lunes, 9 de octubre de 2006

Beni se ha ido para siempre

Hace poco tiempo llegó a mis oídos una noticia que no he querido creer hasta este momento. Esperando que se tratara de un rumor a modo de leyenda urbana, he contrastado fuentes de confianza, cotejado opiniones e interesándome por el tema. Y es obvio que todo lo que se ha dicho es cierto: nuestro querido Beni, el dueño y buque insignia de uno de los bares más mitológicos de Madrid, el Gran Vía, falleció hace un par de semanas y nos ha dejado huérfanos de su imponderable persona.
Ha sido un duro golpe para aquellos que conocíamos bien a este hombre, al mito que se escondía detrás de una barra últimamente imperceptible por el desbordamiento de fotos de clientes que caracterizaron de forma creciente el entorno y el ornato de un establecimiento poco menos que mítico dentro de la ruta de cañas en el centro de Madrid. El Bar Gran Vía, situado en la Calle Isabel La Católica 16, en la trasera del teatro Lope de Vega, ha sido un templo de devoción para todo aquel que lo visitaba, un santuario de diversión, risas, fraternidad, de ‘freakismo’ bien entendido, de nostalgia atemporal… Como muchos amigos lo han definido “el último reducto de bondad de Madrid”. Desde ahora, todos recordaremos a Beni, comedido en un segundo plano, absorto en cuidar con recelo sus pinchos y raciones, ajeno a ese prodigioso ‘self service’ donde los asiduos cogían su propia bebida, confiando en la buena voluntad de estos a la hora de pagar sus correspondientes consumiciones.
Su muerte ha sido un embate brutal que desata los pequeños recuerdos allí vividos, los instantes de alegría compartida, de fruición y regocijo con esos platos de jamón con pan sazonado con de aceite, de rico queso curado, de calamares, del pollo al fuego y su antológico venado al curry, servidos siempre con ese “¡Ole!” que Beni ponía como puntilla a sus pequeñas obras de arte culinarias, siempre confeccionadas con melindre y cariño. Recuerdo la primera vez que me llevaron a esta célebre abadía, hace más de una década, cuando no era el multitudinario recinto en el que se convirtió con el paso de los años. Entonces ya vislumbré un lugar al que volver siempre que visitara a Madrid, llevándome aquel apelativo cariñoso con el que Beni comenzó a llamarme: “el niño de Salamanca”.
El deseo de aparecer en una foto hecha por Beni se fraguó en incontables instantáneas en las que aparecía mi semblante sonriente, feliz por compartir aquel momento, las apasionantes largas charlas existenciales o baladíes con él, el cartel de ‘El Límite’ que lució en la puerta durante varios meses o el imborrable detalle del ‘Cumpleaños Feliz’ que Beni improvisó apagando las luces y forzando a cantar a todos los parroquianos en mi vigésimo octavo aniversario. Recuerdos como los que forjaron la leyenda del bar, decorado en cada esquina con todo tipo de memorias gráficas y ornamentales; fotos míticas, lapiceros, bolígrafos, calendarios, llaveros, relojes, cámaras de fotos, espumillón navideño, guirnaldas, flores… A Beni le costaba desprenderse de todo esa iconografía que hicieron de su taberna el bar de culto en que se transformó el Bar Gran Vía, más allá de sus significativas y esporádicas visitas de personajes como Leonardo Dantés o Paco Porras.
Creyente acérrimo de la bondad humana, amigo de sus clientes, Beni nos deja con el triste sabor de un funesto viaje sin anunciar, acreditando la injusticia de todas las muertes prematuras. La tristeza y la añoranza permanecerán eternamente en la memoria de una imagen de ese hombre nacido para hacer feliz a los demás, con su carácter extrovertido y alegre que hizo de él una persona singular y un camarero comprometido, como él estaba, con la atípica causa que en su bar se profesó; la de que todo el mundo se sintiera como en casa. No pudo seguir compartiendo, desde la distancia, la amistad generosa que siempre cultivó con sus amigos de fuera y la cercanía que expresó a los más cercanos. El destino no ha querido que disfrutase del tiempo suficiente para ver cómo todo lo que él inició creciera hasta convertirse en lo que es ahora. Se lo ha llevado para siempre y nos queda un vacío de tristeza cuando uno piensa en su mujer, Paloma, en sus hijos y en todos los sueños truncados que hacían feliz a un hombre irrepetible.
Desde el Abismo, querido Beni, te echaré mucho de menos. No sabes cuánto. Madrid, con tu muerte, ha dejado de ser tan especial como lo era teniéndote dentro. El mundo ha perdido a Beni, a nuestro tótem hostelero.
Allí donde estés, no olvides seguir haciendo feliz a la gente con esas raciones de venado que sólo tú sabes hacer.