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jueves, septiembre 30, 2004
El jurado de la citada convocatoria ha acordado seleccionar para participar en el Certamen Nacional que celebraremos en Murcia el próximo Noviembre a los siguientes cortos: 'Telepapaya, dígame', de Tomás Gimeno Ramallo 'Portal Mortal', de Aritz Moreno y Sergio Prieto 'Bajo la mesa', de Oscar Rayuela Casen 'Llamada perdida', de Eduardo G. Marín 'Compartimento 5', de Jaime Alonso 'Destination: Journey', de Guillem Ayats Bartrina 'Caminando solo', de Manuel Abrisqueta 'El límite', de Miguel Á. Refoyo 'Sirenito', de Marisa Crespo y Moisés Romera 'Runner', de Gabriel Martin Rodriguez Por fin, amigos. No veáis lo contento que estoy. Esto me da ánimos para seguir mandando el corto y ahora sé que hemos hecho un buen trabajo. Eran más de 200 trabajos presentados y nos han seleccionado. No será la primera vez, ya veréis. De ganar no hablo, porque nunca hicimos el corto para ganar premios. Sólo el hecho de haber sido seleccionado en este festival (uno de los que más dinero ponen en los premios) es toda una satisfacción.
Este fin de semana lo celebraré por todo lo alto, en el Pani.
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Desde que vi ‘Cronos’ (una de mis películas favoritas) he considerado a este mexicano uno de esos directores capaces de hacer que el cine se convierta, por arte de magia, en adrenalina, en acción sin freno, en diversión desmedida. Un director capaz de transformar en espectáculo cualquier idea que pueda parecer absurda. Su vida, rodeada de vampiros, monstruos y demonios han labrado una genial forma de ver el cine comercial que recoge el arte ancestral del México más cronista con la acción, el entretenimiento y la fastuosidad del Hollywood más digital. Genio y figura cinematográfica, Guillermo Del Toro ha labrado una carrera internacional rindiendo culto al más clásico cine de terror. A Guillermo le conocí durante el Festival de Cine Fantástico de San Sebastián de 1998, cuando presentaba en calidad de productor la cinta ‘Un embrujo’, de Carlos Carrera. Una bella historia de amor entre una profesora madura y su alumno adolescente. Realmente, para qué coño ser lírico, era la historia de un ‘pichabrava’ con todas las de la ley. La película me gustó, sin más. Una adornada y bastante sensual historia entre Felipa y Eliseo, un chavalín que trae a la profesora por la calle de la amargura durante distintas etapas de sus vidas. Una historia de amor iniciático con descubrimiento carnal, encuentros y desencuentros debido a la diferencia de edad entre ambos. Bueno, pues durante aquel festival se pudo ver al orondo Guillermo, o al ‘Gordo’ (que es como le llaman en México –o eso me contó él-), paseando por los pasillos del María Cristina, en el casco viejo de la ciudad, asistiendo a multitud de sesiones de Zabaltegi, incluso hablando con la diosa minúscula Salma Hayek en un par de ocasiones (la tuve a menos de un centímetro de mi cuerpo). Un día, saliendo yo de recoger mis ‘press-books’ de la sala de prensa me encontré al señor Del Toro reposando en un banco de la Plaza Okendo, relajado y mirando hacia la nada. Parecía un tanto aburrido, así que decidí que ése sería un buen momento para hacerle una pequeña entrevista, ya que no había pedido una formal dentro del festival. Ni siquiera sé si estaba anunciada su presencia. Pero allí estaba. Aquel tipo de negro me negó la entrevista. En un principio me pareció muy cabrón, porque lo dijo todo convencido: “No, güey, una entrevista no”. Pero no fue todo. Ante mi mueca de decepción y antes de que yo dijera nada, el amigo mexicano me tenía reservada una sorpresa que nunca olvidaré. Hizo algo que se quedará para siempre en mi memoria. Guillermo del Toro, al que yo tanto admiraba por ‘Cronos’ y ‘Mimic’ me ofreció dejar las entrevistas para otro momento y me invitó a una tarde memorable de pinchos, plática monográfica de cine y literatura de terror y algunos secretos de su vida y milagros. Durante más de dos horas y media, el gran cineasta, visiblemente con ganas de apagar su aburrimiento, me contó su vida entera. Me contó esa historia que tanto le gusta contar en las entrevistas formales, aquella que reza que cuando apenas era un niño de tres años y su universo se reducía a una tenebrosa habitación en Zapopan, en Jalisco, hizo un pacto con los monstruos que rondaban su cuna y le hacían mearse en la cama; si ellos no le asustaban más y le dejaban ir a hacer pis, se convertiría en su amigo para toda la vida. Los monstruos aceptaron la propuesta y él les ha conmemorado en cada película que ha podido realizar. Por eso en el cine de Guillermo del Toro sólo existen fantasmas, vampiros, bestias, demonios o cucarachas gigantes. Entre pincho y pincho y cerveza, zuritos y demás ágapes que nos metimos entre pecho y espalda, hablamos de su herencia: 3.000 libros de terror apilados en una casa cerca de Jalisco que le dejó su abuela cuando murió, compartimos fanatismo por las historias del Santo Enmascarado de Plata, de cómo funciona el sistema de producción en Hollywood (no estaba muy satisfecho de su aventura americana con ‘Mimic’), de cine ‘gore’, pero también de Juan Rulfo, de algo de literatura y pasiones compartidas, pero sobre todo de mucho cine. Una de las cosas que me sorprendieron fue lo muy disgustado que estaba entonces con la crítica mexicana ‘chingona’ que no trató muy bien a Del Toro en sus comienzos. Me comentaba que a los críticos de su país les cuesta trabajo aceptar la idea de que existe un director capaz de tener éxito en Hollywood. Fue entonces cuando me reveló sus dos grandes sueños cinematográficos que eran adaptar ‘Hellboy’ al cine (algo de lo que estuvimos hablando bastante, porque entramos en el terreno ‘cómics’) y hacer la primera película con garra del universo de H. P. Lovecraft, en este caso adaptar ‘Las montañas de la locura’. Acabamos medio borrachos, hartos de comer bien y hablando de grupos de narcofrontera como ‘Los tigres del norte’ o ‘Los tucanes de Tijuana’. Pagó todas las rondas de chiquitos, cervezas y pinchazos donostiarras al saber que yo era un pobre aspirante a todo y que no tenía un duro para nada. Se despidió con “ya nos veremos güey. Ha estado muy chido.” Y se perdió desapercibido entre la multitud de fans coléricos que esperaban ver a Banderas, que ese año presentaba ‘La máscara del Zorro’. Espero volver a platicar con tan inmenso cineasta (en todos los sentidos). Para mí Guillermo del Toro es, sobre todo un gran tipo, un genio de nuestro tiempo.
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El demonio rojo al servicio de la ley Hace una década, Mike Mignola, uno de los mejores creadores de cómics, decidió hacer una apuesta creativa y explorar sus propios impulsos narrativos. Cuenta el propio Mignola que se hizo la pregunta: “¿qué pasaría si un demonio creado para imponer el Mal fuera readaptado al Bien y luchara contra otros monstruos?” Así nació ‘Hellboy’, que cubrió la ambición de toda una vida y dio al mundo del cómic uno de los personajes imprescindibles en la historia moderna del mundo tebeístico. A principios de los años 80, tras graduarse en la California College or Arts and Crafts, Mike Mignola se trasladó a Nueva York y consiguió trabajo entintando algunos títulos para la todopoderosa Marvel en prestigiosos títulos como ‘The Incredible Hulk’ y ‘Alpha Flight’, donde tuvo la oportunidad de empezar a dibujar atrayendo en seguida la atención de sus propios compañeros de profesión más que de los lectores. Por aquella época sus inclinaciones gráficas oscilaron entre sus influencias más destacadas y confesas: Jack Kirby, Bernie Wrightson, Jim Steranko y Rick Bryan. Paulatinamente, Mignola empezó a abrirse un hueco en el mundo con ‘Las Crónicas de Corum’, donde empezó a desplegar visualmente sus preferencias adaptando novelas de Michael Moorcock. Desde ese momento, Mignola pasa a ser una de las referencias más importantes en la industria, uno de los autores más prestigiosos del panorama del cómic americano. Su trabajo, imitado y seguido por muchos autores, destaca por un dominio absoluto del claroscuro, de la composición y de la síntesis de las figuras. Su trabajo, antes de llegar a la consolidación de ‘Hellboy’ en 1993 para Dark Horse Comics, se desarrolló en editoriales como First, la mencionada Marvel y DC Comics, generalmente dibujando superhéroes. ‘Superman: World of Kripton’, con guión de John Byrne, ‘Batman: luz de Gas’ para DC Cómics o ‘Lobezno: aventura en la jungla’, de Walter Simonson, dieron paso a ‘Fafhrd’ y a la novela gráfica ‘Iron Wolf’, con guiones Howard Chaykin que acabarían con su etapa de superhéroes para otras compañías. Son algunos ejemplos que han hecho que Mignola se convirtiera en uno de los creadores más importantes del Noveno Arte. A partir de 1992 las disputas con Marvel y DC le hacen fichar por Dark Horse, creando el sello Legend, que funda junto a su amigo Arthur Adams y varias figuras relevantes del panorama del cómic en USA como John Byrne, Frank Miller, Geof Darrow, Art Adams y Paul Chadwick. 1993 supone un año importante para el guionista y dibujante, ya que aparece la primera historia de ‘Hellboy’, contando con la ayuda de John Byrne a los guiones para la primera miniserie ‘Semilla de destrucción’, quien le animó a que realizara los guiones él mismo, cosa que ha hecho en todas las historias siguientes del personaje, que ha continuado realizando ininterrumpidamente y prácticamente en exclusiva desde entonces hasta la actualidad. ‘Hellboy’ fraguó el sueño de muchos dibujantes de cómics: crear un personaje propio, inventar sus guiones originales y dar rienda suelta a su estilo, abundante de dibujos de ruinas, seres pétreos y fríos, casas victorianas, solemnes monstruos y malvados nazis. Una fantástica mezcla los monstruos sobrenaturales de las novelas de H.P. Lovecraft, las leyendas populares y los mitos célticos en un cómic de misterio y acción. El book ‘El gusano vencedor’ de ‘Hellboy’ cerró una fase en la vida del personaje. Desde entonces y hasta la llegada de ‘The Island’ (que continúa donde quedo ‘El tercer deseo & El asombroso Cabeza de Tornillo’, con Hellboy flotando en el océano) el investigador paranormal dará un cambio de vida, ya que entre la marcha de Hellboy de la Agencia de Defensa e Investigación Paranormal y la nueva película de Del Toro han hecho que el personaje tenga perspectivas de seguir luchando contra el mal en la gran pantalla y el cómic, hecho que parece incrementar su carrera en esta fase con la publicación de un libro titulado ‘Art Of Hellboy’, que cubre los diez años del demonio de Mignola desde su creación. En el libro se puede ver material que no se ha visto nunca en ninguna parte, sumando las portadas de todas las series anteriores en os diversos países, artes finales que no fueron usados, ‘sketches’, bocetos, anotaciones y más.  Además Mignola tendrá que dar a luz una prometida historia en una antología sobre casas embrujadas ‘Hauntings’. Tras esto, Dark Horse ha anunciado una nueva serie limitada protagonizada Hellboy, pero en el que no estará implicado Mike Mignola y que llevarán a cabo Cassaday, Pearson, Maleev, Leinil Yu, JH Williams, mientras que el equipo diseñador de la película, TyRuben Ellingson, William Stout & Dave Stevens van a contribuir con ‘pin-ups’. Scott Allie, editor de Dark Horse, ha explicado que este proyecto de 13 números sin Mignola se ha producido por petición del propio creador al involucrarse personalmente en la película de Guillermo del Toro (con el que ya prepara una secuela –que seguro que acaba en trilogía-) y descansar así del mundo del cómic. La historia Durante una de las sesiones esotéricas organizadas por Hitler en tiempos de guerra se invocó el 23 de diciembre de 1945 a un ser del más allá conocido como Anung, Un Rama, rebautizado como Hellboy, para que les ayudase en la Guerra; el programa fue denominado ‘Proyecto Ragnarok’. La Agencia de Defensa e Investigación Paranormal, grupo clandestino de las fuerzas aliadas lideradas por el profesor Broom consiguió que Hellboy entrara a formar parte de una insólita familia que incluye al telepático ‘Mer-Man’ Abe Sapien y Liz Sherman, una científica con cualidades pirocinéticas. Aunque viven ocultos de la misma sociedad a la que deben proteger, su misión es luchar contra el malvado Grigori Rasputin, quien trata de arrastrar a Hellboy a las tinieblas y utilizar sus poderes para provocar el Apocalipsis. A pesar de sus oscuros orígenes, Hellboy se convierte en un inesperado defensor del bien, luchando contra las fuerzas del mal que amenazan nuestro mundo. A diferencia de la mayoría de los héroes de los libros de cómics, Mignola diseñó ‘Hellboy’ como un tipo normal de clase trabajadora, incluyendo a su faceta de ser indestructible, cualidades que humanizaran el rol y le hicieran identificable con el lector, creando así un punto de inocencia y timidez que hace de este monstruo rojizo un demonio cercano y amable. La película El mexicano Guillermo del Toro ha hecho realidad uno de sus sueños llevando a la gran pantalla el cómic ‘Hellboy’, transformado por su ambición visionario en una película de acción y aventuras sobrenaturales, basada en la tira cómica de Mike Mignola. Hace unos años, el director mexicano Guillermo del Toro se enteró de que existían planes para hacer una película basada en Hellboy. Del Toro comenta: “me había vuelto adicto al cómic, por eso cuando me enteré de que iban a convertirlo en una película, peleé muchísimo para conseguir estar en la sala de reuniones y poder decir 'Yo soy el tipo que puede hacer esta película”. ‘Hellboy’ es una de las películas más esperadas de la temporada y está interpretada por un elenco de actores que incluye a Ron Perlman dando vida a Hellboy, Selma Blair, Jeffrey Tambor, Karel Roden, Rupert Evans y John Hurt. Desde las primeras conversaciones con los productores Lawrence Gordon y Lloyd Levin, la pasión de del Toro por el material estuvo muy clara: “No sólo teníamos un gran respeto por su talento, que ya había demostrado como cineasta, sino que nos dejó impresionados con su conocimiento del cómic y su entusiasmo. Es como si hubiese estado allí, en la habitación de Mike todos los días desde que se inventó el personaje”. Curiosidades sobre el filme - A Guillermo del Toro le impusieron dirigir ‘Blade II’ como condición indispensable para rodara ‘Hellboy’. En aquel momento, el director mexicano era una de las opciones para dirigir ‘Harry Potter y el prisionero de Azkaban’. - En una reunión para discutir detalles de la película, Mike Mignola y Guillermo del Toro decidieron revelar el nombre del actor que cada uno consideraba para el papel de ‘Hellboy’, la sorpresa fue que los dos coincidieron en que tenía que ser Ron Perlman. En un principio los productores pensaron en Vin Diesel o ‘The Rock’. - La película toma su historia de varias historietas de Hellboy. La mayor parte viene de uno llamado ‘Semilla de destrucción’, y el resto es tomado de unas historias cortas como ‘La mano derecha del destino’ y ‘Despierta al demonio’. La película también le brinda unos pequeños homenajes a dos historias: ‘The Corpse’ y ‘Pancakes’. - Cameos: atentos también a las breves apariciones de Mike Mignola y Guillermo del Toro. El creador del comic sale vestido de caballero medieval en medio de una multitud disfrazada en la escena de la amenaza de Sammael. En la misma escena aparece el director del Toro disfrazado de dragón. Por desgracia, Santiago Segura también tiene su momento de gloria como conductor del metro. - En un momento de la película, durante un ‘flashback’ de Liz, se puede ver un edificio que se llama ‘Mignola Plaza’. El metro y el monstruo de ‘Mimic’ y el tarro con el feto de 'El espinazo del diablo' (algo que obsesiona a Del Toro), también tienen su espacio como homenaje a sus anteriores filmes. - Del Toro presta sus gruñidos poniendo gorgoritos y voz al Hellboy Baby, a Sammael, al zombie ruso Iván y al indestructible nazi Kroenen. Vamos, que ni Carlos Latre. - Perlman tardaba cuatro horas en el departamento de maquillaje para lucir como Hellboy. - En total hay unos 900 planos con efectos digitales en ‘Hellboy’. Recomendación ‘Hellboy’ es una película de la que no hay que salirse de la sala antes de los títulos de créditos, ya que tras estos hay ‘sorpresa final’. Advertido queda.
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miércoles, septiembre 29, 2004
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Serie B de ‘grandes dimensiones’ Russ Meyer se caracterizó por las comedias sediciosas basadas en la libertad y la independencia, abusando del icono de la ‘Pin Up’ de pechos enormes. El pasado 22 de septiembre fallecía a los 82 años de edad y sin que muchos medios se dignaran a hacerse eco de la noticia Russ Meyer, uno de los cineastas de la serie B más importantes de la historia del subgénero. Janice Cowart, portavoz de su empresa, RM Films International, explicó que Meyer sufría de demencia y que su fallecimiento se debió a una neumonía que no pudo superar. Meyer fue el exponente más característico de un cine independiente norteamericano que mantuvo su éxito al margen de las grandes productoras. El llamado cine de serie B, en su vertiente más disoluta y atrevida, tuvo su figura más prominente en este hombre nacido en San Leandro (Oakland, California). Apasionado desde muy pequeño a la fotografía y al cine, sus primeros trabajos se encuadran en el terreno de la publicidad. Meyer, atendiendo a un anuncio de ‘Signal Corps’ del ejército americano, se vio metido como corresponsal de guerra en la II Guerra Mundial. Con el rango de sargento, obtenido con sólo 19 años, el inquieto Russ Meyer recibió cursos de cámara cinematográfica por medio de la Kodak y la MGM. Algunas de las escenas rodadas por Meyer en la Gran Guerra figuran en la película ‘Patton’, de Franklin Schaffner. Curtido en la Era Dorada de la televisión norteamericana, donde trabajó como operador, montador y técnico de sonido en prestigiosas series como ‘El fugitivo’, ‘Perry Mason’ o ‘Rawhide’, Meyer abandonaría su trayectoria catódica por una obsesión transmitida por el fotógrafo Don Ornitz, que le metió en la cabeza lo que sería el núcleo central de la obra del cineasta: las chicas ‘Pin up’ con enormes senos. Así es como Meyer comienza a ejercer como fotógrafo de las revistas ‘Beauty and the camera’, ‘Photography glamour’ y la naciente ‘Playboy’, uno de sus trabajos más reconocidos y por el que saltó a la fama por sus excelentes fotos de calidad. Durante este periplo, el peculiar realizador consuma pictoriales a estrellas del momento como Anita Ekberg, Gina Lollobrigida, Jayne Mansfield, Mamye Van Doren y otras chicas de opulencia mamaría tan en boga en los 50 y que Meyer trasladaría a sus películas ampliándolas hasta su último término, haciendo de esta extraña y morbosa afición el que será signo de su informal cine de culto. El director tardará poco en caer en las redes del cine, debutando en 1959 con la convencional ‘The French Peep Show’, una pequeña filmación semidocumental sobre un espectáculo sarcástico en torno al sexo (una especie de ‘Freak Show’ propia de aquellos años). El valor de Meyer en este terreno se extrae de la inventiva y el riesgo de un planteamiento formal nunca visto hasta el momento. De algún modo, los inicios del director son decisivos para un género que, en gran parte, le pertenece: el ‘Nudie’, ese género que Michel Caen calificó en la revista francesa Midi-Minuit como “una combinación barroca de las revistas Mad y Playboy”. Su siguiente filme ‘The inmoral Mr. Tears’, se convertiría en un hito del cine independiente debido a que, fundamentándose en el ‘Nudie’ libertino y lleno de erotismo y humor negro, fue considerada la primera película erótica que salió del ‘gueto’ especializado para conocer la exhibición en los grandes circuitos. El cine de Meyer siguió siempre una misma constante que llevó siempre rigurosamente a lo largo de su profusa obra. Resuelto y cáustico, Meyer supo abrir las puertas de la permisividad, de la hipocresía que siempre ha rodeado al sexo en Estados Unidos, dinamizando el erotismo hasta conseguir el puro ‘slapstick’, al terreno más ‘camp’ y mugriento del ápice sexual. Se testifica que fue el propio director quien, con sus películas sediciosas e inteligentes, destruyó el infausto ‘Código Hays’ que tanto daño hizo al cine y al mundo del cómic en los 50. Todo un logro en favor la libertad y la creatividad de un género tan denigrado por la crítica y el público. A pesar de que todos esperaron que Meyer se consolidara como el preceptor del ‘nudie’ e indagara en la serosidad a la que conllevaron una proliferación exagerada de este tipo de cine (para entendernos, el ‘nudie’ era como aquí la ‘españolada’, pero con las evidentes singladuras), el insurrecto cineasta estaba inmerso en otros caminos formales y temáticos, evolucionando un tipo de filmes con la fuerte impronta personal que acabaría apartándole del cine erótico tradicional. En la filmografía de Russ Meyer, la acción suele transcurrir en lugares apartados, las chicas protagonistas (con unas tetas descomunales, abundantes y generosas) son bellezas provocadoras que luchan contra ‘rednecks’ timoratos en ambientes en los que las sectas religiosas, violadores infectos y mugrientos ‘freaks’ arrastran consigo los defectos más ignominiosos del ser humano. Sus falsas obras morales se mueven entre el arrepentimiento y el perdón, esculpidos en el predicador rural que coexiste como mito de las películas de Meyer, metáfora subversiva de las aleccionadoras reglas éticas de sus argumentos cargados de sexo y violencia, estableciendo con ello un sermón decididamente sardónico y cáustico. Por sus filmes desfilaron personajes surrealistas anexos a lo grotesco, procurando poner en entredicho el supuesto puritanismo americano. La caricaturización indeleble, su humor negro opresivo y la utilización de escenas subidas de tono (pero al mismo tiempo divertidas) le granjearon numerosos enemigos, sobre todo entre los sectores más conservadores. Dotada su filmografía de una admirable tendencia hacia el preciosismo fotográfico y estético, los personajes de Meyer se mueven entre la inocencia de la Disney y la lubricidad del cine de Gerard Damiano, justificadas en fantasías sexuales con mujeres de procaz tendencia erótica (‘Lorna’, ‘Cherry', 'Harry y Raquel’...). El cúlmen narrativo y argumental de Meyer solidificó su leyenda en una complacencia que inyecta a su obra ‘erótica-festiva’ un humor visual salvaje y extravagante, diálogos surreales y situaciones argumentales grotescas con actores tomándose en primer grado su trabajo. Títulos míticos de la talla de ‘Blacksnake’, ‘Heavenly Bodies’, ‘Common Law Cabin’ (con la actriz porno Ashley St. Yves), ‘Seven minutes’, ‘Mondo Top-less’, ‘Fanny hill’. Fue en aquella época donde rodó lo que se vino a denominar como su época ‘gótica en blanco y negro’ con cuatro muestras del mejor cine de este genial y subversivo cineasta. ‘Lorna’, ‘Mudhoney’, ‘Motorpsycho’ y ‘Faster Pussycatt: Kill! Kill!’ entroncarían lo mejor de la tradición ‘meyeriana’ que han hecho desempolvar una creciente admiración por uno de los iconos más desconocidos e incomprendidos del cine. Pero si tuviéramos que destacar alguna cinta representativa del cine de Meyer, sería ‘Faster Pussycatt: Kill! Kill!’. La odisea basada en la imaginería de Jack Morgan analiza una de las utopías del cine de Meyer: el nacimiento de una nueva raza de mujeres salvajes, que se presentan como delincuentes de ‘carretera’, conducen cochazos deportivos y poseen unos cuerpazos de escándalo (entre ellas destaca Varla, rol interpretado por la que es la ‘chica Meyer’ más carismática hasta la fecha: Tura Satana). Con una formalidad estética perfecta, Meyer expone lo que son las bases de su filmografía en pequeños retazos de majestuosidad, dinamitando la falsedad americana, descomponiendo a pedazos la idea de manumisión temática. ‘Faster Pussycat...’ vino a ser una declaración de principios del director, que compuso una ácida visión y corrosiva de los demonios que asolan al hombre, con trazos violentos, sin piedad. La propia visión de este clásico del cine más desconocido podría acercarse al mito de Jekyll y Hyde. Por eso Meyer no dudó en afirmar que “si hubo alguna vez una película que ejerciera una mala influencia sobre la juventud, como un ejemplo perfecto”.  Con trabajos esporádicos como actor, entre los que destaca su inolvidable participación en la obra de culto de John Landis ‘Amazonas en la luna’, y como director para la serie A con la cuidadísima ‘Más allá del Valle de las Muñecas’, Meyer mantuvo durante su carrera la autonomía como motor de búsqueda de nuevas formas e imágenes de provocación, de independencia. Erotómano recalcitrante y amante de la ponderación, Meyer siguió siempre una lineal estría moral bajo la consigna ‘los excesos se pagan’, pero dando a entender que, a pesar del castigo, se disfruta de verdad, tal vez como analogía de su relación con el Séptimo Arte. Fue su etapa más conocida aquella en que se dedicó a su ‘Saga Vixens’ (‘Vixen’, ‘Megavixens’, ‘Supervixens’ y ‘Más allá del Valle de las Ultravixens’), lo que podríamos llamar una ‘tragedias campestres’ en las que se dedicó a diseccionar la llamada ‘América profunda’. Fueron los delirios más divertidos que cerraron la creación cinematográfica de este genio del exceso, del primer auténtico feminista en la historia del cine, que fue vilipendiado por la crítica de la época, pero que fue honesto con sus películas y enfocó su filmografía a denunciar la hipocresía de la sociedad de su país. Meyer, hombre de referencia en la cultura 'underground' de su país, fue conocido como el Fellini del cine más sedicioso norteamericano y, hoy en día, más que un director de culto de bajas esferas culturales, se ha convertido en un genio que ha dejado tras de sí una obra sólida e fascinante. Miguel Á. Refoyo © 2004
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martes, septiembre 28, 2004
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Tantos años esperando un evento como este y me queda tan lejos de aquí, del submundo insondable que representa Salamanca, paradójicamente y mal llamada ‘la ciudad de la cultura’. Y es que en Barcelona se organiza la primera reunión para adorar a la mugrienta y siempre conciliatoria vena bizarra y caposa en un suntuoso recorrido por el lado más salvaje del panorama ‘freakie-patrio’, donde la pura y dura realidad se entremezcla de forma solaz y reconfortante con lo grotesco, lo marginal y heterogéneo. Con el espíritu de ‘Mondobrutto’, los aguerridos creadores de ‘Spanish Bizarro’ dejan de hacer fiestas memorables para amiguetes para probar suerte con un evento que trascienda los fastos de la diversión, la originalidad y la transgresión con la primera edición del ‘Spanish Bizarro Freak Festival’, todo un evento como celebración de la presentación del antológico disco recopilación que hace un recorrido por las deliciosas vertederos de nuestra cultura más discordante. Como dice Jordi Costa "la mejor muestra de la canción chorra, género cultivado en muchos otros territorios, pero depurado y perfeccionado en nuestra circunscripción hasta límites insospechados".
