jueves, 3 de mayo de 2007

Review 'The Number 23'

Inconsecuente alucinación numerológica
Joel Schumacher concede una de sus peores muestras como realizador con un filme que, partiendo de una interesante idea, termina por resultar un anodino y autoindulgente disparate.
Cuando William Hjörtsberg escribió ‘Fallen Angel’ en 1978 y Alan Parker la tradujo a imágenes en 1987 abrió una peligrosa Caja de Pandora en el género del ‘thriller’ psicológico (unido a célebres antecedentes como ‘Psicosis’ o ‘El Resplandor’) que se avecianaba. Si bien aquélla evocaba con acierto, a medio camino entre el hábitat detectivesco del mejor Raymond Chandler y el éter enfermizo y alucinatorio de ‘Fausto’, la historia de un investigador privado Harry Angel, que buscaba a un misterioso hombre desaparecido Johnny Favourite, en un viaje a los infiernos donde la religión, la diferencia de clases, el vudú, el satanismo y la insania descubrían un final aterrador como develamiento de un misterio sorprendente. En el cine moderno ha seguido perpetuando ciertas pautas sistemáticas, falsificando la utilización de la misma fórmula de desenlace que invoca a ese mismo final sorpresivo. Entre otras, películas recientes como ‘Vidocq’, de Pitof, ‘La ventana secreta’, de David Koepp, ‘El Maquinista’, de Brad Anderson, ‘El escondite (Hide and seek)’, de John Polson o ‘Haute tension’, de Alexandre Aja. Cintas que han fusilado la idea de avocar toda su estructura a ese remate tramposo que perturbe al público. Sólo importa el giro final, con encopetada sorpresa que, a estas alturas, en vez de asombro provoca casi indignación y desidia. Eso es ‘El Número 23’.
La última cinta de Joel Schumacher y el enésimo intento de Jim Carrey por ser considerado un actor dramático (o al menos alejado de la comedia que le encumbró al éxito) narra la obsesión de un hombre que comienza la lectura de una novela que parece un relato que une su vida al del protagonista del libro por un dígito, el 23, el cual empieza a hostigarle y cree ver en todas partes. Por supuesto, el desdoblamiento de caracteres en la ficción y en la realidad está servido, sin poder evitar el recurso de ‘flashbacks’, voz en Off y ficticios episodios procedentes de ese extraño libro regalado por su esposa, mezclando la vida del hombre aburrido y gris y de Fingerling, un detective de gabardina y saxofón al que le une la obsesión por el número 23. Dentro de la película, porque así lo quiere el debutante guionista Fernley Phillips todo da como resultado 23, sumado, restado, dividido o multiplicado. Cualquier fecha, dato, señal, hora, aniversario, edades… Sin embargo, el número 23 es un pretexto más para describir un proceso de paranoia, para relatar un aburrido delirio autorreferente cuya reiterada cifra es el epicentro de los enigmas relacionados con un asesinato sin resolver.
Una historia de ciertas posibilidades que podría haber explotado de un modo menos convencional el drama si hubiera sabido explotar la fusión de represión de la memoria, hipnosis y poder de la sugestión. En vez de eso, Phillips y Schumacher proponen una intriga psicológica tan aburrida como presuntuosa, con la inconsecuente alucinación numerológica como único cimiento en el que apoyarse, ya que la alteración de matices únicamente viene dada por la fatua puesta en escena, con ese trasfondo de pesadilla remitido al artificio estético donde no existe ningún tipo de lenguaje metafórico, ni tampoco destaca en especial el éter fotográfico que sólo aparenta estar conseguido en los contrastes entre historias paralelas utilizados por el director de fotografía Matthew Libatique.
Y es que ‘El Número 23’ tal vez sea la película más impersonal e insustancial en la irregular carrera de un Schumacher caracterizado por una fluctuante filmografía llena de algunos aciertos y bastantes desvaríos. Aquí, su fatal error es la grandilocuencia modernista, cuya articulación de prototipos asume la idiosincrasia de otros autores como (es inevitable echar mano del tópico general) David Lynch, David Fincher y otros cineastas con cierto estilo de belleza percutante. Eso sí, tampoco ha podido hacer mucho, ya que la historia en sí quiere, pero no puede, establecer una relación directa con ‘pulp’, mezclando géneros y recursos. Una catástrofe, en definitiva.
Empero, el trabajo de Jim Carrey está a la altura de su propósito. Alejado de la comedia, no es que éste sea una de sus interpretaciones más memorables, pero cumple su función de doble personaje paranoide (más templado en esa vida “real” que cuando se enfunda la gabardina de su alter ego literario, donde se le van sus característicos ‘tics’). Otro elemento de agradecer, dentro de tanto despropósito, es la presencia de una Virginia Madsen que aborda la madurez desde la sensualidad (y ¡madre mía! que si lo hace) y el buen hacer de una excelente actriz que puede ser lo único destacable de esta olvidable película.
Autoindulgente y, por momentos, grotesca, ‘El Número 23’ empieza hablando de las casualidades y acaba encontrando, bajo su aburrida esencia, un discurso sobre la paranoia, donde todo acaba por ser poco menos que absurdo; el entramado argumental, la ineficacia de pulsar los resortes narrativos de un argumento que, pese a su corta duración, parece no acabar nunca, su artificioso planteamiento, su escasa originalidad y previsible parte final, en la que, para más sorna, se delimita a los cánones de la estupidez, donde prevalece la justicia sobre la obsesión con un discurso políticamente correcto y un plano final que hace de esta obra de Schumacher una verdadera insensatez.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007