lunes, 11 de septiembre de 2006

Cinco años después

‘11-S’, la herida abierta
El 11 de septiembre de 2001 el terror se apoderó del mundo occidental. A las 8:45 de la mañana de aquella jornada, Estados Unidos veía horrorizada el impacto de un Boeing 767, el vuelo 11 de American Airlines, contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York. Era el primer ataque continental contra el país más poderoso del mundo desde la Guerra de Secesión. A las 9:05 otro Boeing 767, esta vez el vuelo 175 de United Airlines, era estrellado contra la segunda torre. El pánico asoló al mundo, que vivió en directo, a través de la televisión, el horror del atentado terrorista más espectacular y cruel que hasta entonces se había vivido en Occidente.
El planeta vivió en directo estos imborrables atentados suicidas que implicaron el secuestro de cuatro aviones de pasajeros para consumar el ataque, empleados como bombas aéreas para matar a un número indiscriminado de personas. Un tercer avión, un Boeing 757 de American Airlines, se abatía sobre el Pentágono (en Washington) cerca de las 9:40. La pesadilla de ataques concluyó su oleada de pánico cuando a las 10:10 una cuarta aeronave, el vuelo 93 de United Airlines, que presuntamente se dirigía a la Casa Blanca, se estrelló por circunstancias aún desconocidas en Pennsylvania, cerca de Pittsburg, en una zona rural.
Las Torres Gemelas de Nueva York reducidas a escombros y el Pentágono seriamente dañado fueron la consecuencia de la infamia que Al Qaeda consagró al terror mundial aquel día. El icono de poder económico norteamericano había sido reducido a cenizas y la efigie militar poliédrica parcialmente destruida. El resultado: más de 3.000 muertos. El cruel acto que encogió los corazones de todos los ciudadanos del mundo supuso un enorme golpe moral a la sociedad estadounidense que, por primera vez en su historia, se sentía vulnerable y conocía de primera mano el horror de la guerra y el terrorismo en masa. El por entonces alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, ordenó evacuar el sur de Manhattan, fuerzas militares fueron desplegadas por diversas capitales de Estados Unidos, que encendió la alerta roja ante la alerta de nuevas agresiones.
Mientras La ONU canceló de inmediato la apertura de su Asamblea General, en Bruselas, la OTAN ordenó el abandono de su cuartel general en la capital belga. Como en una superproducción catastrofista de Hollywood, las imágenes de las Torres Gemelas de Manhattan en llamas y su posterior derrumbamiento imprimieron una estampa televisiva imposible de olvidar. El peor atentado terrorista en la historia de la humanidad evidenciaba, una vez más, que la realidad supera a la ficción. El siglo XXI comenzaba con la confrontación entre el terrorismo de los movimientos fanáticos y las sociedades democráticas. La acción directa y la violencia indiscriminada evidenciaron aquel día 11 un descomunal poder destructivo que causó irreparables estragos en una civilización actual atenazada desde entonces por el miedo.
Inmediatamente se organizó una dispar coalición antiterrorista internacional, procedente de Washington, que comenzó el ataque contra el régimen talibán y las fuerzas de Al Qaeda en territorio afgano en busca del principal responsable de los atentados, Osama Bin Laden. Muchos aplaudieron la reacción de la superpotencia yanqui y a George W. Bush, un presidente ex alcohólico y bastante inepto en sus decisiones, que aprovechó la tragedia para desasirse de su puerilidad y tratar de convertirse en el líder indiscutible que nunca ha sido. Estados Unidos y Bush se habían mostrado sorprendentemente diligentes y resolutivos. Pero nada más lejos de la realidad. Bush, posteriormente, en colaboración con Blair y Aznar, a través del Pacto de Las Azores, utilizó su administración, las agencias de inteligencia y a una gigantesca maquinaria de relaciones públicas para convencer al mundo de la posesión de armas de exterminio en masa de un país instrumentalizado para una venganza poco menos que personal contra Sadam Hussein.
Ya cuando las Torres Gemelas cayeron fulminadas, las imágenes difundidas por la televisión norteamericana no fueron las de la catástrofe, censuradas por respeto a las familias de las víctimas y en beneficio de su campaña de terror. Las imágenes que se divulgaron fueron las de unos niños palestinos aplaudiendo el derrumbe del World Trade Center y de jóvenes quemando banderas de barras y estrellas. Fue la primera consecuencia de una política basada en la provocación entre los pueblos y el desprecio a los derechos humanos.
