jueves, 28 de septiembre de 2006

Review 'Clerks II'

Volver a una esencia perdida
Kevin Smith se ha visto obligado a regresar, sin conseguirlo, al mundo caótico y grosero de su opera prima ‘Clerks’ tras sus últimos fracasos como director.
La secuela de ‘Clerks’, película con la que uno de los directores generacionales más importantes de el cine moderno saltó a los círculos comerciales, era algo bastante previsible por parte de su autor después del meritorio fracaso de su penúltimo filme ‘Jersey Girl’, inconcebible giro edulcorado hacia algo tan incoherente en su filmografía como una película insípida con ínfulas de tragicomedia paternal y melancólica. ‘Clerks II’ es, por tanto, el lógico retorno a la ortodoxia de su cine basado en el diálogo, en la ocurrencia socarrona de la réplica, en la incorrección política, en esa conjunción de inconfundible humor charlatán y la cotidianidad transformada en un universo poco convencional. Si con ‘Clerks’ aludió, descaradamente, al planteamiento pseudoexistencial de recovecos y dudas de una generación de jóvenes veinteañeros como retrato genealógico, exponiendo las pequeñas miserias de personajes desorientados que buscan respuestas a preguntas que les sobrepasan, la lógica evolución era que Kevin Smith regresara a ese cosmos, forzando una historia para esta secuela que, aparentemente, puede verse como producto innecesario y oportunista.
‘Clerks II’ arranca con un plano en blanco y negro del ‘Quick Stop’, la tienda que sirvió de espacio vital para estos jóvenes más de una década, ardiendo en llamas coloreadas, prediciendo que la ilustración de aquella esfera de entelequia queda en el pasado y que, desde ese momento, la historia en color tramita su narración en otro tiempo y en distintas condiciones a las que se dieron con la creación de una de las películas de culto más importantes de los últimos años. Dante Hicks (Brian O'Halloran) y Randall Graves (Jeff Anderson) se buscan la vida como pueden, trabajando en una franquicia de comida basura, sintiendo de nuevo la insatisfacción laboral que se confabula con una falta de ambición rota por la inminente marcha de Dante a Florida para trabajar en un negocio de lavado de coches para su futuro suegro.
Por supuesto, Smith intenta recuperar su humor más acido y cabrón que describa la actual sociedad que decomisa las improbables aspiraciones de los protagonistas, treinteañeros que, paradójicamente, mantienen los mismos razonamientos que los de hace doce años. Una reincidencia en la que no podía faltar la pareja cómica de la que ha subsistido el cine de Smith hasta el momento; Jay y Bob, el silencioso. Que aquí no funcionan salvo en dos o tres afortunados ‘gags’. La intención es loable, incurrir sin embozos hacia ese característico humor sin límites, que aborda desde la sátira secular, los deslices obscenos, los ‘gags’ absurdos, diatribas respecto a la trilogía de ‘El Señor de los anillos’ frente a las de ‘Star Wars’, además de una retahíla de cínicos e hirientes monólogos sobre los ‘Transformes’, el puritanismo ‘freakie’, la filosofía ‘geek’, el racismo o la zoofilia (aquí señalado como erotismo entre especies).
Pero lo cierto es que toda la escatología y la mordacidad ya no funcionan como reclamo para quitar peso a temas de solidez y sensatez. Ya no persiste ningún tipo de vestigio de de brillante reflexión prosopoéica que sí abundaba en su antecesora. Bajo esa reiterativa posición de rechazo a toda ambición mundana, como previsible travesura humanista sobre la vida de personas inadaptadas, hay una intención moralizadora y desaborida que va más allá de los pensamientos existencialistas presentados con el inconfundible signo de la vulgaridad y la grosería. La incursión en la trama de una tentadora gerente a la que da vida la explosiva Rosario Dawson, que hace partícipe a Dante de un secreto confidencial, es la simple excusa para la verdadera finalidad de Smith, que no se soporta en la descompensada trama. Y es la de le retomar parte de los propósitos románticos de ‘Persiguiendo a Amy’ o ‘Jersey Girl’, abriendo una vertiente bastante pestífera sobre el amor romántico, la familia y, en último término, la fraternidad y la amistad.
Es entonces cuando deja de importar la presentación de un nuevo personaje como Elias (Trevor Freeman) y convertirle en el único centro de las crueles execraciones del deslenguado Randall con su imprecisión sobre Anna Frank y Helen Keller, de la “normalización” de un insulto racista como el hilarante ‘Porch Monkey 4 Life’, las alusiones de Jay y su encuentro con la Biblia en la que descubre ‘cosas raras’ como que Jesús era judío, el cameo de Jason Lee como el millonario webmaster apodado ‘follapepinos’ o el mejor de ellos, aquel en el que Jay baila el ‘Goodbye Horses’, de Q. Lazzarus & Garvey, imitando a Buffalo Bill de ‘El silencio de los corderos’.
Pese a recuperar parte de la frescura primigenia, esta segunda parte, lamentablemente, se ha marchitado por la ambición de una propuesta artificiosa, derivada de la necesidad de recobrar forzadamente muchos de los irrepetibles momentos de aquella obra de culto a la que siempre ha recurrido Smith cuando su filmografía ha pretendido dar erróneos giros hacia un cine inesperado y nuevo. Es decir, acudiendo a la conmovedora fidelidad de la ética de la original ‘Clerks’, rehusando a cualquier tipo de didactismo o dogmatismo, pero perdiendo mucha de la efectividad de aquélla. Lo que hace que esta secuela promueva en exceso la nostalgia hacia la primera aventura de Dante y Randall en la pequeña tienda de Nueva Jersey. Algo de lo que Smith, en teoría, ha sido consciente, al crear un final antológico para esta segunda parte, sin duda alguna lo mejor de la fallida cinta.
Como un círculo que se cierra, ‘Clerks II’ acaba con la misma frase que abría su debut cinematográfico en boca de Randall, con un travelling alejándose y degradando la imagen a blanco y negro, para dejar a estos héroes de la contracultura en su hábitat natural, del que no deberían haber salido, volviendo a la esencia que les hizo célebres. Parece que Smith quiere decir con este plano que ha tenido que volver, casi obligatoriamente, a un submundo personal del que no puede desprenderse, como salvaguardia de una carrera que desde aquella entrañable cinta ha ido, sin remisión, a peor.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2006