martes, 18 de enero de 2005

Review 'Alexander'

Pésimo circunloquio histórico
Oliver Stone desperdicia su oportunidad de brindar lo mejor del cine épico para formular un file artificioso, exagerado, paupérrimo y rácano.
‘Alejandro Magno’ podría haber supuesto el regreso de un controvertido cineasta como Oliver Stone a los mejores designios de una filmografía en visible decadencia desde hace más de una década. El descomedido presupuesto dispuesto para llevar a cabo la biografía del gran conquistador macedonio era la oportunidad idónea para el reencuentro de Stone con el cine de calidad, épico y comercial que le permitiera salir de su particular crepúsculo creativo. Pero no ha sido así. Oliver Stone lleva mucho tiempo perdido en su ombliguismo, en su megalomanía, en el personaje que ha creado más allá de su condición de director de cine. Su pretensión de reconvertir esta onerosa superproducción en una película histórica, fiel y emocionante le ha salido francamente mal, frustrada por la poca solidez que ha mostrado a la hora de desplegar una producción que le ha venido grande después de haber concedido a Fidel Castro dos documentales sobre la figura demagógica, elocuente y dictatorial del líder comunista.
Alejandro nació en Macedonia en la ciudad de Pella (actual Grecia). Era hijo de Filipo II, rey de Macedonia y de Olimpia, hija del rey de Epiro Neoptolomeo. Educado por Leónidas y Aristóteles, ferviente lector de Homero, desde muy temprana edad mostró gran interés por el Imperio Persa e invadió Macedonia, sumando a ella todo el mundo conocido en aquella época. Magno es considerado la mayor figura política de la Antigüedad, un gran estratega militar y creador del mundo helenístico, donde la cultura clásica se vio enriquecida con las aportaciones orientales. Una carrera frustrada por la prematura muerte del imperialista.
Con estos conceptos históricos, Stone lo tenía todo para hacer la película más personal y trascendente de su vida, pero la colosal maniobra se le ha escapado de las manos a un cineasta que sigue empeñándose en mostrar su signatura y personalidad en cada plano, jugando con gamas cromáticas cuando le viene en gana, disponiendo la narración de forma torpe y desvinculada de cualquier equilibrio y perdido en sus delirios de grandeza. Algo que le equipara a su personaje, pero que sigue dejando claro su absoluta incapacidad. Más si es para retratar con coherencia la excepcionalidad de un personaje como Alejandro Magno.
Presentada como una insulsa soflama heroica, siempre obsesiva, sobre los pilares que sustentan el poder y los riesgos que éste supone, la cinta empieza en un pasado que administra a modo de ‘flashbacks’ la historia del conquistador por medio de Ptolomeo, narrador personificado por Anthony Hopkins, cronista de gran obviedad y mediocre redundancia en lo que se quiere detallar. Es el primero de los errores en los caerá Stone a lo largo de un filme al que le sobra didactismo, excesos de todo tipo, en los cuales la licenciosa grandilocuencia marca el estilo infantil y engorroso de todo el metraje. ‘Alejandro’ se sitúa para ello en un cine rácano en batallas, escaso de inteligencia y espectacularidad, como la que se espera de una historia centrada en el mayor conquistador de la historia.
Stone prefiere centrarse en la visión enfática del personaje, circunscrito a una pátina de declamación, de tesis visual erigida como supuesta historia en manos de un realizador petulante, megalómano, como casi todos los personajes de su filmografía. Al mismo tiempo, el filme se hace eterno, indefinible, sobre todo por su imposibilidad de condensar el metraje. Por ejemplo, en los lapsos de la infancia traumática de Alejandro con sus padres, las ridículas lecciones del gran Aristóteles a sus ya amanerados pupilos, el recorrido histórico a la mitología que hacen Filipo y su hijo, la doma de su fiel caballo Bucéfalo, su ilimitada ambición por conquistar, la muerte de Filipo que viene dada en un regreso atemporal que no viene a cuento. Y así, hasta llegar a la monotonía. Todo está trabado y resulta soporífero, a lo que se adiciona la rimbombante música de Vangelis.