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lunes, septiembre 27, 2004
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Bueno, amigos, tengo invitaciones para esa gozada que son las cuentas G-MAIL con 1 Gb. y con muchas facilidades. Como me aburro y quiero divertirme, tengo un sorteo de 2 invitaciones que consiste en algo tan fácil como una PORRA de fútbol. Pero nada de equipos famosillos, del Madrid o el Barça o demás. Nos centramos en un partido tan humilde como es el Getafe (recién ascendido) y el Athletic de mis amores (que el otro día se cepilló a los galácticos). Es tan fácil como el que acierte el resultado se queda la cuenta G-MAIL. Sólo tengo dos, así que si hay más de dos personas que aciertan el resultado -cosa improbable-, ya buscaremos la forma de repartirlas. Dejad vuestro nombre, e-mail (para enviaros la invitación) y el resultado en el COMMENT y el mismo domingo por la noche, escrutamos. A participar.
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Durante el Festival de Donosti, un día de esos en el que le haces fotos a todo el mundo, te haces fotos a ti mismo (algo que hago con bastante frecuencia) y te fijas en los pequeños instantes, detalles, acciones y motas de polvo que hay alrededor de ti en muchos metros a la redonda, me sucedió algo (como diría Marty McFly) 'muy fuerte'. Estábamos Cristobal Garrido ('Mutis' para los amigos) y yo fotografiando diversas instantáneas playeras, kursaaleras y demás cerca de Zurriola, cuando me percaté de una figura conocida, admirada y seguida, pero con muchos años encima. A nuestra izquierda, caminando con una toalla estaba Álex de la Iglesia, pero con 25 años más, como si en un viaje temporal nos lo hubiéramos encontrado. Era él, allí, estupendamente gordo como siempre y con su carismática presencia ancianizada en el tiempo y el espacio. Un viaje temporal que duró dos segundos, pero pudimos captar el momento mítico. Por supuesto, el amigo Mutis recogió la instantánea ante mi asombro, que podía dar crédito a lo que veía. Juzgad vosotros mismos el GRAN PARECIDO RAZONABLE del hombre de Donosti y nuestro director español favorito. PD: Luego hay quien dice que yo me parezco a Álex.
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Bueno, chicos y chicas que (supongo) leéis esto alguna vez cuando vuestro aburrimiento os llama a hacer algo todavía más tedioso. Bien, me he tomado la molestia de compartir las páginas que más visito, aquellas que reciben mi visita diaria y me mantienen informado y cultivado en la más abusrda de las sabidurías autodidactas del abisal fondo de la red. No he puesto todas las que tengo en mi carpeta de 'Favoritos' porque sería totalmente demencial e ilógico. He ido seleccionando las primeras que he visto de interés. Así que irá creciendo en cuanto tenga tiempo o surja la ocasión. De todos modos, si tenéis alguna página que realmente valga la pena, aquí estará. Gracias.
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domingo, septiembre 26, 2004
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Tengo un poco de 'Jet-lag', porque no sé qué hacer si no es ver películas. Es adictivo y propenso a que se repita a experiencia. Tanto, que no hago más que pensar en el año que viene, en las películas que veré y los días que volveré a pasar. Donosti es una ciudad mágica. Un terreno de contextos que levantan todo tipo de sensaciones, por la que siento un apego muy especial y en la que estoy volcando muchos y buenos recuerdos. Ni uno tan sólo malo. Es el paraíso particular de todo al que le guste el cine hasta poder diagnosticarlo como enfermedad. Son ocho días que llenan todo el año. El limbo de sensaciones incomprensibles. Ver seis películas (este año se ha podido con siete al día) es una experiencia que reconforta tanto y se hace tan necesaria que sólo puedo esperar otros 365 días para volver a San Sebastián. Mi TOP TEN del festival es el siguiente. 1.- INNOCENCE, de Lucile Hadzihalilovic 2.- TURTLES CAN FLY, de Bahman Ghobadi 3.- WHISKY, de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll 4.- IN NORDWIND, de Bettina Oberliç 5.- COMME UNE IMAGE, de Agnés Jaoui 6.- DARWIN’S NIGHTMARE, de Hubert Sauper 7.- YI GENG MO SHENG NU REN DE LAI XIN, de Xu Jinglei 8.- SAM ZIMSKE NOCI, de Goran Paskaljevic 9.- MELINDA AND MELINDA, de Woody Allen - USA 10.-KARPUZ KABUGUNDAN GEMILER YAPMAK, de Ahmet Uluçay Aunque también me hayan gustado mucho ‘9 Songs’, de Michael Winterbottom, ‘Diarios de motocicleta’, de Walter Salles y ‘La demoiselle D’honneur’, de Claude Chabrol (esa Laura Smet me trae loquito). Os dejo aquí el Doc. con todo el material escrito que he sufrido plácidamente creando en San Sesbastián. Ha sido maravilloso volver a compartir experiencias, escribir tanto y tan bien y haber vuelto a la ciudad de mis sueños, Por cierto os dejo esta chorradilla de 'Dónde está Wally' que publicó el DV uno de los días. Como se puede apreciar, todo es trabajo. Este año tengo que darle las gracias a Covi de la Cuesta, que ha tenido que soportarme al compartir pensión con un servidor), a Chris Mutis y a Ana Quema y a los chicos que cada año se ocupan del festival venidos de toda España como ese gran hombre que es el pequeño Fermín Martínez, José Ophuls, Álex G. Calvo (de miradas.net), Mateo S. Gardiel y Rubén Corral (con movida laboral con labutaca.net) ya alguno que me dejaré por allí. El año que viene prometo decirle algo a la periodista de las botas que tan solita ha estado todo el festival y dejar de escribir tanto para disfrutar de alguna fiesta. Ah, lo del cambio de futuro a corto plazo está complicándose a peor. Ahora estoy como Paulino en ‘Los lunes al sol’ diciendo que (respecto al trabajo de Madrid) ya me llamarán, pero no sé si para decirme que sí o decirme que no. Y en cuanto al estreno de EL LÍMITE, todo parece indicar que será el día 21 DE OCTUBRE, jueves, porque el viernes es complicado para Juan Heras y para mí por diversas razones. La primera, que no hay tiempo. Con esto doy por finalizado la temática donostiarra de este mi séptimo año acreditado. Si lo habéis leido y habéis seguido mis aventuras en la Bella Easo, muchas gracias.
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Bueno, amigos y amigas, ya estoy de vuelta. El viaje fue lo peor, como siempre que se viaja de noche. Yo esperaba que fuera un vagón de asientos de a dos como en el que fui en el viaje de ida, pero me encuentro con el nefasto coche ‘Estrella’ (que bien podría llamarse coche Patera). Bien, entro y ya en el ambiente se nota un cierto a aroma a mezcla de sudor, pies y otros olores de esos que te hacen llevarte la mano a la nariz. Bien, busco asiento 66V en el vagón 121. Entro abnegado por las circunstancias y pensando que al menos podré leer el libro de relatos de H.P. Lovecraft que me ha dejado mi coguionista, Chema Guevara. Cuando llego el vagón está en penumbras. Con una señora que pesaría unos 160 kilos (no exagero) tumbada ocupando más de medio compartimiento. Enfrente suya, un gordo que se parece al camarero de ‘La cucaracha express’ que debe ser su marido que lo primero que hace en cuanto llego es sonarse los mocos estrepitosamente, incluso escupiendo un gargajo verde en el pañuelo. A su lado, lacónicos, una pareja de mediana edad que intentan hacerse los dormidos. Yo subo las maletas a sin poder quitar la vista ni un segundo de la gorda que, sin inmutarse, ronca como un borracho irlandés. Me toca sentarme al lado de los malolientes pies de esta remedo de Jabba, the Hut. Como no hay cristo que aguante, salgo fuera a respirar aire depurado por la ventana y, cuando ya estamos en marcha, le echo la zarpa al bocata de chorizo cocido del Juantxo y a una Coca Cola de medio litro. A lo largo del viaje calculé que estuve más de 4 horas de pie, viendo salir y entrar a personas de todas las nacionalidades del mundo (argentinos –la pareja de mi compartimiento-, asiáticos, noruegos, franceses, moros, muchos moros y, por supuestos, cientos de portugueses que dan voces cuando hablan y huelen MUY MAL. En mitad del trayecto, una familia de lituanos es invitada por el revisor a ocupar el puto gallinero en que se ha convertido el pequeño reducto de mal olor y ronquidos que comparto con lágrimas en los ojos. La señora lituana da un par de voces diciéndole algo a su marido que, con muy malas pintas, parece ir bastante ebrio porque al intentar subir las maletas al lado contrario de las mías, se tropieza y cae encima de la señora gorda que dormía y que se levantó sobresaltada. Su cara es de los más repugnante que he visto en años. Tiene el pelo despeinado y una hilera de babas le cae por la comisura de sus arrugados labios. Su marido gordo le dice algo y el viejo lituano borracho se disculpa dando voces. El hijo del lituano es un ‘mullet’ ochenteno con el pelo a medio cardar y una chupa de cuero de los años 50 con zapatillas color ‘beige’ y lleva un walkman del 85 y escucha cosas como los Gipsy Kings. A lo largo de este infernal trayecto sigo saliendo al pasillo varias veces, procurando aguantar el mayor tiempo posible fuera del Averno ecuménico que es el vagón. Una chica rubia bastante mona se mueve con sensuales movimientos entre los que estamos mientras habla con su amiga de las ganas que tiene de llegar a Salamanca para follarse a su novio. Un ruso caliente no le quita ojo, mientras fuma un cigarrillo de liar. En Burgos los argentinos se bajan. Cuando miro cómo está distribuido mi aposento del tren, veo a la madre y al hijo lituanos durmiendo con la boca abierta y al padre que ha ocupado mi asiento. A los 20 minutos el hijoputa se levanta y recupero mi sitio al lado de la gorda que ronca. En Miranda de Ebro sube un fulano que me suena de algo. Cuando empieza a hablarme en el pasillo, casi se me salta la risa porque es un fulano muy ‘freakie’ del que Bernal y yo tuvimos la suerte de compartir el mismo viaje hace cuatro años. Y me cuenta lo mismo de entonces: que un día de pedo se tiró del vagón, que si una historia de monjas… Mítico. Una chica llamada Esther (muy guapa y bastante hippie) entró en la conversación y empezó a divagar sobre si la luna estaba naranja y muy baja en el firmamento y a dejar ver su tanga (o por lo menos yo lo divisé varias veces) cuando se ponía de puntillas para abrir y cerrar la ventana. Iba a Coimbra y era de Madrid. Hablamos alrededor de una hora, hasta que el freakie se bajó. Ella se metió en su leonera de amigos portugueses que iban fumando y bebiendo. Compartí una calada y un par de tragos de birra barata y caliente y decidí salir. Lo peor: más de una hora de retraso que sufrí con sueño, dolor de pies y medio asfixiado hasta que llegué a Salamanca. A las 6:20 en un viaje de más de siete horas.
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sábado, septiembre 25, 2004
 Justo y equilibrado palmarés Jeff Bridges, con el ‘look’ quijotesco de ‘El Nota’, o lo que es lo mismo Jeff Lebowski, el personaje más recordado de su simétrica y acertada carrera, aprovechó el Premio Donostia para presentar ‘Una mujer difícil’, de Tod Williams, la película que cerró la Sección Oficial y, como consecuencia de ello, la 52ª edición de este certamen un tanto soso, pero lleno de películas que subsistirán en la memoria de un periodo anual que resulta adictivo y necesario para todo aquel que lo vive. ‘Una mujer difícil’, que tiene en su título original ‘The door in the floor’ la clave de la metáfora de escape del filme, es la adaptación (bastante libre, eso sí) de la novela ‘multiventas’ del literato John Irving, uno de los escritores que más ofertas tienen de Hollywood para llevar sus libros a la pantalla tras de ganar el Oscar por ‘Las normas de la casa de la sidra’, de Lasse Hallström. La historia, bastante tópica, narra los problemas del matrimonio formado por Ted y Marion, que en otros tiempos fue feliz, pero que se resquebraja bajo el peso de una tragedia en la que perdieron a dos de sus hijos. El cambio en sus vidas llega con Eddie, un adolescente que transfromará la vida de ambos. En ella, como la de joven amante. A él, como engarce para afrontar la vida con una ruptura final. Con la llegada del joven, la pareja abre los ojos a la realidad y tomará difíciles decisiones. Este argumento, de viaje iniciático y deseos veraniegos cumplidos, le sirve a Tod Williams para surtir su película con elementos de tragedia y drama en la que no faltan toques de humor, secuencias subidas de tono y lección de moralina en su epílogo que deslucen lo interesante de la idea del libro y la sume en una cadencia de planteamientos muchas veces vistos en el cine.  Si en la novela, Irving apunta una interesante mezcla de argumentos al enseñar lo que escriben sus personajes, destacando la relación directa que hay entre la esencia de una persona y lo que crea, ya sea con imaginación o con falta de ella, en la película de Williams todo esto queda omitido por la sustitución del pilar del literario que hace grande la novela y derrumba con la actitud del cineasta los cimientos de un filme que acaba por perder su sentido, haciendo que lo real de las situaciones se tornen inverosímiles. Algo que, en las novelas del vendedor de ‘best sellers’ resulta lo contrario, es decir, elementos importantes en el libro como la descripción obsesiva y recurrente de estas fotografías, acumulación de detalles, la descripción del verano. Un dispositivo que muchas veces es achacable en sus páginas, y que para su traslación al cine, Williams se salta a la torera y, mediante su ascetismo que tiende al edulcorante visual, obtiene una odisea forzada, llena de intenciones, pero vacía en sus logros. Personajes que sobran y que pretenden emitir sonrisas en el espectador (como el jardinero cubano o la amante), otros nada definidos (como la Ruth, la hija del matrimonio) y el escaso interés de lo que se cuenta termina por derivar hacia el final hacia un tono letárgico donde el reparto de recompensas para sus cuatro personajes no es muy distinto del que hubiera podido verse en un telefilme de sobremesa. Y lo que es lo peor, ni Bridges, ni Basinger aportan su mejor talento a un filme tan descafeinado que dejó a la platea indiferente.  En cuanto al palmarés, el jurado del festival presidido por Mario Vargas Llosa, este año parece que ha encauzado una postura ecuánime y bastante parcial con los premios que ha repartido a lo mejor (que tampoco quiere decir mucho) que se ha visto en el festival. El gran premio del certamen, la Concha de Oro de 2004 ha ido parar a ‘Turtles Can Fly’, de Bahman Ghobadi, posiblemente (y como señalé aquí en esta página ayer), la mejor película que ha competido en la sección, con esa historia infantil sobre las miserias de un grupo de niños del pueblo del Kurdistán iraquí, en la frontera entre Irán y Turquía, que sobreviven en un ambiente amenazador, cubierto de incertidumbre y miedo, pero afrontando con confianza su deplorable situación dentro del mundo. Mucho se había hablado de las posibilidades de que ‘Roma’, de Aristarain se llevara el máximo galardón. Algo que, por otra parte, no hubiera sorprendido, debido a la predilección que tiene este festival de procurarle injustos reconocimientos al cine sudamericano con renombre pero sin trascendencia (ejemplos: ‘El viento se llevó lo qué’, ‘Taxi para tres’ o ‘La perdición de los hombres’). Como el año pasado tocaba darle el máximo galardón a una absurda película como ‘Schussangst’, de Di- to Tsintsadze, este año era de prever que se fuera coherente. Y el jurado lo ha sido, porque que la franqueza y tratamiento por parte de Ghobadi con su fábula para abrir los ojos al mundo de la situación que se ha vivido, se vive y se vivirá entre la frontera de Irak e Irán merecía el mejor de los premios. Esta fantástica película que, como gran logro, tiene sus opciones multiplicadas para que sea distribuida por muchos puntos geográficos internacionales, se ha llevado el premio al mejor guión que concede el Círculo de Escritores Cinematográficos. El Premio Especial del Jurado, que vendría a ser el segundo galardón más importante que se concede en el Zinemaldia, ha sido para ‘San Zimske Noci (Sueño de una noche de invierno)’, de Goran Paskaljevic, otra de las películas a la que podría haber ido la Concha de Oro por sus múltiples cualidades como gran obra cinematográfica. 'San Zimske Noci' es una dramática historia sobre la soledad, el desconcierto y la insuficiencia emocional de personajes heridos, desorientados y carentes de motivaciones. Paskaljevic ha visto recompensada su excelente cinta con uno de los pequeños premios Signis y, en todo ello, se ha quedado la sensación de que Jovana Mitic, la joven actriz autista se podría haber llevado el premio a la mejor interpretación femenina. Pero no ha podido ser así. ‘Yi feng mo sheng nu ren de lai xin (Carta de una desconocida)’, ‘remake’ asiático del texto homónimo de Stefan Zweig ha visto recompensado, con toda justicia, con la Concha la detallista dirección de Xu Jinglei al contar esta historia de amor de melancolía y silencio, triste y dramática, con una determinación estética apoyada en una portentosa fotografía, dedicando su detenimiento en los detalles más nimios, con la concisión de diálogos que pierden protagonismo en favor de las miradas y de la emoción oculta en cada plano.  En el apartado interpretativo es donde se han dado las mayores e inesperadas sorpresas dentro del palmarés de esta edición del certamen donostiarra. En cuanto a interpretación masculina, se había hablado mucho de Gerard McSorley, por ‘Omagh’, de Juan Villegas por ‘Bombón, el perro’ o Lazar Ristovski por el filme de Paskaljevic. Lo que nadie esperaba era la concesión de la Concha de Plata al mejor actor a Ulrich Thompsen, histriónico y excesivo en su recreación de un hombre enloquecido por las secuelas de la guerra en ‘Brodre’, de Susanne Bier. Y mucho menos que la Concha de Plata a la mejor interpretación femenina haya sido para la estrella hollywoodiense Connie Nielsen, en su vuelta al cine danés de la misma cinta de Bier. Es cierto que todos daban como ganadora a Susú Pecoraro por la cinta de Arsitarain ‘Roma’, que hubiera sido lo justo, pero también lo es que la Nielsen está fantástica en su rol de madre de familia maltratada por las situaciones de la guerra en su familia. Winterbottom no se ha ido de vacío con su polémica y poética visión del sexo en pareja con ‘9 Songs’, ya que el ‘semiporno’ del director británico ha obtenido el premio a la mejor fotografía, totalmente naturalista, de Marcel Zyskind. Lo que ya no se entiende muy bien es que Guy Hibbert y Paul Greengrass se hayan hecho con el Premio del jurado al mejor Guión por ‘Omagh’, de Pete Travis, la cinta irlandesa sobre los atentados del IRA en el barrio del mismo nombre que el título del filme que, por lo que se oía entre los críticos, había encantado. Yo me sigo preguntando por qué. ‘Innocence’, una de las mejores películas del festival (y a título personal, la que más me ha gustado de todas junto a la coreana ‘Spider Forest (Geo-mi-soop)’), se ha llevado el más suculento de los premios al obtener el Altadis-Nuevos Directores concedido a Lucile Hadzihalilovic en esa fascinante adaptación del relato de Frank Wedekind ‘La caja de Pandora’. No se ha quedado sin premio la película que más simpatías levantó con su proyección, ‘Karpuz kabugundan gemiler yapmak’, de Ahmet Uluçay, una visión muy ‘freak’ de la adolescencia basada en el amor juvenil y las ansias de hacer cine en un pequeño pueblo de Turquía. También hubo premio para Marc Gautron y Fanta Régina Nacro por esa película capaz de matar de aburrimiento a las cabras que es ‘La Nuit de Vérité’.
 Otros premios secundarios que completan el palmarés han sido el Premio del Público, concedido como era de esperar a ‘Diarios de motocicleta’, de Waters Salles, el de la Juventud para la neocelandesa ‘In my father's den’, de Brad McGann y los premios Cine en Construcción para finalizar proyectos ya rodados y en postproducción para ‘Iluminados por el fuego', del argentino Tristán Bauer y a ‘Alma Mater’, de Álvaro Buela. Finalizando con el premio FIPRESCI, que ha recaído en la bondadosa ‘Bombón, el perro’, de Carlos Sorín, el GEHITU de asociación de gays, lesbianas y transexuales del país Vasco a ‘Beautiful boxer’, de Ekachai Uekrongtham o la cosecha de galardones menores que ha conseguido esa pequeña muestra dulzura y bondad que es ‘El cielito’, de María Victoria Menis, que se ha llevado los premios Arte, Signis y CICAE-Art et Essai. Un palmarés que ha logrado proporcionarles premios a todos y para todos los gustos. Para que nadie proteste. Bastante equilibrado y sin posibilidad de criticar el grado de compromiso que ha tenido el festival como ventana al mundo con sus problemas sociales, étnicos y de toda índole, se puede decir que el reparto ha sido más que justo con la concesión de sus premios. Y eso ha sido todo. Un año más (la primera que se cubre para UN MUNDO DESDE EL ABISMO), ha vuelto a ser un placer escribir, siempre bajo un criterio y punto de vista personal que no ni mejor ni peor que el de los demás, sino propio e individual. Desde esta ciudad de ensueño que cierra sus puertas a una edición correcta, que ha dado buenas películas, pero ninguna de trascendencia destacable. Eso sí, ha aportado una calidad equilibrada que no ha tenido en otras ediciones. Yo por mi parte tengo que reconocer que nunca un año había sido tan agotador, que nunca me había cansado tanto y había dado lo mejor de mí. En los siete años anteriores jamás le había dado tanta cobertura. Espero que los que lo hayáis leido lo hayáis disfrutado. Desde Donosti, esperando otro año más para volver una nueva ocasión (y van siete) al Festival de Cine de San Sebastián. Agur y a ser felices.
