miércoles, 2 de marzo de 2005

Review 'Finding Neverland'

Melancólica visión de la realidad de Nunca jamás
Forster proporciona una lustrosa y solvente narrativa ambientada en la Inglaterra eduardiana para esta historia del génesis de la obra ‘Peter Pan’ por parte de J.M. Barrie.
‘Peter Pan’ incumbe sin duda alguna a la cultura infantil al describir un mágico mundo en el que nadie crece y el inexorable paso del tiempo se detiene por un cosmos de juego y fantasía. Para el adulto, es una obra que lleva a reflexionar a los que van dejando de ser niños, sobre algo que ocupa y preocupa a todas las personas: el riesgo de crecer y llegar a ser quienes somos. ‘Finding Neverland’ es el sorprendente primer guión de David Magee, adaptación de la novela de Alan Knee ‘The Man Who Was Peter Pan’ para la cuarta película como director de Marc Forster tras la maravillosa y dramática ‘Monster’s Ball’.
La historia comienza observando de cerca la figura del dramaturgo escocés James M. Barrie detrás de las bambalinas, escrutando a la refinada sociedad eduardiana de la Inglaterra del siglo XIX. Barrie estrena su última obra y en seguida percibe que será un fracaso. Aún así, su leal productor Charles Forman seguirá confiando en él, pero su mujer, Mary Ansell, adivina la progresiva desatención de su absorto marido. La vida del escritor cambia radicalmente cuando pasea por los jardines de Kensington, con la aparición de la hermosa viuda Sylvia Llewelyn Davies y sus cuatro hijos, en los que Barrie encontrará, además de una fuente de inspiración para su obra, unos singulares compañeros de juegos imaginando historias de vaqueros, piratas y demás fantasías. Es el germen de su inmortal obra maestra: ‘Peter Pan’.
‘Finding Neverland’ recoge el espíritu del personaje creado de Barrie para llevarlo a su propia vida, que transcurre en parsimoniosa cadencia y arteramente aislada de cualquier problema, donde las contrariedades más terribles pueden ser silenciadas con la imaginación, atenuándolas con la candidez de aquel que no quiere sufrir, pero que no se enfrenta a la realidad para superar sus miedos. Es esta esfera de engaño, en la cual transcurre el universo que muestra la última cinta de Forster, supone el círculo cerrado de un hombre lacónico, extrañamente infantilizado, ajeno a los problemas que le rodean. El James M. Barrie creado para la ocasión es, más que nunca, el del Niño Eterno por excelencia que está sumido en un mundo ficticio, justificado en la falta de madurez afectiva respecto a su esposa.
También creativa y personalmente, existen formas claras de inmadurez en las que destacan la inseguridad, la falta de confianza en uno mismo y la autovaloración negativa e inadecuada. Por eso, la escala narrativa pone de manifiesto la idea de un Barrie que va madurando como persona a la vez que escribe, de un modo invisible, una historia para que los niños puedan vencer su miedo a hacerse mayores y afrontar así sus problemas, miedos, alegrías y descubrir, representando o inventando su propia identidad, perceptible cuando George (Nick Road) está preparado para hablar con su madre de la enfermedad de ésta.
La decisión de desdeñar la parte más siniestra y tenebrosa de la obra de James M. Barrie, responde al difícil reto de ir conjugando la progresión dramática en la elaboración de la personalidad de los niños y de él mismo. Pero lejos de un aparente endulzamiento colorista, ‘Finding Neverland’ es una fábula triste y melancólica, donde aunque la magia carezca de luminosidad y se acuda a una conseguida mezcla de fantasía con la calidad heroica del chico que no quería crecer, Forster no rehuye el drama ni los conflictos personales que rodean a todos sus personajes; ya sean las carencias afectivas o paternales, la enfermedad, el adulterio o la intolerancia de quienes van creando paulatinamente ‘Peter Pan’. Hay quien acusa al director y al guionista de cierta sumisión y esquivamiento de los oscuros aspectos en la vida figura del escritor, echando en cara la disposición a evitar los malévolos comentarios vertidos sobre alguien que pasa más tiempo con niños que con el resto de la sociedad repudiando a su vez a su esposa por una viuda que accede a entrar en su mundo.
