jueves, 14 de julio de 2005

Reivindicando 'Gangs of New York' como Obra Maestra (con dos cojones)

Las sanguinarias raíces de la capital del mundo
Scorsese logró crear una prodigiosa y opulenta obra maestra con una histórica cinta de traición, venganza, corrupción y sangre.
Con el libro ‘The Gangs of New York: An informal history of Underworld’, el escritor Herbert Ashbury trató de descubrir una precisa y cruel historia de Norteamérica fraguada por protagonistas anónimos que vertieron su sangre para fundar la idea contemporánea de lo que es la civilización y su envenenada democracia. En este intrahistórico marco, el maestro Martin Scorsese levantó una monumental y legendaria obra que, además de despertar una pluralidad de opiniones antitéticas, comienza en los albores del nacimiento de los Estados Unidos con la feroz batalla entre las bandas de los ‘Conejos Muertos’, formada de inmigrantes irlandeses y los ‘Nativos’ de Nueva York por el control del ‘Five Point’ neoyorquino. Este duelo corrobora que la historia americana está consolidada, como cualquier otro país o región, en las vidas de aquellos que murieron en busca de un asentamiento vital donde poder encontrar la oportunidad de ser feliz.
Scorsese expuso así un inflexible análisis histórico sobre una sociedad norteamericana que esconde su debilidad moral en la actitud paranoica y agresiva hacia los inmigrantes forjadores de la nación que hicieron de Estados Unidos la tierra de las oportunidades y el progreso que hoy todos conocemos (o al menos vislumbramos en algún momento del pasado reciente). Con esta fastuosa película de tintes arqueológicos y antropológicos, el maestro presentó una antológica visión sobre el nacimiento de Nueva York, fundada en la sangre y la violencia, en la ira y la ambición. Una ciudad en la que la mixtura de razas, religiones e instintos se conjugan en una peligrosa evolución que ha hecho de ella una metrópoli intangible, de referencia mundial a la hora de hablar de la capital del mundo. Una capital concebida en los bajos fondos que muestra el prólogo de la película, catacumbas de irlandeses dispuestos a dominar su territorio como metafóricas y sangrientas raíces de la ciudad.
‘Gangs of New York’ propone una monumental producción de dimensiones monstruosas no sólo en su colosal y ambiciosa propuesta, sino también en su épica, en el grandioso ritmo narrativo y en la admirable anexión de elementos clásicos de la narrativa universal que van desde la concepción ‘shakesperiana’ del mito de la filiación familiar, el credo como forma de lucha o el primitivismo tribal e iracundo de la sociedad. Todo ello en un contexto histórico del que se desglosa una historia saciada de sueños e infortunios, de ambiciones y desengaños, de anhelos y traiciones que conforman una línea de tragedia griega en todo momento sugerida, pero nunca subrayada en el personaje de Amsterdam Vallon y su relación paternal con Bill "El Carnicero", el hombre que mató a su progenitor y sobre el cual se cierne la inminente venganza en forma de insinuado parricidio.
La película es una cínica y brutal reflexión sobre los pilares de la democracia pretérita y actual, donde el gobierno compra y vende votos, los líderes disgregan grupos étnicos y manifiestan abiertamente su sed de poder pagando cualquier precio y derramando sangre si hace falta. ‘Gangs of New York’ es, por tanto, un insidioso recorrido por la ilusoria libertad que nació en una época de falsedad política y clasismo adulterado por una soberanía depravada que justifica que la verdadera democracia del país no procede de la conservación popular del sistema, sino de envilecidos hombres ávidos de potestad o simplemente de sectores que batallan por un segmento de poder en perjuicio del bien común.
‘Five Points’ es mostrado como la fragua del infierno, donde los inmundos ambientes del cine de Scorsese vuelven a tomar un necesario protagonismo develando el umbral de los inframundos de mafia, extorsión, prostitución y violencia que asolan Nueva York desde la siempre certera y brutal perspectiva del excepcional cineasta. En este entorno, confundiendo héroes y villanos, se asienta la opción de la violencia como justificable explicación de la condición humana de supervivencia, apoyada muchas veces en la religión como vía de pretexto ético. Las feroces bandas encuentran su dignidad en la proclamación de sus batallas como un decente ideal de honor, frente a la cobardía de los corrompidos políticos que les gobiernan y que no dudan en sacrificar a sus compatriotas por su propio interés. Precisamente, la profundidad teorizante de ‘Gangs of New York’ se encuentra en los niveles más sórdidos del ser humano, allí donde rigen las pasiones y los instintos, reflejados en la violencia escondida de un expresionismo narrativo que invoca el recuerdo de ‘La edad de la inocencia’, pero subvirtiendo y dándole la vuelta a los términos ambientales e históricos.
Toda esa orbe de calles teñidas de sangre, luchas de razas y enfrentamientos religiosos son mostrados bajo una grotesca representación de los personajes que subsisten en un Manhattan descolorido, angosto y radical, como extirpado de una novela de Charles Dickens gracias a la espléndida labor fotográfica de Michael Ballhaus. En este enorme retablo cinematográfico, Leonardo DiCaprio está más que resolutivo, carismático, patentizando que es el mejor actor joven del cine actual y aportando su innegable carisma a un rol que se pliega, sin embargo, a un sensacional Daniel Day Lewis inspirado por con una ferocidad intensa, mezclando humor y brutalidad para dar como resultado la inconmensurable interpretación de un personaje que combina crueldad con una furibunda filosofía vital. Un logro al que tampoco son ajenos Jim Broadbent, Liam Neeson, John C. Reilly o la desaprovechada Cameron Diaz en un papel carente, en el fondo, del sentido total de la historia.
Una monstruosa película de épico rodaje que el cineasta italoamericano ha sabido mantener y dirigir, haciendo que los 110 millones de dólares que se invirtieron se vean en cada plano con una profusa maestría en la que el diseño de producción y los decorados de Dante Ferreti (qué injusticia que no viera recompensado su loable trabajo con el siempre inicuo Oscar) dejan un excepcional vestigio de cine inalcanzable.
Una solemne obra maestra (como lo leéis) que, por momentos, comprende la impresionante y difícil esencia del Séptimo Arte recogida, a modo de ejemplo, en un magistral epílogo con la ciudad renaciendo de su destruido pasado hasta erigirse de nuevo amparada en las desaparecidas Torres Gemelas, naciendo y muriendo de sus propias raíces al ritmo de los tambores de sus antepasados.