jueves, septiembre 30, 2004

¡¡Nos han seleccionado!!

El jurado de la citada convocatoria ha acordado seleccionar para participar en el Certamen Nacional que celebraremos en Murcia el próximo Noviembre a los siguientes cortos:
'Telepapaya, dígame', de Tomás Gimeno Ramallo
'Portal Mortal', de Aritz Moreno y Sergio Prieto
'Bajo la mesa', de Oscar Rayuela Casen
'Llamada perdida', de Eduardo G. Marín
'Compartimento 5', de Jaime Alonso
'Destination: Journey', de Guillem Ayats Bartrina
'Caminando solo', de Manuel Abrisqueta
'El límite', de Miguel Á. Refoyo
'Sirenito', de Marisa Crespo y Moisés Romera
'Runner', de Gabriel Martin Rodriguez
Por fin, amigos.
No veáis lo contento que estoy. Esto me da ánimos para seguir mandando el corto y ahora sé que hemos hecho un buen trabajo. Eran más de 200 trabajos presentados y nos han seleccionado. No será la primera vez, ya veréis. De ganar no hablo, porque nunca hicimos el corto para ganar premios. Sólo el hecho de haber sido seleccionado en este festival (uno de los que más dinero ponen en los premios) es toda una satisfacción.
Este fin de semana lo celebraré por todo lo alto, en el Pani.

Una tarde con Guillermo

Desde que vi ‘Cronos’ (una de mis películas favoritas) he considerado a este mexicano uno de esos directores capaces de hacer que el cine se convierta, por arte de magia, en adrenalina, en acción sin freno, en diversión desmedida. Un director capaz de transformar en espectáculo cualquier idea que pueda parecer absurda. Su vida, rodeada de vampiros, monstruos y demonios han labrado una genial forma de ver el cine comercial que recoge el arte ancestral del México más cronista con la acción, el entretenimiento y la fastuosidad del Hollywood más digital. Genio y figura cinematográfica, Guillermo Del Toro ha labrado una carrera internacional rindiendo culto al más clásico cine de terror.
A Guillermo le conocí durante el Festival de Cine Fantástico de San Sebastián de 1998, cuando presentaba en calidad de productor la cinta ‘Un embrujo’, de Carlos Carrera. Una bella historia de amor entre una profesora madura y su alumno adolescente. Realmente, para qué coño ser lírico, era la historia de un ‘pichabrava’ con todas las de la ley. La película me gustó, sin más. Una adornada y bastante sensual historia entre Felipa y Eliseo, un chavalín que trae a la profesora por la calle de la amargura durante distintas etapas de sus vidas. Una historia de amor iniciático con descubrimiento carnal, encuentros y desencuentros debido a la diferencia de edad entre ambos.
Bueno, pues durante aquel festival se pudo ver al orondo Guillermo, o al ‘Gordo’ (que es como le llaman en México –o eso me contó él-), paseando por los pasillos del María Cristina, en el casco viejo de la ciudad, asistiendo a multitud de sesiones de Zabaltegi, incluso hablando con la diosa minúscula Salma Hayek en un par de ocasiones (la tuve a menos de un centímetro de mi cuerpo). Un día, saliendo yo de recoger mis ‘press-books’ de la sala de prensa me encontré al señor Del Toro reposando en un banco de la Plaza Okendo, relajado y mirando hacia la nada. Parecía un tanto aburrido, así que decidí que ése sería un buen momento para hacerle una pequeña entrevista, ya que no había pedido una formal dentro del festival. Ni siquiera sé si estaba anunciada su presencia. Pero allí estaba. Aquel tipo de negro me negó la entrevista. En un principio me pareció muy cabrón, porque lo dijo todo convencido: “No, güey, una entrevista no”. Pero no fue todo. Ante mi mueca de decepción y antes de que yo dijera nada, el amigo mexicano me tenía reservada una sorpresa que nunca olvidaré. Hizo algo que se quedará para siempre en mi memoria. Guillermo del Toro, al que yo tanto admiraba por ‘Cronos’ y ‘Mimic’ me ofreció dejar las entrevistas para otro momento y me invitó a una tarde memorable de pinchos, plática monográfica de cine y literatura de terror y algunos secretos de su vida y milagros.

Órale! Y así fue.
Durante más de dos horas y media, el gran cineasta, visiblemente con ganas de apagar su aburrimiento, me contó su vida entera. Me contó esa historia que tanto le gusta contar en las entrevistas formales, aquella que reza que cuando apenas era un niño de tres años y su universo se reducía a una tenebrosa habitación en Zapopan, en Jalisco, hizo un pacto con los monstruos que rondaban su cuna y le hacían mearse en la cama; si ellos no le asustaban más y le dejaban ir a hacer pis, se convertiría en su amigo para toda la vida. Los monstruos aceptaron la propuesta y él les ha conmemorado en cada película que ha podido realizar. Por eso en el cine de Guillermo del Toro sólo existen fantasmas, vampiros, bestias, demonios o cucarachas gigantes.
Entre pincho y pincho y cerveza, zuritos y demás ágapes que nos metimos entre pecho y espalda, hablamos de su herencia: 3.000 libros de terror apilados en una casa cerca de Jalisco que le dejó su abuela cuando murió, compartimos fanatismo por las historias del Santo Enmascarado de Plata, de cómo funciona el sistema de producción en Hollywood (no estaba muy satisfecho de su aventura americana con ‘Mimic’), de cine ‘gore’, pero también de Juan Rulfo, de algo de literatura y pasiones compartidas, pero sobre todo de mucho cine. Una de las cosas que me sorprendieron fue lo muy disgustado que estaba entonces con la crítica mexicana ‘chingona’ que no trató muy bien a Del Toro en sus comienzos. Me comentaba que a los críticos de su país les cuesta trabajo aceptar la idea de que existe un director capaz de tener éxito en Hollywood. Fue entonces cuando me reveló sus dos grandes sueños cinematográficos que eran adaptar ‘Hellboy’ al cine (algo de lo que estuvimos hablando bastante, porque entramos en el terreno ‘cómics’) y hacer la primera película con garra del universo de H. P. Lovecraft, en este caso adaptar ‘Las montañas de la locura’.
Acabamos medio borrachos, hartos de comer bien y hablando de grupos de narcofrontera como ‘Los tigres del norte’ o ‘Los tucanes de Tijuana’. Pagó todas las rondas de chiquitos, cervezas y pinchazos donostiarras al saber que yo era un pobre aspirante a todo y que no tenía un duro para nada. Se despidió con “ya nos veremos güey. Ha estado muy chido.” Y se perdió desapercibido entre la multitud de fans coléricos que esperaban ver a Banderas, que ese año presentaba ‘La máscara del Zorro’. Espero volver a platicar con tan inmenso cineasta (en todos los sentidos).
Para mí Guillermo del Toro es, sobre todo un gran tipo, un genio de nuestro tiempo.

