viernes, 28 de octubre de 2005

Una verídica y fría experiencia

Os voy a contar una historia. Una historia real y escalofriante, como la vida misma. Sucedió en septiembre de 2001, en el transcurso de la 49ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. En una sesión matinal, de esas que acumulan bostezos, lágrimas de sueño y legañas. Entre sopor y letargo, se atisbaban divertidos rostros de desaliento en aquellos críticos que no están acostumbrados a estos madrugones de Zabaltegi, poco curtidos en estas proyecciones y sólo habituados a dos películas al día y a copiosas comilonas e ingente ingestión de diversos licores.
Comienza la película. Todos estamos avisados y sabemos, por la anterior filmografía del director, que se trata de un filme escabroso y difícil. Tan gélido en su brutal trama, que muchos de nosotros está incluso a disgusto, sin saber muy bien dónde mirar, ni qué hacer con las manos. Sin encontrar una postura acomodaticia a la situación. Implacable, el director de la cinta lanza complejos cuestionamientos rigurosamente morales, explicitando la clave de la película en una de las más impías elipsis visuales que no dejan, sin embargo, lugar a dudas de lo que está pasando en la escena: la descripción sexual de una enferma mentalidad recluida en la insatisfacción, el sometimiento y la soledad. Desde una perspectiva casi entomológica de una persona escindida a múltiples niveles que cercena su vagina como necesidad lenitiva de sus disfunciones sentimentales y como una muestra de dolor inexpresado. Por supuesto, se trata de ‘La pianista’, de Michael Haneke.
En esa secuencia de cisura vaginal, de espeluznante realismo, de emocional bramido argumental, cuando todos en la sala del Teatro Principal estábamos con la sangre coagulada por la frialdad del momento, las luces se encienden de repente. Algo ha pasado. No sabemos muy bien qué. Cuando una ex-amiga lanza una escalofriante posibilidad de amenaza contra nuestra seguridad, RSP y yo nos acojonamos. Es muy extraño e inusual que en Donosti se detenga una proyección. Cuando nos dirigimos al pasillo para abandonar la sala, observamos la razón de la suspensión del filme. Un hombre entrado en kilos, con espesa barba, yace en el suelo con el rostro pálido, sin poder respirar. Esteve Riambau, que por lo visto tiene conocimientos médicos, intenta reanimar al sujeto. En ése instante, las puertas del cine se abren y entran dos miembros del Samur. El hombre parece reaccionar y se levanta por su propio pie, dejando ver un semblante cadavérico que aterrorizaba por su dificultad para respirar. Insiste en que se encuentra bien. Se ha desmayado. O ése es el diagnóstico que determina uno de los críticos más prolíficos y antipático del orbe cinematográfico-periodístico.
Todos nos miramos estupefactos y volvemos a sentarnos con la sensación de aturdimiento y efímero miedo en el cuerpo. Michael Haneke consiguió que una persona se desmayase. Un crítico de cine, un profesional del medio acostumbrado a ver de todo en una pantalla de cine, cayó fulminado por esta secuencia explícita. ‘La pianista’, a pesar de su imprecisión visual y su gélido contenido argumental, había logrado tumbar a un curtido hombre por la exactitud narrativa y la reflexión implícita que provoca esta enfermiza obra de culto.
La represión, la contención sentimental y la subordinación materna son elementos que Haneke subvierte basándose en la novela de Elfriede Jelineck con una tormentosa y doliente experiencia sensorial con la historia de una madura profesora de piano y sus extrañas relaciones con un joven estudiante de música y su posesiva madre. Una disfunción malsana en la expresión de las emociones de una mujer que se deja llevar en el difícil tránsito hacia la automutilación, el deseo reprimido, la endogamia incestuosa y el sadomasoquismo físico y psíquico. Dura, brusca y cortante, ‘La pianista’ no elude una mirada directa al tema que plantea. Una experiencia perturbadora que impone una de las mejores interpretaciones de los últimos años por parte de la siempre intensa y poderosa Isabelle Huppert en su alegórico personaje de mujer golpeada por la incomprensión y la ignominia de la sumisión. Una película que aquellos que ven no pueden olvidar. Y menos, el hombre de la barba que se desplomó con esa secuencia que permanece indeleble en la retina colectiva.