jueves, 31 de marzo de 2005

Review SAW

El ardid como entretenimiento
James Wan debuta con la sorpresa de la temporada, una ‘thriller’ moderno que utiliza la trampa y el engaño como sustento de una presuntuosa e inexistente innovación.
Los mecanismos del ‘thrillers’ de la última década y media se han homogenizado desde que en 1991 ‘El silencio de los corderos’, de Jonathan Demme y en 1995 ‘Seven’, de David Fincher, conjugaran un renovado estilo genérico con unas determinadas estrategias posmodernas apoyadas en la truculencia, su fuliginosa gama cromática con tonos desabridos, el impacto atmosférico y angustiantes contenidos ataviados con una narrativa innovadora hallada en argumentos donde el ‘psycho-killer’. El género se reconvirtió en un ‘serial-killer’ que se puso por encima de la omnisciencia de sus predecesoras, del atavismo que se había tanteado, pero que no encontró su paradigma hasta la llegada de estos dos filmes.
A partir de entonces, muchos han sido los simulacros a modo de facsímiles (‘El coleccionista de huesos’, ‘La hora de la araña’, ‘Copycat’, ‘El coleccionista de amantes’…), los que han proliferado dentro del ‘thriller’ mantenido en esos designios, difundiendo clonaciones con rara variación o cambios insignificativos. Estamos ante una época de miscelánea fílmica y de descarado pastiche, y ante esto lo cierto es que no debería despertar tanta sorpresa, y, sobre todo, tan apresurado preeminencia que productos como ‘Saw’ procuren redefinir todo lo expuesto hasta el momento. Hay que reconocer, de antemano, que la violencia de este tipo de filmes acumula cargas sucesivas sin ninguna intermisión al sentido argumental, ni al significado de la gradación, importunando al personal y regenerando lo que se procura como innovador en letárgico, precisamente lo que le sucede a la sobrevalorada ‘Saw’.
Cierto es que este primer trabajo de James Wan se adscribe descaradamente al subgénero de película de psicópatas y que no hay que tomarse en ningún momento muy en serio lo que en ella se ve. ‘Saw’ se inicia con un golpe de efecto (el primero de una larga sucesión), con dos hombres que despiertan encadenados a las cañerías de un mugriento servicio. Arranca de un modo eficaz e inquietante, ya que ninguno de ellos se conocen ni saben por qué están allí. En medio de ambos, el cadáver de un suicida con un arma y una grabadora en sus manos. Como la cosa no da para más, Wan y Leigh Whannell, firmantes del guión, recurren al ‘flash back’ como recurso que ilustre los hechos que den sentido a esta escena. Quince minutos después, curiosamente, saben perfectamente qué pasó el día antes y cómo han llegado allí. Es el primero de los volubles ardides que se van a utilizar a lo largo del metraje. Tras varios montajes paralelos, situaciones estrambóticas, tremebundos asesinatos, la policía sigue la pista a “Jigsaw”, el llamado “asesino del puzzle”, un psicópata que en vez de matar a sus víctimas prefiere situarlas en contextos llevados al extremo que deben superar para sobrevivir si no quieren morir. Por supuesto, aquí entran en juego móviles como la ética, la moral y los principios fundamentales del ser humano, porque el asesino ambiciona profesar una extraña condición de salvador y no de verdugo.
A lo largo de ‘Saw’, el espectador acude a una confusa elucidación sobre las personalidades de los roles (que se engañan entre ellos para despistar así al público –de repente, a mitad de la película sabemos que uno ha seguido un día entero a otro fotografiándole por causas de infidelidad no consumada-), sobre los motivos aparentes que ha utilizado el malvado asesino para crear sus macabras y elaboradas torturas para acabar con la vida de sus anteriores víctimas y de las reglas de un juego que interesa en mínimos intervalos. En la película, todas las víctimas deben afrontar una aterradora alternativa de la que depende su vida. Tal vez la pretensión de Wan era la de ofrecer un nuevo punto de vista del género, dando todo el protagonismo a las víctimas y dejando que la policía quede en un segundo plano, pero no desdeñándolo, no sea que haya que recurrir a ellos para crear subtramas que favorezcan el artificio y poder así jugar con el espectador al engaño.
También cierto tipo de crítica se ha empeñado en comparar este debut con el cine de Dario Argento, tal vez por esa directriz mórbida que despierta ciertas situaciones a partir de las cuales se origina el argumento, también porque su clave reside en la exasperación de un instinto de superviviencia angustioso, contrapuesto a la locura que envuelve a sus víctimas. No obstante, esta comparación es errónea e improcedente debido a que el distanciamiento se hace evidente cuando se define a Argento como un creador a medio camino de lo clásico y lo moderno, preceptor de una dramaturgia sustentada, eso sí, en el asesinato, pero buscando una brusca transgresión de las convencionalismos narrativas del ‘thriller’, cosa que en el filme de Wan no pasa, ya que el joven realizador se encuentra muy cómodo surtiendo de todo tipo de mixturas y argamasas genéricas su filme.
En su faceta artística, el guionista Leigh Whannell, un irreconocible Cary Elwes (que se ha puesto como una foca de gordo), Monica Potter y Danny Glover ejercen su función discretamente, sin ningún alarde que les haga destacar. Por su parte, la puesta en escena y la imaginería de James Wan se define en esos ‘flahsbacks’ de ida y vuelta, en la saturación de colores, en el montaje acelerado o ralentizado (según convenga o mezclados si hace falta), en la música atronadora que pretende incomodar al espectador por lo que él considera muy desagradable, psicológico y terrorífico. Pero no es así. A pesar de una atmósfera opresiva y los constantes alardes de una dirección carente de vigorosidad y eficiencia, este producto independiente (muy barato, gran virtud del filme, ya que no tiene nada que envidiar a cualquier gran producción) se basa en el engaño y que se sustenta en giros de guión que no resisten un mínimo análisis. Y una cosa es jugar a pasárselo bien y otra muy diferente es intentar tomarle el pelo al público.
El aficionado más versado en este tipo de cine está demasiado insensibilizado al cúmulo de exacerbaciones, homenajes sinsentido o los requiebros imaginativos de unos perspicaces guionistas que han tenido la suerte de que ‘Saw’ haya colado como la gran sorpresa del año. Este enésimo nuevo hallazgo del cine de género recurre a la pesadilla como eje de una trama en la que la claustrofobia y el ‘grand guiñol’ dejan un evidente regusto de reincidencia en segmentos de otras películas, donde el acervo visual y argumental es indescifrable en su desarrollo. Vaya, que todo lo que va sucediendo en esta película es inverosímil, como ese final sorpresa que ha desvelado, por imperativo de guión, un personaje (el de Dina Meyer) que se encarga de dar la clave (es previsible si sólo tiene una frase que dice “el asesino siempre se reserva un sitio de lujo para sus atrocidades”) a mitad de la película. La apelación al recuerdo por si el espectador se ha despistado entre tanta trampa, también se da en esta película de moda. Wan y Whannell lo intentan, pero yerran en sus propósitos.
Se dan dos preguntas cuando uno sale de ver el debut de James Wan: ¿‘Saw’ funciona como mero entretenimiento? Por supuesto, se pasan 100 minutos atento a la pantalla con interés ¿Es tan buen ‘thriller’ como se dice? Rotundamente, no.
Miguel Á. Refoyo © 2005