Mañana... HELLBOY

El demonio rojo al servicio de la ley
Hace una década, Mike Mignola, uno de los mejores creadores de cómics, decidió hacer una apuesta creativa y explorar sus propios impulsos narrativos. Cuenta el propio Mignola que se hizo la pregunta: “¿qué pasaría si un demonio creado para imponer el Mal fuera readaptado al Bien y luchara contra otros monstruos?” Así nació ‘Hellboy’, que cubrió la ambición de toda una vida y dio al mundo del cómic uno de los personajes imprescindibles en la historia moderna del mundo tebeístico.
A principios de los años 80, tras graduarse en la California College or Arts and Crafts, Mike Mignola se trasladó a Nueva York y consiguió trabajo entintando algunos títulos para la todopoderosa Marvel en prestigiosos títulos como ‘The Incredible Hulk’ y ‘Alpha Flight’, donde tuvo la oportunidad de empezar a dibujar atrayendo en seguida la atención de sus propios compañeros de profesión más que de los lectores. Por aquella época sus inclinaciones gráficas oscilaron entre sus influencias más destacadas y confesas: Jack Kirby, Bernie Wrightson, Jim Steranko y Rick Bryan. Paulatinamente, Mignola empezó a abrirse un hueco en el mundo con ‘Las Crónicas de Corum’, donde empezó a desplegar visualmente sus preferencias adaptando novelas de Michael Moorcock. Desde ese momento, Mignola pasa a ser una de las referencias más importantes en la industria, uno de los autores más prestigiosos del panorama del cómic americano. Su trabajo, imitado y seguido por muchos autores, destaca por un dominio absoluto del claroscuro, de la composición y de la síntesis de las figuras. Su trabajo, antes de llegar a la consolidación de ‘Hellboy’ en 1993 para Dark Horse Comics, se desarrolló en editoriales como First, la mencionada Marvel y DC Comics, generalmente dibujando superhéroes. ‘Superman: World of Kripton’, con guión de John Byrne, ‘Batman: luz de Gas’ para DC Cómics o ‘Lobezno: aventura en la jungla’, de Walter Simonson, dieron paso a ‘Fafhrd’ y a la novela gráfica ‘Iron Wolf’, con guiones Howard Chaykin que acabarían con su etapa de superhéroes para otras compañías. Son algunos ejemplos que han hecho que Mignola se convirtiera en uno de los creadores más importantes del Noveno Arte.
A partir de 1992 las disputas con Marvel y DC le hacen fichar por Dark Horse, creando el sello Legend, que funda junto a su amigo Arthur Adams y varias figuras relevantes del panorama del cómic en USA como John Byrne, Frank Miller, Geof Darrow, Art Adams y Paul Chadwick. 1993 supone un año importante para el guionista y dibujante, ya que aparece la primera historia de ‘Hellboy’, contando con la ayuda de John Byrne a los guiones para la primera miniserie ‘Semilla de destrucción’, quien le animó a que realizara los guiones él mismo, cosa que ha hecho en todas las historias siguientes del personaje, que ha continuado realizando ininterrumpidamente y prácticamente en exclusiva desde entonces hasta la actualidad. ‘Hellboy’ fraguó el sueño de muchos dibujantes de cómics: crear un personaje propio, inventar sus guiones originales y dar rienda suelta a su estilo, abundante de dibujos de ruinas, seres pétreos y fríos, casas victorianas, solemnes monstruos y malvados nazis. Una fantástica mezcla los monstruos sobrenaturales de las novelas de H.P. Lovecraft, las leyendas populares y los mitos célticos en un cómic de misterio y acción.
El book ‘El gusano vencedor’ de ‘Hellboy’ cerró una fase en la vida del personaje. Desde entonces y hasta la llegada de ‘The Island’ (que continúa donde quedo ‘El tercer deseo & El asombroso Cabeza de Tornillo’, con Hellboy flotando en el océano) el investigador paranormal dará un cambio de vida, ya que entre la marcha de Hellboy de la Agencia de Defensa e Investigación Paranormal y la nueva película de Del Toro han hecho que el personaje tenga perspectivas de seguir luchando contra el mal en la gran pantalla y el cómic, hecho que parece incrementar su carrera en esta fase con la publicación de un libro titulado ‘Art Of Hellboy’, que cubre los diez años del demonio de Mignola desde su creación. En el libro se puede ver material que no se ha visto nunca en ninguna parte, sumando las portadas de todas las series anteriores en os diversos países, artes finales que no fueron usados, ‘sketches’, bocetos, anotaciones y más.
Además Mignola tendrá que dar a luz una prometida historia en una antología sobre casas embrujadas ‘Hauntings’. Tras esto, Dark Horse ha anunciado una nueva serie limitada protagonizada Hellboy, pero en el que no estará implicado Mike Mignola y que llevarán a cabo Cassaday, Pearson, Maleev, Leinil Yu, JH Williams, mientras que el equipo diseñador de la película, TyRuben Ellingson, William Stout & Dave Stevens van a contribuir con ‘pin-ups’.
Scott Allie, editor de Dark Horse, ha explicado que este proyecto de 13 números sin Mignola se ha producido por petición del propio creador al involucrarse personalmente en la película de Guillermo del Toro (con el que ya prepara una secuela –que seguro que acaba en trilogía-) y descansar así del mundo del cómic.
La historia
Durante una de las sesiones esotéricas organizadas por Hitler en tiempos de guerra se invocó el 23 de diciembre de 1945 a un ser del más allá conocido como Anung, Un Rama, rebautizado como Hellboy, para que les ayudase en la Guerra; el programa fue denominado ‘Proyecto Ragnarok’. La Agencia de Defensa e Investigación Paranormal, grupo clandestino de las fuerzas aliadas lideradas por el profesor Broom consiguió que Hellboy entrara a formar parte de una insólita familia que incluye al telepático ‘Mer-Man’ Abe Sapien y Liz Sherman, una científica con cualidades pirocinéticas. Aunque viven ocultos de la misma sociedad a la que deben proteger, su misión es luchar contra el malvado Grigori Rasputin, quien trata de arrastrar a Hellboy a las tinieblas y utilizar sus poderes para provocar el Apocalipsis. A pesar de sus oscuros orígenes, Hellboy se convierte en un inesperado defensor del bien, luchando contra las fuerzas del mal que amenazan nuestro mundo.
A diferencia de la mayoría de los héroes de los libros de cómics, Mignola diseñó ‘Hellboy’ como un tipo normal de clase trabajadora, incluyendo a su faceta de ser indestructible, cualidades que humanizaran el rol y le hicieran identificable con el lector, creando así un punto de inocencia y timidez que hace de este monstruo rojizo un demonio cercano y amable.
La película
El mexicano Guillermo del Toro ha hecho realidad uno de sus sueños llevando a la gran pantalla el cómic ‘Hellboy’, transformado por su ambición visionario en una película de acción y aventuras sobrenaturales, basada en la tira cómica de Mike Mignola.
Hace unos años, el director mexicano Guillermo del Toro se enteró de que existían planes para hacer una película basada en Hellboy. Del Toro comenta: “me había vuelto adicto al cómic, por eso cuando me enteré de que iban a convertirlo en una película, peleé muchísimo para conseguir estar en la sala de reuniones y poder decir 'Yo soy el tipo que puede hacer esta película”. ‘Hellboy’ es una de las películas más esperadas de la temporada y está interpretada por un elenco de actores que incluye a Ron Perlman dando vida a Hellboy, Selma Blair, Jeffrey Tambor, Karel Roden, Rupert Evans y John Hurt.
Desde las primeras conversaciones con los productores Lawrence Gordon y Lloyd Levin, la pasión de del Toro por el material estuvo muy clara: “No sólo teníamos un gran respeto por su talento, que ya había demostrado como cineasta, sino que nos dejó impresionados con su conocimiento del cómic y su entusiasmo. Es como si hubiese estado allí, en la habitación de Mike todos los días desde que se inventó el personaje”.
Curiosidades sobre el filme
- A Guillermo del Toro le impusieron dirigir ‘Blade II’ como condición indispensable para rodara ‘Hellboy’. En aquel momento, el director mexicano era una de las opciones para dirigir ‘Harry Potter y el prisionero de Azkaban’.
- En una reunión para discutir detalles de la película, Mike Mignola y Guillermo del Toro decidieron revelar el nombre del actor que cada uno consideraba para el papel de ‘Hellboy’, la sorpresa fue que los dos coincidieron en que tenía que ser Ron Perlman. En un principio los productores pensaron en Vin Diesel o ‘The Rock’.
- La película toma su historia de varias historietas de Hellboy. La mayor parte viene de uno llamado ‘Semilla de destrucción’, y el resto es tomado de unas historias cortas como ‘La mano derecha del destino’ y ‘Despierta al demonio’. La película también le brinda unos pequeños homenajes a dos historias: ‘The Corpse’ y ‘Pancakes’.
- Cameos: atentos también a las breves apariciones de Mike Mignola y Guillermo del Toro. El creador del comic sale vestido de caballero medieval en medio de una multitud disfrazada en la escena de la amenaza de Sammael. En la misma escena aparece el director del Toro disfrazado de dragón. Por desgracia, Santiago Segura también tiene su momento de gloria como conductor del metro.
- En un momento de la película, durante un ‘flashback’ de Liz, se puede ver un edificio que se llama ‘Mignola Plaza’. El metro y el monstruo de ‘Mimic’ y el tarro con el feto de 'El espinazo del diablo' (algo que obsesiona a Del Toro), también tienen su espacio como homenaje a sus anteriores filmes.
- Del Toro presta sus gruñidos poniendo gorgoritos y voz al Hellboy Baby, a Sammael, al zombie ruso Iván y al indestructible nazi Kroenen. Vamos, que ni Carlos Latre.
- Perlman tardaba cuatro horas en el departamento de maquillaje para lucir como Hellboy.
- En total hay unos 900 planos con efectos digitales en ‘Hellboy’.
Recomendación
‘Hellboy’ es una película de la que no hay que salirse de la sala antes de los títulos de créditos, ya que tras estos hay ‘sorpresa final’. Advertido queda.

