jueves, 10 de mayo de 2007

Review 'La fuente de la vida (The Fountain)', de Darren Aronofsky

La Muerte como principio de la Vida
Después de seis años alejado de las cámaras, Aronofsky regresa al cine con una compleja película que fusiona el género fantástico con una críptica historia de sentimientos y de alegorías sobre la vida y la muerte.
Darren Aronofsky no es, ni de lejos, un cineasta convencional. Su primer largometraje ya iba anunciando la personalidad temeraria de un aspirante a visionario cuyas fábulas no iban a ser precisamente historias al gusto del gran público, pero sí obras donde el potencial innovador estimulara a ese grado tan difícil de encontrar en el cine actual como es la sublevación ante el formulismo. Su debut ‘π (Pi)’, rodado en blanco y negro, narraba una frenética odisea a medio camino entre la conspiración y la paranoia de un matemático que cree descubrir en el álgebra la verdad final sobre el universo, viéndose inmerso en una cruzada entre una compañía de inversores y una heterodoxa secta judía que entiende concibe su hipótesis como un camino a Dios. Ya no sólo el argumento se salía de cualquier expectativa comercial, Aronofsky dejó claro que su narrativa furiosa, llena de alteraciones formales y mixturas de otros artes, habían abierto una espinosa puerta a la transformación fílmica.
Su estilo, muy cercano en analogía musical al ‘tecno jungle’, combinó ‘loops’ de todo tipo, bucles de imágenes y sonidos reiterativos, donde la entidad del ‘videoclip’ o la exacerbación visual proponían una encendida nueva manera de hacer cine. Fue sólo el comienzo. Su siguiente filme, ‘Requiem for a Dream’, iba a romper cualquier prototipo establecido, rebelándose contra las rígidas normas instituidas dentro del cine, dividiendo a público y crítica en esa manifestación paralela a los sentimientos y la psique de los protagonistas de una película convertida en filme de culto, donde cada uno de los cuales sufre algún tipo de adicción. Configurada como una de las experiencias subjetivas más inquietantes vistas en años, esta brutal cinta desgranó con ensañamiento y crudeza, bajo su enardecida y justificada estética, una portentosa introspección acerca de la adhesión adictiva que acaba por devastar los sueños. Un poético título que implica una referencia directa y explícita a la imposibilidad de alcanzar la felicidad, cayendo en los vicios que se alejan de cualquier aspiración de una mejor realidad… La película, basada en la novela de Hubert Selby Jr., narraba así la espiral descendente de autodestrucción politoxicómana de cuatro personajes abocados al fracaso.
Darren Aronofsky ha tardado seis años en volver a dirigir una película. Tras estar involucrado en superproducciones como ‘Batman Begins’ (que finalmente acabó dirigiendo Christopher Nolan) o la esperada ‘Watchmen’ (que realizará el director de ‘300’ Zack Snyder), Aronofsky tampoco lo tuvo fácil cuando supo que su proyecto sería ‘The Fountain’, un guión escrito por él mismo y su mejor amigo, Ari Handel, que supone un complicado ejercicio de simultaneidad temporal. Warner Brothers auspició el proyecto de este ‘enfant terrible’, reuniendo a un elenco encabezado por Brad Pitt y Cate Blanchett y un presupuesto de más de 100 millones de dólares. Pero Pitt abandonó una vez comenzado el rodaje y Blanchett tenía más proyectos en cartera que cumplir. Así, los estudios le retiraron los fondos y todo terminó. Corría el año 2002 y el proyecto parecía derruirse. El director reescribió el guión para abaratar costes y consiguió que los mismos productores que habían dejado de creer en su película, volvieran a apostar por él. Eso sí, esta vez con un presupuesto de 30 millones de dólares y con Hugh Jackman y Rachel Weisz como protagonistas.
‘The Fountain’ presenta una odisea sobre la eterna lucha de un hombre por salvar a la mujer que ama. Su peripecia épica arranca en la España del siglo XVI, en las páginas de un libro inconcluso, donde un conquistador comienza su búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud, la legendaria quimera que concede la inmortalidad. En la actualidad, el científico Tommy Creo, lucha desesperadamente por encontrar una cura para el cáncer que está matando a su amada mujer, Izzy (Rachel Weisz). En un etéreo futuro, el mismo Tom, viaja a través del espacio como un astronauta del siglo XXVI, empezando a comprender los misterios que le han atormentado durante un milenio. Las tres historias convergen en una verdad, cuando todos los Thomas de todas las épocas, un mismo hombre, el guerrero, el científico y el explorador, aceptan la vida, el amor, la muerte y el renacimiento. Este vendría ser el argumento de una película compleja, que requiere de la total colaboración del espectador para encontrar su perfecta articulación. Un puzzle de tiempos, en el que unos mismos personajes que son representados con distintos cuerpos cruzan la imposible línea conceptual del tiempo para abrir multitud de razonamientos que plantean la existencia como una acumulación de pequeños fragmentos de la memoria, donde pasado y futuro terminan por confluir en un inexorable presente que devuelve al ser humano, inevitablemente, a la realidad.
