lunes, 31 de julio de 2006

EXTRA VERANO 2006 (V): Oferta de Verano, 3 x 1 ('Superman Returns', 'Lord of War' y 'Domino')

La vena insulsa del héroe kriptoniano
La sensación que subsiste después de unos días transcurridos cuando uno ve ‘Superman Returns’ es la de haber asistido a una película que pasará a la Historia del Cine sin mucha trascendencia. La adaptación de las nuevas aventuras del superhéroe kriptoniano, icono de la cultura moderna y universal, se centra esta vez en el regreso del hijo pródigo, en la vuelta a casa de Superman/Clark Kent tras un viaje de cinco años para comprobar que su planeta natal ha sido definitivamente destruido. Para ello Bryan Singer aboga por continuar la historia cinematográfica del personaje creado por Joe Shuster y Jerry Siegel persistiendo en su habitual tono melancólico (perpetrado en la saga ‘X-Men’), para acercarse al superhéroe desde un prisma humano, donde Superman desafía sus obstáculos heroicos y personales enfrentándose a sus temores y enemigos ubicado en una odisea épica sobre el significado que tiene el superhombre para el mundo.
Singer aborda un viaje espiritual donde se da cita la colisión entre la era de crisis que vive el mundo y falta de creencia de la sociedad en los superhéroes (Louis Lane ha ganado un Pulitzer con un artículo titulado ‘Por qué el mundo no necesita a Superman’ –aunque no sepa escribir ‘fuselaje’-). En este estrato, donde la fe y una discutible iconografía religiosa latente y evolutiva van dando la pauta al enfoque del cineasta, en un filme que sólo funciona cuando la estructura narrativa imita descaradamente al clásico de Richard Donner. Pese a que Singer persiste en apartarse de los márgenes del cine comercial infundiendo a su historia una trascendencia argumental con ambicionado tono de odisea lírica (y por momentos mesiánica), a ‘Superman Returns’ le falta intrepidez, instantaneidad, tensión, diligencia y, sobre todo, sentido del humor. Un elemento que se echa en falta en el rol de Lex Luthor, sobre el que Kevin Spacey no puede aportar la aguda comicidad que le confiriera en su día Gene Hackman. Apartado donde sus intérpretes, Brandon Routh, Kate Bosworth y James Marsden contribuyen con sus adormecidas actuaciones a darle aún mayor anticlímax al filme. Por no hablar de esa desagradable actriz que es Parker Posey.
Eso sí, Singer dosifica los efectos especiales, evitando sobreponer el énfasis estético a la historia, pero devanea en exceso en la introducción de elementos de tensión, de intriga, de romance y de drama dentro de la acción superheroica. Asimismo, no hay rastro de entretenimiento ‘pulp’ o ‘bizarro’, de perversión simbólica y sí mucho de exceso de seriedad y melodrama romántico y alegórico. Lamentablemente, ‘Superman Returns’ se queda en la medianía ramplona, en una vacua genuflexión hacia el personaje iconográfico, donde los desmedidos 150 minutos se perciben como una redundancia al estereotipo que sólo pone logra emocionar cuando suenan las clásicas notas de John Williams y los pocos instantes en que Singer revisa e imita pasajes del primigenio ‘Superman’, sin haber sabido recomponer la imagen de un héroe que podría haber dado mucho más de sí en un mundo marcado por el 11-S.
El negocio perfecto
La frase con la que se abre ‘Lord of War’ es significativa: “Hay 550 millones de armas de fuego en circulación. Eso significa que hay un arma de fuego por cada 12 personas. La pregunta es… ¿Cómo armamos a las otras 11”. Es la apertura de un filme arriesgado e inteligente sobre el tráfico de armas, que se adentra en las procelosas aguas de aquellos conflictos bélicos que se trazan siguiendo intereses económicos de poderosos lobbies, los mismos que manejan el mundo bajo la sombra. Los créditos, incluidos en un prodigioso plano secuencia utilizado como ‘set-piece’ de inicio, proponen un divertido y acusador juego de lo que será el tono ideológico de la película de Andrew Niccol; la vida de una bala desde que se fabrica hasta que termina en el cráneo de un infeliz combatiente en cualquier guerra de algún país desconocido y subdesarrollado. Es el resultado de las fluctuaciones en el mercado de las armas, donde la delectación económica no repara en daños colaterales y la peligrosa mercancía que respalda el bienestar de los poderosos es la que causa víctimas inocentes.
‘Lord or War’ se centra, a medio camino entre el drama político (con ciertas dosis de documental) y la comedia negra, en la historia de un personaje ambiguo, Yuri Orlov (implacable Nicholas Cage), hijos de inmigrantes que ve en el tráfico de armas el modo más rápido y eficaz de empezar a conseguir dinero y poder a través de la historia bélica de Estados Unidos, pasando por la caída de la Unión Soviética y el fin de la Guerra fría, hasta llegar a los tiempos actuales, donde el negocio armamentístico se nutre de desconocidas guerras perdidas en el Tercer Mundo. Niccol compone así una lúcida metáfora sobre la contemporaneidad, una abrasiva sátira que demuestra su poderío narrativo sin caer en efectismos gratuitos, renunciando al tono discursivo para dejar que el ritmo de su acertado montaje y la contundencia de su puesta en escena sean las que aporten ese subtexto involuntariamente sensacionalista que hace que el filme se transforme en un vademécum profundamente antibélico e irónico, sin declinar el divertimento identificativo que surge de la empatía del espectador con el traficante de armas. ‘Lord of War’ afronta el tráfico de armamento como recurso para afrontar una nueva perspectiva de la familia disfuncional, en la que el vacío vital y el falso espíritu redentor son componentes necesarios para entender esta incendiaria película.