miércoles, septiembre 29, 2004

Homenaje a Russ Meyer

Serie B de ‘grandes dimensiones’
Russ Meyer se caracterizó por las comedias sediciosas basadas en la libertad y la independencia, abusando del icono de la ‘Pin Up’ de pechos enormes.
El pasado 22 de septiembre fallecía a los 82 años de edad y sin que muchos medios se dignaran a hacerse eco de la noticia Russ Meyer, uno de los cineastas de la serie B más importantes de la historia del subgénero. Janice Cowart, portavoz de su empresa, RM Films International, explicó que Meyer sufría de demencia y que su fallecimiento se debió a una neumonía que no pudo superar.
Meyer fue el exponente más característico de un cine independiente norteamericano que mantuvo su éxito al margen de las grandes productoras. El llamado cine de serie B, en su vertiente más disoluta y atrevida, tuvo su figura más prominente en este hombre nacido en San Leandro (Oakland, California). Apasionado desde muy pequeño a la fotografía y al cine, sus primeros trabajos se encuadran en el terreno de la publicidad. Meyer, atendiendo a un anuncio de ‘Signal Corps’ del ejército americano, se vio metido como corresponsal de guerra en la II Guerra Mundial. Con el rango de sargento, obtenido con sólo 19 años, el inquieto Russ Meyer recibió cursos de cámara cinematográfica por medio de la Kodak y la MGM. Algunas de las escenas rodadas por Meyer en la Gran Guerra figuran en la película ‘Patton’, de Franklin Schaffner. Curtido en la Era Dorada de la televisión norteamericana, donde trabajó como operador, montador y técnico de sonido en prestigiosas series como ‘El fugitivo’, ‘Perry Mason’ o ‘Rawhide’, Meyer abandonaría su trayectoria catódica por una obsesión transmitida por el fotógrafo Don Ornitz, que le metió en la cabeza lo que sería el núcleo central de la obra del cineasta: las chicas ‘Pin up’ con enormes senos.
Así es como Meyer comienza a ejercer como fotógrafo de las revistas ‘Beauty and the camera’, ‘Photography glamour’ y la naciente ‘Playboy’, uno de sus trabajos más reconocidos y por el que saltó a la fama por sus excelentes fotos de calidad. Durante este periplo, el peculiar realizador consuma pictoriales a estrellas del momento como Anita Ekberg, Gina Lollobrigida, Jayne Mansfield, Mamye Van Doren y otras chicas de opulencia mamaría tan en boga en los 50 y que Meyer trasladaría a sus películas ampliándolas hasta su último término, haciendo de esta extraña y morbosa afición el que será signo de su informal cine de culto.
El director tardará poco en caer en las redes del cine, debutando en 1959 con la convencional ‘The French Peep Show’, una pequeña filmación semidocumental sobre un espectáculo sarcástico en torno al sexo (una especie de ‘Freak Show’ propia de aquellos años). El valor de Meyer en este terreno se extrae de la inventiva y el riesgo de un planteamiento formal nunca visto hasta el momento. De algún modo, los inicios del director son decisivos para un género que, en gran parte, le pertenece: el ‘Nudie’, ese género que Michel Caen calificó en la revista francesa Midi-Minuit como “una combinación barroca de las revistas Mad y Playboy”.
Su siguiente filme ‘The inmoral Mr. Tears’, se convertiría en un hito del cine independiente debido a que, fundamentándose en el ‘Nudie’ libertino y lleno de erotismo y humor negro, fue considerada la primera película erótica que salió del ‘gueto’ especializado para conocer la exhibición en los grandes circuitos.
El cine de Meyer siguió siempre una misma constante que llevó siempre rigurosamente a lo largo de su profusa obra. Resuelto y cáustico, Meyer supo abrir las puertas de la permisividad, de la hipocresía que siempre ha rodeado al sexo en Estados Unidos, dinamizando el erotismo hasta conseguir el puro ‘slapstick’, al terreno más ‘camp’ y mugriento del ápice sexual. Se testifica que fue el propio director quien, con sus películas sediciosas e inteligentes, destruyó el infausto ‘Código Hays’ que tanto daño hizo al cine y al mundo del cómic en los 50. Todo un logro en favor la libertad y la creatividad de un género tan denigrado por la crítica y el público. A pesar de que todos esperaron que Meyer se consolidara como el preceptor del ‘nudie’ e indagara en la serosidad a la que conllevaron una proliferación exagerada de este tipo de cine (para entendernos, el ‘nudie’ era como aquí la ‘españolada’, pero con las evidentes singladuras), el insurrecto cineasta estaba inmerso en otros caminos formales y temáticos, evolucionando un tipo de filmes con la fuerte impronta personal que acabaría apartándole del cine erótico tradicional.
En la filmografía de Russ Meyer, la acción suele transcurrir en lugares apartados, las chicas protagonistas (con unas tetas descomunales, abundantes y generosas) son bellezas provocadoras que luchan contra ‘rednecks’ timoratos en ambientes en los que las sectas religiosas, violadores infectos y mugrientos ‘freaks’ arrastran consigo los defectos más ignominiosos del ser humano. Sus falsas obras morales se mueven entre el arrepentimiento y el perdón, esculpidos en el predicador rural que coexiste como mito de las películas de Meyer, metáfora subversiva de las aleccionadoras reglas éticas de sus argumentos cargados de sexo y violencia, estableciendo con ello un sermón decididamente sardónico y cáustico. Por sus filmes desfilaron personajes surrealistas anexos a lo grotesco, procurando poner en entredicho el supuesto puritanismo americano. La caricaturización indeleble, su humor negro opresivo y la utilización de escenas subidas de tono (pero al mismo tiempo divertidas) le granjearon numerosos enemigos, sobre todo entre los sectores más conservadores.
Dotada su filmografía de una admirable tendencia hacia el preciosismo fotográfico y estético, los personajes de Meyer se mueven entre la inocencia de la Disney y la lubricidad del cine de Gerard Damiano, justificadas en fantasías sexuales con mujeres de procaz tendencia erótica (‘Lorna’, ‘Cherry', 'Harry y Raquel’...). El cúlmen narrativo y argumental de Meyer solidificó su leyenda en una complacencia que inyecta a su obra ‘erótica-festiva’ un humor visual salvaje y extravagante, diálogos surreales y situaciones argumentales grotescas con actores tomándose en primer grado su trabajo. Títulos míticos de la talla de ‘Blacksnake’, ‘Heavenly Bodies’, ‘Common Law Cabin’ (con la actriz porno Ashley St. Yves), ‘Seven minutes’, ‘Mondo Top-less’, ‘Fanny hill’. Fue en aquella época donde rodó lo que se vino a denominar como su época ‘gótica en blanco y negro’ con cuatro muestras del mejor cine de este genial y subversivo cineasta. ‘Lorna’, ‘Mudhoney’, ‘Motorpsycho’ y ‘Faster Pussycatt: Kill! Kill!’ entroncarían lo mejor de la tradición ‘meyeriana’ que han hecho desempolvar una creciente admiración por uno de los iconos más desconocidos e incomprendidos del cine. Pero si tuviéramos que destacar alguna cinta representativa del cine de Meyer, sería ‘Faster Pussycatt: Kill! Kill!’. La odisea basada en la imaginería de Jack Morgan analiza una de las utopías del cine de Meyer: el nacimiento de una nueva raza de mujeres salvajes, que se presentan como delincuentes de ‘carretera’, conducen cochazos deportivos y poseen unos cuerpazos de escándalo (entre ellas destaca Varla, rol interpretado por la que es la ‘chica Meyer’ más carismática hasta la fecha: Tura Satana). Con una formalidad estética perfecta, Meyer expone lo que son las bases de su filmografía en pequeños retazos de majestuosidad, dinamitando la falsedad americana, descomponiendo a pedazos la idea de manumisión temática. ‘Faster Pussycat...’ vino a ser una declaración de principios del director, que compuso una ácida visión y corrosiva de los demonios que asolan al hombre, con trazos violentos, sin piedad. La propia visión de este clásico del cine más desconocido podría acercarse al mito de Jekyll y Hyde. Por eso Meyer no dudó en afirmar que “si hubo alguna vez una película que ejerciera una mala influencia sobre la juventud, como un ejemplo perfecto”.
Con trabajos esporádicos como actor, entre los que destaca su inolvidable participación en la obra de culto de John Landis ‘Amazonas en la luna’, y como director para la serie A con la cuidadísima ‘Más allá del Valle de las Muñecas’, Meyer mantuvo durante su carrera la autonomía como motor de búsqueda de nuevas formas e imágenes de provocación, de independencia. Erotómano recalcitrante y amante de la ponderación, Meyer siguió siempre una lineal estría moral bajo la consigna ‘los excesos se pagan’, pero dando a entender que, a pesar del castigo, se disfruta de verdad, tal vez como analogía de su relación con el Séptimo Arte. Fue su etapa más conocida aquella en que se dedicó a su ‘Saga Vixens’ (‘Vixen’, ‘Megavixens’, ‘Supervixens’ y ‘Más allá del Valle de las Ultravixens’), lo que podríamos llamar una ‘tragedias campestres’ en las que se dedicó a diseccionar la llamada ‘América profunda’. Fueron los delirios más divertidos que cerraron la creación cinematográfica de este genio del exceso, del primer auténtico feminista en la historia del cine, que fue vilipendiado por la crítica de la época, pero que fue honesto con sus películas y enfocó su filmografía a denunciar la hipocresía de la sociedad de su país.
Meyer, hombre de referencia en la cultura 'underground' de su país, fue conocido como el Fellini del cine más sedicioso norteamericano y, hoy en día, más que un director de culto de bajas esferas culturales, se ha convertido en un genio que ha dejado tras de sí una obra sólida e fascinante.
Miguel Á. Refoyo © 2004

martes, septiembre 28, 2004

El festival definitivo

Tantos años esperando un evento como este y me queda tan lejos de aquí, del submundo insondable que representa Salamanca, paradójicamente y mal llamada ‘la ciudad de la cultura’. Y es que en Barcelona se organiza la primera reunión para adorar a la mugrienta y siempre conciliatoria vena bizarra y caposa en un suntuoso recorrido por el lado más salvaje del panorama ‘freakie-patrio’, donde la pura y dura realidad se entremezcla de forma solaz y reconfortante con lo grotesco, lo marginal y heterogéneo.
Con el espíritu de ‘Mondobrutto’, los aguerridos creadores de ‘Spanish Bizarro’ dejan de hacer fiestas memorables para amiguetes para probar suerte con un evento que trascienda los fastos de la diversión, la originalidad y la transgresión con la primera edición del ‘Spanish Bizarro Freak Festival’, todo un evento como celebración de la presentación del antológico disco recopilación que hace un recorrido por las deliciosas vertederos de nuestra cultura más discordante.
Como dice Jordi Costa "la mejor muestra de la canción chorra, género cultivado en muchos otros territorios, pero depurado y perfeccionado en nuestra circunscripción hasta límites insospechados".