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viernes, septiembre 24, 2004
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El merecido premio de ‘El Nota’ Bajo una intensa lluvia, San Sebastián se prepara para su último día de concurso. Y lo hace dejando una extraña sensación enfrentada de haberse vivido un buen festival de cine, con películas que han estado a un nivel esperado, pero sin encontrar tampoco obras trascendentes, que aporten a este espectáculo la entidad suficiente como para afirmar que ha sido un gran año. Jeff Bridges recibió con todo el merecimiento el último premio Donostia de esta edición. Un actor carismático actor cuatro veces nominado al Oscar que es reconocido como uno de los actores más importantes del cine contemporáneo, Bridges presentó fuera de concurso su último film ‘The Door in the Floor (Una mujer difícil)’, de Tod Williams. De apariencia fría, segura y poseedor de un personalidad y talento que pocos de los actores que componen su generación tienen, Bridges es un actor todoterreno dotado para la comedia y el drama, como ha demostrado en sus recordadas interpretaciones de ‘The Last Picture Show’, en su mejor papel hasta el momento, en esa obra maestra que es ‘Los fabulosos Baker Boys’, ‘El Rey Pescador’ y, sobre todo, dando vida al ‘Nota’ de ‘El Gran Lebowski’. Consciente del gran problema del hambre en el mundo, Jeff Bridges es, además, uno de los máximos impulsores de la organización End Hunger Networt. ‘Bombón, el perro’ es el último trabajo de Carlos Sorín, el cineasta argentino realizador de ‘Historias Mínimas’, aquella pequeña película ganadora de reputación y premios y que narraba la historia de un anciano que escapaba de su casa en busca de su perro, compartiendo una noche con trabajadores viales del pueblo de Corrientes en un viejo galpón. La figura canina vuelve a ser la protagonista de su nueva cinta con una fábula sencilla y bastante enérgica, presentando a Coco, un mecánico en paro, sin muchas expectativas, que malvive en casa de su hija y se gana algún dinero vendiendo cuchillos artesanales de elaboración propia. Por azar del destino, acabará cuidando un perro dogo que se va a convertir no sólo en su amigo, sino en la esperanza de una vida mejor. Con esta oferta, Sorín explota su vena estilística residente en la fascinación por los paisajes patagónicos y por personajes ‘outsiders’ que sueñan con vivir una vida mejor. ‘Bombón, el perro’ apuesta por la inocencia de un personaje que, en su contexto y personalidad, es una especie de Forrest Gump rioplatense que, sin buscarlo ni quererlo, encuentra en el perro un golpe de suerte que cambiará su vida.  Mediante una conexión de situaciones cómicas y roles entrañables, Sorín confecciona una película que se mueve con soltura en un espectáculo de candidez y suavidad con su narrativa, preciosista y presuntuosamente visual, engalanada con la música de Nicolás Sorín, siguiendo las pautas estructurales de las películas estadounidenses más comerciales. Un filme anodino, simpático, crédulo con lo que cuenta y, en su resultado, una apuesta por la puerilidad más accesible para el público. Experto conocedor de las posibilidades de manipulación del rodaje y el montaje, Sorín maneja perfectamente los hilos de su historia para que repercuta de forma eficiente y dinámica en la retina del espectador, creyendo éste que está ante una gran película, cuando no se trata más de una amable fábula tan insustancial como olvidable, catalogo de situaciones benévolas en las que destaca la gran labor interpretativa de Juan Villegas. La gran sorpresa del festival, la película que va a destacar por lo transgresor de su intención, la radicalidad y desgarro de su guión y la ignífuga temática sobre la que gira es la contundente ‘Turtles Can Fly’, de Bahman Ghobadi, la extraña (y debemos ir reconociendo que la mejor) película que ha cerrado la Sección Oficial. Un desesperanzador día a día que se desarrolla en un pueblo del Kurdistán iraquí, en la frontera entre Irán y Turquía, donde un grupo de chavales, capitaneados por un joven instalador de antena televisivas sobreviven como pueden en un ambiente amenazador, cubierto de incertidumbre y miedo, pero afrontando con confianza su deplorable situación dentro del mundo. ‘Turtles Can Fly’ es una fábula oscura y desesperanzadora que recrea la amistad de unos niños, cómplices de una esperanza a pesar de su realidad, contrapuesta a la violencia de la que son víctimas. El drama, sustentado en la amenaza bélica, recorre un arduo camino de penalidades en busca de un mensaje devastador, fortaleciendo la historia con pequeños toques de humor para que nada resulte excesivamente crudo.  La incomunicación, la necesidad de saber qué pasa exactamente en la frontera de Irán e Irak, la cotidianidad con las minas antipersonas que los chavales no dudan en vender, sus trabas físicas y el cáustico contexto en el que se mueven sus personajes dan al filme un tono retrospectivo casi trágico, que aprovecha Ghobadi, organizando todo con un admirable sentido del plano, del espacio y de la narración, para activar el engranaje de una historia aciaga, utilizando para ello la cultura popular y la memoria reciente que deja ver un Kurdistán donde el mercado de cambio, las enfermedades y mutilaciones, la necesidad de medios de comunicación y las armas conviven para afrontar un futuro incierto. Tanto, que con la llegada de los yanquis al final del filme, tras la guerra, impone la gran duda por medio de una profecía que augura que lo peor está por llegar. Sin ninguna alusión religiosa y sí existencial, esta joya es un grito de paz en tiempos de guerra que azota a un país que, tras sufrir siglos de agonía, se ha acostumbrado injustamente a la conflagración constante. Y es que la franqueza y tratamiento por parte de Ghobadi en lo que sucede en su país merece un destacado hueco en el palmarés de tan descafeinado apartado a concurso. La tensión del clima de violencia que se avecina, el hambre y el frío de los pequeños, y la devastadora subtrama sobre un niño bastardo y ciego que representa las penurias que ha vivido en su historia la zona, como biosfera del pesimismo, nunca condiciona una maravillosa película en la que, a pesar de la violencia, y las mutilaciones que sufren aquellos que merecen una digna infancia, dan una lección de esperanza a pesar de las tragedias. ‘Turtles Can Fly’ es, sin duda alguna, una gran película que supone de lo mejorcito de la sección oficial.  Alejado de la sencillez y el lirismo en ‘Hero’, Zhang Yimou, vuelve a la fábula romántica más poética y oriental con ‘Shi Mian Mai Fu (La casa de las dagas voladoras)', otra exhibición del cineasta chino en su nueva etapa de épico estilo a la hora de llevar a cabo particulares visiones de la inagotable fuente que es el género de artes marciales, de luchas con catana y de espectáculo coreográfico. Elementos combinados perfectamente por Yimou con la filosofía oriental y una hermosa historia de amor y que dan como consecuencia un portentoso testimonio de buen cine. Ni siquiera la autocomplacencia de la que en su conjunto hace gala esta nueva atávica leyenda china logra reprimir el fuerte efluvio de clásico de aventuras que tiene como propósito, siendo así, como ‘Hero’, una auténtica delicia para los sentidos. La historia se centra en dinastía los tiempos en que la Tang está en declive, donde dos capitanes locales deben capturar al nuevo líder y poderoso enemigo que tiene su sede secreta de la Casa de los Puñales Voladores. Para llegar hasta ella, uno de ellos tendrá que engañar a una joven ciega (magnífica como siempre Zhang Ziyi) que pertenece al clan. Pero, como en todo cuento que se precie, las cosas no van a resultar tan sencillas. En ‘La casa de las dagas voladoras’ las pasiones no comprendidas, los toques de caligrafía escénica, amor, celos y heroísmo son de una fruición visual asombrosa, envolviendo la esencia romántica del filme con vistosos colores metafóricos y cambios de estación temporal cuando el momento argumental lo requiere. A pesar de todo, y aunque abuse del boato y el embellecimiento de los planos, Yimou sigue sabiendo brindar su mejor cine en este juego de símbolos evidentes y subrepticios, componiendo como una poética sinfonía su universo lleno de estética como apoyo natural, donde hasta su idea romántica del amor queda revelada en los imposibles y excelentemente coreografiados combates de unos guerreros que, bajo la pasión que sienten por la misma mujer, luchan por ella en un trágico final.  La gran expectación de los muchísimos documentales presentados este año en Zabaltegi estaba en ‘Super Size me’, del el ex presentador de la MTV Morgan Spurlock. Un documento de éxito garantizado antes de su realización. La historia, acorde con los tiempos de experimentación sociológica que corren, apoyados en los ‘realities’ televisivos, comprueba el efecto dinamitador que tiene la comida rápida en la sociedad de consumo moderna. Spurlock se hace examinar por tres especialistas que le declaran totalmente sano. El reto y gran atractivo comercial, de ínfulas de protagonismo y trascendencia, está en ver cómo el propio Spurlock se presta como conejillo de indias para su propio experimento. Así, a lo largo de un mes reducidos a 80 minutos de metraje, el público observa cómo el director convertido en héroe se alimentará a base de comida rápida procedente de McDonald's. Utilizando el cinismo y aparición excesiva de Michael Moore, unido a otras técnicas documentales como la utilización de microhistorias de dibujos animados y una forma atractiva y vivaz, Spurlock hace partícipe al público de su decadencia física atiborrándose de comida de la cadena de ‘fast food’. El resultado son doce kilos en un mes, donde los niveles de colesterol del cineasta aumentaron cuantiosamente y su hígado sufrieron las devastadoras consecuencias que representa esta comida, también válida como traslación a la expansión nociva de este tipo de restaurantes, de la americanización globalizadora de un país idolatrado y patrono de las modas alimenticias y de cualquier índole. Para ello, el intrépido realizador, sabedor en todo momento del alcance de su proyecto, bromea y mina con humor un tema serio, clarificando puntualmente su tesis sobre la comida basura que viene a afirmar que Estados Unidos es culpable de no ofrecer soluciones a otro problema más. Un país que se escuda en una preponderancia que la hacen intocable y más, en el sector alimenticio que, según reflexiona Spurlock, mueven masas más que el propio gobierno. Sin embargo, ‘Super Size me’, a pesar de resultar un documental comercial más que divertido, también esconde una maquiavélica manipulación en la que el fin justifica los medios. Por lo que no hay que olvidar que el experimento de Spurlock nació para ganar dinero con su aparente denuncia. Tanto es así, que ya ha recaudado 6,1 millones de dólares, todo un éxito teniendo en cuenta su coste (65.000 dólares) y el hecho de que, durante su estreno, sólo se proyectase en 200 salas.
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jueves, septiembre 23, 2004
 El candidato, el traficante y la realidad cotidiana Durante todos estos días se ha echado de menos por las calles de Donosti la figura de uno de los críticos más importantes que ha tenido este país. La imponente figura de Ángel Fernández-Santos ya no se acomoda cada día en el lateral izquierdo del Kursaal, ni deja su impronta cada mañana en ‘El País’, donde se podía disfrutar de su inteligencia y perspicacia para anticipar el éxito o la ruina del filme, su olfato para encontrar joyas escondidas, para emitir los juicios más arriesgados, los pensamientos más complejos y señalar lo mejor y lo peor de las películas que por aquí pasaron. Siempre con su cara de viejo marinero a lo Bukowski y su inseparable bastón, su forma de escribir continuamente fue inalcanzable. Más allá de criterios, era una artista de la palabra, un poeta que sabía ver lo mejor de la imagen y todo un señor a la hora de reprochar sutilmente los fallos de otras que no lo eran, con visión de entomólogo. Ya no podemos verle abandonar segundos antes todas las proyecciones a las que asistía. Tras esta licencia nostálgica, en la jornada de ayer de Sección Oficial destacó la visión de la política norteamericana del polifacético John Sayles con ‘Silver City’, una sátira con tintes de cine negro que, a su vez, es descubierta como advertencia sobre el estado actual de la democracia americana. Sayles, consciente de la importancia de su discurso, comienza la película sometiendo a un candidato a senador a una ridiculización homóloga de la visión de George W. Bush en sus patéticas y bufonescas históricas apariciones televisivas, para pasar a lo que el cineasta plantea en realidad: un ‘thriller’ político en el que el jefe de campaña del gobernante contrata los servicios de un periodista para investigar posibles relaciones de un cadáver anónimo que encuentran mientras el presidente rueda un anuncio para la campaña en un apacible lago y que levanta las sospechas en relación con la posible corrupción de los enemigos de la familia del aspirante. El arranque, cínico y cómico de Sayles, sigue mostrando su más heterogénea alianza entre inteligencia para la observación y un agudo sentido del humor irónico, pero también para enramar una compleja trama de conspiración y manipulación de los entornos políticos y un certero análisis de aquellos que, tras la figura visible del gobernante, constatan la clave evidente de los manejan el mundo, es decir, el equipo de gobierno, los encargados de lavar la imagen de cualquier situación que ponga en peligro la figura del mandatario. Con ello, Sayles vuelve a demostrar que es, por encima de uno de los directores más independientes del actual panorama cinematográfico, un espléndido guionista. Característica que le confiere el mayor de sus intereses a todas sus creaciones. Pero tal vez es ahí, paradójicamente, donde la película de Sayles le lleva a no conseguir la genialidad que se podía haber esperado de esta tesis de ridiculización de los gobiernos que mueven el mundo, por su insistente apego a la dispersión y a la complejidad de la intriga que entrecruza personajes en una historia coral excesivamente aviesa. La descripción psicológica y ética de un puñado de personajes que conforman un excelente reparto coral y el modo en que se relacionan en un entorno de corrupción y falsedad, suponen en ‘Silver City’ la piedra angular de un filme que, en su concepto, alcanza el nivel de sus últimos trabajos, buscando renunciar en todo momento a la complacencia del espectador e imputar así su compromiso con la toma de conciencia de la historia. Mediante su estilo tan personal y distintivo basado en un realismo reposado y un profunda examen del entorno que juzga y recrea, en ‘Silver City’ no hay extremos, aunque las situaciones sean extremas, no hay manipulación gratuita de las acciones o un maniqueísmo evidente, sino una exposición honesta y cercana que adosa a la narración específicos detalles y contradicciones que impulsan a sus personajes a actuar de una u otra manera.  Lo que ya no es de aplauso es la nueva película de Víctor Gaviria, ‘Sumas y restas’. Si su anterior cinta ‘La vendedora de rosas’ supuso su lanzamiento internacional con una tremenda historia que contó con varios niños de las calles de Medellín que vivían el infernal día a día entre prostitutas, vendedores de cualquier artilugio o droga enganchados al sacol para evadirse de sus problemas, en esta nueva ocasión el cineasta colombiano centra su nueva película en la cruda situación que vive el país de los cárteles de la droga. Tomando como guía de este submundo de dinero fácil, muerte y corrupción a Santiago, ingeniero de clase media, casado y de buena familia, se inicia una una espiral de drogas y decadencia que desencadenarán en el ingreso del oscuro mundo de fiestas decadentes, droga y mujeres fáciles, narcotraficantes y sicarios. Con este pretexto, Gaviria explora con cognición el abismo del narcotráfico, lo atractivo de éste en su proporción de dinero rápido, pero también del sumidero de sus consecuencias representado en la codicia y la ambición. Un mundo donde destino y azar provoca, como en sus dos anteriores películas, crisis de identidad que el cineasta considera necesarias para evitar la indiferencia y la insensibilidad del espectador, convirtiendo Medellín en un bohío de violencia donde sus inquilinos terminan, indefectiblemente, por adherirse a la economía ilegal de la droga. Lo más engorroso de todo, no es divagar con la historia tremendista, a ratos entretenida, en ocasiones infumable, sino tratar de entender qué es exactamente lo que dicen los personajes, los actores oriundos de Medellín, ya que bajo su vocabulario basado en tres palabras (‘hijodeputa’, ‘güebón’ y ‘marica’), se escupen frases ininteligibles que hace muy confuso seguir lo que se está contando. A pesar de esta salvedad, el nuevo descenso a los infiernos colombianos de Gaviria hace aguas por todas partes y termina por perder cualquier indicio de interés por parte de un público sometido a una serie de situaciones que se agotan en lo tosco y desatinado de la realidad que refleja. Además de las fascinantes retrospectivas de este año; encabezada por el recorrido de la obra del gran Anthony Mann y la multitudinaria ‘Incorrectos’ (todo un éxito de público), en Zabaltegi se pudo asistir a la sonrojante ‘A way of life’, de la aspirante a cineasta Amma Asante. Hacía tiempo que por Donosti no pasaba una película tan ignominiosa, insostenible, estúpida y mal rodada como esta historia decididamente ‘brittish’ que describe la incultura, estulticia, intransigencia y absurdez de un grupo de jóvenes desfavorecidos que viven en los bajos fondos de algún barrio de alguna ciudad que no se molestan en especificar. La cineasta (por llamarla de alguna manera), se desvive sin ningún resultado por dramatizar en la vida de unos racistas que se aburren, están frustrados, sienten rabia por lo que les rodea y que verán en su vecino turco el blanco de toda su injustificada rabia y humillación. Los personajes son prototipos de los británicos que estamos acostumbrados a ver en este tipo de filmes. Ellos, de coloretes derivados de su abundante ingestión de pintas, de gestos desagradables e insufrible acento de barrio marginal. Ellas, mujeres de caderas anchas, labios finos y voz chillona e inaguantable. Asante establece con su torpe e desastrosa dirección una película sin sentido, que encrespa por lo malo de su significación argumental y cinematográfica. La directora ha intentado hacer un émulo de ‘Trainspotting’ y le ha salido una burda película que parece filmada por un chaval de cinco años sin conocimiento del medio y con una cámara de Súper 8 en mano.  Todo lo contrario que ‘Whisky’, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, ganadora del Premio de la Crítica en Cannes. Uno de esos largometrajes destinados a permanecer en la memoria colectiva del público y hacerse un pequeño hueco en la historiografía del festival con su pequeña historia contenida sobre la incomunicación en la que sus tres personajes viven en sí mismos, cerrados en la cotidianidad aburrida y aplastante que les devora. Historias íntimas cargadas de pesimismo, que se abren a lo imprevisible con un mínimo viaje a un hotel cerca de la playa. Esta magnífica película mira con angustia y desespero la vida, consecuente con la lentitud con que ésta avanza, aportando sorpresas inesperadas. A través de los ojos de unos personajes lacónicos e hieráticos, Stoll y Rebella indagan en una farsa que se destapa cómicamente brillante, que se encamina, paradójicamente, a detallar la vida de unos caracteres que se consumen complacidos al aburrimiento y a lo ordinario. Una mezcla genérica que aporta, con una simpleza desarmante, la realidad de una historia honesta, sin mayor complejidad que la que se deriva de una situación tan patética como la vida misma, la que vivimos todos nosotros cada día del año. Además, se pudo disfrutar del espectáculo documental-musical ‘El milagro de Candeal’, proyecto muy especial dirigida por Fernando Trueba que narra la el viaje de Bebo Valdés a Salvador de Bahía (Brasil) para reencontrarse con sus orígenes africanos. Un espectáculo que tuvo en el Velódromo de Anoeta su culminación en un asombroso concierto que se ha transformado en el evento más colorista y ameno de esta edición. También en Zabaltegi se pudo sufrir ‘La nuit de la vérité’, de Fanta Régina Nacro, que ahonda en la transitoria de paz que existe entre el Ejército Regular de los soldados de la etnia nayak y los rebeldes de la etnia bonande y de la que no un servidor no puede decir mucho debido al enorme sueño en el que cayó con esta coproducción francoafricana. Pero también de disfrutar ‘Rejas en la memoria’, de Manuel Palacios, un argumentado y ameno documental que se ubica en su impetuoso estudio de cómo 28 años después de la muerte de ese Anticristo que fue Franco, se condenó en el año 2002 el golpe de Estado de 1936 contra el Gobierno democrático de la República, ahondando en todos aquellos inocentes que sufrieron la dictadura más cruenta en campos de concentración sólo por el hecho de tener una ideología diferente. Nada nuevo. Pero supone otro extracto visual para no olvidar la terrible memoria de los condenados.
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Sí amigos y amigas. Esta mañana me he levantado con la trsite noticia de que el gran maestro del cine 'redneck', el genio que inventó argumentos para ser interpretados por voluptuosas mujeres de calendario ha muerto a los 89 años de edad. Un mito al que nadie ha hecho mucho caso nunca (casi nada, me atrevería a decir) y que, poco a poco, solidificó una carrera perticular con buenos títulos que pocos se han tomado la molestía de analizar y poner en su sitio como es debido. Russ Meyer fue el gran director que se acabó con el infausto ‘Código Hays’, el rey del 'redneck-nudie', el preceptor de las más grandes y golosas tetas que he hayan visto en una pantalla de cine y creador de una nueva raza de mujeres salvajes que se sacó de la manga, que se presentaron como delincuentes de carretera, conduciendo cochazos deportivos y poseyendo unos cuerpazos de escándalo. Cuando llegue a Salamanca (el sábado) postearé un reportaje que escribí hace años sobre Russ, como el homenaje que se merece. Como mi pequeña contribución a que la memoria cinematrográfica no olvide a un excelente cineasta. D.E.P.
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miércoles, septiembre 22, 2004
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¡Qué mujer! Quedaos con el nombre de una actriz que me ha perturbado tanto que no puedo hacer otra cosa que pensar en ella. Ya el año pasado me dejó señalado con otra película extraña titulada 'Les Corps impatients', de Xavier Giannoli. Quedaos con ella, con su belleza y su talento, porque lo tiene TODO.
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 Sopor, ternura y ‘fantastique’ en una jornada heterogénea Debido a que el festival ha recortado en su programa un día respecto a las ediciones pasadas, este año las películas se acumulan. Tanto es así, que en sola una jornada se puede llegar a ver siete filmes si uno se programa y mentaliza para esta sobredosis de cine. Pero lo sorprendente es que en un solo día se acopien hasta tres filmes pertenecientes de Sección Oficial, lo que supone organizar la agenda con colérica precisión para poder asimilar todo el celuloide que pasa por los proyectores de los cines donostiarras. La primera de ellas fue la irlandesa ‘Omagh’, de Pete Travis, una película difícil de digerir que tiene como objetivo la memoria reciente del país, narrando un hecho real que conmocionó a toda Irlanda en 1988, cuando el país se preparaba para votar en referéndum el Acuerdo de Paz de Viernes Santo, un cruel atentado perpetrado por un grupo de disidentes del IRA opuesto al acuerdo que obligó al distanciamiento entre Londres y Dublín, hizo que los unionistas abandonaran el proceso de paz, sumiendo a Irlanda del Norte en un violento conflicto. Todo el proceso histórico es seguido en la persona de un abnegado padre que pierde a su hijo, y tras ello, la cinta nos muestra a un abnegado padre que pierde a su hijo, y continúa mostrando a un abnegado padre que pierde a su hijo. Esta redundante monotonía es la sensación que se le queda al espectador tras una película en la que no sucede nada que albergue algo de interés, donde todo es prescindible y la tragedia acaba transformándose en un auténtico ladrillo directo a la mente de un público que no puede por más que bostezar ante el ostracismo de la forma de describir las secuelas emocionales del atentado, representado por un magnífico actor como es Gerard McSorley, lo mejor del filme en su papel de apocado ‘padre coraje’. Lineal, obtusa y discapacitada argumentalmente, ‘Omagh’ esconde su mayor defecto en el prestigioso guionista Paul Greengrass, que se ha dedicado a exhibir una serie de condicionamientos y secuencias dramáticas que tienen como colofón las receladas letras sobre negro relatando lo que debería haber descrito la película entera. Decepcionante y soporífera son los adjetivos que definen una de las más insoportables y tediosas cintas del festival.  Curiosa es ‘El cielito’, de María Victoria Menis, filme que, sin contar absolutamente nada, se deja querer debido a lo ingenuo de su propuesta: Félix, un raterito vagabundo que comienza a trabajar en la pequeña chacra de una pareja que vive con su bebé, despertará la responsabilidad de proteger al pequeño de la violencia familiar y el desamparo social que se derrumba sobre la familia. Durante 90 minutos asistimos más que a una película dramática sobre el desamparo metafórico de los más desfavorecidos en una Argentina huérfana no ubicada ni en espacio ni en tiempo, a un dulcificado publirreportaje cinematográfico de ‘Cómo ser un buen padre’, ya que el filme rehúsa a cualquier atisbo de dramatismo para enfocar su visión a la relación paternofilial del vagabundo y el chavalín. 90 minutos mostrando al joven jugando con el niño, dándole de comer, durmiéndole, proporcionándole cariño... Atiborrada de dulzura ‘El cielito, es ideal para todo aquel que crea que ha despertado la necesidad de ser padre. A pesar de que en ningún momento se sepa muy bien qué quiere contar la realizadora porteña ni mucho menos se explique su absurdo y necesario final, es una obra sin pretensiones correcta. Sin más. La sorpresa en la temática de esta edición centrada en el acercamiento en los estratos sociales de toda índole y en los problemas de los mundos que nos rodea ha llegado de la mano, como no podía ser de otra manera, del cine oriental, en su faceta ‘fantastique’ de leyendas, fantasmas y recuerdos regresivos. La cinta en cuestión, ‘Geo mi-soop (Spider Forest)’, de Song Il-Gon, es una complicada trama con final sorpresa que se muestra como perturbador puzzle de los fantasmas del pasado de Kang Min, un hombre que acaba de presenciar un asesinato y que es atropellado posteriormente. Tras 14 días en en coma, recupera su vida sin memoria para intentar resolver su tortuoso pasado y el asombroso e inesperado presente. Por medio de la ‘estructura Omega’ en un guión de engarces fascinantes, que en su desarrollo se abre y se cierra en un mismo punto, variando el posicionamiento y realidad de sus personajes, Il-Gon sumerge al espectador en un juego que se metaforiza en una tela de araña, descolocando su perspectiva constantemente a través de sus recursos a medio camino entre el ‘thiller’, las historia de fantasmas orientales y pequeñas pinceladas de terror. ‘Spider Forest’ profundiza en los recuerdos ocultos que se descubren en el presente, donde la memoria enferma de los errores conciben un cenagoso y oscuro mundo imaginario donde la realidad y el pasado sirven para ocultar terribles secretos. Un puzzle que se va creando con pequeñas piezas mostradas como llaves que abren puertas al entendimiento de una película algo inasequible, a la que le faltan fragmentos, recuerdos que encubren la clave de los sueños, las leyendas de un oscuro bosque que son necesarios para asumir la propia acción que de lo que está sucediendo. Fascinante y necesariamente digerible, esta producción fantástica se siente proscrita (más factible en la Semana que esta ciudad le dedica al género) entre tanto cine social.  En Zabaltegi se está viendo muy buen cine. Sin excesivas desproporciones de calidad de otros años en los que se ve una obra maestra por cinco ínfimas producciones, en esta edición el nivel se ha asentado en interesantes muestras venidas de todo el mundo dentro de su objetivo unificador, abierto a la pluralidad genérica y cinematográfica. Así, se puede disfrutar de uno de los mejores trabajos de Claude Chabrol, en su última genialidad ‘La Demoiselle de Honneur’, como de, a juicio propio del que escribe, la mejor película vista hasta ahora en el festival, ‘In Nordwin’, excelente título de Bettina Oberli. En la primera, el veterano cineasta francés adapta la novela de Ruth Rendell ‘Amores que matan’, la historia de un joven que, enamorado de una hermosa y excéntrica chica, hace de su vida una pesadilla cuando ésta le pide como demostración de su pasión que mate a alguien para declarar así hasta qué punto le ama. La historia juguetea en todo momento con el ‘thriller’ y el drama romántico sazonado de un humor negro ya habitual en el incombustible Chabrol. Con un ritmo cadencial, acompasado por su virtuoso manejo de la cámara, el realizador galo confiere a su película una insólita lección de ‘tempo narrativo’ con tópica historia de amor a primera vista, ajustada a la más oscura vertiente que enarbola su siniestra y enfermiza fábula de una pasión que desea ser el único fin y meta de una vida, la entrega total en cuerpo y alma, sin preguntas, sin reproches ni sospechas, hasta llegar a un sacrificio letal que compromete la integridad física y ética del individuo. Chabrol manifiesta ser un maestro en el descubrimiento de promisorias actrices con la elección de Laura Smet, una deslumbrante y perturbadora actriz francesa (vista el año pasado en la maldita ‘Le corps impatients’), que le da a su personaje un halo de ensoñación apabullante y que es, a todas luces, lo más sobresaliente de una ya de por sí estupenda película. Un análisis sobre la debilidad humana que, más allá de la ‘femme fatale’ al uso, formula la inusual figura de un súcubo psíquico y físico convertido aquí, de nuevo, en uno de los elementos naturales del cine de su director: la tentación y el amor representado en un envenenado aguijón que conlleva al sometimiento más perturbador circunscrito, cómo no, en la burguesía representativa de los defectos sociales y humanos dentro del cine del gran Chabrol. La segunda, traducida en nuestro país como ‘Viento del norte’, aborda un cuento que implora el realismo y naturalismo para, de forma diáfana y contundente, sondear la vida de una familia cercana y corriente en su travesía hacia el infierno que supone la realidad social del paro, de los problemas de comunicación familiar y de la mentira como excusa encubierta, como placebo ético. Mediante su apabullante verismo, su desgarradora y diáfana sencillez, la directora suiza lanza su historia con una honestidad que descoloca por lo espontáneo de sus secuencias, por el ritmo con el que se cuentan los pequeños retazos de una vida familiar en la que las tensiones, las máscaras, los anhelos y la realidad se sobreponen por encima de cualquier concesión al dramatismo o al efectismo. Un filme que, sin duda alguna, marcará con su calidad lo mejor de esta sección.
También cabe destacar, para finalizar, la comedia coral, algo apática y de vocación ‘indie’ ‘Wilby Wonderful’, de Daniel MacIvor y ‘Nietos (Identidad y memoria)', de Benjamín Ávila, efectivo y conmovedor documental sobre las Abuelas de Plaza de Mayo que persisten en su empeño de unir a los nietos de los ‘desaparecidos’ de la dictadura militar con sus familiares.