Sin embargo, todo está presente en la película. Sir Arthur Conan Doyle (interpretado fugazmente por Ian Hart) le aconseja dejar de andar con niños, pues la aristocracia y sus lectores hablan acerca de temas impúdicos, ante lo cual Barrie, molesto, parece no darle importancia, superponiendo su inocencia y la de los infantes y su madre a las habladurías de la gente. La burbuja social y personal del escritor es, en todo momento, la clave de una película que motiva ciertas implicaciones con el extraño comportamiento del personaje. Hablando de una historia como ‘Peter Pan’ y su fabulación melodramática, el mundo en el que se concibió no podía ser de otra manera que no fuera mostrando a un Barrie enamorado de la familia, aunque de una manera asexual, ya que los vínculos creados entre la mujer y los niños son terapéuticos, sirviendo éstos como lenitivo de sus respectivas heridas emocionales. Aunque es de reconocer que se echa de menos un poco más de hincapié en el proceso de creación del libreto que tanta descripción detallista en las relaciones que inspiraron el relato.
La percepción que se tiene del Barrie de ‘Finding Neverland’ es la de un hombre idealizador de las cosas y los sentimientos que alguna vez enalteció en su pasado el amor por una mujer que prefirió acomodarse en la aristocracia a pretender entender a su especial marido. En esa idealización imaginativa, con la obsesión por los niños de Sylvia, se deduce la respuesta de la personalidad del escritor: la motivación que le lleva a actuar como un niño, que no es otra cosa que la muerte de su hermano y la suplantación éste ante su madre, perdiendo así su propia infancia e identidad. Es entonces cuando la joven madre oye hablar de Nunca Jamás, transmutada al deseo de la futura Wendy de su obra. Su fanatismo sagrado que afecta un nivel confidencial se revela cuando hablando con su productor teatral vislumbra la magia de una sonrisa infantil, necesaria para el entendimiento de la obra que cambió su vida.
Para ello es fundamental la sobriedad con la que Johnny Depp acomete uno de sus roles más logrados, al realizar una contenida y sutil interpretación de un ser torturado, mágico y hechizador. Una composición (merecidamente nominada al Oscar) que encuentra la mirada cómplice de un extraordinario elenco infantil que sabe transmitir el afecto mutuo que se establece entre el escritor y los niños. Cabe destacar la afinidad con el pequeño Freddie Highmore, que da vida a Peter, el chiquillo menos crédulo y más escéptico de la familia, intercambiando sus estatus donde un adulto quiere ser niño para evadirse de sus problemas y el niño quiere crecer para no sufrir. Kate Winslet vuelve a estar a la altura, como siempre, esta vez acompañada de una envejecida Julie Christie y una siempre eficaz Radha Mitchell.
Forster proporciona así una lustrosa y solvente narrativa ambientada en la Inglaterra eduardiana de comienzos del siglo XX, gracias a un estimable trabajo de fotografía atenuadamente colorista Roberto Schaefer y el diseño de producción de Gemma Jackson que recrea a la perfección la atmósfera agridulce británica de la época. Un entorno ideal para reflejar la crisis profesional y personal de Barrie, quien termina hallando su inspiración literaria y vital en el amor de una familia curtida por la adversidad. Hay quienes se empecinan en señalar las libertades que David Magee se ha tomado a la ahora de adaptar la historia literaria a su guión, ya que en el libro el padre de los Llewelyn Davies aún está vivo y la enfermedad de su mujer no es un factor determinante, pero visto el resultado que Marc Forster ha mercedio la pena, porque ha conseguido ilustrar, con una sensibilidad incontestable, la verdadera finalidad de Barrie, obligando en su mensaje final a entender lo que significa vivir de verdad y abodar el paso del tiempo como evento ineludible al nadie puede escapar. Lírica y sensible, ‘Finding Neverland’ ostenta un ajustado equilibrio entre realidad y fantasía, con un estilo (para bien o para mal) algo edulcorado, que pese a un plausible manejo de las emociones no pierde de vista su afán melodramático y consigue una película de admirable sensibilidad. Una auténtico placer tan conmovedor como recomendable.
Miguel Á. Refoyo © 2005