lunes, septiembre 27, 2004

Sorteo diez cuentas G-MAIL

Bueno, amigos, tengo invitaciones para esa gozada que son las cuentas G-MAIL con 1 Gb. y con muchas facilidades.
Como me aburro y quiero divertirme, tengo un sorteo de 2 invitaciones que consiste en algo tan fácil como una PORRA de fútbol. Pero nada de equipos famosillos, del Madrid o el Barça o demás. Nos centramos en un partido tan humilde como es el Getafe (recién ascendido) y el Athletic de mis amores (que el otro día se cepilló a los galácticos). Es tan fácil como el que acierte el resultado se queda la cuenta G-MAIL. Sólo tengo dos, así que si hay más de dos personas que aciertan el resultado -cosa improbable-, ya buscaremos la forma de repartirlas. Dejad vuestro nombre, e-mail (para enviaros la invitación) y el resultado en el COMMENT y el mismo domingo por la noche, escrutamos.
A participar.

'Flash' en un breve viaje al futuro

Durante el Festival de Donosti, un día de esos en el que le haces fotos a todo el mundo, te haces fotos a ti mismo (algo que hago con bastante frecuencia) y te fijas en los pequeños instantes, detalles, acciones y motas de polvo que hay alrededor de ti en muchos metros a la redonda, me sucedió algo (como diría Marty McFly) 'muy fuerte'.
Estábamos Cristobal Garrido ('Mutis' para los amigos) y yo fotografiando diversas instantáneas playeras, kursaaleras y demás cerca de Zurriola, cuando me percaté de una figura conocida, admirada y seguida, pero con muchos años encima. A nuestra izquierda, caminando con una toalla estaba Álex de la Iglesia, pero con 25 años más, como si en un viaje temporal nos lo hubiéramos encontrado. Era él, allí, estupendamente gordo como siempre y con su carismática presencia ancianizada en el tiempo y el espacio. Un viaje temporal que duró dos segundos, pero pudimos captar el momento mítico.
Por supuesto, el amigo Mutis recogió la instantánea ante mi asombro, que podía dar crédito a lo que veía.
Juzgad vosotros mismos el GRAN PARECIDO RAZONABLE del hombre de Donosti y nuestro director español favorito.

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PD: Luego hay quien dice que yo me parezco a Álex.

Más novedades en UN MUNDO...

Bueno, chicos y chicas que (supongo) leéis esto alguna vez cuando vuestro aburrimiento os llama a hacer algo todavía más tedioso.
Bien, me he tomado la molestia de compartir las páginas que más visito, aquellas que reciben mi visita diaria y me mantienen informado y cultivado en la más abusrda de las sabidurías autodidactas del abisal fondo de la red. No he puesto todas las que tengo en mi carpeta de 'Favoritos' porque sería totalmente demencial e ilógico.
He ido seleccionando las primeras que he visto de interés. Así que irá creciendo en cuanto tenga tiempo o surja la ocasión.
De todos modos, si tenéis alguna página que realmente valga la pena, aquí estará.
Gracias.

domingo, septiembre 26, 2004

Hight Lights - Donosti 2004

Tengo un poco de 'Jet-lag', porque no sé qué hacer si no es ver películas. Es adictivo y propenso a que se repita a experiencia. Tanto, que no hago más que pensar en el año que viene, en las películas que veré y los días que volveré a pasar.
Donosti es una ciudad mágica. Un terreno de contextos que levantan todo tipo de sensaciones, por la que siento un apego muy especial y en la que estoy volcando muchos y buenos recuerdos. Ni uno tan sólo malo. Es el paraíso particular de todo al que le guste el cine hasta poder diagnosticarlo como enfermedad. Son ocho días que llenan todo el año. El limbo de sensaciones incomprensibles. Ver seis películas (este año se ha podido con siete al día) es una experiencia que reconforta tanto y se hace tan necesaria que sólo puedo esperar otros 365 días para volver a San Sebastián.
Mi TOP TEN del festival es el siguiente.
1.- INNOCENCE, de Lucile Hadzihalilovic
2.- TURTLES CAN FLY, de Bahman Ghobadi
3.- WHISKY, de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll
4.- IN NORDWIND, de Bettina Oberliç
5.- COMME UNE IMAGE, de Agnés Jaoui
6.- DARWIN’S NIGHTMARE, de Hubert Sauper
7.- YI GENG MO SHENG NU REN DE LAI XIN, de Xu Jinglei
8.- SAM ZIMSKE NOCI, de Goran Paskaljevic
9.- MELINDA AND MELINDA, de Woody Allen - USA
10.-KARPUZ KABUGUNDAN GEMILER YAPMAK, de Ahmet Uluçay
Aunque también me hayan gustado mucho ‘9 Songs’, de Michael Winterbottom, ‘Diarios de motocicleta’, de Walter Salles y ‘La demoiselle D’honneur’, de Claude Chabrol (esa Laura Smet me trae loquito).
Os dejo aquí el Doc. con todo el material escrito que he sufrido plácidamente creando en San Sesbastián. Ha sido maravilloso volver a compartir experiencias, escribir tanto y tan bien y haber vuelto a la ciudad de mis sueños,
Por cierto os dejo esta chorradilla de 'Dónde está Wally' que publicó el DV uno de los días. Como se puede apreciar, todo es trabajo.
Para ampliar aquí.
Este año tengo que darle las gracias a Covi de la Cuesta, que ha tenido que soportarme al compartir pensión con un servidor), a Chris Mutis y a Ana Quema y a los chicos que cada año se ocupan del festival venidos de toda España como ese gran hombre que es el pequeño Fermín Martínez, José Ophuls, Álex G. Calvo (de miradas.net), Mateo S. Gardiel y Rubén Corral (con movida laboral con labutaca.net) ya alguno que me dejaré por allí.
El año que viene prometo decirle algo a la periodista de las botas que tan solita ha estado todo el festival y dejar de escribir tanto para disfrutar de alguna fiesta.
Ah, lo del cambio de futuro a corto plazo está complicándose a peor. Ahora estoy como Paulino en ‘Los lunes al sol’ diciendo que (respecto al trabajo de Madrid) ya me llamarán, pero no sé si para decirme que sí o decirme que no.
Y en cuanto al estreno de EL LÍMITE, todo parece indicar que será el día 21 DE OCTUBRE, jueves, porque el viernes es complicado para Juan Heras y para mí por diversas razones. La primera, que no hay tiempo.
Con esto doy por finalizado la temática donostiarra de este mi séptimo año acreditado.
Si lo habéis leido y habéis seguido mis aventuras en la Bella Easo, muchas gracias.