Mientras tanto, para Al Qaeda, el 11 de septiembre de 2001 fue una victoria y un desastre a partes iguales. Por un lado, la organización terrorista perdió su templo afgano y sus dirigentes fueron asesinados o capturados. Pero por otro, la masacre de Nueva York sirvió como iluminación fanática para los centenares de grupos extremistas que abundan en el mundo islámico. Sin el conocido mundialmente como ‘9/11’ nunca hubiera existido el trágico atentado del 11 de Marzo de 2004 en Madrid, ni el 7 de Julio de 2005 en Londres. Desde entonces, el mundo occidental no está seguro ante la desafiante mirada del terrorismo islámico.
Ficción y teorías conspiratorias
Por supuesto, unos acontecimientos como los del 11 de septiembre, dominados siempre por unos medios de comunicación manipulados por los políticos y los intereses que representan, saltó a la ficción y el docudrama realista por medio de todo tipo de teorías conspiratorias. Mientras hoy en día Nueva York se enfrenta al reto urbanístico de reedificar el hirsuto espacio que dejó el World Trade Center sin perder su uso comercial y económico y sirva como ofrenda a la memoria de las víctimas de los atentados, en el resto del planeta no se han dejado de hacer conjeturas alternativas a la oficial. Algunas de ellas proponen que fueron los agentes secretos de Israel y Pakistán los que estaban detrás de los ataques o directamente al gobierno de Estados Unidos como responsable de la masacre, ya que éste tenía conocimiento previo de la ofensiva y deliberadamente no hizo nada para prevenirlo e incluso que fue el propio gobierno americano quien orquestó los ataques movido por sus intereses en Oriente Medio.
En el libro ‘La gran mentira’, León Klein procura esclarecer algunos de los puntos más tenebrosos que rodearon a los atentados, desglosando un estudio sobre unos supuestos sistemas de control remoto que inhabilitaron los mandos del avión a los pilotos en los últimos minutos del vuelo y cortaron las comunicaciones con tierra, creando así un descomunal crimen de Estado para que el lobby petrolífero mejorara sus posiciones. Otra, apunta a que George Bush inicio su particular guerra global contra el terrorismo no como una lucha contra la amenaza terrorista, sino como una privativa venganza personal con una guerra contra el Islam.
Por supuesto, las conjeturas sobre la posible anticipación sobre los atentados no tardaron en saltar a la actualidad, cuando David Schippers, el fiscal de la acusación de Bill Clinton, declaró que había recibido advertencias de agentes del FBI seis semanas antes que incluían la fecha y los objetivos de los ataques. El periodista William Norman Grigg apoyó esta teoría en The New American, donde según tres agentes del FBI que había entrevistado afirmaron que la información proporcionada a Schippers era cierta. Tampoco faltan las que señalan que las Torres Gemelas fueron derribadas por cargas explosivas situadas estratégicamente justo en el punto de impacto de los aviones o aquella que señala que no fue un avión sino un misil el objeto que intentó demoler parte del Pentágono.
Finalmente, cabe destacar las que apuntan a que los atentados respondieron simplemente a una estrategia económica respaldada por el Gobierno, ya que tres días antes del fatídico día se disparó el movimiento de ‘stock options’ pertenecientes a sólo dos líneas aéreas; American Airlines y United Airlines, o que también se compraron grandes cantidades de opciones sobre Morgan Stanley Dean Witter, que ocupaba 22 pisos en una de las Torres Gemelas.
Por supuesto, Hollywood tardará tiempo en abordar con alguna controvertida película estas difíciles y conflictivas cuestiones. Pero son un hecho futuro. Hasta entonces, la industria cinematográfica recodará a través del cine aquella jornada de septiembre como el mes de los héroes, el dolor, las banderas y las proclamas de patriotismo a las que estamos acostumbrados, pero en un espinoso terreno para los yanquis: un atentado que dejó al descubierto la vulnerabilidad de un país acostumbrado a ser tildado de inquebrantable e inmune. Los ataques del 11-S habían convertido a la potencia hegemónica en blanco enemigo, al igual que sucedería después con el 11-M y el 7-J para Europa. Ningún país, cultura o persona está a salvo de la amenaza terrorista. Y eso, dada la universalidad del Séptimo Arte, no podía quedar sin imágenes filmadas. La cuestión es saber cómo y de qué forma Hollywood y el resto de países irán minando sus cinematografías con historias sobre estos acontecimientos a lo largo de los próximos años.
