martes, 25 de octubre de 2005

'Boiling Point': De 'yakuzas' y 'losers'

Es raro que Takeshi Kitano aún no hubiera sido mencionado en el Abismo. No sé por qué, la verdad. Aunque no ha sido algo deliberado. Hace poco revisé ‘Boiling point’ y, aunque muchas de sus películas posteriores (casi todas, diría yo) me gusten más, es la primera ocasión -y no la última- en que voy a hablar de este cineasta que, sin descubrir nada nuevo (es más, existen amigos ‘blogueros’ expertos en el tema), es una de las figuras más fascinantes del cine contemporáneo.
‘Boiling Point’ se centra en dos amigos bastante ‘freakies’ que son reservas en un equipo de baseball. Un día se ven mezclados con la yakuza local tras un incidente en el que su entrenador es herido por miembros de una banda de gángsteres japonenses. Afectados por el crimen, los dos chicos se van a Okinawa con la estúpida idea de conseguir un arma y vengarse. Allí, los dos jóvenes se hacen amigos de un yakuza retirado llamado Uehara, que tiene un demorado débito con la yakuza nipona, por lo que no duda en acompañar a los dos chicos a Tokio para enfrentarse a la mafia japonesa.
Kitano es aquí el secundario, pero punto cardinal en el desarrollo de la trama, ya que es el arquetipo del verdadero protagonista de la película, Masaki (Masahiko Ono), un tipo medio autista, tímido, retraído, símbolo del ‘loser’ oriental que, debido a las circunstancias y casi por impulso, se ve envuelto en una progresiva odisea de violencia junto a su amigo Kazuo (Minoru Iizuka), al que el personaje de Kitano acosa con sus apabullantes gestos de inequívoca peculiaridad. Y es que una de las virtudes de Kitano es un director formado en la comedia, que utiliza el ‘timing’ del humor absurdo (pero lleno de intención narrativa) con una más que cruenta y feroz violencia que no es, ni mucho menos, gratuita.
Esta duplicidad de designios, distintivos en Kitano a lo largo de su impecable filmografía, florece en ‘Boiling Point’ como germen de un estilo, de la desafiante mirada cruel pero irónica ante la violencia, con imprevisiones escénicas en las que, muchas veces, es importante la desarticulación del tiempo, donde tan pronto puede darse una brusca elipsis, como el recurso de un humor inesperado. Es la particular disposición a la hora de asumir sus momentos más violentos por parte de Kitano, que lo hace de una manera arcaica, acercándose al ‘slapstick’ de clásicos como Buster Keaton. Y claro ejemplo de ello es esa prodigiosa secuencia de ‘karaoke’, con Uehara dándole botellazos en la cabeza a los yakuza que aparecen por allí, mientras la cámara gira en torno a los personajes, en extraña prosopopeya de la borrachera del veterano gángster o el choque de Masahiko y la camarera tienen cuando van en moto y acaban estrellados contra un vehículo.
Es la manera con la que provoca al espectador un director tan inclasificable como Kitano, capaz de descontextualizar los elementos de cualquier secuencia con una dialéctica que suele ir a contracorriente, haciendo del uso clásico de los planos una anarquía personal e intransferible, sublimando, de paso, el sentido más personal de lo ‘anti-épico’ y combinarlo así con la extraña cotidianeidad que expone bajo su cínica mirada. ‘Boinling Point’ expresa, en ese sentido y a pesar de ser la más floja de las películas de Kitano, la máxima expresión de un vacío existencial (el de Uehara, pero también el de Masaki) que encuentra una insólita aventura desatando la furia interior en un entorno de violencia como una forma natural de un lenguaje que el gran Kitano domina como nadie.