todo lo desastrosa que uno podía esperar, ya que logró reunir algunos de los mejores elementos de su predecesora, como la comicidad física y el explosivo espectáculo que recurría a los efectos digitales para suplir las carencias argumentales y narrativas, pero sin la gracia de su primera función, aportando, eso sí, algunos instantes de júbilo aventurero sin ni siquiera justificar su propia existencia.
Siguiendo estos mismos cánones, su tercera (y esperemos que última) entrega titulada dentro del título originario ‘En el fin del mundo’ se rige por esa actitud de superflua continuación que prevaleció después de su estupendo origen de aportar, cuánto más mejor, un espectáculo lleno de fuegos de artificio. Tanto Verbinski como Bruckheimer eran conscientes de que había que rodar una tercera por encima de muchas cosas. Entre otras, de si había una buena historia o no. Y es que esta tercera entrega es una paradigmática muestra de reducción creativa al mínimo esfuerzo por parte de sus guionistas, Ted Elliott y Terry Rossio, cuyo esfuerzo es inapreciable en su reinvención del subgénero, dejándose llevar por las actuales directrices de las terceras partes; es decir la de la consecución de un paupérrimo producto de entretenimiento donde vale cualquier mecanismo si el resultado es la mínima eficacia en sus habilidades comerciales. Por ello, no dudan en surtir el nuevo episodio de aventuras con la esperada profusión de nuevos y viejos personajes, agotando el histrionismo de un rol principal que se ha convertido en una caricatura de sí mismo y donde no falten ni la tópica subtrama romántica, ni la titánica exuberancia de efectos digitales que aderecen todo tipo de carencias visible en una saga que, definitivamente, se ha perdido en sus ínfulas taquilleras.
Este final de fiesta en alta mar patentiza, de entrada, la creciente sensación de agotamiento que acompañan las aventuras de ese otrora sugestivo jeta vividor con amaneramiento llamado Jack Sparrow, al que acompañan la moralista y atrevida Elizabeth y el pazguato desaborido con complejo de huérfano llorón William Turner. Por supuesto, no se duda en recurrir al villano de la primera entrega, el Capitán Barbosa, que se une a la tripulación de Sparrow con el desesperado objetivo de salvarle del Limbo Infernal para reestablecer el orden marítimo de los piratas, amenazado por El Holandés Errante y Davy Jones, que actúan bajos las órdenes de la Compañía de las Indias. Es el pretexto de un argumento que se desenvuelve entre diversos caminos, sin un rumbo fijo, de forma acrobática y de serial piratesco, donde el énfasis por seguir los propios intereses de cada personaje hacen que el vaivén de posiciones en torno al cofre de Jones y la llave que lo abre, los correctivos contra maldiciones fraternas y traiciones varias acaben resultando, además de una maraña sin interés ninguno, un enloquecido guión determinado por sus excedencias de enmarañada exposición.
A lo largo de casi tres horas, donde caben todo tipo de ofrendas sin cohesión; desde el surrealismo psicodélico, a ese arranque ‘carpenteriano’ de tintes asiáticos de bajos fondos, al cine fantástico con aires mitológicos, al spaghetti-western descarado y sin complejos o la no menos inquietante recuperación de Jack Sparrow inmerso, poco menos, que en un purgatorio a medio camino entre ‘Matrix’ y ‘El Show de Truman’... Todo procura ser ofrecido al público como un espectáculo visual abrumante, determinado por el barroquismo al que se aproximan en esta ocasión las imágenes de un ostentoso producto de fastuosas pretensiones no tanto artísticas como comerciales. Pero en su desarrollo desmedido, Verbinski y sus guionistas lo único que consiguen es conferir a este mediocre filme un universo errático, sin atisbos de ningún soporte arquetípico o heroico que bien demostraron en la primera parte y en algunos instantes de la segunda, reiterando errores pasados y, lo que es peor, perdiendo la frescura y el carisma con que se concibió la saga.
Sólo en su último tramo, esta tercera parte de ‘Piratas del Caribe’ pone las cartas sobre la mesa y se destapa como lo que es; una superproducción de envidiable recreación digital en el que predomina el mismo histerismo tecnológico de un juego de ‘playstation’ (con esos planos imposibles recreados por ordenador en el duelo final de Jones y Sparrow), por encima de cualquier atisbo de congruencia épica, parodiando el género y olvidando, por momentos, la credibilidad de sus pilares primigenios. Un delirio en el que cabría destacar la extraordinaria partitura creada por Hans Zimmer (o sus ‘negros’, vaya usted a saber), el fantástico cameo de Keith Richards y la interpretación, a niveles muy superiores de los que le rodean, del mono de Barbossa que se llama Jack.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007