‘The Fountain’ está creada milimétricamente como un poema visual que formula una arriesgada invitación al arte cinematográfico que roza poco menos que lo ‘kamikaze’, abandonando los preceptos de la narrativa convencional (y lineal). En consecuencia, se deja llevar por la creencia de un juego de intensa reacción emocional, presentando diversas teorías astronómicas sobre el cosmos, esbozando teodiceas místicas sobre una metafísica puramente panteísta basada en el amor, en el telurismo, en la tanatofobia, en el renacimiento… Por ello, hay quien pueda tachar a Aronofsky de neomodernista, de arrobador visual sin sustancia que ha diseñado su obra más pretenciosa y rimbombante hasta el momento. Nada más lejos de la realidad, ya que el realizador articula lo puramente trascendente y conceptual del abstracto (formal y argumentalmente) sin tener que recurrir a una explicación intuitiva o gráfica, lo que convierte a esta excelente película en una experiencia sensorial y subjetiva. Y lo hace alejándose de los cánones habituales, delimitando su historia a una imaginería propia para narrar una arriesgada trama que gira en torno a razonamientos sobre la naturaleza de la muerte y la admisión del dolor como parte de la vida.
Estamos así ante una película en la que conviven el drama, la ciencia ficción, la metafísica o la religión, elementos yuxtapuestos en una voluntad de juego temporal, donde las percepciones son expuestas de una forma casi hipnótica. De esa forma, instaurado en el cine fantástico, Aronofsky, traslada su historia de amor a tres esferas, representando el pasado, presente y futuro como una especia de muerte, vida y purgatorio. Con viajes por las diversas épocas a través de una nebulosa esférica como transporte cósmico, simbolizando el futuro como un mundo etéreo y espiritual. A pesar de que en estos tiempos muertos, donde la arritmia y la imperfección se hacen más perceptibles, donde se abusa en exceso de esa esfera de meditación, donde el vacío ingrávido supone un éxtasis hipnótico de reflexión vital como artificial recurso visual, esos viajes se subrayan como único elemento de engarce con las historias de este hombre desesperado que no cejará en su imparable búsqueda de evitar la muerte. Es en esos extraños momentos de ‘ralentí’ temporal donde reside parte de la fuerza de la idea de Aronofsky, que no se ciñe a ningún precepto genérico, sino que recurre al poder de la abstracción para evitar la redundante anticipación científica, sugiriendo, de paso, su creencia fílmica en la imaginación, de donde se deriva una representación alegórica de conceptos de innegable emoción críptica.
Más allá de su forma sensorial, de su barroquismo fotográfico, de su misticismo, espiritualidad o trascendencia cósmica a lo todos vienen llamando ‘new age’, ‘The Fountain’ plantea una historia de amor y vida llena de sentimientos y de alegorías que va más allá del simple argumento con ínfulas de magnitud trascendente. La de un hombre sumido en la materia y en sus cambios, que aspira a descubrir la esencia de la vida y de la muerte, recurriendo a una cosmología que sirva a la vez de puente y camino hacia el encuentro de sí mismo y la aceptación de la Muerte como principio de la Vida. Tampoco es que Aronosky pretenda seguir los pasos filosofales de Empedocles, Plotino, Aristóteles o discípulos como Avicebrón o Mekor hayim, pensadores adheridos al estudio de la inmortalidad o la fuente de la eterna juventud, sin embargo, en esa idea de la muerte aceptada como un acto de creación, se encuentra la clave de la historia de amor atemporal; como la semilla que germinará el árbol de la vida, la esencia del amor perdido, la Fuente que da título al libro inacabado de Izzi.
Tom ama por encima de todas las cosas a Lizzi. Por eso, es incapaz de admitir que ésta vaya a morir a causa de una enfermedad terminal. Bien sea en el presente, con su exitosa investigación para acabar con el cáncer, en el pasado precolombino, donde un chamán le ensarta con una daga para advertirle que la muerte representa el camino al asombro o inmerso en el futuro místico, imperturbable ante el Árbol de Xibalba, recuerdo inmortal de un alma que pervivirá eternamente como símbolo orgánico y mitológico. El único razonamiento lógico a tanto sufrimiento será, en definitiva, la aceptación de la muerte de un modo natural, como atributo de humanidad. Él, en todas las épocas que aparecen en la cinta, buscará la eternidad, aferrado a lo terrenal y a lo físico frente a ella, que ya no tiene miedo a la muerte porque ha logrado separar el alma del cuerpo. El dolor y el consunción del tiempo terminan por develar la paz y el amor como conformidad del final, de ese “terminar” con el sufrimiento que supone la pérdida, recordando los momentos de felicidad y lamentando aquellos desaprovechados (como un simple paseo para ver la primera nevada), cuya condición de efímero los hacen perdurables en la memoria.
‘The Fountain’, tal vez, envicie su odisea narrativa de cierto exceso de prosopopeya visual en las imágenes cálidas y tonales de Matthew Libatique o su complejidad espiritual llena de misticismo fragmentado entorpezca su entendimiento, pero lo cierto es que Aronofsky ha logrado su mejor cinta hasta el momento, desplegando una incuestionable fuerza narrativa, de poderosa belleza, de innegable arte… donde perdura la catarsis de un autor que ha logrado mostrar esta obra, aparentemente irracional y suicida, surgida de intenso acto de fe en su película, sobreponiéndose a todos aquellos que renunciando a ella. Una experiencia amplificada bajo la partitura del inseparable compositor de Aronofsky Clint Mansell, que ha vuelto a redondear una magnífica partitura capaz de fortificar el onirismo y sublimar la tragedia de un filme en el que sería injusto no destacar la prodigiosa contribución de Hugh Jackman y Rachel Weisz, que logran conmover y llenar de matices todos los roles que interpretan.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007