lunes, 4 de septiembre de 2006

EXTRA VERANO (y XI): Especial MundoBasket Japón '06

Un sueño hecho realidad
En una era deportiva de mitos efervescentes, donde se enaltece la mediocridad de un Deporte Rey de paupérrima calidad y evolutivamente aburrido, en un tiempo donde los mitos competitivos de las diversas disciplinas atléticas decrecen en importancia rápidamente, asistimos al legendario hito destinado a encabezar los recuerdos más enfatizados dentro del deporte español en toda su historia. Ayer, en el Super Arena de Saitama, en Japón, la selección de baloncesto de España escribió con letras de oro su propia leyenda, como antes lo habían hecho en otros deportes postergados en la memoria colectiva por su falta de alcance mediático.
Los ‘Golden Boys’, encabezados por ese imprescindible demiurgo sideral, la estrella humilde y cercana que es Pau Gasol, han obedecido a las más altas expectativas logrando cimentar el triunfo más apoteósico de todos los tiempos, por encima de la ya añeja medalla de plata en los JJ.OO. de Los Ángeles en 1984. Jorge Garbajosa, Rudy Fernández, Juan Carlos Navarro, Carlos Cabezas, José Manuel Calderón, Felipe Reyes, Carlos Jiménez, Sergio Rodríguez, Berni Rodríguez, Alex Mumbrú, Marc Gasol conforman el equipo dirigido a la perfección por José Vicente "Pepu" Hernández. Todos ellos son campeones del Mundo de Baloncesto, ése emocionante deporte al que el espectador sólo atiende cuando llegan las citas significativas como la de ayer, cuando debería ocupar un lugar destacado en las agendas semanales del espectador y aficionado a los deportes con esencia y espectáculo.
Lo de ayer fue una lección imborrable. Un equipo arrasando, haciendo factible algo tan difícil como que la colectividad se imponga sobre el sujeto individual, labor cimentada en el trabajo de un grupo de asombrosos profesionales apoyados en la creencia de sus posibilidades y en el espíritu ganador de un colectivo destinado a las grandes proezas. La triste lesión de Pau Gasol para la final contra Grecia tras ganar agónicamente y en el último segundo a Argentina creó dudas sobre las opciones de ganar el último y más trascendental partido de los últimos tiempos.
Hoy se ha escrito que no hizo falta Gasol (elegido MVP del campeonato) para comprobar la valía de todos sus compañeros. España demostró que está por encima de la peculiaridad de un solo jugador decisivo en los triunfos de la selección. Pero lo cierto es que el pívot de los Grizzles fue ineludible para la victoria final. Sin jugar, celebrando con orgullo y entusiasmo cada canasta en el vendaval baloncestístico de sus amigos y cómplices dentro de la pista. Unos compañeros que, inspirados por dedicarle el Mundial a su jugador referente, consiguieron la imborrable hazaña con el antológico repaso a la selección helena, a la que derrotó por 23 puntos (70-47).
Garbajosa y Navarro, irregulares en algunos momentos de partidos precedentes, pero inmensos y resolutivos ambos, apuntillaron desde la línea de triple el gran trabajo del capitán Carlos Jiménez, del recuperado Felipe Reyes y del gran descubrimiento del mundial, el joven Marc Gasol, que cimentaron en la defensa y el rebote sus armas fundamentales para que España ganase el oro. Ni Papaloukas, ni el intimidante ‘Baby Shaq’ Schortsianitis, ni Diamantidis, ni Kakiuzis pudieron hacer nada más que aceptar la tremenda superioridad de un rival en estado de gracia, llevándose como premio de consolación su merecida plata después de apisonar al descafeinado conjunto de la NBA de Estados Unidos en otro encuentro que el aficionado recordará en el futuro al hablar de la heroicidad de aquel 3 de septiembre de 2006.
Cuando uno hace memoria en el reciente cómputo global del Mundobasket, incluso este título mundial parece que ha resultado más fácil de lo esperado. Algo que está muy lejos de la realidad. El trabajo y el esfuerzo de un bloque imbatido han generado, simplemente, una seguridad en el éxito basada en la función de un equipo laborioso y diligente, en la ilusión de sus miembros, en la unión de grupo donde cualquiera puede tener un mal día sabiendo que otro subsanará con creces esa falta de acierto. España, hoy por hoy, es una de las superpotencias dentro del basket mundial.
Como bien lo ha demostrado en los 18 partidos invictos desde que comenzara su periplo de preparación en San Fernando, España tiene una colectividad excepcional, con hambre de victorias establecidas en su inabordable ímpetu, que deja adivinar las necesarias bases para que esta primera gran conquista internacional amplíe su continuidad durante los próximos años. Tal vez con el Europeo de España del próximo año o con la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 para los que obtuvo también el pasaporte directo. Soñar ya no es una utopía. Soñar con lo más grande está en las manos de estos auténticos héroes nacionales.
Verles jugar es puro placar técnico, estratégico y visual. España ha redondeado su mejor torneo, sin dejar de mejorar en el juego, con la misma reflexión y esfuerzo que ha definido a lo largo del Mundial. Estos ‘Golden Boys’ nos han devuelto con creces la atención de una afición que suele atender en exceso a fracasados ámbitos en los que la selección nacional naufraga perseverantemente. La selección de baloncesto ha devuelto la fe deportiva, la emoción sensible de unos jugadores capaces de hacer llorar al espectador con la identificación de un color rojo que simboliza la unión, el respeto y la capacidad de sufrimiento.
Observar a Gasol llorar desconsoladamente cuando se fracturó el quinto metatarsiano del pie izquierdo al tratar de realizar un giro ante el marcaje de Fabricio Oberto a minuto y medio de la conclusión de la semifinal encogió el corazón de un país y demostró que los titanes, los verdaderos ídolos de masas, son humanos. También el rictus circunspecto de “Pepu” Hernández impactaba con la causa de tal gesto. El seleccionador nacional, el hombre responsable del maravilloso juego del combinado nacional, se enteraba de la muerte de su padre horas antes de la final mundialista. Sin embargo, en otra muestra de valor humano y deportivo sin límite, logró que su amargura no hiciera mella en la ilusión del equipo. Dos momentos que marcarán, sin duda alguna, la memoria de ese Naismith Trophy tan celebrado por todos.
Lejos de la lamentable mediocridad de la selección de fútbol de un Luis Aragonés con las facultades mentales debilitadas por efecto de la edad, el baloncesto español debe y tiene que convertirse en el referente deportivo nacional. Ya está bien de tanto énfasis con aquellos que no lo merecen. La selección de baloncesto está aprovechando el mejor equipo de su historia (y, de momento, del mundo) para promover el impulso de este apasionante y emocionante deporte, inspirado en esa actitud sin fin de seguir creciendo y lograr objetivos tan importantes como el conseguido ayer.
El destino del deporte en España, en la actualidad, está marcado, entre otros, por el deporte de la canasta. Algo que no debemos olvidar prematuramente en estos tiempos donde este tipo de éxitos son tan efímeros y poco valorados en deportes llamados, injustamente, “secundarios”.