viernes, 30 de marzo de 2007

A vueltas con la Ley del Cine Español

El cine español es un circo. Un circo donde el absurdo y el ridículo son el pan nuestro de cada día. Y no sólo en el fin último al que está destinado el arte, las películas, sino en todos los conceptos y esferas que lo rodean. El tema más candente de estos días ha sido el texto maldito conocido como el anteproyecto de la Nueva Ley del Cine, que ha reabierto una incertidumbre como hace años que no se vivía en el cine español.
La esperpéntica ministra de Cultura alardea del éxito de una ley que ha sido frenada por su propio gobierno y que no ha dejado satisfecho a nadie; ni a los productores, que encuentran en el texto una frugal satisfacción, pero que quieren seguir sacando más tajada del asunto del cine como aportación económica a sus bolsillos por medio de más incentivos fiscales para la inversión del sector privado. Ni a las televisiones, que se ven obligadas a una inversión cinematográfica de un 6% anual de sus ingresos brutos en cine español. Ni los exhibidores, que verán incrementada la cuota de pantalla de cine europeo en más del 25% del número total de las sesiones. Ni a los medios periodísticos que utilizan esta triste situación para tildar la Ley como intervencionista o continuista, según sea la ideología de su editorial. Carmen Calvo, con su habitual inoportunidad política, ha querido quitarse de encima el mojón que suponía regular el cine en esta legislatura, haciéndolo sin el consenso de televisiones, productores, exhibidores, distribuidores, realizadores…
Lo que se ha buscado ha sido una equiparación del modelo francés de excepcionalidad cultural aplicada al cine. El término de excepción cultural, que viene ligado a otros como diversidad cultural o sostenibilidad cultural es, a su vez, una excepción que parece funcionar sólo con el cine francés, consolidado desde años como una industria competitiva contra el cine foráneo ¿Funcionaría ese modelo en la paupérrima cinematografía española? Probablemente no. Porque en nuestro país esa lógica de lucha contra el poder yanqui en el Séptimo Arte se utilizaría para amamantar a una serie de cineastas que poco o nada les queda por decir (algunos han demostrado que con grandísimas superproducciones, la calidad deja mucho que desear en cuanto a resultados) o para la protección de una selecta minoría que se han acostumbrado al vampirismo fílmico sin demostrar absolutamente nada.
Con ello ni siquiera se asegura que, además de apoyar la cinematografía nacional, se abriría una puerta a la coproducir con otros países que deriva en grandes superproducciones. Tampoco hay que ceñirse a la idea chovinista apoyada en la teoría de la defensa de un excelente cine nacional que está sufriendo en detrimento de un siempre oportunista cine norteamericano. Maniqueísmos los justos. Pero lo cierto es que es evidente que el cine como mercancía industrial, en España nunca ha funcionado. Ni lo hará. Así que no es buena idea un sistema de ayudas que privilegia el éxito en taquilla y ningunea a las películas independientes, aunque sean artísticamente arriesgadas.
En España no hay taquillazos. Y cuando los hay, muchos no representan la diversidad que el producto cinematográfico español necesita. Mientras, Ángeles González Sinde, la presidenta de la Academia de Cine, como en su patético discurso rupestre de los Goya, apoya esta película, afirmando que “esta ley es necesaria porque hay un gran potencial dentro de nuestro cine”. Y, paradójicamente, tiene razón. Pero lo malo y lo triste es que los que se beneficiarán de cualquier bondad venidera no será este grupo, sino los que siguen porfiando nuestro cine con sus esperpénticas propuestas. Los de siempre. Los acomodados en un cine que no es asumido como arte, ni como industria, ni siquiera como profesión… sino como un modo cojonudo de vivir por todo lo alto.