Viaje de regreso - Averno Trip

Bueno, amigos y amigas, ya estoy de vuelta.
El viaje fue lo peor, como siempre que se viaja de noche. Yo esperaba que fuera un vagón de asientos de a dos como en el que fui en el viaje de ida, pero me encuentro con el nefasto coche ‘Estrella’ (que bien podría llamarse coche Patera). Bien, entro y ya en el ambiente se nota un cierto a aroma a mezcla de sudor, pies y otros olores de esos que te hacen llevarte la mano a la nariz. Bien, busco asiento 66V en el vagón 121. Entro abnegado por las circunstancias y pensando que al menos podré leer el libro de relatos de H.P. Lovecraft que me ha dejado mi coguionista, Chema Guevara.
Cuando llego el vagón está en penumbras. Con una señora que pesaría unos 160 kilos (no exagero) tumbada ocupando más de medio compartimiento. Enfrente suya, un gordo que se parece al camarero de ‘La cucaracha express’ que debe ser su marido que lo primero que hace en cuanto llego es sonarse los mocos estrepitosamente, incluso escupiendo un gargajo verde en el pañuelo. A su lado, lacónicos, una pareja de mediana edad que intentan hacerse los dormidos. Yo subo las maletas a sin poder quitar la vista ni un segundo de la gorda que, sin inmutarse, ronca como un borracho irlandés.
Me toca sentarme al lado de los malolientes pies de esta remedo de Jabba, the Hut. Como no hay cristo que aguante, salgo fuera a respirar aire depurado por la ventana y, cuando ya estamos en marcha, le echo la zarpa al bocata de chorizo cocido del Juantxo y a una Coca Cola de medio litro. A lo largo del viaje calculé que estuve más de 4 horas de pie, viendo salir y entrar a personas de todas las nacionalidades del mundo (argentinos –la pareja de mi compartimiento-, asiáticos, noruegos, franceses, moros, muchos moros y, por supuestos, cientos de portugueses que dan voces cuando hablan y huelen MUY MAL.
En mitad del trayecto, una familia de lituanos es invitada por el revisor a ocupar el puto gallinero en que se ha convertido el pequeño reducto de mal olor y ronquidos que comparto con lágrimas en los ojos. La señora lituana da un par de voces diciéndole algo a su marido que, con muy malas pintas, parece ir bastante ebrio porque al intentar subir las maletas al lado contrario de las mías, se tropieza y cae encima de la señora gorda que dormía y que se levantó sobresaltada. Su cara es de los más repugnante que he visto en años. Tiene el pelo despeinado y una hilera de babas le cae por la comisura de sus arrugados labios. Su marido gordo le dice algo y el viejo lituano borracho se disculpa dando voces. El hijo del lituano es un ‘mullet’ ochenteno con el pelo a medio cardar y una chupa de cuero de los años 50 con zapatillas color ‘beige’ y lleva un walkman del 85 y escucha cosas como los Gipsy Kings.
A lo largo de este infernal trayecto sigo saliendo al pasillo varias veces, procurando aguantar el mayor tiempo posible fuera del Averno ecuménico que es el vagón. Una chica rubia bastante mona se mueve con sensuales movimientos entre los que estamos mientras habla con su amiga de las ganas que tiene de llegar a Salamanca para follarse a su novio. Un ruso caliente no le quita ojo, mientras fuma un cigarrillo de liar. En Burgos los argentinos se bajan. Cuando miro cómo está distribuido mi aposento del tren, veo a la madre y al hijo lituanos durmiendo con la boca abierta y al padre que ha ocupado mi asiento. A los 20 minutos el hijoputa se levanta y recupero mi sitio al lado de la gorda que ronca.
En Miranda de Ebro sube un fulano que me suena de algo. Cuando empieza a hablarme en el pasillo, casi se me salta la risa porque es un fulano muy ‘freakie’ del que Bernal y yo tuvimos la suerte de compartir el mismo viaje hace cuatro años. Y me cuenta lo mismo de entonces: que un día de pedo se tiró del vagón, que si una historia de monjas… Mítico.
Una chica llamada Esther (muy guapa y bastante hippie) entró en la conversación y empezó a divagar sobre si la luna estaba naranja y muy baja en el firmamento y a dejar ver su tanga (o por lo menos yo lo divisé varias veces) cuando se ponía de puntillas para abrir y cerrar la ventana. Iba a Coimbra y era de Madrid. Hablamos alrededor de una hora, hasta que el freakie se bajó. Ella se metió en su leonera de amigos portugueses que iban fumando y bebiendo. Compartí una calada y un par de tragos de birra barata y caliente y decidí salir.
Lo peor: más de una hora de retraso que sufrí con sueño, dolor de pies y medio asfixiado hasta que llegué a Salamanca. A las 6:20 en un viaje de más de siete horas.

sábado, septiembre 25, 2004

52 Festival de Cine de Donosti (y IX. Crónica Final)

Justo y equilibrado palmarés
Jeff Bridges, con el ‘look’ quijotesco de ‘El Nota’, o lo que es lo mismo Jeff Lebowski, el personaje más recordado de su simétrica y acertada carrera, aprovechó el Premio Donostia para presentar ‘Una mujer difícil’, de Tod Williams, la película que cerró la Sección Oficial y, como consecuencia de ello, la 52ª edición de este certamen un tanto soso, pero lleno de películas que subsistirán en la memoria de un periodo anual que resulta adictivo y necesario para todo aquel que lo vive.
‘Una mujer difícil’, que tiene en su título original ‘The door in the floor’ la clave de la metáfora de escape del filme, es la adaptación (bastante libre, eso sí) de la novela ‘multiventas’ del literato John Irving, uno de los escritores que más ofertas tienen de Hollywood para llevar sus libros a la pantalla tras de ganar el Oscar por ‘Las normas de la casa de la sidra’, de Lasse Hallström. La historia, bastante tópica, narra los problemas del matrimonio formado por Ted y Marion, que en otros tiempos fue feliz, pero que se resquebraja bajo el peso de una tragedia en la que perdieron a dos de sus hijos. El cambio en sus vidas llega con Eddie, un adolescente que transfromará la vida de ambos. En ella, como la de joven amante. A él, como engarce para afrontar la vida con una ruptura final. Con la llegada del joven, la pareja abre los ojos a la realidad y tomará difíciles decisiones. Este argumento, de viaje iniciático y deseos veraniegos cumplidos, le sirve a Tod Williams para surtir su película con elementos de tragedia y drama en la que no faltan toques de humor, secuencias subidas de tono y lección de moralina en su epílogo que deslucen lo interesante de la idea del libro y la sume en una cadencia de planteamientos muchas veces vistos en el cine.
Si en la novela, Irving apunta una interesante mezcla de argumentos al enseñar lo que escriben sus personajes, destacando la relación directa que hay entre la esencia de una persona y lo que crea, ya sea con imaginación o con falta de ella, en la película de Williams todo esto queda omitido por la sustitución del pilar del literario que hace grande la novela y derrumba con la actitud del cineasta los cimientos de un filme que acaba por perder su sentido, haciendo que lo real de las situaciones se tornen inverosímiles. Algo que, en las novelas del vendedor de ‘best sellers’ resulta lo contrario, es decir, elementos importantes en el libro como la descripción obsesiva y recurrente de estas fotografías, acumulación de detalles, la descripción del verano. Un dispositivo que muchas veces es achacable en sus páginas, y que para su traslación al cine, Williams se salta a la torera y, mediante su ascetismo que tiende al edulcorante visual, obtiene una odisea forzada, llena de intenciones, pero vacía en sus logros. Personajes que sobran y que pretenden emitir sonrisas en el espectador (como el jardinero cubano o la amante), otros nada definidos (como la Ruth, la hija del matrimonio) y el escaso interés de lo que se cuenta termina por derivar hacia el final hacia un tono letárgico donde el reparto de recompensas para sus cuatro personajes no es muy distinto del que hubiera podido verse en un telefilme de sobremesa. Y lo que es lo peor, ni Bridges, ni Basinger aportan su mejor talento a un filme tan descafeinado que dejó a la platea indiferente.
