martes, 12 de abril de 2005

Review 'Life Aquatic'

Nostálgicos ‘freaks’ sumergidos
La cuarta película de Wes Anderson es una extraña fábula marina que esconde bajo su humor surreal un drama coral de relaciones familiares y soledad.
Lo primero que hay que decir de ‘Life Aquatic’ es, de entrada, que es una película arriesgada y muy diferente a cualquier fenómeno fílmico visto últimamente en Hollywood, no tanto por el hecho de afrontar una historia desde un punto de vista subjetivamente surreal o extravagante, ni de aportar un universo propio creado desde la más absoluta ambigüedad, incapaz de inscribirse en un género concreto, sino precisamente porque no se ajusta a ningún parámetro analítico, descolocando los criterios que se puedan tener hacia ella a priori e incluso después de haberla visto. Una de las grandes virtudes que tiene esta película, así como el cine de Wes Anderson en general, es que el cineasta reta al público y a la crítica más angosta a replantearse continuamente qué es lo que se está viendo en pantalla.
Como en sus respectivos movimientos artísticos, salvando las distancias, lo hicieran Bretòn, Cocteau, Tzara o Artaud, Wes Anderson destruye lo preconcebido, desformalizando los criterios discurridos, experimentando con el cine, con el arte gráfico, con el drama y la comedia, con todo aquello que pueda hacer delimitar sus películas a un cualquier concepto estipulado. Anderson es un dinamitador, un gamberro que a base de una extraña y innovadora miscelánea está logrando una interesante evolución artística sujeta a un progreso de reafirmación, advirtiendo en todo momento el afianzamiento de un estilo propio y diferente. Su cine expone una de las formas narrativas más transformadoras que han surgido en la cinematografía actual, desarrollando historias que nada tienen de humorístico, pero que reviste de un ingenioso sentido del humor basado en unos personajes desubicados, perdidos en el mundo que les rodea. Un mundo que no les entiende y que, de repente, se vuelve contra ellos. Algo parecido a lo que en más de una ocasión le ha sucedido a este joven cineasta dentro del mundo del cine. Sus tres anteriores filmes, ‘Bottle Rocket’, ‘Rushmore’ y ‘The Royal Tenenbaums’ eran ejemplos de rarezas, de un submundo poblado por una maravillosa fauna alejada de la norma, que luchan y hacen lo posible para que se les comprenda y se les escuche.
El principio de ‘Life Aquiatic’ expone esa lucha honesta de Anderson; en un cine italiano se estrena el último documental de Steve Zissou, un apático oceanógrafo que presenta el documental sobre su último viaje, una expedición que terminó con una terrible tragedia al morir Esteban, su mejor amigo, devorado por lo que parece ser una nueva especie de tiburón. Al término de la proyección, Zissou plantea la técnica de su trabajo ante un número reducido de público (el restante ha abandonado la sala) y afirma que volverá al mar para encontrar y matar a ese “tiburón-jaguar” que acabó con la vida de su colega. Nadie parece creer en su capacidad para volver a sorprender al público, pero el oceanógrafo no está dispuesto a perder la confianza que le ha convertido en un iconoclasta, siendo honesto con su trabajo y su estrambótica metodología. Para ello necesitará la ayuda de su inseparable equipo, su millonaria ex mujer, una periodista que va a cubrir la aventura, un supuesto hijo ilegítimo, un veterano alemán de las expediciones marinas, un brasileño que hace versiones de David Bowie y una aventurera con querencia al ‘top less’, además del resto de la tripulación y los becarios que le acompañan a bordo del Belafonte, una mixtura a modo de ofrenda del Calypso, de Jacques-Yves Cousteau (del que Zissou es un perfecto émulo surrealista) y del célebre Nautilus, de Julio Verne (con el que la búsqueda quimérica de lo inexplorado tiene tanto en común con '20.000 leguas de viaje submarino').
Algo tiene ‘Life Aquatic’ de los dos últimos trabajos de Anderson; si en ‘Rushmore’ Max Fisher (Jason Schwartzman), que al igual que Steve Zisoou, aparece como un genio fracasado por el que se siente inevitablemente compasión, quería construir un descomunal acuario con el presupuesto del colegio en el que estudiaba por conseguir infructuosamente el amor de la profesora Miss Cross (Olivia Williams) y en ‘The Royal Tenenbaums’ la trama giraba en torno a la edificación de una familia sustentada en el patriarca, figura que desempeña aquí el flemático oceanógrafo, sin perder de vista en ningún momento alta carga irónica sobre los sueños frustrados, en ‘Life Acuatic’, Wes Anderson adiciona a su particular cosmos una involuntaria asimilación del metalenguaje fílmico, rodando un filme que se centra en la filmación de otra película ficticia, variante genérica que ha dado un pequeño subgénero dentro del cine. Consciente de que sus personajes transitan por un mundo en el que asumen la irrealidad de sus acciones (paradigmática es la situación en la que Zissou se lía a tiros con los piratas filipinos), la extravagante expedición acuática no es más que la excusa del cineasta para aportar con su subjetividad un mundo propio que desvela a través de una mirada diferente, la de los protagonistas del Belafonte, que sufragan el difícil reto de alcanzar esos acuciosos contrastes sin desistir de esa comicidad esperpéntica y triste, configurada como distinción indisoluble de su devastador estilo.
