jueves, 8 de septiembre de 2005

Dossier TERRY GILLIAM

El enloquecido creador de fantásticos mundos
Este oriundo de Minneapolis nacido en 1940 no es un director al uso, se sale de todos aquellos catálogos que incluyan en su glosario extravagantes visionarios megalómanos con transformadoras ideas en el Séptimo Arte. Terry Gilliam va más allá, destacándose por una rebeldía y una originalidad muy difíciles de encontrar en el Hollywood actual, lugar del que él dista tanto en ideología artística y en perspectiva formal y conceptual. Gilliam tiene un estilo de cine muy definido, casi obsesivo por las grafías de experimentación basadas en el aparente histerismo que encierra su sarcástica mente llena de influencias.
En una mítica entrevista que mantuve con él hace ya siete años con motivo de la retrospectiva de su carrera en el 48º Festival de cince de San Sebastián (tal vez la que más he disfrutado ejerciendo la profesión periodística), Gilliam aseguraba: “recuerdo con especial cariño la miscelánea fantástica de Meliès y los clásicos del cine mudo como ‘El moderno Sherlock Holmes’, de Buster Keaton, pero mi influencia más importante fue ‘El ladrón de Bagdad’, de Michael Powell y Ludwig Berger, ya que fue un filme muy obsesivo porque durante años tuve varias pesadillas relacionadas con la película. Después me interesó el cine de aventuras, el cine épico, el cine bíblico... Lo que más me interesaba de todas ellas era la posibilidad de descubrir otras civilizaciones y otras épocas, lo que suponía para mí como un viaje en el tiempo. Sin embargo, supe que el cine algo más que entretenimiento cuando, siendo aún un crío, vi ‘Senderos de gloria’, de Stanley Kubrick. Luego en la Universidad descubrí películas de Kurosawa, Fellini, Buñuel o Bergman... que cambiaron para siempre mi percepción del cine. Creo que de todos he ido adquiriendo influencias, de manera inconsciente. Es como si fuera un gran pastel al que le fueran cayendo pequeños adornos en forma de resortes tanto cinematográficos, televisivos, como de cómics y dibujos animados”. Palabras que apuntan la dirección de toda su amalgama referencial.
Cuando uno tiene la oportunidad de conocer a una figura como Terry Gilliam observa que su supuesta extravagancia y locura se contraponen a la profusa amabilidad y encanto personal que desprende cuando se habla con él, como metamorfosis del enloquecido creador de imágenes quiméricas.
Tras el batacazo personal y económico que supuso la frustrada ‘The Man Who Killed Don Quixote’, película inacabada con desgraciada producción que encontró el desastre en forma de inundaciones que destruyeron los decorados, dañando los equipos de filmación y el actor principal (Jean Rochefort) enfermó seriamente dando como consecuencia la cancelación del proyecto, Gilliam ha tenido más suerte con ‘Los hermanos Grimm’, cinta que recupera el propósito imaginario de un director acostumbrado a la enloquecida creación de imágenes quiméricas. Formado artísticamente en los Estados Unidos, ilustrador de revistas y creador de la ‘cut-out animation’ (una revolución formal en el mundo de la animación que sirvió para romper con la perfección armónica de la Disney), Terry Gilliam se hizo famoso gracias al celebérrimo grupo cómico británico Monty Python, con el que interpretó y realizó todas las películas de este inolvidable e histriónico colectivo inglés y que hoy representan uno de los mitos más indelebles de la historia del humorismo y el cine.
Incluso a la hora de referirse a los Python habla de ellos como los preceptores de un tipo específico de humor “los británicos son fabulosos a la hora de reírse de sí mismos, no como los americanos que se ríen de los demás, aunque últimamente parece que se están dejando de tanto prejuicio y lo están haciendo francamente bien. Los ingleses tienen una perspectiva diferente, pero también es cierto que son demasiado rígidos y la experimentación es escasa” corroboraba (y supongo que mantendrá) Gilliam.
De su portentosa inventiva han nacido películas como sus iniciáticas ‘Jabberwocky’ o ‘Los héroes del tiempo’, ambas de una fantasía desbordante pero también llenas de poesía novelesca, el fundamento más importante a la hora de analizar la médula de sus ensueños, de sus magistrales locuras con gran influjo de clásicos como Stevenson, fábulas de Esopo y en muchas ocasiones de la Biblia. De esas primeras películas se extrae un determinado entorno, ideal para la representación de sus fantasías cinematográficas, un contexto de mitos y leyendas como lo es la Edad Media. Una época por la que Gilliam ha sentido siempre una especial predilección, devenido en obsesión por todo lo que rodea a esta etapa, a los demonios que surgen de la imaginería medieval de la surgen monstruos literales antes que abstractos.
Pero tal vez sea ‘Brazil’, fábula social y surrealista de gran influencia ‘orwelliana’, en la que el humor satírico adorna las imágenes de pesadilla, su película más prodigiosa e imborrable. La Ciencia-Ficción y sus expertos estudiosos han sentido la necesidad de comparar esta obra con el ‘Blade Runner’ de Ridley Scott, tal vez, por una analogía estética, pero que Gilliam niega a toda costa diciendo “... que ambas han influido sobre la ciencia-ficción posterior, de eso no cabe ninguna duda. ‘Blade Runner’ me encanta porque es una película hermosa, pero al final sólo es eso, visualidad. Ridley Scott no está inclinándose por ninguna posición en concreto y si te das cuenta los dos finales de ‘Blade Runner’ son sardónicos. ‘Brazil’ no cae en el mismo error, porque recoge la esencia del cine, además, toma una actitud política, no como en ‘Blade Runner’. En ‘Brazil’ se va a algo concreto, a algo específico, hay una representación que posee verdadero significado”. Una opinión poco compartida que proporciona un apasionante debate acerca de estas dos películas futuristas que formulan dos formas de ver los años venideros, inmersos en un sutil ‘how know’ tecnológico, pero en el que predomina dos puntos de vista opuestos; una deshumanización con espacio para la esperanza y la impávida distopía social, respectivamente.