En cuanto al palmarés, el jurado del festival presidido por Mario Vargas Llosa, este año parece que ha encauzado una postura ecuánime y bastante parcial con los premios que ha repartido a lo mejor (que tampoco quiere decir mucho) que se ha visto en el festival. El gran premio del certamen, la Concha de Oro de 2004 ha ido parar a ‘Turtles Can Fly’, de Bahman Ghobadi, posiblemente (y como señalé aquí en esta página ayer), la mejor película que ha competido en la sección, con esa historia infantil sobre las miserias de un grupo de niños del pueblo del Kurdistán iraquí, en la frontera entre Irán y Turquía, que sobreviven en un ambiente amenazador, cubierto de incertidumbre y miedo, pero afrontando con confianza su deplorable situación dentro del mundo. Mucho se había hablado de las posibilidades de que ‘Roma’, de Aristarain se llevara el máximo galardón. Algo que, por otra parte, no hubiera sorprendido, debido a la predilección que tiene este festival de procurarle injustos reconocimientos al cine sudamericano con renombre pero sin trascendencia (ejemplos: ‘El viento se llevó lo qué’, ‘Taxi para tres’ o ‘La perdición de los hombres’). Como el año pasado tocaba darle el máximo galardón a una absurda película como ‘Schussangst’, de Di- to Tsintsadze, este año era de prever que se fuera coherente. Y el jurado lo ha sido, porque que la franqueza y tratamiento por parte de Ghobadi con su fábula para abrir los ojos al mundo de la situación que se ha vivido, se vive y se vivirá entre la frontera de Irak e Irán merecía el mejor de los premios. Esta fantástica película que, como gran logro, tiene sus opciones multiplicadas para que sea distribuida por muchos puntos geográficos internacionales, se ha llevado el premio al mejor guión que concede el Círculo de Escritores Cinematográficos.
El Premio Especial del Jurado, que vendría a ser el segundo galardón más importante que se concede en el Zinemaldia, ha sido para ‘San Zimske Noci (Sueño de una noche de invierno)’, de Goran Paskaljevic, otra de las películas a la que podría haber ido la Concha de Oro por sus múltiples cualidades como gran obra cinematográfica. 'San Zimske Noci' es una dramática historia sobre la soledad, el desconcierto y la insuficiencia emocional de personajes heridos, desorientados y carentes de motivaciones. Paskaljevic ha visto recompensada su excelente cinta con uno de los pequeños premios Signis y, en todo ello, se ha quedado la sensación de que Jovana Mitic, la joven actriz autista se podría haber llevado el premio a la mejor interpretación femenina. Pero no ha podido ser así. ‘Yi feng mo sheng nu ren de lai xin (Carta de una desconocida)’, ‘remake’ asiático del texto homónimo de Stefan Zweig ha visto recompensado, con toda justicia, con la Concha la detallista dirección de Xu Jinglei al contar esta historia de amor de melancolía y silencio, triste y dramática, con una determinación estética apoyada en una portentosa fotografía, dedicando su detenimiento en los detalles más nimios, con la concisión de diálogos que pierden protagonismo en favor de las miradas y de la emoción oculta en cada plano.
En el apartado interpretativo es donde se han dado las mayores e inesperadas sorpresas dentro del palmarés de esta edición del certamen donostiarra. En cuanto a interpretación masculina, se había hablado mucho de Gerard McSorley, por ‘Omagh’, de Juan Villegas por ‘Bombón, el perro’ o Lazar Ristovski por el filme de Paskaljevic. Lo que nadie esperaba era la concesión de la Concha de Plata al mejor actor a Ulrich Thompsen, histriónico y excesivo en su recreación de un hombre enloquecido por las secuelas de la guerra en ‘Brodre’, de Susanne Bier. Y mucho menos que la Concha de Plata a la mejor interpretación femenina haya sido para la estrella hollywoodiense Connie Nielsen, en su vuelta al cine danés de la misma cinta de Bier. Es cierto que todos daban como ganadora a Susú Pecoraro por la cinta de Arsitarain ‘Roma’, que hubiera sido lo justo, pero también lo es que la Nielsen está fantástica en su rol de madre de familia maltratada por las situaciones de la guerra en su familia.
Winterbottom no se ha ido de vacío con su polémica y poética visión del sexo en pareja con ‘9 Songs’, ya que el ‘semiporno’ del director británico ha obtenido el premio a la mejor fotografía, totalmente naturalista, de Marcel Zyskind. Lo que ya no se entiende muy bien es que Guy Hibbert y Paul Greengrass se hayan hecho con el Premio del jurado al mejor Guión por ‘Omagh’, de Pete Travis, la cinta irlandesa sobre los atentados del IRA en el barrio del mismo nombre que el título del filme que, por lo que se oía entre los críticos, había encantado. Yo me sigo preguntando por qué. ‘Innocence’, una de las mejores películas del festival (y a título personal, la que más me ha gustado de todas junto a la coreana ‘Spider Forest (Geo-mi-soop)’), se ha llevado el más suculento de los premios al obtener el Altadis-Nuevos Directores concedido a Lucile Hadzihalilovic en esa fascinante adaptación del relato de Frank Wedekind ‘La caja de Pandora’. No se ha quedado sin premio la película que más simpatías levantó con su proyección, ‘Karpuz kabugundan gemiler yapmak’, de Ahmet Uluçay, una visión muy ‘freak’ de la adolescencia basada en el amor juvenil y las ansias de hacer cine en un pequeño pueblo de Turquía. También hubo premio para Marc Gautron y Fanta Régina Nacro por esa película capaz de matar de aburrimiento a las cabras que es ‘La Nuit de Vérité’.
Otros premios secundarios que completan el palmarés han sido el Premio del Público, concedido como era de esperar a ‘Diarios de motocicleta’, de Waters Salles, el de la Juventud para la neocelandesa ‘In my father's den’, de Brad McGann y los premios Cine en Construcción para finalizar proyectos ya rodados y en postproducción para ‘Iluminados por el fuego', del argentino Tristán Bauer y a ‘Alma Mater’, de Álvaro Buela. Finalizando con el premio FIPRESCI, que ha recaído en la bondadosa ‘Bombón, el perro’, de Carlos Sorín, el GEHITU de asociación de gays, lesbianas y transexuales del país Vasco a ‘Beautiful boxer’, de Ekachai Uekrongtham o la cosecha de galardones menores que ha conseguido esa pequeña muestra dulzura y bondad que es ‘El cielito’, de María Victoria Menis, que se ha llevado los premios Arte, Signis y CICAE-Art et Essai.
Un palmarés que ha logrado proporcionarles premios a todos y para todos los gustos. Para que nadie proteste. Bastante equilibrado y sin posibilidad de criticar el grado de compromiso que ha tenido el festival como ventana al mundo con sus problemas sociales, étnicos y de toda índole, se puede decir que el reparto ha sido más que justo con la concesión de sus premios.
Y eso ha sido todo.
Un año más (la primera que se cubre para UN MUNDO DESDE EL ABISMO), ha vuelto a ser un placer escribir, siempre bajo un criterio y punto de vista personal que no ni mejor ni peor que el de los demás, sino propio e individual. Desde esta ciudad de ensueño que cierra sus puertas a una edición correcta, que ha dado buenas películas, pero ninguna de trascendencia destacable. Eso sí, ha aportado una calidad equilibrada que no ha tenido en otras ediciones.
Yo por mi parte tengo que reconocer que nunca un año había sido tan agotador, que nunca me había cansado tanto y había dado lo mejor de mí. En los siete años anteriores jamás le había dado tanta cobertura. Espero que los que lo hayáis leido lo hayáis disfrutado.
Desde Donosti, esperando otro año más para volver una nueva ocasión (y van siete) al Festival de Cine de San Sebastián.
Agur y a ser felices.