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martes, septiembre 21, 2004
 Historias de amor entre cartas y tormentos Que Robert Guèdiguian es uno de los cineastas con más reputación dentro del panorama europeo con una evolutiva trayectoria donde ha sabido desarrollar un inconfundible estilo enérgico lleno de talento analítico para con la sociedad francesa menos favorecida y marginal (sobre todo con el entorno inmigrante y desterrado) no se va a poner en duda. Que su propensión a trabajar con el mismo equipo técnico y artístico es el gran distintivo del cineasta francés, se puede empezar a discutir. Y es que cuando uno asiste a ver la última película presentada al festival por parte del francés ‘Mon père est ingènieur’, tiene la sensación de haber visto más de una vez (y de dos) lo que Guèdiguian tiene que contar. Y no es que esté mal contado, no, sino que su apego por esa temática definida en su vertiente negativa por la consolidación y creación de bolsas de marginalidad en el mundo y en el interior de las sociedades occidentales empieza a resultar reiterativo y un tanto cansino. Su nueva historia de amor reúne lo esperado; a Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan y Pascale Roberts y una trágica historia de incomunicación, de rencor y de renacimiento del amor en la historia de Natacha y Jérémie, una pareja que, después de muchos años en los que fueron amantes, vuelven a reencontrarse. Él intentará descubrir el por qué de su estado catatónico, investigando y recuperando la vida actual de ella, conociendo así a la gente que ella conocía, que la rodeaba y a la cual atendía como pediatra. En su última cinta, el realizador galo abandona su constante de ahondar en relaciones sociales y de desigualdad para ofrecer una historia de amor, de evocaciones metafóricas en un curioso paralelismo con el nacimiento católico de Jesús encuandrado una vez más en los más pobres obreros francos. Una historia de tintes melancólicos que reflexiona sobre el amor verdadero, las oportunidades perdidas y la felicidad ignorada. Pero todo ello no es suficiente para que el público caiga en el más que taciturno de los aburrimientos. El cuento romántico de Guèdiguian se obstruye en su desmesurado pesimismo lacónico, en su lento cavilar por las emociones compartidas por la pareja, en los lentos 'flashback' que recapitulan la afinidad ideal de la pareja en el apsado. Una lástima que esto suceda, porque la idea de encierro sentimental y el drama romántico propuestos suponían un nuevo punto de giro en la sugestiva y prolífica filmografía del director.  Por contra, sí convenció, al menos al que esto relata diariamente, ‘Yi feng mo sheng nu ren de lai xin (Carta de una desconocida)’, de Xu Jinglei, ‘remake’ asiático del texto homónimo de Stefan Zweig, uno de los más populares autores de la primera mitad del siglo XX y que ya viera llevado a la pantalla su obra por el maestro Max Ophuls en 1948 cuando realizara una de las tantas obras maestras. Sin caer en el absurdo error de comparar ambas adaptaciones, Jinglei acomoda la novela a su Pekín natal, situando la acción en 1948 (en claro homenaje a Ophuls) y readapta una de las historias de amor más conmovedoras jamás concebidas. En la misma, un hombre vuelve a casa después de la guerra y descubre una carta de una mujer que afirma haber muerto. En la misiva le relata la historia de su amor por él, una pasión de toda una vida que no ha disminuido con el paso del tiempo, pero de la que él nunca ha sabido nada. La directora asiática olvida los exactos trazos de perfección de Ophuls y su drama vienés para adecuarlo a China, por medio de referencias culturales y estéticas, donde el argumento fluye melancólico y silencioso como la actitud de la amante sigilosa y oculta. Mediante una fotografía meticulosa y perfecta en su aspiración ambiental, los detalles más nimios, los concisos diálogos que pierden protagonismo en favor de las miradas, de los 'raléntis' románticos y de la emoción oculta en cada plano, el desarrollo de la acción introduce, sin embargo, ciertos cambios en el argumento que no afectan el resultado final, pero que son testimonio de lo poco que la sociedad china de los años 40 (y del mundo entero) era capaz de entender que la heroína de un amor tan delicado, tan entregado y tan fiel pudiera desprenderse del corazón impuro de pecado de una cortesana como la mujer que acaba siendo en el libro de Zweig. Y es que la nueva ‘Carta de una desconocida’ de Jinglei es una triste y dramática historia de amor cuya intriga que no se sostiene en la búsqueda y el descubrimiento posterior de un final sorprendente, sino en el examen de los motivos que provocan el drama ocasionado por un poderoso sentimiento de amor. Algo que eternamente sucede en el romanticismo. Un sentimiento que alcanza la condición de juramento por el carácter que imprime a su protagonista femenina (interpretada con tesón y ternura por la propia Xu Jinglei), una mujer enamorada, atrapada en un amor que ni puede ni quiere controlar, consciente de que infaliblemente su pasión la llevará a la perdición. Una de las películas más esperadas en Zabaltegi fue ‘Diarios de motocicleta’, de Walter Sales, película de perfecta conexión que conjuga una estimulada síntesis de las anotaciones que tomó el joven Ernesto Guevara durante su viaje por Latinoamérica, que son la materia de fondo que alimenta el excelente guión mostrado en este apasionante periplo. El filme de Walter Salles define con exactitud, en breves pinceladas, a sus personajes principales, Guevara y su inseparable Alberto Granado, como burgueses argentinos con ganas de aventuras en una vieja Norton a la que llaman ‘La poderosa’ para meterse de lleno en el trayecto vital que será el apogeo de su conocimiento acerca del verdadero sentido de la vida. Bajo un estilo llano y honesto, sin caídas en la prosopopeya y en los subrayados a los que se presta obviamente la figura de Gael García Bernal, el espectador tiende a asociar sus rasgos a los del icono universal en que acabó convirtiéndose el personaje que el actor mexicano edifica con sensacional naturalidad y talento. Tal vez lo mejor de esta magnífica cinta sea la capacidad de extraer anotaciones no sólo de un relato y una atmósfera determinada, sino de algo más y de gran calado, de los problemas sociales que vivió Ernesto en su viaje siguen vigentes en la totalidad de los lugares menos privilegiados de toda Latinoamérica y que le transformaron en el idealista y revolcuonario ‘Ché’.  Lo grande de estos festivales multitudinarios es que se pueden encontrar películas que difícilmente se podrán ver en la gran pantalla. ‘Innocence’, de Lucile Hadzihalilovic, es una incógnita. Y no sólo cuando se afirma la primera frase, sino en su totalidad, como concepto llevado al cine y como idea transgresora de expresión cinematográfica. La historia de unas niñas que viven en un caserón en el que reciben clases de ballet como única vía de desarrollo personal es una de las obras más originales, metafóricas, incitantes y estéticas que se van a ver en este festival y en todo 2004. Una odisea que, encubierta en lo ambiguo de sus pilares, va abriendo su sentido en sus ascendentes impulsos hacia una significación establecida en la historia simbólica sobre la infancia, la feminidad y lo que con ello desemboca. Es decir, un recorrido hacia la pubertad mujeril. Bajo una inquietante y siniestra fotografía y una disposición de la oscura puesta en escena, Hadzihalilovic realiza todo tipo de alegorías a la metamorfosis que lleva el hecho de pasar de ser niña a mujer, a la pérdida de la inocencia referida en el título y al sentimiento de tristeza que provoca este cambio hormonal, significado en las mariposas siempre presentes en el trasfondo temático. A estas películas destacadas en Zabaltegi, cabe añadir ‘Salvador Allende’, de Patricio Guzmán, documental que, frugalmente, lanzando ideas políticas a favor del engrandecimiento de la figura personal y gubernamental del célebre mandatario, va desgranando toda la maquinaria ideológica y política que convirtió al presidente más carismático de Chile en una leyenda y un mártir. El documental de Gumán quedará para los fastos como un nuevo panfleto idealista en el que los colaboradores de Allende, sus amigos y seguidores del partido ‘Unión Popular’ dejan bien claro que el líder socialista chileno nunca quiso una “dictadura del proletariado” y donde Edward Korry reconoce la participación de Washington en el sanguinario derrocamiento de Allende. PD: Este post se supone que lo tenía que publicar mañana día 22, pero os lo dejo ya´. Por si no me da tiempo. AUPA!
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 La Sección Oficial levanta el vuelo El cine español no atraviesa uno de sus mejores momentos. Ni en su apartado de mercado, ni en el terreno creativo. Eso es una evidencia irrefutable. Por eso, había mucho miedo a la hora de juzgar la única película española a concurso del festival. Y la verdad es que ‘Horas de luz’, de Manolo Matji, pese a no destacar en exceso por su amplitud de virtudes, merece todo el respeto por tratarse de una más que decente obra con ritmo, bien construida y con la eficacia como único propósito contenido. La historia, inspirada en un caso real, se centra en la relación de José Garfia, condenado a más de cien años por el asesinato de tres personas, y Marimar, enfermera que se enamora del aparentemente peligroso recluso. A lo largo de la cinta, todo resulta amenizado por una cadencia de situaciones que fluyen entre el empalago de un drama romántico y el género carcelario, contexto que sirve para conceder el privilegio al personaje de Alberto San Juan de una lectura positiva. Y con esto, la fábula amorosa de Matji se transforma en un melifluo folletín lleno de situaciones ornamentadas en la máxima del amor como motor de la vida que convierte a las personas en mejores seres humanos. Sobre esta idea, el director de ‘La guerra de los locos’ recrea una historia almibarada donde nada molesta y todo fluye, donde la violencia carcelaria es enérgica y las reacciones humanas brotan con indulgencia y comprensión, haciéndose extensible al espectador. Una correcta película que, sin ser una obra fascinante, sí despierta la simpatía por su armonía visual y narrativa apoyada también un reparto en el que sobresalen más sus secundarios que Emma Suárez y Alberto San Juan. No se llevará ningún premio, supongo, pero por lo menos la sensación de enmienda en el cine español con esta salvedad en la sección a concurso merece el aplauso de la crítica y la atención del público. ‘San Zimske Noci (Sueño de una noche de invierno)’, de uno de esos grandes cineastas europeos del momento, Goran Paskaljevic, descubrió una nueva genialidad en forma de oda a la necesidad de afecto, a la descomposición mental y humana que ha vivido la zona serbia desde la guerra y su lenta adaptación a la Europa actual. Paskaljevic formula la historia de Lazar, un veterano de la guerra balcánica que regresa a casa tras diez largos años de ausencia, libre y con la idea de liberarse de su pasado y comenzar una nueva vida en un país que también parece desear avanzar hacia un futuro mejor. Al llegar a su casa descubre que está ocupado por Jasna, una mujer que se encarga de criar y su hija Jovana, una niña autista de 12 años, ambas refugiadas bosnias.  Así, Paskaljevic motiva al espectador a meterse en una historia que bucea en el insondable caos de la soledad, del desconcierto y de la insuficiencia emocional de unos personajes heridos, desorientados y carentes de motivaciones, como la joven autista que, ajena, a todo, intenta ser feliz como bien puede. Un ácido y trágico cuento que descubre su fuerza en el compromiso con lo que está contando, componiendo una melancólica pieza naturalista en donde la contundencia de su mensaje y de sus imágenes está fuera de discusión. ‘San Zimske Noci’ alcanza a quien observa un filme con aureola de respeto y credibilidad en su extraña historia de amor, recuperación y pérdida, que energiza una de las mejores películas vistas hasta ahora en la Sección Oficial. En Zabaltegi, ‘Tarfaya’ de Daoud Aoulad-Syad (director de curioso parecido a Almodóvar, pero tamizado en negro), refleja la terrible realidad de las pateras que cada día llegan a las costas españolas cargadas de inmigrantes en busca de un mundo mejor. En este caso, la de Myriam, una joven de 28 años que intenta desesperadamente alcanzar la libertad. Una película adusta, parsimoniosa y lánguida, que en ningún momento conecta con el universo de historia humana que acomete. Aoulad-Syad divaga por situaciones sin atractivo que deja descansar sobre su mejor virtud: una fotografía preciosa, llena de matices, como contrapunto a la dramática historia que narra. Como cada inmigrante que busca su paraíso de oportunidades los protagonistas luchan por un lugar bajo el sol, pero en este caso sin el elemento conmovedor necesario. Lo que sí se le puede agradecer a Aoulad-Syad es su despego del cualquier atisbo de tremendismo, construyendo para ello una obra de indiscutible valor informativo que, sin denunciar la tragedia del argumento, deja ver en el incierto final la verdad de lo que ha contado. Eso sí, muy tarde. Tres curiosas piezas más que pasaron por la sección paralela donde se proyectan importantes obras de otros festivales han sido ‘Karpuz kabugundan gemiler yapmak (Boats Out of Watermelon Rinds)’, del turco Ahmet Uluçay, una pequeña historia bastante ‘freak’ y desordenada sobre dos chavales adolescentes que, en un mundo de miseria y cotidianidad, sobrellevan sus problemas de la edad, consistentes en los amores juveniles y sus deseos de ser directores de cine. Uluçay brinda así una fábula costumbrista en la que insertas nuevas formas de narrativa fílmica, de enloquecimiento visual y argumental digno de las comedias ‘slapstick’, con golpes de humor desternillantes y una raíz que bebe de la intrascendencia para lograr el propósito del que habla la cinta: entretener.  También produjo interés ‘Beautiful Boxer’, del tailandés Ekachai Uekrongtham que, en un prodigioso ‘tour de force’ visual en el que se nota un más que holgado presupuesto, ahonda en la historia real del famoso boxeador travestido tailandés Parinya Charoenphol (conocido cariñosamente en Tailandia como Nong Toom), una película llena de intenciones que concede lo que promete sin exponerse a la polémica. Un melodrama con luchas de ‘kickboxing’, comprensiva y tolerante y algo empalagosa tanto en su forma como en su fondo. Pero si una película merece el aplauso enfurecido en esta sección, ésta ha sido ‘In die hand geschrieben’, de Rouven Blankenfeld, la película más enferma, oscura, demencial e incómoda desde hace años. La película alemana es una torva historia de desprecio, de sometimiento, de agresión y humillación que sufre una inocente ama de casa por parte de su cínico marido y un padre tetraplégico que le hacen la vida imposible. El ultracatolicismo, la enajenación y un componente muy alto de perturbación narrativa y argumental (unas pesadillas que pocos olvidarán) basado en el efecto realista de la imagen impactante hacen de este breve desvarío cinematográfico una de las obras más repugnantemente interesantes del festival. Si hubiera un premio al riesgo creativo, ‘In die hand geschrieben’, sería la ganadora. Annette Bening ya está en San Sebastián para recibir esta misma noche el segundo de los tres Premios Donosita. Una actriz que ha sabido elegir sus papeles basándose en un instinto natural que la han convertido en una de las intérpretes más carismáticas del Hollywood moderno. La Marquesa de Merteuil, la mentirosa Myra Langtry, la seductora Virginia Hill, la crédula Barbara Land, la egoísta Carolyn Burnham o la inestable Julia son personajes que no hubieran encontrado su trascenencia si no tuviera detrás a esta camaleónica actriz que fuera lanzada con ‘The Grifters’, de Stephen Frears y que hiciera sentar la cabeza al ‘don Juan’ Warren Beatty. Inteligente y polifacética, imprevisible y seductora, la actriz (encantada con estar por estos lares) presenta además ‘Being Julia’, la última película del prestigioso autor de culto István Szabó.
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lunes, septiembre 20, 2004
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Es agotador. Parece que uno viene aquí a engordar unos kilitos y a echarse unas risas con unos colegas 'freakies' a los que os imagináis con gafas de pasta y boligrafos de esos con linternitas donde apuntan fernéticos y resabidos sus notas para luego critticar en cafeterías de círculos pedantes. Nada más lejos de la realidad. Hoy ha habido un momento en que me hubiera gustado asistir a un festival musical y no a uno de cine, ya que en el musical al menos bebes y te emborrachas con amigos y lo de menos son los grupos de rock. Ha sido frenético. Y está siendo así todos los días de este festival que, por alguna extraña razón, me estoy tomando mucho más en serio (en cuanto a labores periodísticas) que cualquier otro. Ayer llegué a las 2:30 AM a la pensión y hasta las 4:00 no concilié el sueño. Imágenes a 24 fotogramas por segundo seguían transportando historias en mi enfermiza cabeza. Horroroso. Me he levantado a las 8:20 para darme una de esas duchas de agua helada que hacen emular a Farinelli en pleno éxito vociferante. Desayuno consistente en un café acojonante con espumilla bien surtida (de 'gourmette', que diría Tarantino) y un enorme croissant que he devorado en apenas 7 minutos. He ojeado lo que pasa en este insidioso mundo en el que vivimos (he visto que perdió mi Athletic, vaya) y raudo y veloz he ido ido a ver a las 9:30 una película llamada (ver crónica) llamada ‘In die hand geschrieben’, de Rouven Blankenfeld, en la que, por ejemplo y para que os hagáis una idea, una ama de casa sometida y harta lava a su padre tertraplégico que se acaba de cagar encima y le mete el paño (con restos y tropezoncillos de la ponzoña) en la boca ¿Bien, no? He salido a las 11:15 porque la peli ha durado poco (de ahí su efectividad) y he podido plantear un poco la extensa crónica de hoy en la sala de prensa. A las 12:00 otra película, en este caso ‘San Zimske Noci (Sueño de una noche de invierno)’, de Goran Paskaljevic que, debido a que me ha gustado y me he quedado hasta el final, se ha alargado hasta las 13:50. Con toda la prisa del mundo, sobre las 14:40 he escrito como bien he podido y mi talento me ha dejado (creo que nunca he pensado, he escrito y repasado a la vez tan ráido como esta mañana) para salir a toda hostia en dirección al 'Juantxo' para comer ¡atención! un sabroso bocadillo de chorizo cocido que he podido degustar en menos de 6 minutos porque a las 15:00 me esperaba Walter Sales con su más que impresionante 'Diario de motocicletas' que mañana comentaré. He salido sabiendo que había una película española que no he visto a las 17:30. Ahora a las 19:30 toca otra de sección oficial quie tengo que ver. Salgo sobre las 21:30 hacia el 'Juantxo' de nuevo para repostar con una buena pitanza en forma de bocata a lo vasco y a las 22:00 una nueva sesión de una película que tampoco pinta mal. Para acabar, a las 0:00, la última de Zabaltegi que, a buen seguro, también me zampo. Es mucho 'estrés'. Aquí no se disfruta. Esta tarde me han metido en la taquilla la invitación anual de Sogetel (que se la dan a los que llevan viniendo tiempo, no a los novatos) con la que puedo entrar en la sala VIP del María Cristina a beber ingentes cantidades de cerveza fresquita (también hay champán) y comer sus deliciosos canapés. Así que aprovecharé hasta que llegue el momento de preparar mis ojos a otra película procedente de otro continente o país que jamás visitaré. Y mañana, más de lo mismo. PD: por cierto, amigos, que las estoy pasando putas para colgar cada día como Dios manda estas crónicas en la weblog. PD2: He dejado una foto en la que, como en esas gilipolleces de las 7 diferencias, tenéis que encontrar a alguien conocido...
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Winterbottom escandaliza y trastorna los ojos del espectador Es el festival de San Sebastián un escaparate de imágenes, de historias, de cinematografías heterogéneas, propuestas que pueden gustar, contrariar, hacer reír, entristecer o, como bien suscitó ayer ‘9 Songs’, de Michael Winterbottom, una de las películas más esperadas en la Sección Oficial, la polémica y la perturbación en el convulso espectador que pudo asistir a los dos primeros pases. ‘9 Songs’ podría muy bien haberse titulados ‘9 polvos y 9 canciones’, debido a una estructura delimitada a varios momentos de diversos grupos de ‘punk-rock’ que se alternan con secuencias de sexo explícito, pornografía artística con actos carnales en los que la cámara, siempre certera y adecuada de un director enamorado del buen cine y de la plástica composición de celuloide y sentimientos, se mantiene absorta en el acto lúbrico del amor. Esta película se puede tomar desde dos perspectivas; una, la de lo que es: la aventurada invitación a la relación efímera y apasionada entre dos jóvenes que se conocen en un concierto y tienen una aventura apasionada basada en el sexo, ‘affaire’ realista y realístico, materialista, de las relaciones heterosexuales modernas donde impera el placer sicalíptico por encima del romanticismo. Y por otro lado, la de la profusión de concupiscencia visual donde hay penetraciones, felaciones y juegos eróticos sexuales que rebasan cualquier ilusión del que asiste a ver algo más que movimientos de pelvis y sudor en las sábanas. Winterbottom no ha realizado un filme al que se le pueda colocar la etiqueta de ‘X’. Eso hubiera sido un paso atrás en su excelente y reconocida filmografía. El director de ‘Wonderland’ aboga por la naturalidad de los actos amatorios, como una forma de encuentro y conocimiento hermosa y poética que encuentra su mejor cómplice en la música de Michael Nyman, trasladándola a la metáfora, a la frialdad de estas relaciones que, solidificadas a través de la sexualidad imaginativa, despierta el amor. Destaca la labor de dos actores como Kieran O'Brien y Margot Stilley, valientes intérpretes que, sin ningún pudor y con la sinceridad del proyecto expuesto, aceptan el juego y lo llevan hasta sus últimas consecuencias. Una película que levantó aplausos (y otros músculos) y silbidos. El sexo sigue siendo molesto para ver en la pantalla. Eso está claro. Aunque Winterbottom recurra a su habitual maestría de narrar la vida tal y como es. Sin tapujos y bajo los acordes de The Dandy Warhols, Franz Ferdinand, Bobby Gillespie, Bob Hardy o Alex Kapranos, ‘9 Songs’ brilla por su honestidad e intrepidez, comprometida con su historia solidifica una sincera muestra de libertad. Un habitual del certamen donostiarra, el argentino Adolfo Aristarain, que ya triunfó aquí con ‘Un lugar en la frontera’, ‘Lugares comunes’ o ‘Martin (Hache)’, presentó su inacabable ‘Roma’, un drama existencial que narra la vida de Joaquín Góñez, un escritor en horas bajas que rememora su vida a través de su transcriptor Manuel Cueto, joven periodista que queda fascinado con la vida del fascinante y veterano autor. Así, y por enésima vez, Aristarin se consolida como un historiógrafo puntilloso de la historia de su país, desglosando ambientes, situaciones políticas e intelectuales de cada etapa en la que se detiene. Para Aristarain sigue siendo fundamental la traumática ausencia del padre, el valor esencial de la madre y el tono liberal y copiosamente ‘cultureta’ de la genealogía histórica y política de Argentina. El realizador gaucho vuelve a someter al público a una cinta que avanza lentamente, que se detiene en soliloquios pedantes sobre todo tipo de temática musical, cinematográfica, literaria y filosófica. Todos los personajes de ‘Roma’ se estancan en proferir postulados del pensamiento clásico y moderno, hablan de literatura enumerando a autores que hablaron del desasosiego vital, de todo tipo de filósofos con las ansias de cambio y del jazz como influencia sentimental. Aristarain sumerge al espectador en su pretenciosa visión del pasado, en las inquietudes liberales que esconde un bramido de independencia retroactiva y redunda en el estereotipo del hombre sabio, desasosegado y aislado del mundo, huidizo de sus propios recuerdos. Un ‘revival’ generacional que agradará a los hispanohablantes revolucionarios y ‘progres’ que un día creyeron que cambiarían el mundo. A ‘Roma’ le sobra metraje, exceso de ínfulas y adolece de interés, elemento fundamental para que una película pueda considerarse de calidad. A ‘Roma’ no le falta, pero le sobra un poco de pedantería barata para lograrlo.  En Zabaltegi destacó, como era de esperar, la deliciosa ‘Como una imagen’, comedia de la francesa Àgnes Jaoui que, bajo su aparente futilidad, esconde una película intensa y portentosamente construida, llena de recovecos y complicidades en torno a un grupo de intelectuales parisienses cuya vida cotidiana roza lo privativo en su arrastre flemático y paulatino de pasiones comunes, de traiciones y lealtades. Sinuosa e inteligente incursión en lo más soterrado del arquetípico intelectual francés, ‘Como una imagen’ demuestra, al igual que con su ingeniosa ‘Para todos los gustos’, que el matrimonio creativo formado por Jaoui y Jean-Pierre Bacri es una de las más importantes y referenciales muestras del mejor cine francés que basa su éxito en la sencilla complejidad de un mínimo universo de ideas abiertas y comportamientos cerrados. Una comedia que hace reír, pero también reflexionar sobre vida cotidiana en la pervive una admirable y alentadora ficción donde la realidad de lo urbano se enturbia con actitudes de personajes cercanos y reconocibles. También se pasó por el Zinemaldia M. Night Shyamalan que dejó con ‘El bosque’ el mejor sabor de cine comercial norteamericano. Una película con William Hurt, Joaquin Phoenix, Adrien Brody, Sigourney Weaver y la jovencísima Bryce Dallas Howard (que estuvo departiendo con dulzura y accesibilidad con los periodistas del festival junto al director de origen hindú). ‘El bosque’ está ambientada en un pueblo rural amenazado por seres sobrenaturales que impiden a los habitantes abandonarlo. Una película que, intencionalmente o no, evoca los relatos infantiles de heroínas adolescentes y lobos amenazantes. Por último, en el goteo de estrellas que van y vienen y donde los últimos ejemplos se han personificado en Oliver Stone y Annette Benning, se ha dejado notar la presencia de la actriz de moda en el cine español de Leonor Watling, elegida en el somero circo de la estética y el ‘glamour’ como rostro del año, que viene eligiendo una conocida marca de cosméticos y que no es más que la excusa para la pose, la fiesta y el encuentro de los más ‘in’ del festival.
