martes, 31 de octubre de 2006

Review 'The Black Dahlia'

El exceso y la vacuidad del ‘noir’
‘La Dalia Negra’ es una desacertada adaptación de la novela de Ellroy que muestra al peor Brian Del Pama, más preocupado de su exhibicionismo visual que de una confusa trama carente de sentido.
Insurrecto y dinamitador, tan irregular como genial, el realizador nacido en Newark, ha compuesto una de las filmografías más extrañamente apasionantes del cine contemporáneo. Congénere de cineastas tan influyentes como Scorsese, Spielberg, Bogdanovich o Coppola, Brian De Palma representa la capacidad de riesgo que siempre ha caracterizado a aquellos cineastas buscadores de nuevos caminos fílmicos en correlación con una evolución personal y creativa insobornable. De Palma es también un creador acostumbrado a extremos antagónicos, actitud que le ha convertido, en uno de esos directores admirado y odiado a partes iguales, acreditando que con su cine no se admiten términos medios.
Uno de los géneros que más ha visitado el polémico director ha sido el cine negro, pero hasta ahora nunca en su variante más clásica, aunque tampoco exenta del inconfundible universo del hampa poblado de gángsteres donde los contraventores de la sociedad transgreden el orden legal, con personajes subordinados a las tensiones de un entorno corrupto en el que no falta la hermosa ‘femme fatale’, atractiva y seductora, que juega peligrosamente en el límite de la turbiedad. ‘La Dalia Negra’, basada en la genial novela de James Ellroy (adaptado con habilidad en ‘L.A. Confidential’ por Curtis Hanson) era, a priori, la lógica evolución de un cineasta que tiene en cintas como ‘Vestida para Matar’, ‘Doble Cuerpo’, ‘Fascinación’, ‘Impacto’, ‘Scarface’, ‘Los Intocables de Elliot Ness’, ‘Carlito's Way’, ‘Snake Eyes’ y ‘Femme Fatale’ obras que, directa e indirectamente, ya aludían a la vertiente genérica del cine negro, desde una perspectiva manierista y muy personal, circunscribiendo sus bases a un campo privativo y reconocible en el realizador, a sus obsesiones fílmicas más conocidas; la modernidad, la extrema visualidad de cuidado esteticismo, la técnica efectista y su propensión temática el vouyerismo, el sexo, la política y la dualidad humana.
Dentro del cine negro, De Palma ha propulsado su conocida vertiente de manipulador, pues se trata sin duda de un virtuoso del espíritu rupturista y provocador, perceptible en muchos de sus filmes, donde invoca al tan ‘hitchcockiano’ recurso del ‘McGuffin’ para introducir sus ostensibles iconos en la forma y el contenido, mezclando tendencias argumentales y estilos cinematográficos que generan esa diversidad de opiniones que siempre le han acompañado. Sin embargo, ‘La Dalia Negra’ parece aspirar a ser la gran obra dentro del género en el cine de De Palma. Lo tenía todo para provocar encendidas discusiones acerca de su triunvirato formal y estético para adaptar una de las novelas negras más apasionantes de los últimos años creadas por Ellroy, la historia de dos detectives encargados de investigar un doble caso, el de un asesino rural, afincado en la ciudad como peligroso homicida y la muerte de la ambiciosa Betty Ann Short, actriz de películas de serie B conocida como Dalia Negra y cuyo cuerpo propio fue encontrado diseccionado por la mitad, exangüe, sin órganos y abandonado en un descampado de Norton Avenue.
Sin embargo, a pesar de que Brian De Palma, apela a la materia clásica, aludiendo a una perspectiva cinéfila y violentista que pretende (sin conseguirlo) convertir los elementos clásicos en innovadora disposición, se ve truncada por la falta de coherencia del material argumental con el que Josh Friedman ha trenzado un guión laxo de interés para potenciar sus carencias con la artificiosidad de un producto onanístico del director de ‘El fantasma del Paraíso’, que ha abordado su más ambiciosa propuesta con una extraña esterilización de la intensidad narrativa de las novelas de Ellroy.
De Palma sabe contextualizar la ciudad de Los Ángeles de los años 40, de policías corruptos, combates de boxeo amañados, sangrientas reyertas policiales e insociables detectives en un mundo asediado de ambición y traiciones, habitado por personajes turbios y contradictorios, obsesivos y obsesionados por los fantasmas del pasado. Gracias al portentoso diseño de producción de Dante Ferretti, minuciosa recreación del ambiente, escenarios y vestuario de la época y a la excepcional fotografía de Vilmos Zsigmond, fiel a los clásicos de luces y sombras, imbuida de un goticismo cercano de la visión expresionista la película cuenta con la gran virtud de ser un hermoso retablo de un momento histórico concreto. Pero De Palma parece más preocupado en su exhibicionismo visual, en subrayar algunas escenas pletóricas de violencia, donde la exageración es consciente (aunque sin perder el realismo contextual y su estilizada realización), pero que termina por desatender el universo temático de Ellroy. Una actitud que acentúa la falta de ortodoxia de todo el filme.