viernes, septiembre 24, 2004

Festival de Cine de Donosti (VIII)

El merecido premio de ‘El Nota’
Bajo una intensa lluvia, San Sebastián se prepara para su último día de concurso. Y lo hace dejando una extraña sensación enfrentada de haberse vivido un buen festival de cine, con películas que han estado a un nivel esperado, pero sin encontrar tampoco obras trascendentes, que aporten a este espectáculo la entidad suficiente como para afirmar que ha sido un gran año.
Jeff Bridges recibió con todo el merecimiento el último premio Donostia de esta edición. Un actor carismático actor cuatro veces nominado al Oscar que es reconocido como uno de los actores más importantes del cine contemporáneo, Bridges presentó fuera de concurso su último film ‘The Door in the Floor (Una mujer difícil)’, de Tod Williams. De apariencia fría, segura y poseedor de un personalidad y talento que pocos de los actores que componen su generación tienen, Bridges es un actor todoterreno dotado para la comedia y el drama, como ha demostrado en sus recordadas interpretaciones de ‘The Last Picture Show’, en su mejor papel hasta el momento, en esa obra maestra que es ‘Los fabulosos Baker Boys’, ‘El Rey Pescador’ y, sobre todo, dando vida al ‘Nota’ de ‘El Gran Lebowski’. Consciente del gran problema del hambre en el mundo, Jeff Bridges es, además, uno de los máximos impulsores de la organización End Hunger Networt.
‘Bombón, el perro’ es el último trabajo de Carlos Sorín, el cineasta argentino realizador de ‘Historias Mínimas’, aquella pequeña película ganadora de reputación y premios y que narraba la historia de un anciano que escapaba de su casa en busca de su perro, compartiendo una noche con trabajadores viales del pueblo de Corrientes en un viejo galpón. La figura canina vuelve a ser la protagonista de su nueva cinta con una fábula sencilla y bastante enérgica, presentando a Coco, un mecánico en paro, sin muchas expectativas, que malvive en casa de su hija y se gana algún dinero vendiendo cuchillos artesanales de elaboración propia. Por azar del destino, acabará cuidando un perro dogo que se va a convertir no sólo en su amigo, sino en la esperanza de una vida mejor. Con esta oferta, Sorín explota su vena estilística residente en la fascinación por los paisajes patagónicos y por personajes ‘outsiders’ que sueñan con vivir una vida mejor. ‘Bombón, el perro’ apuesta por la inocencia de un personaje que, en su contexto y personalidad, es una especie de Forrest Gump rioplatense que, sin buscarlo ni quererlo, encuentra en el perro un golpe de suerte que cambiará su vida.
Mediante una conexión de situaciones cómicas y roles entrañables, Sorín confecciona una película que se mueve con soltura en un espectáculo de candidez y suavidad con su narrativa, preciosista y presuntuosamente visual, engalanada con la música de Nicolás Sorín, siguiendo las pautas estructurales de las películas estadounidenses más comerciales. Un filme anodino, simpático, crédulo con lo que cuenta y, en su resultado, una apuesta por la puerilidad más accesible para el público. Experto conocedor de las posibilidades de manipulación del rodaje y el montaje, Sorín maneja perfectamente los hilos de su historia para que repercuta de forma eficiente y dinámica en la retina del espectador, creyendo éste que está ante una gran película, cuando no se trata más de una amable fábula tan insustancial como olvidable, catalogo de situaciones benévolas en las que destaca la gran labor interpretativa de Juan Villegas.
La gran sorpresa del festival, la película que va a destacar por lo transgresor de su intención, la radicalidad y desgarro de su guión y la ignífuga temática sobre la que gira es la contundente ‘Turtles Can Fly’, de Bahman Ghobadi, la extraña (y debemos ir reconociendo que la mejor) película que ha cerrado la Sección Oficial. Un desesperanzador día a día que se desarrolla en un pueblo del Kurdistán iraquí, en la frontera entre Irán y Turquía, donde un grupo de chavales, capitaneados por un joven instalador de antena televisivas sobreviven como pueden en un ambiente amenazador, cubierto de incertidumbre y miedo, pero afrontando con confianza su deplorable situación dentro del mundo. ‘Turtles Can Fly’ es una fábula oscura y desesperanzadora que recrea la amistad de unos niños, cómplices de una esperanza a pesar de su realidad, contrapuesta a la violencia de la que son víctimas. El drama, sustentado en la amenaza bélica, recorre un arduo camino de penalidades en busca de un mensaje devastador, fortaleciendo la historia con pequeños toques de humor para que nada resulte excesivamente crudo.
La incomunicación, la necesidad de saber qué pasa exactamente en la frontera de Irán e Irak, la cotidianidad con las minas antipersonas que los chavales no dudan en vender, sus trabas físicas y el cáustico contexto en el que se mueven sus personajes dan al filme un tono retrospectivo casi trágico, que aprovecha Ghobadi, organizando todo con un admirable sentido del plano, del espacio y de la narración, para activar el engranaje de una historia aciaga, utilizando para ello la cultura popular y la memoria reciente que deja ver un Kurdistán donde el mercado de cambio, las enfermedades y mutilaciones, la necesidad de medios de comunicación y las armas conviven para afrontar un futuro incierto. Tanto, que con la llegada de los yanquis al final del filme, tras la guerra, impone la gran duda por medio de una profecía que augura que lo peor está por llegar. Sin ninguna alusión religiosa y sí existencial, esta joya es un grito de paz en tiempos de guerra que azota a un país que, tras sufrir siglos de agonía, se ha acostumbrado injustamente a la conflagración constante. Y es que la franqueza y tratamiento por parte de Ghobadi en lo que sucede en su país merece un destacado hueco en el palmarés de tan descafeinado apartado a concurso.
La tensión del clima de violencia que se avecina, el hambre y el frío de los pequeños, y la devastadora subtrama sobre un niño bastardo y ciego que representa las penurias que ha vivido en su historia la zona, como biosfera del pesimismo, nunca condiciona una maravillosa película en la que, a pesar de la violencia, y las mutilaciones que sufren aquellos que merecen una digna infancia, dan una lección de esperanza a pesar de las tragedias. ‘Turtles Can Fly’ es, sin duda alguna, una gran película que supone de lo mejorcito de la sección oficial.
Alejado de la sencillez y el lirismo en ‘Hero’, Zhang Yimou, vuelve a la fábula romántica más poética y oriental con ‘Shi Mian Mai Fu (La casa de las dagas voladoras)', otra exhibición del cineasta chino en su nueva etapa de épico estilo a la hora de llevar a cabo particulares visiones de la inagotable fuente que es el género de artes marciales, de luchas con catana y de espectáculo coreográfico. Elementos combinados perfectamente por Yimou con la filosofía oriental y una hermosa historia de amor y que dan como consecuencia un portentoso testimonio de buen cine. Ni siquiera la autocomplacencia de la que en su conjunto hace gala esta nueva atávica leyenda china logra reprimir el fuerte efluvio de clásico de aventuras que tiene como propósito, siendo así, como ‘Hero’, una auténtica delicia para los sentidos. La historia se centra en dinastía los tiempos en que la Tang está en declive, donde dos capitanes locales deben capturar al nuevo líder y poderoso enemigo que tiene su sede secreta de la Casa de los Puñales Voladores. Para llegar hasta ella, uno de ellos tendrá que engañar a una joven ciega (magnífica como siempre Zhang Ziyi) que pertenece al clan. Pero, como en todo cuento que se precie, las cosas no van a resultar tan sencillas.
En ‘La casa de las dagas voladoras’ las pasiones no comprendidas, los toques de caligrafía escénica, amor, celos y heroísmo son de una fruición visual asombrosa, envolviendo la esencia romántica del filme con vistosos colores metafóricos y cambios de estación temporal cuando el momento argumental lo requiere. A pesar de todo, y aunque abuse del boato y el embellecimiento de los planos, Yimou sigue sabiendo brindar su mejor cine en este juego de símbolos evidentes y subrepticios, componiendo como una poética sinfonía su universo lleno de estética como apoyo natural, donde hasta su idea romántica del amor queda revelada en los imposibles y excelentemente coreografiados combates de unos guerreros que, bajo la pasión que sienten por la misma mujer, luchan por ella en un trágico final.
La gran expectación de los muchísimos documentales presentados este año en Zabaltegi estaba en ‘Super Size me’, del el ex presentador de la MTV Morgan Spurlock. Un documento de éxito garantizado antes de su realización. La historia, acorde con los tiempos de experimentación sociológica que corren, apoyados en los ‘realities’ televisivos, comprueba el efecto dinamitador que tiene la comida rápida en la sociedad de consumo moderna. Spurlock se hace examinar por tres especialistas que le declaran totalmente sano. El reto y gran atractivo comercial, de ínfulas de protagonismo y trascendencia, está en ver cómo el propio Spurlock se presta como conejillo de indias para su propio experimento. Así, a lo largo de un mes reducidos a 80 minutos de metraje, el público observa cómo el director convertido en héroe se alimentará a base de comida rápida procedente de McDonald's. Utilizando el cinismo y aparición excesiva de Michael Moore, unido a otras técnicas documentales como la utilización de microhistorias de dibujos animados y una forma atractiva y vivaz, Spurlock hace partícipe al público de su decadencia física atiborrándose de comida de la cadena de ‘fast food’. El resultado son doce kilos en un mes, donde los niveles de colesterol del cineasta aumentaron cuantiosamente y su hígado sufrieron las devastadoras consecuencias que representa esta comida, también válida como traslación a la expansión nociva de este tipo de restaurantes, de la americanización globalizadora de un país idolatrado y patrono de las modas alimenticias y de cualquier índole.
Para ello, el intrépido realizador, sabedor en todo momento del alcance de su proyecto, bromea y mina con humor un tema serio, clarificando puntualmente su tesis sobre la comida basura que viene a afirmar que Estados Unidos es culpable de no ofrecer soluciones a otro problema más. Un país que se escuda en una preponderancia que la hacen intocable y más, en el sector alimenticio que, según reflexiona Spurlock, mueven masas más que el propio gobierno. Sin embargo, ‘Super Size me’, a pesar de resultar un documental comercial más que divertido, también esconde una maquiavélica manipulación en la que el fin justifica los medios. Por lo que no hay que olvidar que el experimento de Spurlock nació para ganar dinero con su aparente denuncia. Tanto es así, que ya ha recaudado 6,1 millones de dólares, todo un éxito teniendo en cuenta su coste (65.000 dólares) y el hecho de que, durante su estreno, sólo se proyectase en 200 salas.

