sábado, 23 de abril de 2005

El día del libro

Hoy ha sido el día del libro. Pero no debe ser únicamente una distintiva fecha en la agasajar con un ejemplar de la novela más vendida del año, del ‘best seller’ multiventas a la persona querida y quedar así bien. La lectura conviene disfrutarla por placer, por el simple hecho de deleitarse con las páginas de un buen libro, como el acto de comer bien, de ir al cine a ver una buena película, de yacer o aparearse (sexo sin compromiso aconsejado), catar un buen vino, contemplar la belleza en sus más variados ámbitos y formas. El reconstituyente vicio cultural con el cual complacerse a través de una propuesta literaria alimenta de palabras la condición humana, fomenta una fructuosa subvención para alcanzar la extraordinaria posibilidad del enriquecimiento, de amplitud y libertad personal.
La lectura, queridos amigos, es un horizonte de diversión, de albor irradiado que nos permite acercarnos poco a poco a mundos imaginarios, a vidas ajenas, a historias heterogéneas, a una mínima erudición frente a la trivialidad de lo consabido, de las extravíos mentales a los que nos sometemos diariamente. Se dice que la persona que no se introduce en la cultura de la letra queda ineludiblemente incomunicada, por eso debemos abrirnos a la lectura para salir del reducto que supone dejarnos llevar por los mensajes manufacturados que llegan cada día a nuestros ojos u oídos. Las letras de la literatura entran en nosotros como un universo que, sin su consorcio, jamás habríamos llegado a descubrir. Las palabras componen la enjundia de la que el raciocinio se abastece. Y son esos vocablos los que vienen engarzados en la original sintaxis de la literatura.
Vivimos en una sociedad donde se está perdiendo la batalla y el respeto hacia la cultura y la literatura a favor de la estética y la indisciplina, de la necedad y de lo soez, sin elementos realmente interesantes para nuestra vida. Estamos ante una era de ostracismo cultural bastante insatisfactorio. Cierto es que ya no existe ese país que nació literariamente con el mester de clerecía o la literatura aljamiada, que no hay grandes libros como los surgidos en el novecentismo, la comedia benaventina, el existencialismo o en la poesía social, incluso de la literatura de posguerra, pero sigue perdurando esta tradicional literatura y los nuevos y viejos clásicos foráneos y autores actuales que se merecen nuestra atención. Los libros están ahí, al alcance de nuestra mano. Sólo debemos interesarnos por ellos.
Hay que buscar el placer de leer, de descubrir libros que nos sumerjan en un mundo del que no podamos salir hasta acabar de leer. Hay que ejercitar el disfrute de la lectura, no crear una obligación de hacerlo. Se tiene que revalorizar la acción de leer por la pura delectación, para estimular la imaginación y formar un pensamiento independiente y crítico.
Y hoy es un buen día para interpelar por ello.
Mi autoregalo ha sido ‘El castillo de Otranto’, de (autor del que intento ser estérilmente un epígono), un libro que pensé saquearle al familiar que me lo facilitó hace años y que he terminado por comprar y devolvérselo, quebrantando uno de los hábitos más pretéritos de los libros prestados.