‘La Dalia Negra’ es un pretencioso y recargado homenaje a los arquetipos y lugares comunes del cine negro que alberga en su interior todos los tópicos detectivescos y ‘femmes fatales’, violencia y suspense, investigación criminal y obsesiones de todo tipo. Un costoso producto sin alma, una historia ‘pulp’ de subtramas retorcidas que caminan vagamente sin rumbo definido, perjudicada con elementos anecdóticos, en la que los personajes se convierten en meras marionetas, distanciados del público e incluso molestos en sus pensamientos e inquietudes con la utilización de ‘offs’, mediante películas confiscadas o en confesiones furtivas en un oscuro motel.
En su radiografía de esa (reiterada en su filmografía) sociedad avariciosa y arrogante, motivada por el éxito y el dinero, donde el poder se simboliza como algo amenazante y violento para un individuo inmerso en un orbe corrupta, De Palma deja a un lado su habitual sentido del delirio con el que plasma su morbosa noción de espectáculo, brindando, eso sí, algunas gotas de genial alarde en puntuales secuencias, con ese estilo pomposo, de ceremonia operística que ha caracterizado al cineasta; como la presentación de la familia Sprague, la vendetta que tiene lugar en un prostíbulo a plena luz del día que arranca con los gritos silenciados de Elizabeth Short o ese crucial asesinato dentro de la trama que mezcla expresionismo, escaleras, vouyerismo, belleza arquitectónica y una caída en ‘ralentí’ a una fuente que se tiñe de rojo. Son las únicas fracciones de interés que prevalecen en la voluntad narrativa de llevar al espectador con consistencia hacia el tópico fílmico y cinéfilo (donde no faltan alusiones al Hollywood clásico con menciones a Sennett, O. Selznick, Paul Leni, Duryea o Alan Ladd y Veronica Lake).
‘La Dalia Negra’ es una amalgama de situaciones desconcertantes y mal hilvanadas, una orgía de excesos que se configura como un decepcionante cinta ‘noir’, incapaz de transmitir cualquier motivación en el espectador con su absurda densidad narrativa, carente de simetría e impropia de un cineasta que parece haber olvidado su inquietud por reinventar perspectivas conceptuales y estudiar formas y estilos, en una película que desperdicia el amplio catálogo de posibilidades de la retórica fílmica y subtramas de poderoso interés, como ese triángulo amoroso desaprovechado en los apagados matices emocionales del filme, de las obsesiones necrófilas y sexuales, de ambivalencia moral, del entorno sórdido y brutal que rodea la acción y que se precipita hacia un ‘flashback’ final que resuelve torpemente (bordeando el ridículo) todos los enigmas y misterios de un filme que quiere ser muchas cosas; una enfática revisitación al cine negro, un resbaladizo relato de obsesiones y fantasmas, de ambición y muerte, de incursión directa a un género con voluntad de trascendencia, pero que, pese a todo, no acaba siendo ninguna de ellas. Demasiado lustre para tan poco fundamento y esencia.
A todo ello se añaden las superficiales interpretaciones de un ‘cast’ descentrado que no logra transmitir en ningún momento la zozobra psíquica que padecen sus personajes. Así, ni un limitado Josh Hartnett cumple como aturdido detective atrapado en la trama policial de dos mujeres que representan la antagónica presencia del ángel y demonio tradicional en el género, ni Aaron Eckhart define su desbaratado rol de enloquecido policía trastornado por el caso de la Dalia, ni Scarlet Johansson, con sus hieráticas poses plagiarias de Lana Turner, consigue resultar creíble en su recreación de doméstica y doliente ‘barbie’ y ni siquiera secundarios como Mia Kirshner logran transmitir cualquier tipo de emoción con su apática recreación de Short. Sólo Hilary Swank, voluntariosa y desbordante de talento, parece dibujar con tino a la ‘femme fatale’ cínica y manipuladora de la función.
Una película, esta adaptación de la novela de Ellroy, que no funciona al esperado nivel de suspense en el escenario policial o en el dramático, en el que prevalecen algunos de sus puntos débiles, de subrayada soflama ético-discursiva, para acabar en una estética construcción de un universo agresivo y clásico, donde no se transmite bajo ningún concepto la determinación de una innegable actitud del cineasta por la persistente repetición de clichés. De Palma se acerca a los equívocos vicios y equivocadas tentativas genéricas de ‘Misión a Marte’ antes que la paradigmática exacerbación de sus propias teorías, enturbiando su reconocido narcisismo de estilo, olvidando incluso, su exhibición más cínica del autoplagio.