No nos encontramos ante una película de fracasados, aunque en primer momento pueda parecerlo, sino que con ‘Life Aquatic’ hallamos un melodrama suavizado donde el desencanto de la vida y los objetivos malogrados se ponderan con ese humor absurdo, las insólitas situaciones que rodean la tragedia y el ánimo a partes iguales, despertando éstas la búsqueda de respuestas a ese desaliento y superándolas para descubrir una nueva etapa más esperanzadora de la vida. Los personajes de Anderson no aceptan su condición de perdedores, revelándose contra el amor, la muerte y el fracaso, sin conciliarse con la vida. Y en su posición de resentidos demostrar su ira con una característica infantil propia del crío que reniega ante los problemas, incapaces de afrontarlos, pero que en su final asumen su madurez y recelan de lo insustancial, dando prioridad a cosas vitales más significativas (Zissou entregándole el anillo del 'Club Zissou' al sobrino de su tripulante alemán). Una característica que ha perdurado en la obra de este insurrecto cineasta.
Que la historia de ‘Life Acuatic’ nazca por unas palabras de Seymour Cassell manifestadas en el show de Dan Tana afirmando que le gustaría morir en las fauces de un extraño escualo dan la pauta de hasta qué punto Anderson concibe sus historias. Esta extraña película se origina en el sarcasmo y el delirio personal, pero transitando no sólo en la comedia, sino en el cine de acción más extático, el drama humano sensible, el melodrama perturbador, el documental de naturaleza acuática y el musical más extravagante que tiene como protagonista a Seu Jorge cantando todos los clásicos de David Bowie, como ocurría con las apariciones de Jonathan Richman en ‘Algo pasa con Mary’.
Todo ello bajo esa nostalgia melancólica que se rompe imprevistamente por un humor distante, por momentos muy elegante, en otros socarrón y recurriendo al ‘gag’ (como el ‘humor animal’ con delfines imbéciles y perros tullidos) que vuelve a abandonar para irrumpir de nuevo en el drama familiar, atentando a las imprevistas vacilaciones de unos personajes contradictorios, que no esconden su soledad. ‘Life Aquatic’ es un producto artesanal y emocional, aunque haya acoplado un toque colorista, ‘naif’ e irreal con extraños seres acuáticos creados con la ayuda del gran Henry Selick. Un hecho visible en el Belafonte (diseccionado en homenaje a Fellini), que muestra a un grupo de optimistas marinos los cuales carecen de tecnología (sólo hay que ver el material científico del barco) y que tienen que los robar avances técnicos para llevar a cabo sus investigaciones sobre el ‘tiburón-jaguar’. Pero sigue siendo un pretexto, ya que los descerebrados propósitos del grupo encabezado por Zissou contrasta, no obstante, con el arruinado y nulo panorama familiar que le castiga fuera de los límites sumisos de las labores marinas en un barco que tiene un único apoyo: su admiración al capitán y la nostalgia (consideran que salvar a una marmota en plena Antártica era emocionante) como motor de continuidad en su aventura marítima.
Tal vez lo menos acertado de ‘Life Aquatic’ sea que esa intención de innovar de Anderson determine en alguna ocasión el funcionamiento de todo el engranaje recursivo y, sobre todo, el notable deterioro interpretativo de Owen Wilson, que no está a la altura de sus compañeros. Aunque tampoco es de extrañar. Bill Murray vuelve a demostrar porqué es uno de los mejores intérpretes del cine contemporáneo, ensalzable adjetivo también ajustable a unas excelentes Cate Blanchett y Angélica Huston, siendo extensible tanto a Williem Dafoe como, por ende, a los secundarios de esta tragicomedia coral. Por último hay que destacar la fotografía de Robert D. Yerman que aporta a la puesta en escena de Anderson un reconocible homenaje a las series documentales de divulgación científica de los setenta, estéticamente deudora de ‘Mundo submarino’, la maravillosa serie creada por Jacques Costeau que sirve para presentar a sus roles como parte de esa extraña fauna que va mostrando a lo largo del filme, incluidos en un barco como un hábitat más cercano a un acuario que a un embarcación al uso.
Rareza inclasificable, epatantemente gamberra, melancólica y sombría en ocasiones, repleta de detalles ingeniosos, ‘Life Aquatic’ destila ambigüedad y una extraña belleza que la perfilan como uno de los títulos más sugerentes e incatalogables de este año.
Miguel Á. Refoyo © 2005