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domingo, septiembre 19, 2004
 La realidad del mundo a través del cine José Luis Rebordinos, subdirector del Festival de Cine de San Sebastián, recordó ayer, durante la presentación de una de las películas inscritas en Zabaltegi, el compromiso del certamen en esta edición con el cine social, con la realidad del mundo que nos rodea y lo ajenos que permanece a veces el Séptimo Arte ante la constante lucha de algunos creadores por abrir los ojos al mundo a lo que pasa fuera de nuestras fronteras, a la gente que sufre y está desvalida, que pasa hambre y padece miserias. El cine sirve muchas veces como vehículo a modo de reflejo de las infracondiciones que no vemos, pero que existen. Y ése parece ser el objetivo de esta edición que, en su primer día de Sección Oficial ha sido la nota predominante de la temática de sus dos primeras películas a competición, pero con diferentes objetivos, aunque equiparando sus resultados finales. ‘Brodre’, de la directora Susanne Bier, una de las presencias ya concursantes en pasadas ediciones del festival y autora de obras en las que el amor y el dolor suelen ser la pauta a seguir, escoge estas dos particularidades para narrar una extraña historia de las consecuencias de la guerra (en esta caso, como no podía ser de otra manera, la de Irak) dibujada en la personalidad de un soldado danés que tras sufrir un calvario vuelve a casa para desquiciar con su enajenación a la familia que le creía muerto. La danesa, pretende arriesgar (y a veces cae en la estupidez) de la propuesta, no desafía en su aserto y destapa los demenciales tópicos del horror bélico y sus secuelas, la pérdida y aceptación posterior de la familia y el reencuentro que acarrea secuelas imborrables. Y no pretende sólo arriesgar en la forma torpe y aburrida de contarlo, ya que se ve su intención de trascendencia en la elección de Ulrich Thompsen y Nicolai Lie Kaas. Actores que a los no habituados al festival no les sonará mucho, pero en cada certamen representan a su país como iconos de la interpretación danesa. Si a esto, se le une el protagonismo estelar de la hermosa actriz Connie Nielsen, acomodada en Hollywood gracias a filmes como ‘Gladiator’, ‘Retrato de una obsesión’ y ‘Basic’, tenemos una película llena de pretensiones que se queda en una anodina y absurda idea intencional, pero vacía y aburrida en su consecución. Algo que vendría muy bien para definir a la más que lenta propuesta del prestigioso François Dupeyorn con ‘Inguélézi’, visión ecuménica y bondadosa de la indulgencia integradora de una viuda que acaba de perder a su marido y que, por azares de la vida, se ve ayudando a un inmigrante kurdo a acceder a Inglaterra, la tierra de las oportunidades para este pobre aislado en un país que no le entiende. El silencio como metáfora de avenencia, la constante y mareante cámara al hombro y una sensación de ‘no está pasando nada’ abordan un producto de fin esperanzador, pero de medios que llevan al bostezo (en incluso invitan a la cabezadita) en una ‘road movie’ que no responde en absoluto a lo que se esperaba del ganador de la Concha de Oro por esa maravilla que fue ‘C’est qoui la vie’. Ambas películas responden a la intencionalidad de realidad y sociedad del que habla Rebordinos, pero ninguna de ellas son accesibles o albergan algo de interés para conseguir dicho fin. No esperamos en la 52ª Zinemaldia, por tanto, una variedad genérica que permita respirar o reír con comedias. Así que invoquemos porque el nivel vaya subiendo en las sucesivas jornadas. Siguiendo las pautas estructurales de Dante, Jean-Luc Godard acomete una visión de su cosmos filosofal (síntoma de que se aburre) basado en los apotegmas, aforismos y devaneos con el estoicismo cinematográfico y existencial. El resultado es un insólito filme que no responde a las bases de un documental, ni tampoco a las de la ficción. Es un ensayo con historia dividido en tres partes: el Infierno, representado en la guerra con un montaje espesito de películas bélicas que homenajean al cine y a la vida y que parece más un sangriento volumen del ‘snuff’ ‘Faces of Death’ que a una pretendida obra ensayística de un hombre acostumbrado a creerse el ombligo de la renovación del cine; el Purgatorio, centrado en una visita a Sarajevo con motivo de los Encuentros Europeos del Libro y que cuaja en la parte más interesante del filme (excepto la visión de Juan Goytisolo divagando y poetizando sin saber muy bien su dirección ni sentido); y el Paraíso, con un breve paisaje bucólico custodiado por marines norteamericanos en un infumable recorrido con balcanes, palestinos e israelíes en un final que deja la sensación de que Godard tiene en su fondo grandes cuestiones que, pese a profetizar su edad provecta y arcaica para los tiempos que corren, tiene aún mucho que decir. Si su creencia de que el pensamiento debería estar basado en la razón y no en afirmaciones irracionales de revelaciones divinas le deja.  Si Godard incluye bajo su concentrada tesis veladas respuestas sobre la vida y la muerte como acercamiento a la intrascendencia del pensamiento actual sobre la sociedad, el excelente documental 'Darwin´s nightmare', arremete contra la conciencia del espectador con la desgarradora realidad del Lago Victoria, en Tanzania, donde se ha introducido una nueva especie de peces gigantescos que ha terminado con toda la fauna del lago, y alrededor del cual ha surgido una industria de enormes dimensiones que, en aras del progreso, está arruinando el equilibrio del país. Su realizador, Hubert Sauper, dignifica su trabajo implicando una metáfora en la que se extrae la frase por todos conocidos “mientras el pobre se muere de hambre, el rico se hace más rico”, y todo ello en una época que sigue utilizando a los países pobres para traficar con armas y las vidas de estos pequeños submundos llenos de pobreza. Por último, ‘Looking for Fidel’ destapa, otra vez, las vicisitudes de Oliver Stone y su trato con Fidel Castro. Un documental con ritmo, lleno de verdades ocultas e hipocresías evidentes en la forma de dirigir de Castro, que se autodenomina un ‘líder espiritual’ y no un caudillo como deja caer el director de ‘Platoon’. La carencia de libertad, el dinero devaluado, la sindicalización siempre fiel a la gerencia son temas que se unen, de una forma solaz y entretenida conversación entre el dirigente y el cineasta, a temas sobre la libertad de expresión mediática, la crítica al sistema comunista del gobierno cubano que lleva en sus genes la autodestrucción y que le sirve a Castro para atacar constantemente y echar la culpa a USA de cualquier mínima inconsistencia de su gobierno que, históricamente ,encontró en el embargo norteamericano el argumento eficaz para justificar ante la opinión pública nacional, los fracasos de su política económica. Y los cubanos tan contentos, y Fidel engrandecido en cada respuesta, y Stone siendo diáfano dejando ver en Castro una figura apasionante, demagógica, elocuente y dictatorial. Y mañana, más.
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sábado, septiembre 18, 2004
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El genio de Manhattan desdobla su genialidad Allen Stewart Konigsberg, nacido en 1935, se ha convertido, con el paso de los años, en un clásico del cine contemporáneo y en el referente cómico más importante de las tres últimas décadas. Escritor, actor y director, el cineasta más típicamente neoyorquino del Séptimo Arte se ha caracterizado a lo largo de su dilatada filmografía por reiterar una y otra vez sus fobias, exorcizar sus fantasmas de hipocondríaco y vencer sus miedos a través de cintas memorables y poco convencionales. El genio de Manhattan abrió ayer el festival donostiarra con ‘Melinda & Melinda’, una demostración de que su cita anual con el cine (lleva tiempo rodando una película por año) no responde a una imposición autoral, sino a un gran momento de creatividad que parece no tener fin. Tanto es así que Woody Allen aporta con este filme una historia que, a priori, parece reunir las características fundamentales de su cine en una magistral composición donde sus personajes habituales vuelven a circunscribirse en un cosmos de relaciones heterosexuales llenas de trabas e imprevistos, unificando encuentros y desencuentros y tipificando lo que responde a aquello que se espera de esta nueva y fructífera etapa como realizador y guionista. Sin embargo, ‘Melinda & Melinda’ es diferente, arriesgada, y ofrece algo que en sus últimas películas no había dejado ver y que pocas veces ha ofrecido en su filmografía. A través de los ojos de cuatro intelectuales neoyorquinos, Allen juega con el drama y la comedia en un juego de espejos totalmente prodigioso, logrando una oculta lección de la narración cinematográfica en cuanto argumento se refiere. Allen lanza cuatro datos en la vida de una chica de la que todos han oído hablar y, partiendo desde esas visiones de filósofos de café que se aburren, crea dos historias acerca de la misma mujer, pero con dos destinos en manos del generador según sea el cristal con el que la describe. Con esta pauta bipolar, el drama del mejor Allen reflexivo y trascendental se asocia a la comedia que ha venido manejando en los últimos años. Una combinación sorprendente y alucinante.  Esta apasionante mezcla otorga al gran maestro la posibilidad de desafiar el metalenguaje genérico en dos argumentos que se desarrollan con los mismos elementos narrativos en cuanto a giros de guión, pero disolviendo la historia en función de lo optimista de la comedia romántica y lo trágico del melodrama. Con todo esto, Woody Allen demuestra que sus películas anuales pueden llegar mucho más allá del estado de brillantez al que estamos acostumbrados. Y es que la doble Melinda de Allen es una obra de trascendencia intachable que se sitúa a la cabeza de sus mejores trabajos de los últimos diez años. Una pequeña joya.A estas alturas, se podría decir que Woody Allen es un género propio con una genealogía de personajes que abarcan una diversa carrera personal, a menudo autobiográfica, donde ha sabido combinar un desbordante sentido del humor con su visión catastrofista de la vida. Creador de satíricas descripciones de neuróticos personajes urbanos, obsesionados por el amor y la muerte, Allen recogió el primer Premio Donostia de las manos de Pedro Almodóvar. Durante la rueda de prensa, el mítico cineasta afirmó sentirse muy contento con el galardón, arropado por el reparto de su última película Radha Mitchell, Chöe Sevigny, Amanda Peet y Chiwtel Ejofor y mostrando su mejor cara. Desde ayer, el festival le dedica una más que interesante retrospectiva que recoge toda la filmografía del director que reúne obras maestras, películas menores y, sobre todo, películas de Allen de muy difícil acceso. En Zabaltegi ‘Vera Drake’, de Mike Leight y ‘Nostre musique’, la particular ‘Divina comedia’ a modo de documental de Jean-Luc Godard fueron los platos fuertes de un certamen que acoge hoy el Premio de Cinematografía de la Academia Española a Javier Aguirresarobe, maestro de la luz que sabe convertir los lugares en inspiradas emociones a través de una mirada única en un arte tan denostado últimamente en nuestro país. En la parte más frívola y ‘glamourosa’, además de Woody Allen (acompañado, cómo no, por Soon-Yi) y su ‘troupe’ ya mencionada, Stephen Frears, John Leguizamo, Michael Winterbottom (que trae bajo su polémico último trabajo ‘9 songs’). San Sesbastián, con Allen, ha jugado a carta segura su presentación. Como dije ayer, la cosa, promete, ahora sólo falta que las expectativas se vean cumplidas.
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miércoles, septiembre 15, 2004
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Mañana mismo me voy a San Sebastián. Estoy ante una nueva asistencia al Festival Internacional de Cine de Donosti. La 52ª Edición. Es mi octavo año yendo, uno sólo sin acreditar. De nuevo estaré allí, en el Kursaal, en los cubos de Moneo, presenciando el que es uno de los mejores festivales del mundo. De nuevo viajaré hacia ocho días de ensueño (uno menos que otros años) a la Bella Easo para devorar la friolera de seis o siete películas diarias, para encontrarme con el cine de todo el mundo que jamás volveré a ver, para ver de cerca de las estrellas que siempre admiré y estar al lado de los cineastas a los que me gustaría parecerme. Otro año más regreso al Teatro Principal, a los Cines Príncipe, a la playa de la Concha. Caminaré sugestionado por el camino marítimo que lleva al grupo escultórico del ‘Peine del Viento’ de Chillida, intentaré subir al Monte Igeldo y fotografiaré la Isla de Santa Clara y el Barrio de Gros servirá para inspirar nuevas ideas y admirar en ellas la belleza de otro sueño que, de alguna manera, hace que cada año me reencuentre conmigo mismo, con mis deseos y con el vicio de ese prototipo de alimentación universal que es el bocadillo, abanderado en el bar ‘Juantxo’, un trozo de paraíso alimenticio que anualmente me regala los mejores momentos de apetito básico ¡Qué bocadillos, oiga! Mi efusión culinaria sigue conquistando mi endeble y venal voluntad hacia el cenagal más pantanoso de la tentación y la abundancia con esos más que soberbios, insuperables, bocadillos. Ay… con sus pinchos, con su presentación de refectorio divino. Cómo lo echo de menos a lo largo de todo el año. San Sebastián es mi segunda ciudad, mi interrupción vital en la que el tiempo no pasa. El Festival donostiarra ha dado a mi memoria muchos de los mejores recuerdos tanto en a nivel cinematográfico, como en un entorno personal de diversión y pensamiento. Y este año volveré con más fuerza que nunca a convergir con lo mejor del cine internacional, como una pequeña larva fílmica que sueña ser recibida algún día en el María Cristina con honores presentando algo, aunque sea a mi prima. Ocho días en los que, si el tiempo me lo permite (suelo estar muy ocupado cubriendo), os retribuiré vuestras visitas a este foro con el día a día en el festival, con lo mejor en cuanto a cine y procuraré narrar todo el ‘glamour’ y espectáculo que se concentre en un Zinemaldia que promete, este año más que nunca, ser uno de los mejores de su historia. Si no puedo escribir (algún día es seguro que me pasaré por la weblog para contaros algo), en nueve días estaré otra vez dándoos el coñazo con más cine, cómic, música, literatura e inexplicables anécdotas personales que me han convertido en un neurasténico sin fin. Pero sin falta estaré aquí el día 25. Este año, además, el Festival y, sobre todo, el mes de octubre, promete cambiar mi oscura y anegada vida de ‘freakie’ sin futuro, oficio ni beneficio. De momento, mañana os tendréis que conformar con desearme suerte y esperar a que vuelva vuestras pantallas contando algo, en el fondo (como todo en esta vida) intrascendente. ¡Aupa Donosti! Agur amigos y amigas.
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Cuando por primera vez Superman apareció, todo chulo y señorial, en Metrópolis, Lex Luthor era el hombre más rico de la ciudad y estaba metido en prácticamente todos los negocios de la ciudad. Luthor intentó siempre contratar a Superman como su guardaespaldas personal. Pero éste, íntegro y bondadoso, siempre se negó. Luthor representó durante años el cúlmen de la lucidez para un tipo extravagante como yo. La gente siempre ha seguido fiel a la creencia de que Superman era un tío inteligente, cuando en realidad yo siempre he creído fervientemente que es un pobre subnormal que se pone los calzoncillos encima del pantalón, reverenciado por otros ineptos (la sociedad) que le aplauden porque no aciertan a ver que es el mismo periodista que se quita las gafas y es otra persona diferente ¿Pero es que son gilipollas? Superman, también vengativo y protervo, hizo que Luthor fuera encarcelado porque no pudo llegar a su altura. Fue entonces cuando esta malévola voluntad desplegó un intenso odio hacia hombre del pijama azul y los calzoncillos rojos. Como máxima de la maldad lúcida superpuesta a la filantropía gazmoña, Luthor se hizo con el único pedazo de Kryptonita en la Tierra, se fabricó un anillo con él y desde ese momento mantuvo a raya a Superman. Lex Luthor es el ENEMIGO con mayúsculas, el único malvado sin ningún poder homérico, sin vestirse de pantomimo acorazado. Provisto tan sólo de una manifiesta y prodigiosa inteligencia fue capaz de ganarle la partida a Superman, cuidando de no dejar ningún tipo de huella que lo incriminara. Era simplemente impresionante. Como aquella fingida muerte suya, provinente del cáncer radioactivo que propagó el anillo en su cuerpo. Todo era una tapadera, para así tener la oportunidad de clonar un nuevo cuerpo (fuerte y libre de los efectos de cáncer) donde residiera su mente. A pesar de que su extraña enfermedad comenzara a afectar a Metrópolis y se le retirara durante tiempo de los cómics, Luthor se mantuvo como una constante amenaza implícita. Como un clon inteligente, como el villano más carismático y sencillo que ha pasado por el noveno arte. La venganza humana de este demiurgo de la maldad cotidiana llegó de la forma más ignominiosa. Cuando nadie se esperaba su vuelta y Clark Kent y Lois Lane se casaron y vivían felices en el mundo real como aguerridos periodistas de sucesos, el maquiavélico antihéroe de los cómics, el verdadero protagonista de Superman, compró el periódico ‘The Planet’ y despidió al intrépido cabeza de familia y retuvo a Lois, haciendo, de paso, que Clark no fuera contratado por nadie. Con el control de la ciudad bajo su pérfido dominio. Eso es un villano, eso es la representación del Mal, en un formato cotidiano, real y humano. Un hijo puta que te deja sin trabajo y te hace la vida imposible, como existen en la vida real. Por eso, Lex Luthor es la gran baza para aquellos que quieran descubrir en las páginas del cómic al auténtico villano enemigo que un superhéroe pueda encontrar. Y al mismo tiempo, sin armas, sin poderes, sólo con la inteligencia. Por eso, tu jefe, tu pareja, tu socio, por ejemplo, pueden ser un Luthor. Lo que da como conclusión: Superman, en el fondo, no deja de ser un pobre hombre, un perdedor que puede llegar a triunfar, pero que, si se ve en el paro, no puede hacer nada por muchos y sorprendentes poderes que tenga. Como todos nosotros.
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martes, septiembre 14, 2004
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Lucas ha metido mano a la trilogía que compraremos la semana que viene, como bien sabréis. Si es que...
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Extraña mezcla de ardid y hermosa fábula Amenábar compone su mejor y más hermosa película consciente de la facilidad del drama y sin arriesgar lo más mínimo. No hace falta explicar mucho sobre la sinopsis de ‘Mar Adentro’, de sobra conocida por todos. Amenábar propone una película de corte intimista, que no aspira a juzgar las razones que impulsaron a Ramón Sampedro a acabar con su vida, sino a comprenderlas. Con este nuevo trabajo, posiblemente el mejor en la corta trayectoria del cineasta, Alejandro Amenábar se descubre fácilmente por su excelente forma de emplear los recursos cinematográficos, muy elegantes y luminosos, aportando una sugerente capacidad de seducir al espectador, es decir, de llevarlo por dónde él quiere, aspecto fundamental de su eficacia narrativa y visual. Mucho más melodramática que naturalista, ‘Mar adentro’ encuentra un extraño equilibrio en la paradójica intrascendencia de su gravedad temática al proponer, casi de pasada, aspectos morales, detalles políticos y reacciones sociales que se sucedieron en la reclamación de una muerte digna por parte de Sampedro y que, por esa misma razón, nunca asfixia el retrato humano que el director ofrece. Algo reprochable de entrada, ya que se echa de menos un poco más de compromiso por parte de los guionistas. Pero cualquier defecto se escombra con la belleza de lo que se cuenta y cómo se narra en una hermosa historia a modo de inasible paseo entre la vida y la muerte, desde la ventana indiscreta de las ensoñaciones, deseos y voluntades de un hombre que no quiere seguir viviendo. Como aproximación al drama humano de Sampedro, la película es mucho más que correcta, ya que nunca cae en histrionismos y se afana en buscar que todo resulte lo más creíble posible. ‘Mar adentro’, antes que una obra de tesis, pretende ser una reivindicación de la libertad del ser humano para tutelar su destino a través de los ojos de un hombre impedido que encuentra su objetivo final en la muerte. Pero, lejos de la prometida trascendencia de la trama y su discurso inicial, Amenábar se salvaguarda de cualquier estereotipo cuidando mucho no ceder a lo fácil, jugando con el humor blanco, pero sin resultar gracioso, aparentando ser profundo, sin cruzar nunca los límites que conlleve a cualquier polémica por lo espinoso de su fondo argumental. Encuentra así la fórmula perfecta para que el público caiga rendido ante su historia.  Y es cuando el niño prodigio del cine español, sólo en este sentido, resulta más honesto que nunca. Porque es consciente tanto de sus virtudes como de sus limitaciones. Aún así, ‘Mar adentro’ huele a muchas cosas vistas, como una amalgama analítica de trucos narrativos que embriagan, que llegan al corazón del público mucho antes que a la cabeza. Una astucia totalmente plausible con el melodrama, pero nada justificable con su fondo real. Estamos por tanto ante una película desprovista de riesgo, ya que nunca una cinta antes en el cine español había sido tan mediatizada, había escogido una historia real tan célebre y polémica o se había apoyado en el director de moda del cine español y en el mejor actor europeo, unido al drama que utiliza las mismas formas y recursos estrcuturales que los filmes dramáticos americanos que comulgan tan bien con el gran público. Si a eso unimos el perfecto engranaje de una promoción perfecta que ha saturado cualquier previsión, tenemos un taquillazo seguro. Como es el caso de ‘Mar adentro’. Amenábar cae, sin embargo, en el ‘tear jerker’, es decir, el género destinado a verse en la sala de cine provisto de una caja de ‘kleenex’ reservados a enjugar las lágrimas del espectador. Son películas sin demasiada personalidad ni carácter, pero que logran contagiar al público una historia dramática que arrolla y desarma. Ha funcionado siempre. Ejemplos de ello son cintas más o menos recordadas como ‘Magnolias de acero’, ‘Lorenzo’s Oil’, ‘Otoño en Nueva York’ o ‘En la habitación’. Algo así como el ‘boom’ lacrimógeno que en su día fueran ‘Kramer contra Kramer’ y ‘Campeón’. La gran ventaja de ‘Mar adentro’ sobre estas películas es su intención de reflexionar sobre la muerte vista desde la vida, donde el deseo de morir, el deseo de una dignidad asociada a esa muerte es visto desde la perspectiva de quien no puede valerse por sí mismo. A Amenábar le hubiera gustado que su cuarta película supusiera para el espectador una reconciliación con el cine español mediante una cercanía necesaria que hace de la pantalla un sugerente viaje para enfrentarnos al mundo. Pero no es así, fundamentalmente por el esquivo enfoque que el realizador tiene ante un tema tan complicado como la eutanasia.  ‘Mar adentro’ se refiere a ese ámbito de autonomía personal en que cada hombre es libre de vivir o morir, para así, presentar como ejercicio de afirmación vitalista la posición de Ramón Sampedro ante la vida y la muerte. Se supone que estar atado a una cama durante tres décadas es signo evidente de impotencia y que ello puede conllevar a la máxima de que el hombre es dueño de sus decisiones y, como tal, proclama su derecho a morir, libre de ataduras jurídicas o morales. Pero Amenábar, llevado por su pensamiento único que sustenta su ideología positivista y laicista, no se compromete ante la situación de Sampedro. En ‘Mar adentro’ Sampedro quiere morir, añora la muerte, pero no en un sentido vitalista a lo Millán Astray, sino como negación absoluta a la posibilidad de un significado de existencia. En las secuencias en las que cualquier secundario le ofrece razones para vivir, el tetraplégico las rechaza temiendo que su consistencia destroce sus esquemas. Por el contrario, ningún personaje encarna la concepción de la vida como don, sino que el planteamiento es exclusivamente emocional o de sentido común. Amenábar y Mateo Gil no han querido profundizar en los porqués de la vida o la muerte, tal vez por lo problemático que esto hubiera supuesto para ahondar en su historia. Así, la actitud de Sampedro, impasible y convencida, expuesta a través de la mirada hagiográfica y la valentía, es descubierta como irrefutable y convincente para todos. ‘Mar adentro’ responde a un diseño de tiralíneas para graduar el elemento ideológico. Dentro de este terreno, cabe destacar esa absurda secuencia pretendidamente cómica que enfrenta al héroe Sampedro con un sacerdote tetraplégico que le visita para convencerle y animarle a seguir viviendo. En ella, para obtener la simpatía del público y acercar a la decisión de Ramón, Amenábar ridiculiza a la Iglesia de forma anticlerical, apelando a la risa y rompiendo a su vez la contención dramática y seriedad de toda la película, llegando a afirmar que la Iglesia defiende la pena de muerte. Y todos tan contentos. Con la risa de ver a un sacerdote machacado verbalmente por Sampedro. Y todo, en aras de la libertad personal del protagonista.  A pesar de ello, es ‘Mar adentro’ un viaje fascinante, una realidad matizada con toques de ficción y un tono naturalista en la fotografía de nítida luz natural y talento del genio que es Javier Aguirresarobe, al servicio del trabajo indiscutible de Amenábar, portentoso director de actores, narrador visual y realizador deslumbrante. Pero su destreza visual no impide reconocer la carencia de integridad con el tipo de historia que está contando. Sus pretensiones ‘transculturales’, la visión americana de espectáculo que demuestra (utilizando cabezas calientes, travellings efectistas y demás técnicas de dirección –llegando a lo irrisorio en esa fantasía volátil del protagonista por las montañas hasta llegar al mar donde encontramos a la chica caminando por la orilla), le hacen caer en su principal error. Y no es más que dejarse notar demasiado, estar presente en cada plano, otorgarse un protagonismo excesivo que resta concentración al drama de Sampedro. Esta omnipresencia de Amenábar se ha dejado ver ya no sólo en la profusa y cansina promoción (incluida su ‘salida del armario’), sino dentro de la película, incluyendo secuencias en catalán y gallego (se ha echado de menos algo en euskera, que ya puestos…) que permita a todo el público tener una razón para ver esta película. A Amenábar le interesa, por encima de todas las cosas, que ‘Mar adentro’ sea lo más comercial posible, que traspase fronteras, que gane premios y que esté en boca de todos. Una cualidad que no caracteriza a una película intimista como es ésta. Además, el cómplice vouyerismo, la facilidad para entrar y salir de atmósferas, estancias físicas y simbólicas, son connotaciones también presentes en una irregular cinta que consigue que sus virtudes aplaquen sus múltiples defectos. Como que el cineasta chileno siga jugando a componer, introduciendo sus ‘partituras silbadas’ en momentos en los que el énfasis emocional necesita de ella para lograr multiplicar su resultado o recurrir a canciones populares, como ese 'Nessun dorma' que queda perfectamente en su juego de manipulación. Un juego que conjuga lo peor de sus propósitos ‘americanofilos’ y efectistas en su epílogo, colmado de actitud moralizante, desperdiciando el cautivador final del suicidio de Sampedro para volver al plano más alegórico de la cinta; el momento en el que el personaje de Bardem flota en el mar después del golpe que acabó con su movilidad, revelando el instante en el que, para el propio personaje, debería haber acabado su vida. Todos los años de sufrimiento. Un símbolo de paz.  Ahora bien, el film resulta en todo momento más interesante por el plantel de actores que por el propio trabajo de Amenábar que, todo hay que decirlo, realiza una prodigiosa dirección de actores. Contrariamente a la sensación de estar viendo a Javier Bardem componiendo, magistralmente si duda, a Sampedro, el espectador sale fascinado por la que es una de sus habituales interpretaciones. Que es lo mismo que decir que el mejor actor español del momento aporte al cine otra lección de interpretación magistral, tanto en composición física, como en la elaboración de un extraordinario acento gallego. Un actor para el que se están acabando los adjetivos ponderativos. No son ajenos a este logro los mejores secundarios que se hayan visto en mucho tiempo. Desde el sorprendente descubrimiento de Mabel Rivera (lo mejor junto a Bardem de la cinta), la serenidad de Clara Segura, la magnificencia de Lola Dueñas y la admirable voluntad de Belén Rueda hasta las imprescindibles presencias de Celso Bugallo y Joan Dalmau, todos excepcionales dando vida a los que rodearon a Ramón Sampedro. ‘Mar adentro’ no es una versión campechana e individual de ‘Tristan e Isolda’, de Wagner. Ni lo pretende. Tampoco es la obra maestra que muchos pretender hacer ver. ‘Mar adentro’ es, simplemente, una extraña mezcla de ardid y hermosa fábula, síntesis de la sensación de vida y el deseo de muerte asociado a la dualidad de vivir muriendo poco a poco. Miguel Á. Refoyo © 2004