Stone tiene como finalidad mostrar al hombre que había detrás del conquistador, al individuo atormentado desde su infancia, con la importante presión psicológica que ejercieron sus progenitores sobre él, a los que odia y ama a partes iguales, sin prestar mucha atención al ámbito bélico (sólo a las necesarias, obligado por el género en que se inscribe y el dineral que ha costado), cediendo el protagonismo al cosmos filogay que escondía el mundo heleno pretérito, dilatándose en las pasiones exacerbadas, en el débil carácter de un líder fortificado con el tiempo. Es ahí el lugar de mayor desacierto, en la relación entre Alejandro y Hefestión, siempre patente y redundante, pero nunca definida en su totalidad, posicionándose de forma subvertida en la bisexualidad del macedonio, pero sin el valor suficiente para explicitar lo que sugiere. La relación entre ambos podía haber quedado definida por algún retazo explícito, y así poder ajustarse más en la vida y milagros del conquistador, pero termina redundando absurdamente en breves abrazos de colegas y frases ambiguas. Algo lamentable.
‘Troya’, de Wolfgang Petersen hizo bien en dejar a un lado el vínculo sexual entre Aquiles y Pátroclo si tenemos en cuenta el resultado de todo ello en esta patraña de Stone, pertinaz en la predisposición a un cierto exhibicionismo de la doble orientación de Alejandro, que concluye en un tratamiento superficial del asunto. Si tanto le interesaba esta pasión recíproca entre el macedonio y su general, poco se ha notado en el filme a la hora de representar la muerte de Hefestión en Ecbatana, cuando el imperialista, atormentado, derribó el templo de Esculapio, mandó apagar los fuegos sagrados de toda Asia e inmoló sobre su tumba a los coseos, que se habían sublevado por aquellos momentos. A Oliver Stone eso no parece importarle porque lo ha obviado.
De hecho ‘Alejandro’ es un deplorable curso avanzado de historia antigua para niños, ya que se toma licencias de toda índole, escarneciendo las batallas de Gaugamela, donde 50.000 griegos se enfrentaron a los 250.000 persas de Darío y la que acontece contra el rey Poros y sus elefantes, los macedonios tenían mapas en latín y Alejandro escribe las cartas a su madre en inglés. Al director le sobra con mostrar y alargar la muerte de Clito en manos de Alejandro, pero excluye los asesinatos de Parmenio o Calístenes, reincidiendo sin embargo más de una vez en el día en que Filipo fue asesinado por Pausanias, pero hace desaparecer la sublevación de Grecia llevada por Demóstenes. Tampoco hay rastro de los tribalos, getas e ilirios que también quisieron la invasión de Macedonia antes que Alejandro.
La película podría haber encontrado sus mayores virtudes en la progresiva identificación de Alejandro con los elementos persas que se señalaron no sólo en el origen oriental de las tropas reclutadas y en el nombramiento de sátrapas para el gobierno de las regiones conquistadas, sino también en su propia vida personal, cosa que a Stone interesa, que ambiciona mostrar, pero le vale con meter con calzador el matrimonio con Roxana según el rito iranio y exigir a los macedonios que le saludaran postrándose ante él según el gesto de adoración que los persas realizaban ante sus reyes.
En ese terreno es donde se comprueba el insustancial tratamiento de los personajes, de una futilidad exagerada, que desluce cualquier personaje secundario, todos de ellos mal dibujados, convirtiendo las conquistas del protagonista en banales, muy lejos de los sueños de grandeza que iluminaron los días del héroe macedonio, ilustrados en la pobre imagen de los hoplitas griegos atravesando la selva india, que resulta de lo más ridículo visto en el cine bélico e histórico moderno (y sin entrar en detalles sobre la planificación de la batalla y los elefantes). Ni siquiera una estupenda Angelina Jolie, muy por encima de un histriónico Colin Farrell y del resto de secundarios mal aprovechados (Val Kilmer, Christopher Plummer, Jared Leto, Jonathan Rhys Meyer y Rosario Dawson (¡¡qué tetas, madre mía!!), hace que el espectáculo sea un tanto digno.
Si a eso le añadimos la habitual e insistente capacidad de Stone para promover lo que él cree que son nuevas y lúcidas formas narrativas, ya sean argumentales o visuales, con un abuso de la estética convulsa y policromática, tenemos un filme rácano en interés y épica histórica, pretencioso en su encopetamiento formal con su plétora de lentes y ópticas (el filtro enrojecido y lisérgico de la batalla final es vergonzante), la carencia de ideas a la hora de poner en práctica la dinámica de las escasas y mal llevadas batallas y su exigua coherencia en la digitalización de las masas o la creación pixelada de los fondos de Babilonia perfilan a ‘Alejandro’ como un filme pobre y errático, que adopta un extraño y antitético trasfondo de deslustrado y marchito cine rancio, de serie B. Algo que no entraba en los planes de este arrogante cineasta que ha desperdiciado una millonada para confeccionar una cinta artificiosa y exagerada. Una teatralización hiperbólica de la Historia demasiado cara y aburrida.
Miguel Á. Refoyo © 2005