Tal vez, como se ha escrito en alguna crítica ‘Lord of War’, no sea más que la intención de Niccol por “convertir un dato informativo o una estadística aparentemente fría, en una brillante réplica cargada de procacidad”, pero lo cierto es que este magnífico enfoque (con sus necesarios y legítimos maniqueísmos) sobre uno de los problemas más candentes de nuestro mundo subraya la realidad de nuestros días, en el que existe el tráfico de armas generado desde el mismo entorno de aquellos que dirigen los destinos del mundo y abogan por la paz. Por supuesto, el negocio es la prioridad, ya no sólo del tráfico de armas sino que se extiende a otros planteamientos comerciales y globalizadotes que matan más lentamente que las armas automáticas.
Dulcificado y percutante lado oscuro de la ley
Una de las características más predominantes en el cine de Tony Scott es ese montaje frenético de impronta videoclipera y publicitaria, de constantes filtros sincopados, de encuadres imposibles, de grúas improcedentes que propugnan una abrasiva estética percutante que a algunos termina por resultar excesiva. El pequeño de los Scott es así. Para bien o para mal, su estilo ha marcado un estereotipo de cine imitado y furibundo, pero que, más allá de la aparente insipidez de su forma es todo un paradigma de honestidad hacia un género (el de acción) del que nunca se ha separado. Lamentablemente, Tony Scott no ha acertado con esa esperada hiperactividad en ‘Domino’, debido, en gran parte, porque el guión de Richard Kelly y la intención del propio cineasta es tan autocomplaciente y poco intrépida que la dulcificada y hagiográfica contemplación de la vida de Domino Harvey acaba por caer en la apatía más absoluta. Un defecto que, en las anteriores cintas de Scott (‘Enemigo Público’, ‘Spy Game’ o ‘El fuego de la venganza’), independientemente de la calidad de cada una, no había sido tan acentuado.
Como producto comercial, a ‘Domino’ le falta coherencia, es un filme torpe y lo que es peor, traiciona aquellos elementos que sirven de posibles ganancias desde su comienzo (la rebeldía de Harvey, el trabajo de cazarrecompensas, la bufonesca incursión de Brian Austin Green e Ian Ziering, las secuencias de acción, su deslucida crítica a la telebasura…). La vena paródica que subyace en el fondo, manifiesta en esa aparición de Jerry Springer donde Mo'Nique aporta una divertida arenga sobre la dialéctica racial (chinegros, chinotinos…), el juego a dos bandas entre la mafia y el agente de fianzas, Tom Waits reconvertido en reverendo y chamán o la mencionada directriz humorística contra la telebasura en forma de ‘reality-show’ reducen cualquier atisbo de brillantez en una historia inconsecuente, empecinada en narrar el lado salvaje más confitado de Domino Harvey con una involuntaria intoxicación de mescalina en pleno desierto donde la modelo guerrillera encuentra la luz divina, la de ayudar a una niña que necesita 300.000 dólares para ser operada a vida i muerte. Pura patraña de soflama moral y salvación espiritual. Lo propio, hubiera sido jugar con ese filo de la navaja en la vida real de Harvey, donde la droga y el descarrío deberían haber remarcado toda esa pirotecnia visual habitual en el cine de Scott, que vuelve a recurrir al ‘flashback’ y al cambio de formatos como ‘modus operandis’ de una función que, hasta alturas, ya hemos visto una y mil veces. En gran parte, por la extraña sensación, sobre todo en su segunda mitad, de estar asistiendo a una desafortunada recreación de ‘Amor a Quemarropa’ (dinero, mafia, tres bandos enfrentados, policía y un hotel en el que crear la culminación sangrienta del filme).
El contenido del relato pretende camuflarse por la flemática y paroxística acción con la que Scott dispara como ráfagas de balas iconoclastas, pero en esta ocasión sin encontrar el ritmo vertiginoso al que nos tiene acostumbrados, apoyándose en unos diálogos fugaces e intrascendentes. Por supuesto, ni la controvertible interpretación de Keira Knightley ayuda a que ‘Domino’ permanezca en la retina como un producto decente, ni las efímeras apariciones de actores consagrados como Mickey Rourke (recueprado tras el éxito de 'Sin City'), Christopher Walken, Lucy Liu, las aportaciones florero de Jacqueline Bisset o Mena Suvari, ni siquiera la música del eficiente Harry Gregson-Williams. ‘Domino’ autoreferencia demasiado el cine del propio Scott, algo que ya le ha pasado a su hermano Ridley y que ha terminado imbuyéndole en un declive que, hasta el momento, en el cine de Tony no había dado signos de vida. Aunque escribir esto último es muy arriesgado, para los que amamos el cine de Tony Scott hay que empezar a preocuparse por ello.