Después, y considerado como el gran fracaso de Gilliam, llegaría ‘Las aventuras del Barón Munchausen’, una recreación de la versión de Josef Von Baky que Gilliam plasmó con demasiada plasticidad e infantilismo y que le supuso una particular de ‘La puerta del Cielo’, de Cimino o un conato de ‘Apocalypse Now’, de Coppola ¿La explicaión? Fue una película con un presupuesto de 23 millones de dólares de presupuesto inicial que debido a uno de los rodajes más aparatosos y accidentados de la historia a 46 millones en una catártica aventura que estuvo a punto de acabar con la carrera comercial de Gilliam. Su Barón Munchausen simboliza el sueño kamikaze de un soñador que acabó carbonizado ante los ojos de una industria que, desde entonces, ha temido cada proyecto en que se ha embarcado.
La última etapa de Gilliam, más enloquecida si cabe, invoca más que nunca los demonios de la mente, ya que con sus últimas obras ha explorado en el tema de la locura, en el universo de lo que rodea el desequilibrio mental y sus derivaciones en el mundo real. De esta fructífera e interesante etapa actual han surgido dos de sus mejores películas: la actualizada fábula medieval ‘El Rey Pescador’ y la demencial ‘Doce monos’.
Las dos películas que redimieron la comercialidad del cine de Gilliam y le consagraron como el director más personal de un Hollywood aprensivo a su entelequia fílmica, un director capaz de unir en su perspectiva fantástica lo mejor del cine actual con el barroquismo cruel y materialista de épocas pasadas, en mundos de héroes, errabundos ‘homeless’ con delirios religiosos, excéntricos e incongruentes personajes que simbolizan desde el ‘downshifting’ ochentero y la necesidad de una infalibilidad esperanzadora hasta la particular visión de ‘La Jeteè’, de Chris Marker, en su apasionante ‘deja vù’ de viajes temporales en dos juegos de espejos que provocan una lectura oscura y pesimista que dan como consecuencia el mejor y más visionario Gilliam, adyacente a un enfoque narrativo más trágico, de luminosa narración con desquiciadas sublecturas acerca de la futura podredumbre que simboliza la decadencia y devastación del propio ser humano.
Su última cinta hasta la llegada de los Grimm, la polémica ‘Miedo y asco en Las Vegas’ no fue muy diferente. Artísticamente suicida, Gilliam expuso una representación de la perturbación (en este caso con la ayuda de los psicotrópicos) no como catarsis o vía de escape al mundo físico, sino como una síntesis de la felicidad humana en su estrato más perturbado al adaptar a un literato tan insurrecto y radical como Hunter S. Thompson, el creador del periodismo denominado ‘gonzo’. La intención que se desprende de esta inclasificable película es un halo de radicalidad que cae por momentos en lo grotesco (en gran parte, por el efectismo visual utilizado por Gilliam). Pero también es un filme que no deja indiferente a nadie. La ciudad de Las Vegas está mostrada en la película como una metáfora de la América confusa que siempre ha existido, ya que, según el propio cineasta “Las Vegas hace salir lo peor y lo mejor de la gente”. ‘Miedo y asco en Las Vegas’ es un viaje de fragancia alucinógena que, como bien definió el crítico Brannon Moore “es una película que unos pocos adoran y a la que rinden culto y otros la odian. Todos están en lo cierto”. Algún día daré más detalles de aquélla mítica entrevista en la que incluso bailé con valls con el gran maestro.
Pese a las malas críticas que ha recibido Gilliam en su nueva y mastodóntica propuesta ‘El secreto de los hermanos Grimm’, recoge algo por lo que merece la pena acercarse a verla, un aspecto que tampoco sumergida en el trasfondo ideológico que encierra el conflicto histórico en la que la superstición y la mitología que batallaban con el racionalismo y las ideas modernas. “Me atrajo el antagonismo que aparece entre los que creen en la fantasía y los que defienden las ideas de la Ilustración, que acabó convirtiéndose en una doctrina bastante rígida al no creer en nada misterioso”, apunta Gilliam. “Introdujimos esa realidad en la historia. Es un conflicto que sigue vigente incluso hoy en día y que sigue siendo lo que más me interesa hoy en día. Enfocar la fantasía desde diversas perspectivas”.
Toda una declaración de principios que seguirá perpetuando en sus siguientes proyectos, de nuevo colosales y temerarios, como el propio Terry Gilliam. Con su nueva película ‘Tideland’, la historia de una niña que trata de evitar a su padre drogadicto refugiándose en un mundo de amigos imaginarios y con algún que otro rumor que apunta que ‘El hombre que mató a Don Quijote’ pueda retomarse con la ayuda económica de Johnny Depp y Charles McKeown, Gilliam sigue teniendo en mente varias locuras como la adaptación de ‘Teseo y el Minotauro’ con una concepción del clásico mitológico muy bestial y ‘The defective detective’, una comedia feroz que tiene influencias del cine de Gilliam pero que, debido a lo costoso del proyecto es difícil que vea la luz, pero que supone esa grandiosa película maldita del cineasta, una suerte de 'Napoleón' de Kubrick, que lleva casi toda su vida intentando sacar adelante.
Sea como fuere, Terry Gilliam es hoy en día uno de los pocos cineastas que pueden llegar a ser considerados como genios dentro del caprichoso sistema de producción hollywoodiense que teme las ideas megalómanas de este clásico del cine fantástico que mañana estrena ‘El secreto de los hermanos Grimm’.