Grenngrass y Stone, los primeros.
El primero en abordar el funesto recuerdo de los atentados ha sido, paradójicamente, un británico. Paul Greengrass (experto en temas terroristas dentro del cine con ‘Bloody Sunday’ como director y ‘Omagh’, como guionista) se propuso narrar con veracidad y sin maniqueísmo ni estereotipos la jornada del 11 de septiembre que tuvo como protagonista al Boeing 757 que terminaría estrellándose cerca de Pittsburg (Pensilvania). A bordo iban 28 pasajeros y 7 tripulantes. La cinta recorre a tiempo real el seguimiento de este Boeing, desde el instante en que los controladores aéreos sospecharon que el primer vuelo que impactó contra la Torre Norte del WTC se trataba de un secuestro hasta su misteriosa caída en picado antes de alcanzar su objetivo, la Casa Blanca.
En ‘United 93’, estrenada hace un par de semanas en toda España se sugiere como hipótesis que las causas de la colisión apuntan a un posible enfrentamiento de los pasajeros con los secuestradores. Por supuesto, Greengrass cuenta con el apoyo y la colaboración de las familias de las víctimas de aquel vuelo. El director de ‘El mito de Bourne’ no dramatiza en ningún momento y aporta una meticulosa descripción de lo que pudieron ser los hechos, extrayendo conversaciones reales de los pasajeros con sus familias y desglosar así la vertiente dramática con la profundidad humana que los personajes requieren, sin atribuir, además, una satanización de los terroristas.
Si en ‘United 93’, una cuestión tan profunda como la violencia política es afrontada con cierta veracidad y respeto, no menos cuidadosa ha sido la segunda aportación del impacto terrorista en ‘World Trade Center’, de Oliver Stone, que se estrenará el día 29 de septiembre en nuestro país. Una película sensiblemente más costosa que la de Greengrass y que acepta, de lleno, las normas dramáticas narrativas del Hollywood más condescendiente con la tragedia. Oliver Stone, conocido por filmes controvertidos como ‘JFK’, ‘Asesinos Natos’ o ‘Platoon’, deja por una vez sus historias de complots políticos y confina su filme a otro de esos dramas “basado en hechos reales”. En esta ocasión a lo que vieron y sintieron sus dos protagonistas, sendos policías que, milagrosamente, fueron de los escasos supervivientes de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York. Alejado de la controversia, Stone afirma: “no tuvimos un enfoque documental, sino un enfoque realista. Es decir, seguimos la historia de cuatro personas: dos policías, dos esposas y el equipo de rescate. Y filmamos la caída de los edificios desde dentro, donde estaban los hombres. Eso es aterrador”.
Tanto Stone como Greengrass han desgranado esta experiencia real desde un enfoque optimista y positivo, aunque terriblemente triste, sin remover visualmente la espantosa recreación de los impactos, ya que en ambas películas las imágenes más impactantes serán las que se vean en una pantalla de televisión. Y como no podía ser de otro modo, subrayan el heroísmo de aquellos que vivieron de cerca la masacre, bien sea en aire o en tierra, con un acentuado altruismo humano. Para ambos, sin duda, el 11-S es una cuestión moral, lanzada al público cinco años después para apelar al espectador a la profundad reflexiva, a las cuestiones que la sociedad no debe evitar responder. La pregunta es si el mundo, y en especial Hollywood, estaba preparado para abordar en imágenes de ficción aquellos hechos que lacraron la Historia de la Humanidad. Pero lo cierto es que parece que no es demasiado pronto para rememorar las distintas versiones de los atentados. Y esto, a simple vista, es un hecho categórico que apunta a que la herida emocional, aunque abierta con estos filmes, se va cerrando poco a poco.
