miércoles, 17 de enero de 2007

Review 'Marie Antoinette'

Un capricho excesivamente caro
Tras la magnífica ‘Lost in translation’, Sofia Coppola compone un autocomplaciente antojo sobre las correrías de un personaje tan extravagante como fue María Antonieta en un trabajo tan insípido como olvidable.
Después de su interesante debut adaptando a Jeffrey Eugenides en ‘Las vírgenes suicidas’ y dando una de las películas más entrañables y primorosas de los últimos años con ‘Lost in Translation’, cinta que la catapultó al éxito dejando todas las miradas puestas en su siguiente proyecto, Sofia Coppola ha regresado con ‘María Antonieta’ a sus mundos de soledad, de identificación juvenil con las inquietudes de cualquier adolescente sin importar la época, con la intención de reiterar su (a veces descompensada) armonía sobre lo explícito y lo implícito, tratando de no perder ni un ápice de esa almidonada delicadeza estética que la hijísima de Francis Ford ha venido laqueando en su corta filmografía.
Para su tercer filme, Coppola tenía claro que la ambición de su proyecto tenía que superar las expectativas propias y ajenas, por eso se ha lanzado sin concesiones a adaptar la vida de María Antonieta Josefa Juana de Habsburgo-Lorena, de María Antonieta, personaje histórico incongruente y caprichoso, con el que la propia directora parece identificarse a juzgar por el resultado de este aparatoso proyecto. Casada por las realezas de Austria y Francia con el futuro rey Luis XVI, la ingenua María Antonieta se vio inmersa con 14 años en la lujosa corte francesa, plagada de conspiraciones, decadencia y escándalos, un entorno de hipocresía y banalidad al que la joven se acostumbró en seguida sin intuir el funesto final que le depararía el destino.
Coppola, de una forma consciente e intencional, hace caso omiso a cualquier efemérides de la época, dejando a un lado el historicismo que rodeó al personaje para centrar su visión sobre el símbolo de extravagancia que personificó la delfina y posterior reina de Francia. Para la realizadora y guionista la peculiaridad de este viaje por los aposentos de palacio viene dada por centrarse en el aspecto humano, en la tumultuosa frivolidad de la corte francesa que rodea a María Antonieta y que, a su vez, la aísla, convirtiéndola en un icono de incomprensión, en una inadaptada de su tiempo, a la que sólo parece satisfacer el champán, los pasteles, los zapatos, el lujo y despilfarrar el dinero público en frivolidades de lo más absurdo.
‘María Antonieta’ presenta así un personaje insensible a la realidad política y social, una mujer que vive en una burbuja de superficialidad y que no comprende en ningún momento su posición más allá del lujoso boato de su alrededor. Y es lo que Coppola, sabedora de la insipidez de esta premisa, superpone a su verdadero objetivo, que no es otro que el de hacer ver que el caprichoso personaje no está muy lejos de la juventud actual, como anticipo de lo que sería el siglo XXI, donde trascienden de forma imperante los chismes, la puerilidad de palacio, la crónica rosa, la moda y demás insubstancialidades por encima de la política, la cultura o el arte. Una arriesgada propuesta que marca una, a priori, interesante, pero no consumada, mirada moderna sobre un contexto histórico que tampoco consigue equilibra.
¿Cuál es el problema entonces? Pues que ‘María Antonieta’ además de ser un capricho muy costoso, no cuenta absolutamente nada. Durante hora y media, lo único que parece interesar es si María Antonieta folla o no folla con Luis Augusto y así gratificar a los dos reinos a los que pertenece. Es un filme, por tanto, que podría equipararse a un precioso envoltorio de caramelo muy llamativo en cuyo interior no se esconde más que un decepcionante regusto a ausencia. Este opulento artefacto generado por el antojo de una cineasta acostumbrada a conferir cierta importancia a los miedos adolescentes y el despertar al mundo adulto, logra que su extravagancia no deje de parecer en ningún momento un gran anuncio de ‘salva-slips’, de ilógica y continua celebración, donde, eso sí, la mixtura de rock actual, los matices históricos, las grafías palaciegas y el trasfondo más o menos proporcionado compensen en cierta medida tanto estimulo visual y escenográfico.
Porque si algo destaca este ineficaz y aburridísimo filme es la portentosa puesta en escena, los lujosos vestidos y la delicada estética que Coppola conoce y maneja tan elegantemente. La cineasta pretende, con esa evocación escenográfica de minucioso detalle y parsimonia ambiental, evidenciar de qué modo la gente de la corte de Versalles desconocía el mundo exterior y cómo la soledad decadente de la monarquía francesa irrumpió en forma de masa cabreada que ansiaba guillotinar a los reyes como sublevación a su indisciplina, pero sin ritmo y desarrollo lógico que proponga cierto rédito de interés.
El ímpetu escénico de Coppola por la sobrecarga formal, transformada en esnobista y contagiada de esa actitud de superficialidad, se autocomplace tanto con la fascinación liberal de la época que olvida por completo que hay una historia que narrar, dejando tan sólo intuir la manipulación a la que María Antonieta de estaba sometida por su familia austriaca, pero falseando la historia, sin mostrar los nombramientos ni destituciones de ministros por caprichos de la Reina o sus enfrentamientos con los éstos por sus malversaciones y aires de grandeza, otorgándole, por si fuera poco, un adulterado heroísmo que hace que el personaje, en su primer acto de madurez, siga fiel a su marido para quedarse en Versalles, cuando en realidad la verdadera María Antonieta intentó convencer al Luis XVI para dejar la corte y huir de forma pusilánime. ‘María Antonieta’, en ese aspecto, obvia cualquier compromiso con la historia.
A Coppola sólo le interesa, casi como identificación propia, el carácter antojadizo del rol, la frivolidad, la alegría, las joyas, las infidelidades de alcoba (ridícula subtrama de adulterio con el Conde Von Fersen), la gilipollez y el lujo, que encuentra en la interpretación de Kirsten Dunst una isla de dignidad a tanto melindre barato. ‘María Antonieta’ es, en definitiva, un cóctel de modernidad presuntuosa con afán de trasgresión, tan vacua como estrambótica, que la directora de la maravillosa ‘Lost in Translation’ se podía haber ahorrado.