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lunes, septiembre 13, 2004
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Empiezo este post reivindicando, como hombre perdido de toda corriente existencial e ideológica que soy, el cine de los 80. Sí, “otra vez” diréis. Pero sé a ciencia cierta que lo agradecéis porque echáis de menos aquella época, aquellos tiempos de divertimento sin fin con el cine. Todos sabemos que el cine actual está mal. No disfrutamos como antes. Necesitamos echar mano de la nostalgia para entender que aquello no fue un sueño, que el cine que nos hizo SENTIR cuando ibais a una sala de cine era como si asistierais a un espectáculo ¿Os acordáis? ¿No lo echáis de menos? Yo sí. Y sé que muchos de vosotros también. Cine de los 80 ¿Qué es? ¿Cómo nos afectó? Haceros esta pregunta. Todos tenemos recuerdos inolvidables de cuando íbamos al cine y salíamos realmente alterados, creyendo que la película que vimos entonces era la hostia. Lo mejor, la complacencia de pequeños momentos que configuran nuestra vida ulterior. Y esos momentos, algún día se echan mucho de menos, que es lo que me pasa a mí últimamente. Tendremos tiempos de hablar de ‘Regreso al futuro’, ‘Goonies’, ‘El secreto de la pirámide’, ‘Gremlins’, ‘Indiana Jones’, ‘E.T.’, ‘Carretera al infierno’ y de todo aquel cine que nos curtió como pequeños ‘freakies’ que se han convertido en hombres de bien. Pero hoy toca algo de comedia ‘teenager’. Ahora las comedias ‘teenagers’ ya no son lo que eran. Ver ‘American Pie’ o ‘Colega ¿dónde está mi coche?’ puede estar bien, pero ya no es como antes. Las High Schools yanquis ya no son lo mismo. Recordad los 80, amigos. Cerrar los ojos y sentid que estáis allí. Muchos hemos conocido aquella época y no es, precisamente, lo que nos muestra Colomo en la serie de Telecinco. Ni mucho menos. No podemos negarnos a la nostalgia, al recuerdo, a nuestra vida, a la reconfortante sensación de vuestra infancia, de vuestra adolescencia. Y pienso yo “Qué bagaje visual más acojonante tenemos”. Bueno a lo que voy. Hoy, pequeñuelos, toca ‘The breakfast club’. Sí, sí, ‘El club de los 5’. Todos sabemos que el cine ‘teenager’ ha sido un género con más despropósitos que otra cosa. Pero no siempre fue así. Existía de todo desde las ‘High School movies’, hasta chorradas olvidables, pasando, eso sí, por las ‘Spring break’, el género que haría famoso a unos de las influencias más importantes del cine de los 80. El cine y televisión contemporáneos siempre tendrán que agradecer a un hombre, John Hughes, parte de una mitología que no se puede olvidar. Muchas de sus películas, muy maltratadas en su época por la crítica, son hoy en día objeto de culto. Películas que todos recordamos con afabilidad y melancolía. Ejemplos como ‘La chica de rosa’, ‘16 velas’, ‘Todo en un dia’ y la cinta que hoy nos ocupa ‘El club de los 5’. Hughes prescribió la moda ‘teenager’ y abrió el camino de una actitud, de una música actualmente inolvidable y de los gustos de una buena parte del público adolescente. Kevin Smith, entre otros, puede dar buena fe de ello. Es uno de los ‘fans’ más reconocidos de este genio de nuestros añorados 80. Recuerdo haber ido con todos mis primos. Yo tenía 10 años y ya sabía que aquello del cine era un vicio y una necesidad. El cine se había convertido en algo como el agua, como la comida, como dormir (esto último se ha visto mermado muchas veces por el ímpetu cinéfago que he puesto a mi vida cinefila). Pues bien con 10 años vi una de las películas que marcarían gran parte de mi infancia y adolescencia. Para mí ‘El club de los 5’ durante años fue LA PELÍCULA de personajes más importante en un lapso de tiempo en el que las películas eran más que simples películas, eran sensaciones. La vi en el Coliseum, unos meses antes de ver ‘Regreso al futuro’, que se convertiría en un pilar de mi vida.  ‘El club de los 5’ empezaba con aquel castigo, con aquel profesor (Paul Gleason) que era un gilipollas que imponía un trabajo a cinco jóvenes que, en un primer momento, parecían subnormales todos ellos. Un absurdo trabajo. Todo empezaba como el típico telefilme americano. Un inicio de una especie de lección moral. Y partir de ahí empieza lo bueno... No conocemos a nadie. Resulta extraño percibir a personalidades arquetípicas. Nadie estaba preparado para lo que se avecinaba. Nadie se imaginaba que estábamos ante un clásico, ante un peliculón. Una película insondable, oscura, conmovedora y descomunalmente divertida. Cinco chicos en un sábado. Presentados según iban llegando al colegio. Un primer acto en el que el tema principal es el conocimiento de todos ellos, una magistral presentación de los cinco, tres chicos y dos chicas, que están destinados no sólo a aguantarse, sino a conocerse, a compartir unas horas que se convertirán en una amistad verdadera. El guión es una lección excelente de penetración psicológica entre diversas personalidades mostradas sin el menor tono de moralismo. Son como son. Y allí estaban... ¡Joder! Se me pone la carne de pollo. Instalados en una biblioteca nos muestran a todos los chavales. Allí estaba Andrew, Andrew Clark por supuesto, que no era otro que Emilio Estévez, el hermano de Charlie, el hijo de Martin. Un actor que con el tiempo se ha ido perdiendo en las series de televisión. Por aquel entonces era un rostro conocido, un joven valor norteamericano. Emilio era el deportista. Un líder cohibido que esconde sus miedos detrás de sus triunfos deportivos. Un ganador que es, realidad, un fracasado, un perdedor que nunca dice lo que piensa porque los demás ya piensan por él. En ‘El club de los 5’ es donde estaba ELLA. Sabéis de quién voy a hablar. La pelirroja más carismática del cine juvenil de los 80. La musa de Hughes. Aquella exuberante chica de labios carnosos y ojos profundos. ¡¡Molly!! ¿Por qué dejaste de hacer cine? ¿Por qué un día te fuiste y no volví a soñar contigo? ¿Por qué? Molly Ringwald no podía interpretar a otra que no fuera a Claire Standish, la pija consentida, la princesita que ha tenido todo en la vida y mira por encima del hombro a sus compañeros, sabiéndose más que ellos. Una pijilla de rosa que, tras esa pose de soberbia altiva, escondía a una pobre chica hundida por la coacción familiar de acatar unas obligaciones y expectativas que ella no quiere cumplir. Anthony Michael Hall, aquel taheño juvenil que estaba destinado a ser una estrella y acabó por coprotagonizar peliculillas infectas de serie Z con un marciano asquerosillo, era el más pardillo de todos, era el aplicado Brian Johnson. Caracterizaba al empollón, al genio, al inteligente, al sabio, a la puta máquina de los estudios que tiene una total carencia de relaciones sociales, de una timidez impropia de un joven como él. Probablemente el más ‘freak’ de todos ellos. Quedaban los dos PERSONAJES, con mayúsculas, de la película, los dos iconos de la cinta de Hughes que más marcaron entre unos hasta entonces arquetipos. Estaba bien que hubiera un macarra de instituto porque todos veíamos en él al tópico dibujo de un fanfarrón con chupa de cuero y con malas maneras. Eso era lo habitual, lo que hasta el momento era lo frecuente, lo de siempre. Judd Nelson, uno de los actores más carismáticos del cine de los 80 encarnaba a John Bender, el matón del grupo, el intocable, un intimidador que utiliza su simple presencia para amedrentar. Lo recuerdo, recuerdo ver cómo se metía con el pobre Brian, como casi se pega con Andrew, cómo hace llorar a Claire. Pero, de repente, algo imprevisto falla. Cuando va descubriendo que los demás no son tan diferentes a él, que los otros cuatro tienen problemas similares al los suyos. Improvisadamente, sin que el público lo espere, los resentimientos de John salen a flote y se viene abajo, nos alucinó porque el más fuerte de todos llora y nos revela, bajo sus lágrimas, que es el más débil de todos, pero que sabe también cómo funciona la vida. Y, por último, está mi musa ochentera: Ally Sheddy, la dulce Ally. Allí estaba, una presencia imponente, bajo su mirada encolerizada, estudiando a todos, en silencio. Sin decir nada. No entra al trapo hasta bien entrada la película, hasta que conocemos a casi todos. Ella sigue ahí, Allison Reynolds, una oscura mirada bajo una inquietante presencia. Cuando habla, todo el mundo enmudece y se estremece con la terrible historia que cuenta. Es el PERSONAJE. Cuando siguen contando historias ella cambia, dice que ha mentido y todos vuelven a estremecerse. Llega un punto en que nadie la cree ¿Es cierto que, como dice es alcohólica, drogadicta, es maltratada y promiscua? ¿O es simplemente que tiene un problema de mentira patológica porque nadie en este mundo se ha parado a escucharla? Antes nunca lo supe, pero con los años, lo tuve claro. Allison era el SÍMBOLO de la película. Representaba la juventud de los 80, la juventud que tuvo claro lo que quería ser hasta que llegó un momento en el que sus metas sucumbieron a la incertidumbre de la duda. A la pregunta sin respuesta. Al grito de ayuda que no recibió respuesta. Diversas personalidades que, como era previsible, terminarán confluyendo en una transitoria amistad y conocimiento. Es impresionante amigos. Ninguna película juvenil, jamás, ha logrado lo que Hughes realizó en 1985. Y aquel final ¿Alguien le puede echar en cara a Hughes una moraleja final? NO, porque no hay. ‘El club de los 5’ no tiene final feliz. Tal vez pueda ser optimista, pero nunca autocomplaciente. Hughes deja de lado su habitual objetivo edulcorado para ir mucho más allá, para indagar en un ideal adolescente que está perdido en su propio desconcierto, en la pérdida de la ilusión y el desapego por las metas existenciales. Y ni siquiera ellos lo saben. Como todo en esta vida, todo aquello que descubrimos que puede ayudarnos a ser felices (en este caso haber encontrado momentos compartidos, en un caso concreto el amor) es transitorio. Todo aquello que queremos nunca está a nuestro alcance. Los convencionalismos y la actitud de rutina escolar volverá a su normalidad la próxima vez que se vean. Han perdido la oportunidad de sus vidas. Y ellos lo saben ¿No os hace pensar? A mí mucho. ‘The breakfast club’ es una lección con varias lecturas, con una clase magistral sobre la vida y nuestro entorno juvenil. Una película que trataba al adolescente (y a los que no lo eran tanto) como espectadores inteligentes, lanzando un mensaje que está por encima casi del propio guión. Un guión envidiable ¿Existe hoy alguien con los suficientes cojones para hacer una película como esta? La respuesta es evidente: NO. Hughes se las arregló para jugar de forma perfecta con un espacio cerrado, unos cuantos actores y actrices que realizaron el mejor trabajo de sus carreras y una música que hoy es clásica, que vive en nuestra memoria a pesar de nuestros gustos musicales. Suena en mi descolocada mentalidad ‘Don't forget about me', de Simple Minds, aquel ‘Heart Too Hot To Hold’, de Jesse Johnson & Stephanie Sprull, la nostálgica ‘We Are Not Alone’, de la olvidada Karla DeVito o el ‘Fire in the Twilight’, de Wang Chung. He llegado a la conclusión de que esta película es una de esas indiscutiblemente necesarias para la evolución de cualquier persona. Así que, si alguien, por algún y extraño motivo, no la ha visto aún, que se prepare a ver una joya olvidada. Los que ya sepan de su existencia, sólo espero que este mail les invoque sus gratos recuerdos y la revisen cuanto antes.
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domingo, septiembre 12, 2004
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Hoy hace un año, 366 días (que este ha sido bisiesto), desde que me atracaran y me sucidiera una de las historias más extrañas, insólitas e irrepetibles que me hayan sucedido nunca. Así sucedió, como lo narré al día siguiente. 12 septiembre 2003 5:10 AM. Caminaba por una oscura calle de la urbe salmantina. De repente, cinco chorizos de mierda rollo ‘tuning’ me asaltan dándome una patada y sacando una pistola (se veía que era de fogueo) de forma muy violenta y atropellada. Lo primero que hago es pedirles calma y que no me atosiguen. Ante la insistencia y mi absurdo y lógico comentario acerca de su pistola (¿qué haces apuntándome con una pistola de fogueo?), uno de ellos saca una navaja y me responde “esto no es de fogueo ¿eh?”. A lo cual yo respondo que no, que eso ya es más serio. Con lo cual saco mis añorados 10 euros y les digo que es lo único que tengo, que no tengo más. El más bajito de todos me pide el móvil y le cuento la situación: el antiguo se me ha perdido y acabo de estrenar un flamante Nokia. Pienso en ese momento que es lo más anormal que me ha pasado, estrenar un móvil y perderlo a las 5 horas a manos de unos vándalos. Entonces llega mi apasionante juego psicológico de barriobajero barato. Les empiezo a contar una movida realmente divertida, una situación dada en la que yo me apunto a irme con ellos de fiesta y disfrutar así de parte del botín requisado. Les convenzo de que paso de movidas y que me gustaría pasarlo bien y disfrutar de esta surreal situación, ante lo cual los individuos, perplejos, dudan. Hasta que uno de la banda (el más majete), me coge del hombro y me dice que sí, que qué cojones, que les he caído bien. Y me encamino hacia una extrala situación. Una demencial experiencia digna de contarse. Bien, al girar la esquina hay un tío realmente chungo, al que llamoJefe Malo desde el mismo momento en que le veo, que me mira y me sugiere la posibilidad de partirme la cara por hacer el gilipollas, yo le cuento que soy guionista y que la situación es ideal como vivencia experimental y creativa, a lo cual él me da una torta en la cara e insiste que es imposible ir con ellos, que sólo voy para denunciarles. Algo que ni se me había pasado por la cabeza. Extrañamente y llevado por el momento de nervios etílico hago una de mis antológicas imitaciones de Torrente diciendo “bueno chavales, entonces vamos a por unas putillas”, que es contestado por todos con una sonora carcajada. Desde ese momento ya me los he ganado. Sobre todo al Jefe Malo, que parece estar de acuerdo con la idea de unirme a su vandálico grupo. Diez minutos después y de camino a algún antro que me hizo recapacitar la chorrada que estaba cometiendo, otro de los de la ‘banda’ me dice que podía sacar dinero de la tarjeta de crédito, a la vez que otro de ellos (al que no se le ve la cara por una gorra para tíos con gigantismo) me recuerda que la situación le evoca a una canción de Sabina. Cuando el fulano seguía en sus trece de sacar pasta de mi tarjeta y su colega dijo que eso sería la hostia, me hizo pensar que definitivamente era un soplapollas (no él, sino yo, por hacerme el enrollado). Miro el reloj (también lo tantearon, pero dijeron que era un ‘Casio de Feria’ –ignorantes-) y les digo que es muy tarde, que pensaba que era más pronto y que tengo que levantarme muy pronto porque trabajo en un almacén (para infligir un poco de lástima). Entonces llega la situación más extravagante de la noche y que podía hacer que la historia hubiera sido un bombón para contarle a la gente. El más alto de todos me pide el móvil para llamar a su ‘vieja’, ecplicándome que es muy tarde y que llama a su madr5e para que no se preocupe. Evidentemente ese tío sabe que su madre está protituyéndose en alguna esquina y que pasa de él como yo de su vida. Y le digo que no, que no confío en él y que me quedaré sin móvil. El Jefe Malo me mira y me coge del cuello en dirección a su cabeza. En ese instante creo que voy a morir de una puñalada o que me va a propinar una patada en mis santos cojones. Pero no, me dice en plan Corleone “eres un tío legal” y con un movimiento de mano llama a uno de sus súbditos y le dice que me devuelvan la pasta y que me vaya a casa. Yo pienso que 1.- Soy la hostia, un tío con carisma 2.- Se trata de algún truco. Me devuelven ¡atentos! 15 euros y les doy las gracias. Pero el alto que me quiere mangar el móvil me dice que de eso nada, que le dé la pasta. Miro al bajito jefazo y le digo que qué hago. Ellos discuten temperamentalmente para ver quién tiene el dominio de la situación y, finalmente, me arrebata el dinero y me dice que le dé el móvil. Los chicos de atrás insisten, casi de manera violenta, en que el móvil no me lo quitan y que me vaya. Es más, el más majete, me quiere dar dinero suyo (‘creo que era un poco imbécil y al que seguro que le meten cosas en el ano para divertirse). Total que les digo que gracias y que me voy a casa. El Jefe Malo me choca la mano como una especie de movida ‘hip-hop’ y me da un toque en la espalda en plan ‘El Padrino’. Finalmente volví a casa pensando en doce chorradas, tocando el móvil en mi pantalón y diciéndome a mí mismo que qué es lo que había hecho. Esta mañana he reflexionado sobre el asunto y creo que hice bien, porque si llego a ser un primo que pierde los nervios y no sigue esta estrategia, hubiera perdido hasta los pantalones. Así, he perdido 10 euros y ganado la posibilidad de que si los mismos delincuentes vuelven a intentarlo, saldré ganando porque no me harán nada. En fin, esa es la historia que aconteció anoche en la vida de este chico de mundo. Y es totalmente cierta y verídica. PD: Un tío que se hacía llamar Michael (qué pena de deshecho humano), me dejó ver y tocar la pistola (una réplica de mierda) y la navaja automática y proponía dar el palo a una chavala que pasaba por allí. Les convencí de que era fea y no merecía la pena.
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¿Todavía no conocéis a Tyson? Pues mirad, Tyson es un bulldog que es un auténtico dómine del 'skate'. Es un genio montando en monopatín, como Tony Hawk, pero con cuatro patas y babaendo mientras corre. Podéis ver como corre el chucho con su 'skate' descargando sus vídeos, estar al día en la vida del can e incluso firmar en su libro de visitas.
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Muchas veces, asaltados por crisis de nostalgia aguda, recordamos con pesadumbre lapsos de nuestra niñez, de todo aquello que nos curtió como pequeños amantes del cómic, el cine, los libros de ‘Elige tu propia aventura’y la complacencia lúdica de los juegos ochenteros que cada uno recuerda a su manera. Una de las cosas que une a dos generaciones tan diferentes como son las que vienen de los 70 que se unen a los primeros pipiolos de los 80 es, como no podía ser de otro modo, la televisión. No es plan de ponerme aquí a recordar una por una las series, los programas y concursos que nos determinaron como ‘freakies’ irredentos de estas nuevas generaciones de la Playstation y del sexo quinceañero que se llevan ahora. Habrá tiempo, por supuesto (y hasta que vea que la ilusión de esta weblog se acaba), para hacer un recorrido por todo lo que fue necesario en nuestras vidas, toda liturgia visual en aquella tele de dos cadenas que tanto evocamos. Hemos tenido la oportunidad de volver a ver, gracias a la ya abolida reposición, series como ‘El equipo A’, ‘El coche fantástico’, ‘V’, ‘McGiver’, ‘Starman’ y su bola luminosa, ‘Vacaciones en el mar’, ‘Enredo’, ‘Los problemas crecen’ e incluso ‘Cheers’. Pero existe una serie mitológica que tuvo un espectacular estreno durante un verano llaá por los 80 y que jamás tuvo su segunda oportunidad catódica. Me refiero a 'El Gran Héroe Americano', una serie tan mítica, que todos y cada uno de los que la amamos, miramos atrás con pesadumbre echando de menos a Ralph Kinkley y sus absurdas aventuras.  La serie se estrenó a bombo y platillo en 1981, con un piloto que todos recordamos como una de las experiencias más apasionantes de la historia de la televisión. Pero su historia es triste, aciaga, porque desde su comienzo todo empezó con problemas, ya que antes de lanzarse, la serie fue perseguida por D.C. Cómics, la editorial de ‘Superman’, que propulsó arduas denuncias por plagio (con nuestro ‘Superlópez’ consiguieron que se cambiara la ‘S’ de su pecho). No pudo obligar a que no se emitiera, pero lo que sí obtuvo fue que el merchandising del héroe vestido de rojo no saliera al mercado. También se sostuvo una ridícula teoría implicando al individuo que, para soprender a su idolatraba Jodie Foster, intentó matar al presidente Reagan. Si recordáis, se llamaba Hinkley, como el héroe de las 365 líneas. De ahí, que se le cambiara el apellido a Ralph, pasándose a apellidarse Hanley. Los americanos eran ya por entonces gilipollas. Hubo un momento en que los personajes empezaron a mutar y desaparecer, como el hijo de Hinkley que, un buen día (como la hija pequeña de ‘Cosas de casa’ que acabó en el mundo del porno), desapareció. Y dejó el protagonismo al personaje interpretado por William Katt, el cual una vez que aprendió a utilizar sus poderes, perdió audiencia. La serie acabó mal, sin muchos episodios rodados sin estrenar y con el creciente desprecio del público, que no supo tratar como se debía a este clásico de la pequeña pantalla. Ahora sólo nos queda esperar a que el DVD nos devuelva la ilusión de recuperar un héroe o antihéroe (según se mire) de nuestras felices infancia. Os dejo algunas direcciones que valen mucho la pena para rememorar la figura de un personaje irrepetible. Página Oficial: noticias, actualidad, fotos para el recuerdo –destaca la sección ‘Detrás de la pantalla’-, publicidad, multimedia, links… Merchandaisin: Quién pudiera conseguir algo de todo esto. Sencillamente acojonante.
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sábado, septiembre 11, 2004
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Escarbando en la basura de este impuesto presente tecnológico que se hace llamar Internet, he encontrado la página definitiva que evidencia que el ser humano o bien está perdido en la mierda más escabrosa y lamentablemente repugnante, o tiene un excelente humor negro que ni siquiera el bueno de Leo Bassi soñó alguna vez. Entre tanta página (o URL, vete a saber tú cómo llamarla a estas alturas) sexual, bizarra, salvaje y decididamente lóbrega, me he encontrado la que es un hallazgo de lo que representa la paradoja libertaria y divertida de la red. Las enciclopedias, los jarrones chinos, la cerámica de Talavera o las más sofisticadas máscaras africanas han dejado de ser el ornamento ideal para su acogedor hogar, en la dirección de Distefano se ofrece la simpática posibilidad de adquirir un buen fiambre de alquiler por el módico precio de 195 dólares semanales o 55 al día (comprarlo sale por unos 600 dólares). Hasta puedes escoger el color del pelo, a tu imagen y semejanza. Imagina por un momento un magnífico cadáver que repose en la silla de tu salón o que tus hijos puedan jugar con él en el jardín. En el amplio catálogo de muertos, que se venden y alquilan por correo y mediante pago por tarjeta, se puede seleccionar entre difuntos de diversas índoles, por ejemplo, un cuerpo momificado de un nazi con un tiro en la cabeza, pasando por el rebelde joven o la atractiva fiambre bautizada como ‘Lady Die’, el genuino Burt Reynolds, la tía Matilda y el tío Fester, ‘Oldie’ Hawn… Todos los interfectos con esa simpática sonrisilla de las calaveras, cosa que da alegría a la sala de estar. Pero el inventario no acaba aquí, qué va. Con sólo rellenar un pequeño formulario se puede poseer, como sensación perfecta de la próxima reunión social en su casa, un fantástico embrión humano inserto en formol engalanado con un poquito de sangre para darle veracidad. Que el cuerpo te supone un problema de espacio y no tienes sitio en tu salón o en la habitación. No te preocupes. También dispones de asombrosas cabezas momificadas sujetas a un pedestal en el que aparece el nombre del fallecido grabado a cincel con letras plateadas. Por supuesto, puedes adquirir unos pequeños muñecos de budú, por si alguien te cae mal (ideal para llevarlo al trabajo y comentárselo al jefe). Y para finalizar un jugoso catálogo de apasionantes productos como el ‘kit matavampiros’ con estacas para matar vampiros, oraciones para exorcismos, ojos de cristal como el del padre del Juli o camisetas originales para que seas la atracción en la disco. Un amplio muestrario de lo más actual de la red, de aquello que está a nuestro alcance para gozar de una vida de confort y que permite darnos el pequeño capricho de tener nuestro propio muerto. Aunque eso sí, son reproducciones de arcilla perfectamente terminadas por uno de los mejores maquilladores del cine mexicano. ¡A qué esperas para tener tu propio cadáver!
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Qué me va a parecer... ¡¡Pues cojonudo!!
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viernes, septiembre 10, 2004
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¡¡¡DOS AÑOS!!! Aquí sigo, desde la ridícula soledad de alguien que no sabe si leen lo que escribe. Hoy es un día especial, amigos. Una fecha que, por muchos años que pasen, será difícil que olvide. Hoy se cumplen dos años, sí, se dice pronto, dos años, desde que mi cortometraje más importante hasta el momento, ‘El límite’, se rodara en Salamanca, en plenas fiestas, con el enloquecimiento, entusiasmo y responsabilidad que tiene rodar un proyecto en el que te vas a gastar mucho dinero y que has preparado a lo largo de un año y medio. Dos años y todavía no se ha estrenado, pero que se ha terminado hace un par de meses. Dos años esperando que llegue este octubre para verlo en una pantalla de cine. Dos años que han servido para tantas cosas… Ahora recordaría los mejores momentos de aquellos cinco maravillosos y memorables días que pasamos 30 personas recluidos en La Salle, un edificio tétrico, sin luz y con mucho polvo. Pero es mejor recordarlo con el diario que entonces escribí. Os aseguro que hay de todo.
