jueves, 9 de junio de 2005

Review ‘Dare mo shiranai (Nadie sabe)’

Una dura infancia perdida
Hirokazu Kore-Eda narra una dura historia del desamparo y la supervivencia de cuatro hermanos abandonados desde el realismo sin concesiones al sentimentalismo.
El cine oriental (ya no sólo circunscrito al género de terror) se está convirtiendo, con el anquilosamiento europeo, en el núcleo de una revolución estética y argumental de múltiples aspectos. Ya sea por un concepto del cine para sujetar su lenguaje a una tensión evolutiva de portentosa índole o bien por un arte que indaga en el arcaísmo para mitigar cualquier efecto de las nuevas tendencias audiovisuales.
No comenté en su día nada respecto a ‘Dare mo shiranai (Nadie sabe)’, de Hirokazu Kore-Eda, y no quiero que pase la oportunidad de relegar una de las mejores películas de este 2005, se mire por donde se mire. Basado en una historia real, la historia gira en torno a cuatro niños que viven con su madre sin que nadie sepa que existan. Todos tienen un padre diferente y la madre, promiscua y despreciable, mantiene a los niños en el anonimato, desvinculando a los pequeños (menos al hermano mayor) del mundo exterior. La pesadilla empieza cuando la madre desaparece definitivamente. Cruelmente abandonados y desatendidos, los cuatro hermanos se arreglan para sobrevivir en un mundo exclusivo mantenido en una extraña unión doméstica que se establece entre ellos, fijando sus propias reglas, pero incapaces de afrontar un mundo externo que irá socavando el frágil equilibrio que habían conseguido mantener.
Sobre esta idea sacada de un periódico chino, Kore-eda se aleja de cualquier tópico dramático para presentarnos un filme sin concesiones al sentimentalismo, a la anuencia realista con la que se enfrenta al espectador a esta incómoda historia de desamparo, creando con excepcional habilidad un retrato naturalista del mundo infantil, ajeno a su incierto futuro. Sin olvidar la génesis de su obra delimitada en el documental, el director trata con sensibilidad a sus pequeños, examinando con lupa cada gesto, cada movimiento, controlando el tempo necesario para el desarrollo del día a día de unos niños descuidados que van evolucionando hacia una insostenible situación de indigencia tanto física como afectiva.
Una historia impregnada de dureza y realismo, pero tratada con delicadeza al describir los estados anímicos por los que pasan sus protagonistas, logrando además su inevitable empatía con el público en la búsqueda del lugar en el mundo de estos chavales; de sus miedos, de sus necesidades, de sus juegos, de su inocencia lisiada por las circunstancias que les toca vivir. Una representación de la niñez construida en el autismo social, creando para sí mismos un espacio propio y autónomo que les servirá de escudo ante la amenaza exterior, de puro instinto de supervivencia.
Desprovista de una estética enfática y rehusando a seguir una línea narrativa impuesta (ya que las acciones vienen dadas por situaciones que surgen de forma espontánea) ‘Dare mo shiranai (Nadie sabe)’ se muestra traslúcida para desglosar el drama entre el lirismo, el silencio y la acrimonia del momento, en una deliberación en absoluto moral sobre el desánimo que provoca la negligencia, la falta de atención, pero que es suplantada por los vínculos familiares en un entorno de libertad y podredumbre que deja en el camino terribles sucesos, hambre, miseria y, en último término, las dificultades más extremas a las que conlleva la imposición de una madurez prematura.
Además cabe destacar al joven Yuya Yagira premiado como mejor actor en el festival de Cannes del año pasado, sin por ello desmerecer el impactante trabajo de los interpretes infantiles Ayu Kitaura, Hiei Kimura y Momoko Shimizu. Una película que deja la difícil mácula de lo imborrable, sin ningún tipo de grandilocuencia, desde la severidad de la emoción sincera.
Miguel Á. Refoyo © 2005