El cine y el 11-S
Tras el 11 de septiembre, el entorno terrorista de maldad sin compasión fue uno de los temas más espinosos que podían tratarse en el cine. Como no podía ser de otro modo, en Estados Unidos, saltaron las alarmas y los ataques suicidas del aciago ‘Martes Negro’ hicieron resucitar la censura y optar por tramas más positivas y familiares. Era la consigna previsible de un país obligado a vivir con la ceguera social y, muchas veces, con la mentira de un público (extendido al espectador mundial) que vivió el 11-S como parte de una realidad que se pareció, en todo momento, a la ficción anticipadora a la que estaba acostumbrado a ver como relato ficticio. Hollywood se convulsionó ante la sensibilidad que algunos filmes podían levantar en aquel momento. Películas como ‘Daño Colateral’, 'El gran lío', ‘El Americano impasible’, la primera temporada de la soberbia serie de la FOX ‘24’, o el mítico trailer censurado de ‘Spiderman’ con el héroe arácnido atrapando un helicóptero en una red entre las Torres Gemelas, entre muchos otros, tuvieron la obligación de retrasar su estreno, de ser suavizadas e incluso recortadas.
Empezó entonces una campaña de miedo que se inició desde la oligarquía republicana encabezada por Bush, utilizando el pánico inducido artificialmente, un terror psicológico basado en especulaciones como poderosa arma de control político y aprovechándose del respeto de la industria del Cine por los atentados y el escrupuloso cuidado por no mostrar ninguna forma ni causas del terrorismo en su tratamiento fílmico, evitando recurrir en ningún momento a un terrorismo difuso en sus causas para elaborar argumentos de, por ejemplo el cine acción, género en el cual ha sido paradigmático en el uso de estos elementos de horror.
El Islam pasó enseguida a convertirse en un peligro y la cultura árabe en sinónimo de terrorismo suicida. Indudablemente, la intención era provocar un sentimiento panfletario, similar al creado a través de la televisión. Los personajes americanos debían ser inocentes héroes y los árabes, míseros y culpables traidores sin alma. Pero a Bush le salió mal la jugada. Muchos de los más importantes cineastas norteamericanos del momento, dejaron transcurrir el tiempo pertinente de respeto para empezar a dragar sus discursos temáticos contra esta despreciable actitud de la administración Bush y su utilización del 11-S como arma política. Michael Moore desgranó el germen de la estupidez americana con la necesaria ‘Fahrenheit 9/11’, donde expuso su envenenado axioma demoledores sobre la falsedad y la hipocresía con que se tratan frívolamente el terrorismo y el crimen en USA y su visión de un presidente genocida y estúpido como lo es George Bush. Otros directores como Spike Lee, Sean Penn, Wim Wenders, Michael Gaghan, George Lucas, Michael Winterbottom, John Sayles, Steven Spielberg, Trey Parker y Matt Stone, Jonathan Demme, Sam Mendes y un largo etcétera han enfocado algunas de sus últimas películas a la subversiva crítica contra la evidente paranoia post 11-S aprovechada con fines políticos.
Pero ahora, ha llegado el momento de enfrentarse a los atentados explícitamente. El complejo y delicado asunto se abordará desde múltiples perspectivas, presentando nuevos retos a Hollywood a la hora de llevar al cine tan escabrosa trama. La inédita en España ‘The Great New Wonderful’, de Danny Leiner, fue la primera de una serie de películas y programas de televisión sobre el 11-S para conmemorar el quinto aniversario de los hechos, a las que se has unido las de Greengrass y Stone. Pero no serán las únicas.
Columbia Pictures prepara ya la adaptación de ‘102 minutos’, un artículo de los reporteros Jim Dwyer y Kevin Flynn centrado en el choque del primer avión y la caída de las Torres Gemelas, mientras que el productor Scott Rudin ha contratado a un guionista para adaptar la novela ‘Extremely Loud and Incredible Close’, de Jonathan Safran, que está narrada desde el punto de vista de una niña de nueve años cuyo padre murió en los atentados u otro proyecto para llevar al cine que narra la historia del periodista de The Wall Street Journal Daniel Pearl, asesinado en Pakistán. Ahora que Hollywood ha abierto la herida para recrear el terrible suceso del 11 de septiembre de 2001, la Meca y la sociedad norteamericana se preparada para revivir la tragedia como telón de fondo en historias de ficción en la pantalla grande. El mundo parece preparado para revivir de nuevo aquella pesadilla.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2006