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Muchas veces, el espectador que asiste a una sala de proyección no se da cuenta de multitud de errores que suceden en pantalla. Muchas otras sí. Por ejemplo, que una luz permanezca encendida cuando ya ha comenzado la película es evidente y molesto para cualquier público avezado que porte sus palomitas para comer en la sala o simplemente se disponga a disfrutar de un par de horas con una buena cinta (normalmente, de cine americano). Cuando el sonido, distorsiona o se va y vuelve, creando esa maldita sensación que todo proyeccionista procura solventar en el acto también es otro de los factores que no suelen pasar desapercibidos para el público. Pero hay otros que, por desgracia, no se perciben por la mayoría del público, pero que sin embargo está mermando el espectáculo del cine. Esta misma tarde, durante la primera sesión del estreno de 'La terminal', en la sala 7, de los cines Megaplex ubicados en Vialia, antes del tercer acto (cuando llevaba una hora y media de película) de la muy entretenida película de Spielberg, el foco se desencuadró y dejó durante unos instantes media cabeza de Catherine Zeta-Jones en la parte inferior de la pantalla y los pies de Staney Tucci en la zona inversa. El proyeccionista, lejos de arreglar el asunto, enfocó como pudo (para que, simplemente, se viera) y dejó desaforado un cuarto de pantalla que ridiculizó el excelente trabajo de Spielberg como director. Es decir en que los planos se llenaron de un molesto ‘aire’ encima de las cabezas de los personajes que hizo que éstos fueran y vinieran en la acción por debajo de plano. Algo que provocó que muchas veces se viera el micro de sonido en la parte superior de la pantalla, suscitando algunas risas entre el poco público (estaban todos en 'Mar Adentro') que había en la sala. Y es que esto no tiene que suceder. La responsabilidad de los encargados precisamente es que esto no suceda. Durante casi una hora, se pudo ver a Tom Hanks y sus compañeros de reparto como si estuvieran metidos en agujeros bajo sus pies. También en otros cines salmantinos que haya brechas en la lona, que la parte inferior de otra esté borrosa debido a un complejo sistema de proyección con reflectores, el mortecino sonido de algunos sistemas de otros, proyecciones que no están ajustadas para pantallas de otros formatos, perdiendo así definición de plano… Los principios básicos de la proyección cinematográfica no han variado mucho en un siglo: una sucesión de imágenes con una cadencia de 24 fotogramas por segundo y obturados 48 veces sobre los que se hace incidir una potente fuente de luz y que con las ópticas adecuadas se proyectan en una pantalla. O que la base de la proyección fueran y sigan siendo la cruz de malta, el obturador y el arco voltáico Ya no entramos en aspectos técnicos como que si la potencia de la fuente luminosa del LED del lector Dolby Digital disminuye gradualmente con el tiempo, si sus platos de bobinas son Cinemeccanica o Strong, o si se utiliza el adaptador SA-10 al Dolby Digital EX. Y menos, porque lo damos por sabido, la adecuación de los formatos a la pantalla del cine. Lo cierto es que una película no sólo depende del equipo de rodaje, de postproducción y acabado de la película. Un filme tiene su extensión en la capacidad del proyeccionista para que la calidad de visión esté a la altura de las circunstancias para el deleite del público en toda su extensión. Y esto muchas veces, se pasa por alto. Hay muchos espectadores que no disfrutan del cine por esta cuestión. Así que, un poco de prudencia y respeto no vendría nada mal. Lo gracioso de todo es que he preguntado por el proyeccionista a la salida y me ha dicho el que corta las entradas que es que no hay, que él se ha dado cuenta y lo ha arreglado. Y le he dicho "¿has arreglado qué?", contestándome "ha descuadrado y lo he puesto bien". Le he replicado "¿y el desaforado de un cuarto? A ver si tenéis más cuidado que jodéis las películas". Y no ha dicho nada. ¡Se ha ido sin decir nada!
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Esta tarde iba caminando por la calle, camino de casa, con una copia de 'El vampiro negro', una película argentina de Roman Viñoly Barreto que tenía ganas de ver hace años, cuando me encuentro a Pedro Grifón, o lo que es lo mismo ‘Mr. Aypayo’, ofreciéndome la posibilidad de saber quién fui en una vida pasada. Me empieza a hablar de algo llamado la TVPH, que significa Terapia de Vidas Pasadas con Hipnosis (ahí es nada), una moderna terapia desarrollada a partir de las pesquisas del psiquiatra norteamericano Brian Weiss. Y tras tomarnos varias birras y unos buenos pinchos me ofrece una sesión con una vieja loca que se hace llamar Madame Suiràis, cosa que, por supuesto, acepto. Dada mi disposición por todo aquello extraño y que se sale de lo normal. Revivir las traslaciones de Crowley en Salamanca puede ser divertido. “Algo definitivo” he pensado. Lo de la regresión hipnótica es impresionante. En serio. Hace años un amigo mío me lo dijo y aseguraba que era fascinante. Hay casos en los que pacientes que se someten a esta terapia y, magnetizados, comienzan a hablar un idioma desconocido. El nombre técnico de este fenómeno es xenoglosia. Pues bien, me he visto entrando en una sala llena de velas y elementos esotéricos de toda índole. Destacaba una cabeza de maniquí colocado encima de un recipiente con el rostro de Lina Morgan (cómo lo oís) lleno de dardos hindúes. El olor no era muy agradable mal. Más bien como cuando hay un asilo de viejos que se han meado encima. A mí me ha extrañado bastante, porque siempre he supuesto que este tipo de sitios tenía un aroma a incienso o algo así exótico. Pero no. Ha olido mal. A lo que vamos, que el tema de saber quién he sido en épocas anteriores ha empezado a darme un mal rollo inhabitual en tu tipo tan aguerrido y machote como yo. Esto me recuerda a hechos como el de la cantante rumana Alina Moroni, que afirmó ser la reencarnación de Elena Petroska Blavatsky, la legendaria fundadora de la Sociedad Teosófica o que Shirley McLaine es una experta sacerdotisa esotérica y el peluquero Rupert que, pese a su ramalazo de maricón, es canónigo de la religión Lucumí. Grifón y yo nos hemos mirado cuando de un habitáculo ha salido una ridícula abuela, vestida de lentejuelas multicolor, medio ebria y tirándonos cenizas con olor a ambientador. Tras unas consignas en una lengua evidentemente inventada, me ha hecho dormir a base de contarme coñazos sobre el karma y de haberme echado algo en la infusión purificadora. Cuando he despertado, la pava, con acento argentino, me ha narrado que en mi anterior vida había sido mujer, que nací en un territorio cerca de Sudáfrica, aproximadamente en el año de 1575 y que, curiosamente, fui escritora, dramaturga, organizadora de rituales religiosos. Parece ser que no ha habido xenoglosia, que se lo ha inventado. Me he sentido, no sé porqué, como Ana Rosa Quintana. Tras esto, la tía me ha cortado un mechón del poco pelo que tengo y ha desparecido por una cortina de bolas de colores. Luego ha salido y me ha cobrado la friolera de 70 euros. Menuda hijaputa. No sé si creerme lo que he visto. A lo mejor es que con tanta telebasura me estoy volviendo gilipollas y no sé ya distinguir la realidad de la ficción. ¿Qué pensaría Antón LaVey de todo esto? En fin, amigos. Qué día más duro.
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jueves, septiembre 09, 2004
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La apasionante historia del ‘Rey Midas’ de Hollywood Durante más de dos décadas ha sido el ‘Rey Midas’ de Hollywood. Ha marcado una época tan profunda en el mundo de cine que es imposible imaginar el Séptimo Arte sin una figura tan carismática y sólida como lo es Steven Spielberg. Vituperado y estigmatizado en sus primeros años por los críticos más intransigentes, este mito natural de Cincinnati (Ohio) se ha consolidado como el director y productor más poderoso de todos los tiempos gracias a su percepción del arte y la taquilla como uno sólo. Algo que muy pocos directores hasta su llegada habían conseguido. Y no sólo como director, ya que como productor puso bajo su advocación películas de otros cineastas que tuvieron su impronta, su sello, su característico modo de ver el cine como espectáculo, pero también como vida y arte en sus conceptos más profundos. Al igual que Hitchcock o Kubrick y tantos otros a lo largo de la historia, Spielberg supo reinventar el cine en una postura más afín a la magia de Walt Disney que a los preceptores más venerados de la historia. Y es que, desde sus comienzos, este cineasta de barba perenne, gorra de béisbol y gafas anchas (y últimamente bastante alopécico) ha sabido aportar a sus historias la fantasía del cine fantástico más clásico, sabiéndose adaptar a cualquier género, dotando de un estilo clásico que muchas veces ha sido comparado a la titánica y épica visión de David Lean.  Desde su trono, ajeno a los fracasos comerciales, Spielberg ha marcado la historia con un cine afable e imaginativo, lleno de ensueño y de planificación perfecta, donde la familia y el comercio siempre han estado en un fondo intencional que no le ha esclavizado a la hora de conseguir un estilo de cariz legendario. Perfectamente comparable a los grandes clásicos de la época dorada de Hollywood, Spielberg parece haber estado acompañado de una áurea de magia sobre todos y cada uno de los trabajos que ha dirigido y producido. Un sortilegio que en muchas ocasiones atrapó al espectador de tal manera que los sueños de muchos se hicieron realidad a través de la fascinación de este proverbial visionario con mirada de niño imaginativo y grandioso. Este genio de nuestro tiempo rodó su primera película con doce años. Con trece ganó un premio con un mediometraje de 40 minutos y a los diecisiete ingresó en el California State College rodando su magistral cortometraje en 35mm. 'Amblin'. Criado al amparo de la época dorada de la televisión americana, donde realizó episodios para series como ‘Galeria nocturna’, ‘Marcus Welby’ o ‘Colombo’. Y esto cuando acababa de cumplir la veintena. Imaginaros lo frustrados que nos podemos llegar a sentir los que algún día queremos dirigir cine. Spielberg deja claro en 1971 su portentoso talento con su primer telefilm ‘El diablo sobre ruedas’, toda una lección de cine basada en una soberbia planificación y novedosos movimientos de cámara que supusieron la revelación internacional con una película que, para muchos, sigue siendo su mejor trabajo. Un filme concebido originalmente para TV a partir de una historia diabólicamente sencilla: la persecución a muerte que un enorme camión cisterna somete a un infeliz automovilista.  Tras ‘Loca evasión', sobre la persecución que fuerzas de la policía realizan en la persona del automóvil de la pareja protagonista, Spielberg deja ver en sus dos primeros trabajos una contaminación de la "filosofía de la carretera", de ‘road-movie’ que, lejos de dejar ver lo que auguraría su carrera, fue un fracaso comercial. Pero con la esplendidez de una percepción inaudita en el lenguaje cinematográfico y 24 años el cineasta rueda ‘Tiburón’, una de las películas más poderosas del cine contemporáneo. El auténtico peldaño que separó a los directores aspirantes a incluirse entre os grandes y el Olimpo histórico del cine. Una obra maestra hábil, que ocultó su relativa modestia en una dirección prodigiosa y en la utilización de los recursos de postproducción (por ejemplo, el sonido y la banda sonora del maestro John Williams). A partir del terrorífico escualo diseñado por Joe Alves, Spielberg comienza a deleitar al espectador con el cine que ha hecho de él un Dios sagrado dentro de la industria cinematográfica. Maestro divinizado para las generaciones de nuevos directores que sueñan con su forma de ver el cine, el director adopta un estilo hechizador y fantástico que hace mella en el cine de los 80. Con su siguiente cinta, ‘Encuentros en la tercera fase’, el realizador de moda en Hollywood por aquel entonces comienza a arriesgar con una nueva perspectiva en las relaciones entre el cine de Ciencia-Ficción y el fenómeno Ovni, trasngrediendo cualquier filme de género y planteando un argumento existencial a partir de la conexión de terrícolas con los nuevos visitantes. El perspicuo testimonio de que su intención fílmica iba más allá de la taquilla. Una taquilla que le dio la espalda con la siempre denostada ‘1941’, uno de los mayores fracasos financieros de la historia del cine, superproducción cómica acerca del ataque nipón a Pearl Harbor cuyo presupuesto fue tan cuantioso que exigió la reunión entre Universal y Columbia que, a pesar de su fragilidad, responde a un cine personal e irreverente que Spielberg pocas veces revisitó en su futura carrera. La materialización reverencial de que Spielberg estaba destinado a ser, posiblemente, el cineasta más trascendental del cine contemporáneo, llega con su unión a su amigo George Lucas como productor de ‘En busca del Arca Perdida’, la gran referencia del cine de aventuras, el legendario Indiana Jones, un héroe inspirado en 'Secret service in the darkest Africa’, composición más que efectiva de erudición, frío cálculo aventurero y el enfático sentido del ritmo. Desde que Indy llegara a la gran pantalla el universo Spielberg ha estado unido al hecho de que las salas de todo el mundo se inunden para ver sus películas.  La clarividencia quimérica empezó a caracterizar al cine de masas que propuso Spielberg durante los 80, mucho más sentimentalizado, tierno y aderezado con épicas aventuras sobrenaturales. La fantasía de Steven Spielberg llega a su pináculo con ‘E.T , el extraterrestre’, una de las obras maestras más gloriosas de todos los tiempos y un auténtico fenómeno sociológico. La historia de amistad entre Elliot y E.T. ha dejado de ser una película para convertirse en un sentimiento. Una de las mejores que se han hecho nunca en la Historia del Cine, como bien apunta el ínclito José Luis Garci. Con la creación en 1984 de su propia productora Amblin, convalida su faceta de director comercial con ‘En los límites de la realidad’, un espléndida loa a la literatura de Richard Matheson y al universo de James M. Barrie, las dos secuelas de Indiana Jones o ‘El color púrpura’, un portentoso melodramón rural enaltecida con su exquisita utilización narrativa de composición perfecta acompañada por una visualidad enternecdora donde los sentimientos personales estaban por encima de todo, con la producción de inolvidables ‘taquillazos’ como ‘Poltergeist’, ‘Gremlins’, ‘Regreso al futuro’, ‘Los Goonies’ y ‘Cuentos asombrosos’. Películas todas ellas de una trascendencia en las generaciones de aquellos que vivieron ‘in situ’ la progresión de Steven Spielberg. Unas generaciones que han visto en la capacidad hipnotizadora de Spielberg un camino a seguir, intuyendo, nunca superando, la estela del maestro. Creadores como James Cameron, Paul Verhoeven o en la actualidad David Fincher son algunos de sus pupilos confesos.  Después de unos años 90 salpicados por el éxito multimillonario de la revolucionaria y entretenida ‘Jurassic Park’, el fracaso de crítica y público con cintas como ‘Hook’ o ‘Amistad’ o las obras maestras imponderables que supusieron para el cine moderno ‘La lista de Schindler’ y ‘Salvar al soldado Ryan’ Spielberg ha vuelto por la puerta grande a la nueva década dejando constancia que su maestría sigue inescrutable con su excelente ‘Inteligencia Artificial’, proyecto soñado por Kubrick, ‘Minority Report’, adaptación impecable del mundo ‘ciberpunk’ de Philip K. Dick y su clásica visión de los 60 con la asombrosa ‘Atrápame si puedes’. Con este amplio catálogo de diversidad Steven Spielberg no sólo sigue corroborando su indiscutible calidad como gran visionario y mejor director, sino que su diversidad genérica hace esperar aún los mejores trabajos de un cineasta irrepetible. Esta semana llega ‘The terminal’, la historia de Viktor Navorski ( Tom Hanks en su tercera participación con Spielberg), un hombre que viaja a USA cuando se produce un violento golpe de estado en su país natal del este de Europa. Sin visado ni poder entrar en América, Navorski tendrá que encontrar la forma para habituarse en el que será su nuevo hogar. ‘The Terminal’ está basado en la historia real del refugiado iraní Merhan Karimi Nasseri lleva atrapado en el aeropuerto Charles de Gaulle de París desde el año 1988, en un limbo jurídico que le impide entrar en Francia o viajar al extranjero. Acompañan a Hanks Catherine Zeta-Jones, Stanley Tucci, el mexicano Diego Luna y la afroamericana Zoë Saldana vista (y deseada, ya que está muy buenecilla) en 'Piratas del Caribe'. Miguel Á. Refoyo © 2005
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Últimamente no oigo más, de boca de todo bicho y ser despreciable que me encuentro, con simpática y despreciable ironía, que la frase “estás mucho más gordo” o “vaya vida que nos damos”. Algunos valientes incluso se atreven a tocarme el bandullo sin saber que pueden recibir un puñetazo de Mazinger en pleno mentón, descargando así mi ira y preocupación vital acumulada. Lejos de molestarme, me sugestiona, me engrandece, me resulta halagador. He terminado por ver aquellos y aquellas que siguen dietas o van al gimnasio a perder ‘esos kilos de más’ como a ‘cyborgs’ manejados, como personas a las que han sometido a una buena sesión de descargas de shock, como esperpentos siguiendo unas normas que están homogeneizando nuestras vidas. El espejo del narcisismo, amigos, ha pasado a ser un elemento cotidiano y nos la está metiendo doblada. A mí me gusta la imperfección. Yo soy imperfecto, y mucho. Más que nadie. Estoy lleno de defectos. Pero eso es lo bonito, lo que te hace ser tú y no otro. Lo que siempre he aspirado a ser. Soy un individuo que se sabe inferior a otros muchos en conceptos banales y físicos, pero que luego se puede reír a mala hostia de cualquier hijo de vecino y disfrutar con ello, por dentro. En vez de desarrollar músculos o preocuparme de cómo se me ve por fuera. Me he cultivado por dentro; leyendo, viendo cine, leyendo literatura y cómics, siguiendo el Taoísmo (esto último es mentira puta, pero queda tan bien...). Si estoy cada día más gordo (sí, lo estoy, amigos) es porque cada día soy más feliz y sé más de la vida. El porqué es evidente. La pasión culinaria sigue atrayendo mi débil y venal voluntad hacia una prosperidad satisfactoria que se acerca a la gula, al poder comer lo que quiera y cuánto quiera. Comer es uno de los placeres más deleitables de esta vida. Y comer bien, mucho más. Me muero por una panceta bien hecha, por un pincho moruno, por una buena paella, por una buena pieza de lechón, por unas buenas alubias pintas bien cocinadas, por buen pescado en su punto o por la pechuga al whisky de mi amigo Manolo, el mejor plato que he probado en años. Una pitanza sólo al alcance de los grandes dioses del Olimpo Nutricio. Un plato que me vuelve omnipotente y que convierte el pedazo de pan que voy a untar en el plato en mi particular arma destructora. Todo un lujo al alcance de unos pocos. No me había dado cuenta de hasta qué límites ha llegado el culto al cuerpo en esta sociedad moldeada a través de un narcisismo galopante escandaloso. Todo está lleno de espejos para recordarte a qué has ido y cuál es el objetivo de tanto autosufrimiento. Yo no quiero dietas, disfruto comiendo y no arrepiento de pagar la factura de tales placeres. Me gusta comer y sé que algo bueno tendrá cuando Hitchcock, Kubrick, Welles o John Ford eran orondos tipos que devoraban lo que les ponían, que disfrutaban de la vida comiendo y viviendo con su enorme volumen, teniendo en la comida un motor vital para contar historias. Reivindico la frase de Anthelme Brillant-Savarin “Los animales se alimentan. El hombre come. Sólo el hombre de talento sabe comer”. Y yo, por fin queridos amigos, sé comer... por lo que...
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miércoles, septiembre 08, 2004
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Hoy Telecinco, otrora cadena de referencia erótica de las ‘Mamma Chicho’, la teta fuera, de Gil en la piscina, del VIP Noche, del 'Ay... qué calor'… que pasó a tener dignidad catódica con Pepe Navarro en la época de ‘Esta noche… cruzamos el Mississippi’ y sus aún célebres Informativos y la volvió a perder con las últimas etapas de Sardá y ‘El Tomate’, ha estrenado su nueva teleserie, ambiciosa y cara, ‘Los 80’. Algo así como el émulo análogo de ‘Cuéntame’. Es decir, aspirar a recordar una época desde la perspectiva de guionistas que se obstinan en estereotipar al máximo cualquier etapa que haya tenido lugar en este país. Estaría bien que, de vez en cuando, echaran un vistazo a ‘Aquellos maravillosos años’(estoy preparando un post sobre ella y muchas más series de nuestra infancia), la serie de la ABC Family Channel que nos fascinó a todos y nos dejó esa sensación insuperable de fascinación que sólo han logrado las series norteamericanas. Jamás las españolas. Viendo ‘Los 80’, me he preguntado... ¿Por qué los jóvenes hablan con la 'J', son tan pasotas y van vestidos tan mal? ¿Por qué van de sucios, sólo piensan en la música y se acabó? ¿Por qué es todo tan tópico? ¿Es que todos eran Punkies y Heavies por aquella época? Yo me lo esperaba porque sí había un tipo de inquietud común, pero tanto... A ver cuándo empiezan a fumar canutos, a perforarse el cuerpo con piercings y a follar unos con otros ¿Descubrirán el condom? ¿Alguno de los personaje contraerá el SIDA? Además, no especifican qué música les gusta. No mencionan grupos (hasta que no llegue el concierto de los Rolling en el Calderón del 82...). Menudos documentalistas. Ya, bueno, el episodio de hoy ha sido cortesía de Fernando Colomo, que fue parte activa (Almodóvar sería pasivo, digo yo) de la mal llamada ‘Movida Madrileña’. Pero creo que su tendencia política le ha hecho olvidarse de cosas importantes, de la esencia de la época. Esa es mi sensación. ¿Por qué han utilizado tan pronto la frase de los padres cuando llegas de madrugada “si eres mayor para llegar tarde, lo eres para ir a clase sin dormir"? ¿Por qué es tan trascendente la política, los rollos de Coronado como abogado, los complots, las amenazas...? ¿Por qué intentan hacer la misma parida que 'Cuentame' con los 70? ¿Qué piensan los Alcántara de todo esto? ("¡¡joder, Merche!!!"). Saco esto a colación porque detrás de esta subtrama hay un tufillo de post franquismo (que unos son liberales, otros conservadores) y la Transición es demasiado protervo (dejo ahí esa palabra de crítica). De hecho, se desarrollan en espacios similares: las casas, un bar donde se reúnen, un despacho, el infante que pregunta qué está pasando… Menos mal que no ha habido voz en off. ¿Por qué a Aitana piensa le engaña su marido? Claro, qué estaba de entonces. Y, sí. Me comunican que el madero de 'Policías' le ha sido infiel a la Regenta. ¿Cuánto tardarán en salir ocupas? No pueden faltar ¿no?¿Por qué no hablan de cine? Me refiero al cine español, que entonces estaba en pleno auge. Podían ir a ver pelis de Mariano Ozores. Eso, sí. Van de intelectuales, con posters de ‘Novecento’ o de ‘Al final de la escapada’ ¿eran esos los 80? Veremos qué importancia tienen 'nuestras películas' en la representación de los años posteriores. ¿Por qué no hacen referencia a la QH, que estaba de moda? ¿Por qué la música parece de un jodido ‘thriller’? ¿Por qué esa música de tensión la he escuchado en alguna banda sonora? ¿Por qué todos fuman tanto? ¿Por qué los ricos son tan ricos (la familia de Aitana) y los pobres (los Coronado) lo parecen? ¿Por qué hay tanto gotelé en todas las habitaciones cuando lo que se llevaba era el papel en las paredes? ¿Dónde está la típica colección que se pagaba a plazos? ¿En qué han trabajado los decoradores con tanto plano interior en espacios cerrados? Yo los 80 no los recuerdo así. Los recuerdo con menos dinero, sin medios y más divertidos. Y con el Cola-Cao, joder. Atentos a un chiste realmente apoteósico de la serie. Le dice un uruguayo a una fulana “los milinkos (refiriéndose a los militares) y dice ella “¿qué milikitos?”… (sic). Me ha gustado que la niña pequeña estuviera escribiendo con un Bic de 4 colores, lo mejor de la serie hasta el momento ¡Qué mítico! ¿Por qué el chavalín guaperillas a lo ‘Fran Perea’ tiene una guitarra sólo para que se convierta en el nuevo ‘Fran Perea’ y saque un disco con la otra chica guapa que canta? ¿Por qué la pérdida de la niña pequeña huele tanto al momento en que Chencho se le escapa al abuelo mientras Críspulo coloca petardos en 'La Gran Familia'? ¿Los camareros emborrachaban a los picoletos para chupársela? ¿Es así como reflejan la homosexualidad en los 80? ¿Con mucha pluma? ¿Por qué hay tanta descompensación interpretativa entre actores principales y personajes episódicos (que son horrorosos)? ¿Por qué hay taaanta moralina en esta serie, ya desde su primer capítulo? Eso, sí, lo único que no cambia, ayer, hoy o mañana es el Rey Don Juan Carlos, que suelta sus discursos de la misma manera maquinal, como si fuera un robot que habla con las pilas a media carga. El archivo es el testigo. ¡Un brindis por la democracia y por el Rey! Lo mejor: la audiencia que asiste al FORO ¡Vaya palos que se están llevando! Lo peor: que como no soy omnipresente, no he podido criticar ni ver ‘La granja de los famosos’ ¿Cómo ha estado? ¿Y Terelu? ¿Ha dicho algo de que la ha enchufado su mami?
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Instigado por mi gran amigo Orvil, hace poco leí ‘Ruido de fondo’, una novela que, desde entonces, se ha convertido en uno de mis libros de culto. De este libro de Don DeLillo me encanta todo, la historia de ese hombre que me recuerda a la figura de Orson Welles en su descripción. Jack, un individuo que estudia y padece las consecuencias de una catástrofe medioambiental en su familia, un profesor arquetípico que es especialista en Hitler. Triste, melancólico, dubitativo y no sabe hablar alemán. Lo que más me ha gustó es la contraposición de los adultos con respecto a los hijos, por su forma de comportarse. Los adultos no saben afrontar la vida. Algo así como entes básicos que actúan llevados por el instinto, ignorantes y burdos, mientras los niños demuestran una madurez incómoda, cruel, que jode a cuantos rodean por la sabiduría de sus palabras. Las discusiones aparentemente intrascendentes, se convierten en duelos dialécticos que también ganan los chavales. Heinrich, Denise y Steffie son la sofisticación de un sueño, de una generación imposible en la podríamos depositar nuestra confianza si algo tan grave como una catástrofe medioambiental sucediera, en los creer si nos viéramos infectados. Y si eso no fuera suficiente, está casado con una mujer enganchada a las pastillas. Personajes que viven angustiados existencialmente incapaces de reaccionar ante unos problemas que les ahogan y les matan. Hay un cinismo en ‘Ruido de fondo’ en torno a la unidad familiar, a las costumbres que definen estos lazos que perfilan el desencanto con el está vista la sociedad contemporánea por DeLillo. La novela es densa, deteniéndose incluso en los pequeños anuncios de radio, frases sueltas de la tele siempre encendida, mensajes de fondo en el supermercado, ruido de helicópteros, simulacros de evacuaciones de incendios a diario... ‘Ruido…’ que no deja espacio a la individualidad. Para DeLillo y su cosmos familiar la sociedad está muerta y precisamente lo primero que muere es el silencio. Lo que más me gustó es ese apoteósico análisis del miedo a la muerte, resumido en esas pastillas Dylar, que en inglés suena a muerte, pero no demasiado. Unas pastillas que son un punto común en las vidas de los personajes infelices de DeLillo. Es un oscuro viaje a través de un hombre que se somete a las directrices de la incomprensión por parte de los que le rodean, dejándose llevar por un autopsicoanálisis que alivia la tristeza porque explica sus causas y, por otro lado, la absoluta negación de la melancolía: las pastillas. El final desesperado, lleno de violencia y con una pregunta sin respuesta a las ansias de creer y tener fe, una fe perdida por la propia Iglesia representada en unas monjas prácticamente nihilistas antes de intentar matar los fantasmas de su agonía es un símbolo de la frustración, de la desesperanza, de la derrota moral de un hombre al que le queda poco para morir. Y lo asume desprendiéndose de objetos personales, de recuerdos, de aceptar que la vida se acaba y que es mejor vivir lo queda en armonía y olvidar los problemas. Mirar al efímero futuro sin mirar al pasado. El mejor amigo de Jak, Murray, al principio de la novela, en el supermercado, le dice: “Aquí no morimos: compramos. Pero la diferencia es menos señalada de lo que podrías pensar”. Qué excelente encuentro con una novela que me ha fascinado como hacía años.
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No hay nada como una nutritiva purificación por medio del cine más enfermo y desolador que se hace en el mundo. La televisión totalmente endémica, llena de basura e indignidad nos curte cada día con basura que nuestros ojos fagocitan sin querer haciéndonos insensibles, amorales y concupiscentes con lo peor de lo peor. Por eso, una buena ración de arte malsano, de cine realmente atroz supone una catarsis que te devuelve a la realidad, a lo que es verdaderamente algo ‘fuerte’ y no los insultos, escarnios y gilipolleces que hay que aguantar en la caja tonta. No es serie B, ni Z, es algo indescriptible, una experiencia jamás sentida gracias al amiguete Nacho Cerdá y su sello videográfico ‘Waken Video’. Hay cineastas que se dedican a escarbar en lo más terrible de la disposición cinematográfica. Es un cine gangrenoso y purulento, donde la nausea es el fétido mensaje que golpea la psique del espectador como metáfora de sus propios miedos y víctima de su propia curiosidad. Y es que ayer, queridos amigos, vi la luz, sintiendo arañado mi curtido estómago con cine de ‘mal rollo’, de morgues, autopsias y necrofilia. Creí que las pedantes paranoias de Buttgereit, las desagradables ‘Guinea Pig’ o ‘Sardú’ o esas simpáticas cintas ‘semi-snuff’ que se venden bajo el título de ‘Faces of Death’ eran el punto de referencia. Pero no. El cine de transgresión que abanderó Nick Zedd, Richard Kern y todos los mórbidos cineastas que le siguieron tienen un nuevo ídolo: el austríaco Robert A. Pejo y, sobre todo, su filme ‘Camino del Edén’. En esta muestra manifiesta de cine extremo, Pejo muestra a modo de docudrama, entre la ‘performance’ y el collage de imágenes desagradables y reales, la involución hacia la personalidad de un forense que sufre en su conciencia la repugnancia y los devastadores efectos de un trabajo que le martiriza, que castiga su ya casi exigua sensibilidad. Frío como los pies de un muerto, las imágenes de Pejo te golpean infatigablemente el cerebro, recreando un asombroso ambiente de confusión y pesimismo. Algo que llega a ser una experiencia muy incómoda, realmente desapacible. Fue un ‘shock’, un ‘yu-yu’, que hacía mucho que no me golpeaba tan fuerte. Retazos de vida y muerte se entrelazan en una historia obscura y desasosegante, iconografía documental del lado más amargo del ser humano, de su consternación más profunda. Las irrigaciones a cadáveres, la recomposición de miembros, el puto asco de vivir muriendo cada día. El cine de Pejo insta a la reflexión, al golpe de efecto en imagen, en la irrevocable dureza del cine de ‘mal rollo’. El colega ‘freak’ que me dejó esta extraña e inolvidable cinta tenía razón al afirmar: “prepárate para sufrir la peor experiencia visual de tu vida”. Pensé que se refería a alguna película española de nuevo cauce. Y yo, irónico y sabiendo lo mucho que he tragado, le espeté: “Ni te imaginas lo que mis ojos han llegado a ver”. Así, por gilipollas y listo, me equivoqué. Lo que allí vi siempre permanecerá grabado con pus y sangre en mi ya baqueteada memoria. Una erudición de lo más reconfortante. Os lo aseguro.
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martes, septiembre 07, 2004
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En otro ataque de esos nostálgicos ‘ochenteros’ que cada vez más son habituales ayer disfruté de nuevo de esa joya generacional que es 'Regreso al futuro', de Robert Zemeckis. Y es que esos ataques melancólicos son casi diarios, algo que me lleva a pensar que hemos nacido en una generación de viejos prematuros, porque ya por debajo de la treintena todo nos da igual y sólo sonreímos cuando alguien dice “te acuerdas de…”. Una lástima, pero es así. Así son los 80 y no lo que emitirán en Telecinco intentando dar trascendencia a una época que encontró su grandeza precisamente en lo contrario: en la diversión, en la despreocupación de todo, en la comercialidad y el espectáculo de las pequeñas cosas hechas con cariño. Bueno, pues a lo que iba. Como no había visto aún la opción de ‘Anécdotas de la Universal’ me puse el DVD de la peli del genio llamado Robert Zemeckis y la volví a disfrutar a pesar de haberla visto en mi vida unas 60 veces y saberme los diálogos de memoria. Entre otras cosas te cuentan los cameos de la ‘crew’, los homenajes que hay insertados (que son muchos y todos ellos relacionados con la literatura y cine que tienen como centro de la narración los viajes en el tiempo) y alguna que otra chorradilla que para prosélitos fans como nosotros siempre nos gusta saber para lanzarlo en alguna conversación con una buena cerveza en la mano. Siempre que se habla de ‘Regreso al futuro’ tienes muchas posibilidades de que la conversación sea más amena. Bien, ayer comprobé otros dos aspectos personales (de los cientos) viendo la película. Una de las teorías que he manejado durante toda mi vida y que a nadie parecía importarle es que el escenario principal, la plaza de Hill Valley, es la misma que aparece en los créditos (y por lo tanto en toda la película) de 'Gremlins', de Joe Dante. ¿Esto qué quiere decir? Amigos, quiere decir que HILL VALLEY es, como siempre pensé, KINGSTON FALLS. Un pensamiento intrascendente (qué cojones, para mí tenía mucha importancia), pero que ayer desveló esta gran duda. Dos películas tan significativas se rodaron en el mismo sitio. Son el mismo pueblo, el mismo lugar donde en nuestra infancia nos hubiera gustado conocer a Marty McFly o a Billy Peltzer, aunque en este último caso casi mejor que las ganas de conocer a alguien eran por Kate, mi musa Phoebe Cates. Aquí os dejo la susodicha plaza de Kingston Falls y Hill Valley. En fin, que ya empiezo a comprobar lo que es un weblog y que de aquí me iré directo a un hospital psiquiátrico para hacer rebotar mi cabeza contra una pared acolchada sin poder mover los brazos.
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¿A que a los que me conocéis os suena esto? Pues es lo que me cuelga del cuello. Una medalla que lleva ahí quince años. Década y media con un emblema lleno de símbolos (y también de mierda y roña, porque no decirlo) que no sabía muy bien qué significaban. De todos modos, no creo que me hay traído muy buena suerte, la verdad. Yo creo que me iría mejor si llevara una que pusiera Toby y sólo me encargara de comer, ladrar y esperar que alguien me sacara a mear, oler culos de perras y esperar que ése alguien recogiera mis truños con una bolsita higiénica. Lo insólito de todo esto es que nunca me había preocupado por saber qué coño significaba. Si es para atraer espíritus, cojos, lechuzas o ciervos. En el enlace os dejo el significado de todo. Ahora, cuando una chica me venga con ¿oye, tío... o sea, qué significa lo de la medalla? En vez de decir que no sé, le podré decir “¿lo preguntas porque te interesa o es sólo por preguntar?” y cuando me diga que le interesa, tenerla un buen rato charlando con ella. Aunque pareceré Alice Cooper en ‘Wayne’s World’ explicando de dónde proviene el nombre de Milwakee.
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lunes, septiembre 06, 2004
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Bueno, amigos. La semana pasada (el miércoles concretamente) tuve la oportunidad de asistir, invitado por el propio Álex de la Iglesia, a su última película. Un pase privado de privilegio que tuve la suerte de compartir con los chicos del 'foro de la bestia' (Mutis, Quema, Sivi, Checo, Tocho, Orvil, A Man, Ruty, Modesto & Co., Spoo y Puto) en una calurosa tarde de septiembre en la sala de proyección de FOTOFILM, en Madrid. Un pase que me coloca como una de las pocas personas que ha visto hasta el momento la nueva peli de uno de los directores que más admiro y quiero cada día más. Esta es mi crítica. El PRÓXIMO DÍA 22 DE OCTUBRE, la tenéis en todos los cines de España. Una comedia casi ‘fer… perfecta’ Álex de la Iglesia logra con su nuevo filme una prodigiosa comedia negra sobre la obsesión, la apariencia y la miseria humana más hedionda. Al igual que esa sólida obra, a la vez que archimaldita, que es ‘Muertos de risa’, donde la mejor de sus numerosas virtudes era la capacidad de riesgo para contar un terrible drama humano en forma de chiste con muy mala hostia, ‘Crimen Ferpecto’ se sitúa en un difícil terreno que ambiciona narrar una dramática fábula como si fuera una indiscutible comedia, tal vez la más genérica (y también la más divertida) hasta el momento en la carrera de Álex de la Iglesia. Además de conseguirlo, lo primero que llama la atención, ya en su fabuloso prólogo teatral adoctrinador de cómo hay que vender, es el modo en que el realizador propone un cambio a la hora de exponer su historia, de revelar su ansiedad por ofrecer al espectador algo insólito, lleno de sorpresas y ritmo, de volver a ensamblar el humor negro más descarriado con la mejor tradición nacional. Siendo fiel a su estilo, pero sin perder nunca de vista la comedia, su primera gran comedia con mayúsculas. En su séptima cinta Álex de la Iglesia define todos sus objetivos en la risa, en la búsqueda de la carcajada. Para ello ha sazonado su habitual microcosmos de abundantes y enloquecidos ‘gags’, algunos al más genuino estilo ‘slapstick’, abastecidos de una contundencia tan subvertida que el espectador asiste a auténticos momentos de terror atroz y crueldad llevada al extremo entre enérgicas carcajadas. Y no es que sus anteriores películas no sean portentosos divertimentos que, amparados en la comedia, formularon terroríficos viajes por el lado más lóbrego del ser humano, sino que antes de ‘Crimen Ferpecto’, sus anteriores trabajos quedan como un preludio, un extraordinario avance de esta más que estupenda película. La nueva odisea de De la Iglesia nos presenta la vida de Rafael, un seductor ambicioso que trabaja en unos grandes almacenes y que ha hecho del triunfo y la venta un medio de vida lujoso y selecto. Aspirante a ser el nuevo jefe de planta y centro de todas las miradas femeninas, lo tiene todo. Pero por cuestiones del azar, Don Antonio, el otro aspirante al ascenso, muere accidentalmente en manos de Rafael. Con tal mala fortuna que el único testigo es Lourdes, una dependiente bastante fea que le convertirá en una pobre marioneta utilizando el chantaje. Y es que por primera vez en mucho tiempo en el cine de De la Iglesia estamos antes un triunfador que se entroniza como el antihéroe característico del realizador, para ir perdiendo en la evolución de su particular tragedia cualquier atisbo de dignidad. Algo que acabará por transformarle en el perdedor que determina el protagonista predilecto del cineasta. En esta delirante metamorfosis por la coerción más macabra de una mujer es donde brilla la figura de De la Iglesia y de su coguionista, Jorge Guerricaechevarría, que se corroboran como los mejores analistas sociales (y morales) del cine español desde la floreciente etapa de los maestros Azcona y Berlanga, con los que su cine tiene tanto en común y de los que son herederos por derecho propio. Si a todo esto, le añadimos una espectacularidad adicionada y violencia extrema y corrosiva (que nunca falte), tenemos uno de los mejores trabajos hasta el momento en la carrera de estos dos creadores de fuliginosas aventuras cotidianas. Ostentando una tragicómica, patética y sórdida existencia, el humor de ‘Crimen Ferpecto’ enfrenta al espectador con la más cruda realidad. No encontramos personajes positivos, eso sí. Aunque bien es cierto que sus miserias son producto de una sociedad que impone y dicta normas y modas, para finalmente encumbrar o hundir de un modo caprichoso. Contundente y portentosa, es sin duda alguna, una de sus mejores y más cínicas visiones de las relaciones humanas, de pareja y de la vida. Desglosando la faceta que más le gusta a su creador, todo el mundo, tarde o temprano, se ve obligado a fingir. En este caso, encubriendo un asesinato, un cadáver calcinado y una excusa para el chantaje más despiadado como única vía para lograr la siempre ilusoria felicidad por parte de una ‘femme fatale’ que, contra todo pronóstico, carece de la faceta físicamente atractiva y reúne todo tipo de imperfecciones. En ‘Crimen Ferpecto’ todo es fruto del azar, los asesinatos se cometen de forma accidental, las coacciones se utilizan para obtener pagos emocionales y las venganzas se planean basándose en la suerte del destino. La codicia, la obsesión, la ambición y la envidia son también temas recurrentes en este homicidio imperfecto, pero no son mostrados de un modo tan evidente como ha venido siendo habitual en la carrera del realizador, sino que enclava a sus personajes en situaciones esperpénticas, pero a la vez terribles, circunscritas al absurdo, a la idiotez y a la truculencia malvada como ámbito en el que subsistir cuando las circunstancias une a la pareja protagonista. Como lugar emblemático Álex de la Iglesia ha emplazado su historia en unos grandes almacenes, transmutados en un importante personaje que acoge a su fauna y representando tanto el consumismo que asola a las masas, como la necesidad de aparentar para disimular frustraciones y miserias. Un entorno de glamour, riqueza y poder como cáustico contexto, fortaleza que alberga a sus terroríficos habitantes. Un mundo donde los paraísos existen sólo para perderlos, como sucede con Rafael. En un magistral retrato de la condición humana, la superficialidad, la sociedad de consumo, la belleza y la maldad, Álex de la Iglesia hace que las situaciones más normales se vayan transformando, irremediablemente, en surreales pesadillas. Pesadillas salpicadas de imágenes oníricas y alucinógenas (fantasma incluido) que avanzan en la desesperación de un hombre que tiene en la venganza la única salida. La capacidad de fascinación, satírica y efectiva, tienen su apogeo en la ridiculización de los momentos cómicos más memorables del cine de Álex; como la impagable secuencia de la familia ‘freak’ y oscura de Lourdes, que simboliza los miedos del personaje principal en particular y de cualquier persona en general, que no es más que caer la monotonía, en el aburrimiento cotidiano, en la mediocridad que provoca lo ordinario. Un universo donde los personajes siguen estando llenos de defectos, refugiados en un mundo decadente que permite reinventar la oscura realidad por otra de ensoñación idealizada; Rafael, zambullido en el éxito mujeriego y el carisma del vendedor perfecto y Lourdes, cuando consigue retener al hombre de su vida a pesar del desafecto que ella produce en un hombre desvalido ante la argucia de su poseedora. Lo que viene a decir que en esta vida, la frágil línea del amor y del odio es apenas perceptible. El privilegiado sentido del arte cinematográfico, de creación de atmósfera (feísta y oscura cuanto más avanza la trama), la excelente puesta en escena a la que enaltece el trabajo de Arri y Biaffra y, sobre todo, la prodigiosa partitura de un inalcanzable músico clásico como es Roque Baños permiten al realizador vasco aprovechar al máximo la aleación del tópico, la violencia extrema, el delirio y la acción (sublime la recreación del post-asesinato), creando así una comedia casi perfecta, de una calidad incalculada, en todo momento encauzada a un complejo designio que conquista con creces: hacer reír. Es decir, una comedia ‘ferpecta’. Es además ‘Crimen Ferpecto’ un extraño mosaico de momentos sádicos, de maldad soterrada exhibida en pequeñas dosis de comedia que se hilvanan perfectamente como ejemplo de trepidación narrativa que discurre con admirable equilibrio en sus precisos giros en la acción. Lo que da como consecuencia una película de intriga siniestra, dotada de un ritmo vertiginoso, donde el director de ‘Perdita Durango’ catequiza el casi imposible reto de combinar comedia con tragedia grotesca y transformarlo en algo factible y cadencioso. Contribuyen a que este nuevo filme de De la Iglesia sea una comedia directa y divertida el talento de un Willy Toledo que demuestra sus excelentes dotes para el género. Pero sobre todo Mónica Cervera, que ofrece un recital de miradas y talento que terminan por convertirla en la revelación de una actriz secundaria capaz de llevar el protagonismo de una película. Se echa de menos tal vez la coralidad de sus anteriores trabajos, ya que aquí los actores de reparto no tienen un peso trascendente (si exceptuamos al siempre genial Luis Varela como ánima concienciadora), lo que deja al excelente Enrique Villén, Fernando Tejero o Kira Miró como meros apoyos circunstanciales. Se acusa, como exiguo escollo, la concesión al recurso de algunas modernidades visuales puntuales (como la utilización de la ‘snorrycam’) insólitas en el mejor De la Iglesia director. También puede descolocar el final simbólico, muy habitual ya en el cine de Álex, que puede desequilibrar a un espectador que ha pasado 105 minutos enganchado a la guerra de sexos más aterradora vista en los últimos años y donde se concluye que el triunfador acaba como un perdedor mediocre, mientras que los feos obtienen la fama y la gloria absurdamente. ‘Crimen Ferpecto’ es, en definitiva, una película extrañamente romántica que habla, en su fondo, de la pareja, del amor imposible y de las vicisitudes del amor. Aunque éste sea impuesto y venga dado por un destino cruel e incierto que guarda malintencionados reveses. Sin duda, una de las mejores películas españolas del año. Miguel Á. Refoyo © 2004
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Ya se acabó el veranito, ya se acaba el calor, los escotes sudorosos de las chicas que dejan ver canalillos lozanos que hacen aflorar hircismo sexual por cada poro… Bien, decía que se jodieron los bañitos en la playa, la calma, las mejores siestas y el buen reposo. Hay que volver al trabajo y a soportar a los compañeros, al jefe, los madrugones y demás. Empieza el enloquecido Apocalipsis diario, la locura del asfalto, el conflicto con nuestras vidas incompletas, pero también es la vuelta a la parrilla televisiva de los más infaustos programas de Telebasura, de los esparcimientos catódicos más absurdos y la imaginería de las cadenas para sacar programas y teleseries que copen el podium bélico en el que se ha convertido la tele actual. Además de la vuelta del Rey Sardá con nuevos rostros dispuestos a escupirse e insultarse, incluso a perder la dignidad si hace falta en una mesa redonda llena de ‘freaks’ y autodenominados periodistas de poca monta, la televisión se renueva y trae espacios calentitos y otros que hacen reverdecer el ‘share’ perdido. Así tenemos de nuevo ‘Gran Hermano’ en su sexta edición. Una edición que se ha hecho esperar con tanta prueba de 'Hotel Glam' y 'GH VIP' que nos impedía ver ya no al acabado famosillo que tiene la vida resuelta, sino al pobre mediocre infeliz de la calle, a la gente (a)normal que acude a este programa dando lo peor de sí misma y que alcanza la gloria llena de excreción que es, en estos momentos, la fama en la España del Tomate, el edén de la Exclusiva, el paraíso de la prensa rosa. Ayer empezó la sexta temporada de un programa que se actualiza con la incursión de nuevos ‘freaks’ dispuestos a todo. Hay que reconocer que hay material humano mugriento y despreciable para que esta edición sea bastante memorable. La gran decepción ha sido que mi paisana salmantina Mercedes, la mujer de más maquillaje por cada mili mitero de su rostro y de ojos azules, se haya ido. Se habían propuesto dar espectáculo con la inserción de una ex pareja con otra tercera persona de por medio, pero no lo han conseguido. La chica no ha asumido el circo que es Gran Hermano ¿acaso no sabía este programa nada más que un espectáculo donde poder ver todas (y son muchas) sus miserias como seres humanos? ¡Nos jodieron el trío! Que era, con mucho, lo mejor que podía haber sucedido. Tenemos, no obstante, un programa con supermercado (por si no había sufientes metáforas de la decandencia social), un seguimiento al patrón (como imposición de jefes que merezcan venganzas). Y más concursantes: a un metrosexual que se está quedando calvo y se cree el Rey del mundo, a un transexual que era mujer, pero que ahora es un tío que dice tacos y ‘ejcupe’ con J (lo que hubiera dado por meter a una transexual tía con pingajo y todo), a un ‘cristosevillanas’ separado de una gitanita, un taxista de Alicante, un asesor financiero de Barna con cara de palo, un pitufo guaperas de Logroño y su ex novia, una ex legionaria de Madrid; una asturiana salida, una cría sosa y gallega (como suele ser) y... no sé quién más. Ah, Diana, una pseudomodelo que pretende ir a lo ‘Leticia Casta’, pero sin personalidad. Promete, promete… También ha habido novedades en LO + PLUS, que ya iba siendo hora. Con un renovado decorado muy de ‘Puti-club’ más que de entrevista seria o convincente, con una pantalla vertical en medio del plató donde no se podrán proyectar en condiciones, actuaciones o trailers de cine que se verán a menos de un tercio y con la banda, la que no queda ningún componente antiguo, ninguneada, ha vuelto uno de los programas de entrevistas más veteranos de la tele. Por fin se ha ido Arangüena que no nos someterá más con su nulo humor. Ya no está Fernandito Schwartz para tartamudear y hacer preguntas estúpidas y creerse el ombligo del mundo. Sí está Anita G. Siñeríz que, con todo lo pija que sea y lo que queráis, sigue siendo una buena entrevistadora. La novedad es Manu Carreño, que puede dar de sí porque el tío tiene sobradas aptitudes como para resultar más que adecuado. Hoy se le ha visto bien, un poco acojonado. Pero mejor que el abuelo, es con diferencia. Me gusta ese futuro alopécico que, sin embargo, no hace que se deje de echar de menos a Máximo Pradera. Luego la nueva colaboradora Sonia Villavalba está muy buena, sí. Pero es como sosa, sin gracia. Sin expresión. Y su sección es de primerizo ‘chungo’ de Periodismo al que se le ocurre la primera cosa que dejó de ser original en los tiempos en que Fraga se bañaba en Palomeros. Es decir: noticias curiosas. Sale, las lee y se va. Nico seguirá saliendo los lunes deportivos y Joaquín Reyes que se unen a un cada vez menos gracioso Javier Coronas. Tampoco me ha gustado mucho la realización, que en muchos momentos parecía el 'Tomate' (qué fuerrrteee...) y ¡¡¡Han quitado el Zapping'!!! ¡Oh, error tan inmenso…! Y por si fuera poco, han vuelto a poner 'Friends'. Buena noticia. También se abre la veda para tanta variedad como esa absurda ‘sitcom’ de Antena 3 ‘El inquilino’, ‘La granja de los famosos’ (que nace casi muerta por un meollo judicial entre Telecinco y A3), La Campos en la 3, ‘La Noche de… Arturo Valls’, Julia Otero y Guayo en La Primera, nuevas temporadas de ‘Los Serrano’ (zzzzz…), ‘Aquí no hay quien viva’, más series estúpidas, más ‘CSI’ (ahora Nueva York), un programa llamado ‘La hora Wiki’ (que repite fórmula de ‘Más te vale’), con esa musa televisiva que es Raquel Sánchez Silva y esta noche, amigos... la tercera temporada de la que es una de las mejores series de los últimos años… ‘24’, con las trepidantes de Jack Bauer y su hija Kim (me pierde Elisha Cuthbert).
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domingo, septiembre 05, 2004
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Sentado delante de mi ordenador, conectado a ese universo abisal que asola mi conciencia cibernauta, que carcome mi curiosidad más oculta y enfermiza, me planteo si el arte que nos rodea es siempre la misma. Cuestiono, basándome en aquel anuncio del Golf en el museo, por qué el arte de cualquier desquiciado intelectualoide con pretensiones de genio universal se impone presentada como ‘calidad’ a un erudito público que ha caído en las redes de la estulticia y aplaude lo que nadie entiende en impresentables e ininteligibles obras. Entonces doy con la solución al llegar a la url de la MOBA (creo que se maneja este término) es decir ‘The Museum of Bad Art’, que convoca inmundicia artística y la más patética y austera visión del color, la estética y la forma que asignaron los grandes clásicos de las artes plásticas. En ella podemos descubrir las galerías que recoge un aburrido empresario yanqui cosechadas de la basura, geriátricos, colegios y de aficionados frustrados, para exponerlos en un recinto de Boston donde sólo los más valientes se atreven a entran. La MOBA recopila el arte rabiosamente infame y deplorable que, al igual que algunas muestras de los grandes autores hoy aplaudidos por los críticos más cocainómanos, distorsiona retinas y extirpan placeres tan confortantes como mirar un cuadro. Es tan patético que es imposible pasarlo por alto. Artífices que, sin quererlo, fusionan un cromatismo que ataca los ojos del pobre espectador con sus retratos ingenuistas, sus brochazos fosforitos y la conversión del buen arte en culteranismo grosero. Podemos asistir a inusuales recorridos virtuales en las diferentes galerías como la Lawor, donde vemos un ridículo atleta lanzando un disco deforme, la galería de Frances Jackson con su escultura a la Virgen descojonada de risa, la Daly con ‘Peter, the kitty’, un gato que parece creado por un parvulario y la más interesante de todas, la Blackroom Galery, con un payaso llamado Jerez que asusta con su mirada satánica y enajenada. Es el arte al revés, cismática, derivada de una percepción de la estética aberrada por el mal gusto y el horterismo de una era cultural educada para tragarse todo tipo de arte y, encima, disfrutarla. Si eres un mediocre artista que muestras orgulloso tus lienzos a tus amistades, quizá puedas enviar tu obra. Puede ser miembro de la MOBA. Es tan sencillo...
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Bueno, amigos y amigas. A partir de ahora tengo el privilegio de ir aportando pequeñas reflexiones, mis críticas, reportajes, relatos, paranoias, movidas, pensamientos infectos y neuras en este espacio dedicado a desvaríos varios, cultura inmunda y disgregaciones sin mucho sentido. A partir de este momento 'Un Mundo desde el Abismo' os abrirá una ventana a la cabeza del viscoso cerebro de este ser entrañable y de barbas represento. Espero que disfrutéis de la lectura de este weblog tanto como voy a disfrutar yo escribiendo y poniéndolo al día. Queda inaugurado este weblog.
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