jueves, septiembre 23, 2004

52 Festival de Cine de Donosti (VII)

El candidato, el traficante y la realidad cotidiana
Durante todos estos días se ha echado de menos por las calles de Donosti la figura de uno de los críticos más importantes que ha tenido este país. La imponente figura de Ángel Fernández-Santos ya no se acomoda cada día en el lateral izquierdo del Kursaal, ni deja su impronta cada mañana en ‘El País’, donde se podía disfrutar de su inteligencia y perspicacia para anticipar el éxito o la ruina del filme, su olfato para encontrar joyas escondidas, para emitir los juicios más arriesgados, los pensamientos más complejos y señalar lo mejor y lo peor de las películas que por aquí pasaron. Siempre con su cara de viejo marinero a lo Bukowski y su inseparable bastón, su forma de escribir continuamente fue inalcanzable. Más allá de criterios, era una artista de la palabra, un poeta que sabía ver lo mejor de la imagen y todo un señor a la hora de reprochar sutilmente los fallos de otras que no lo eran, con visión de entomólogo. Ya no podemos verle abandonar segundos antes todas las proyecciones a las que asistía.
Tras esta licencia nostálgica, en la jornada de ayer de Sección Oficial destacó la visión de la política norteamericana del polifacético John Sayles con ‘Silver City’, una sátira con tintes de cine negro que, a su vez, es descubierta como advertencia sobre el estado actual de la democracia americana. Sayles, consciente de la importancia de su discurso, comienza la película sometiendo a un candidato a senador a una ridiculización homóloga de la visión de George W. Bush en sus patéticas y bufonescas históricas apariciones televisivas, para pasar a lo que el cineasta plantea en realidad: un ‘thriller’ político en el que el jefe de campaña del gobernante contrata los servicios de un periodista para investigar posibles relaciones de un cadáver anónimo que encuentran mientras el presidente rueda un anuncio para la campaña en un apacible lago y que levanta las sospechas en relación con la posible corrupción de los enemigos de la familia del aspirante. El arranque, cínico y cómico de Sayles, sigue mostrando su más heterogénea alianza entre inteligencia para la observación y un agudo sentido del humor irónico, pero también para enramar una compleja trama de conspiración y manipulación de los entornos políticos y un certero análisis de aquellos que, tras la figura visible del gobernante, constatan la clave evidente de los manejan el mundo, es decir, el equipo de gobierno, los encargados de lavar la imagen de cualquier situación que ponga en peligro la figura del mandatario.
Con ello, Sayles vuelve a demostrar que es, por encima de uno de los directores más independientes del actual panorama cinematográfico, un espléndido guionista. Característica que le confiere el mayor de sus intereses a todas sus creaciones. Pero tal vez es ahí, paradójicamente, donde la película de Sayles le lleva a no conseguir la genialidad que se podía haber esperado de esta tesis de ridiculización de los gobiernos que mueven el mundo, por su insistente apego a la dispersión y a la complejidad de la intriga que entrecruza personajes en una historia coral excesivamente aviesa. La descripción psicológica y ética de un puñado de personajes que conforman un excelente reparto coral y el modo en que se relacionan en un entorno de corrupción y falsedad, suponen en ‘Silver City’ la piedra angular de un filme que, en su concepto, alcanza el nivel de sus últimos trabajos, buscando renunciar en todo momento a la complacencia del espectador e imputar así su compromiso con la toma de conciencia de la historia. Mediante su estilo tan personal y distintivo basado en un realismo reposado y un profunda examen del entorno que juzga y recrea, en ‘Silver City’ no hay extremos, aunque las situaciones sean extremas, no hay manipulación gratuita de las acciones o un maniqueísmo evidente, sino una exposición honesta y cercana que adosa a la narración específicos detalles y contradicciones que impulsan a sus personajes a actuar de una u otra manera.
Lo que ya no es de aplauso es la nueva película de Víctor Gaviria, ‘Sumas y restas’. Si su anterior cinta ‘La vendedora de rosas’ supuso su lanzamiento internacional con una tremenda historia que contó con varios niños de las calles de Medellín que vivían el infernal día a día entre prostitutas, vendedores de cualquier artilugio o droga enganchados al sacol para evadirse de sus problemas, en esta nueva ocasión el cineasta colombiano centra su nueva película en la cruda situación que vive el país de los cárteles de la droga. Tomando como guía de este submundo de dinero fácil, muerte y corrupción a Santiago, ingeniero de clase media, casado y de buena familia, se inicia una una espiral de drogas y decadencia que desencadenarán en el ingreso del oscuro mundo de fiestas decadentes, droga y mujeres fáciles, narcotraficantes y sicarios. Con este pretexto, Gaviria explora con cognición el abismo del narcotráfico, lo atractivo de éste en su proporción de dinero rápido, pero también del sumidero de sus consecuencias representado en la codicia y la ambición. Un mundo donde destino y azar provoca, como en sus dos anteriores películas, crisis de identidad que el cineasta considera necesarias para evitar la indiferencia y la insensibilidad del espectador, convirtiendo Medellín en un bohío de violencia donde sus inquilinos terminan, indefectiblemente, por adherirse a la economía ilegal de la droga.
Lo más engorroso de todo, no es divagar con la historia tremendista, a ratos entretenida, en ocasiones infumable, sino tratar de entender qué es exactamente lo que dicen los personajes, los actores oriundos de Medellín, ya que bajo su vocabulario basado en tres palabras (‘hijodeputa’, ‘güebón’ y ‘marica’), se escupen frases ininteligibles que hace muy confuso seguir lo que se está contando. A pesar de esta salvedad, el nuevo descenso a los infiernos colombianos de Gaviria hace aguas por todas partes y termina por perder cualquier indicio de interés por parte de un público sometido a una serie de situaciones que se agotan en lo tosco y desatinado de la realidad que refleja.
Además de las fascinantes retrospectivas de este año; encabezada por el recorrido de la obra del gran Anthony Mann y la multitudinaria ‘Incorrectos’ (todo un éxito de público), en Zabaltegi se pudo asistir a la sonrojante ‘A way of life’, de la aspirante a cineasta Amma Asante. Hacía tiempo que por Donosti no pasaba una película tan ignominiosa, insostenible, estúpida y mal rodada como esta historia decididamente ‘brittish’ que describe la incultura, estulticia, intransigencia y absurdez de un grupo de jóvenes desfavorecidos que viven en los bajos fondos de algún barrio de alguna ciudad que no se molestan en especificar. La cineasta (por llamarla de alguna manera), se desvive sin ningún resultado por dramatizar en la vida de unos racistas que se aburren, están frustrados, sienten rabia por lo que les rodea y que verán en su vecino turco el blanco de toda su injustificada rabia y humillación.
Los personajes son prototipos de los británicos que estamos acostumbrados a ver en este tipo de filmes. Ellos, de coloretes derivados de su abundante ingestión de pintas, de gestos desagradables e insufrible acento de barrio marginal. Ellas, mujeres de caderas anchas, labios finos y voz chillona e inaguantable. Asante establece con su torpe e desastrosa dirección una película sin sentido, que encrespa por lo malo de su significación argumental y cinematográfica. La directora ha intentado hacer un émulo de ‘Trainspotting’ y le ha salido una burda película que parece filmada por un chaval de cinco años sin conocimiento del medio y con una cámara de Súper 8 en mano.
Todo lo contrario que ‘Whisky’, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, ganadora del Premio de la Crítica en Cannes. Uno de esos largometrajes destinados a permanecer en la memoria colectiva del público y hacerse un pequeño hueco en la historiografía del festival con su pequeña historia contenida sobre la incomunicación en la que sus tres personajes viven en sí mismos, cerrados en la cotidianidad aburrida y aplastante que les devora. Historias íntimas cargadas de pesimismo, que se abren a lo imprevisible con un mínimo viaje a un hotel cerca de la playa. Esta magnífica película mira con angustia y desespero la vida, consecuente con la lentitud con que ésta avanza, aportando sorpresas inesperadas.
A través de los ojos de unos personajes lacónicos e hieráticos, Stoll y Rebella indagan en una farsa que se destapa cómicamente brillante, que se encamina, paradójicamente, a detallar la vida de unos caracteres que se consumen complacidos al aburrimiento y a lo ordinario. Una mezcla genérica que aporta, con una simpleza desarmante, la realidad de una historia honesta, sin mayor complejidad que la que se deriva de una situación tan patética como la vida misma, la que vivimos todos nosotros cada día del año.
Además, se pudo disfrutar del espectáculo documental-musical ‘El milagro de Candeal’, proyecto muy especial dirigida por Fernando Trueba que narra la el viaje de Bebo Valdés a Salvador de Bahía (Brasil) para reencontrarse con sus orígenes africanos. Un espectáculo que tuvo en el Velódromo de Anoeta su culminación en un asombroso concierto que se ha transformado en el evento más colorista y ameno de esta edición.
También en Zabaltegi se pudo sufrir ‘La nuit de la vérité’, de Fanta Régina Nacro, que ahonda en la transitoria de paz que existe entre el Ejército Regular de los soldados de la etnia nayak y los rebeldes de la etnia bonande y de la que no un servidor no puede decir mucho debido al enorme sueño en el que cayó con esta coproducción francoafricana. Pero también de disfrutar ‘Rejas en la memoria’, de Manuel Palacios, un argumentado y ameno documental que se ubica en su impetuoso estudio de cómo 28 años después de la muerte de ese Anticristo que fue Franco, se condenó en el año 2002 el golpe de Estado de 1936 contra el Gobierno democrático de la República, ahondando en todos aquellos inocentes que sufrieron la dictadura más cruenta en campos de concentración sólo por el hecho de tener una ideología diferente. Nada nuevo. Pero supone otro extracto visual para no olvidar la terrible memoria de los condenados.

Ha muerto Russ

Sí amigos y amigas.
Esta mañana me he levantado con la trsite noticia de que el gran maestro del cine 'redneck', el genio que inventó argumentos para ser interpretados por voluptuosas mujeres de calendario ha muerto a los 89 años de edad.
Un mito al que nadie ha hecho mucho caso nunca (casi nada, me atrevería a decir) y que, poco a poco, solidificó una carrera perticular con buenos títulos que pocos se han tomado la molestía de analizar y poner en su sitio como es debido.
Russ Meyer fue el gran director que se acabó con el infausto ‘Código Hays’, el rey del 'redneck-nudie', el preceptor de las más grandes y golosas tetas que he hayan visto en una pantalla de cine y creador de una nueva raza de mujeres salvajes que se sacó de la manga, que se presentaron como delincuentes de carretera, conduciendo cochazos deportivos y poseyendo unos cuerpazos de escándalo.
Cuando llegue a Salamanca (el sábado) postearé un reportaje que escribí hace años sobre Russ, como el homenaje que se merece. Como mi pequeña contribución a que la memoria cinematrográfica no olvide a un excelente cineasta.
D.E.P.

miércoles, septiembre 22, 2004

Desde Donosti... INSISTO

¡Qué mujer!
Quedaos con el nombre de una actriz que me ha perturbado tanto que no puedo hacer otra cosa que pensar en ella. Ya el año pasado me dejó señalado con otra película extraña titulada 'Les Corps impatients', de Xavier Giannoli. Quedaos con ella, con su belleza y su talento, porque lo tiene TODO.
Más aquí.

52 Festival de Cine de Donosti (VI)

Sopor, ternura y ‘fantastique’ en una jornada heterogénea
Debido a que el festival ha recortado en su programa un día respecto a las ediciones pasadas, este año las películas se acumulan. Tanto es así, que en sola una jornada se puede llegar a ver siete filmes si uno se programa y mentaliza para esta sobredosis de cine. Pero lo sorprendente es que en un solo día se acopien hasta tres filmes pertenecientes de Sección Oficial, lo que supone organizar la agenda con colérica precisión para poder asimilar todo el celuloide que pasa por los proyectores de los cines donostiarras.
La primera de ellas fue la irlandesa ‘Omagh’, de Pete Travis, una película difícil de digerir que tiene como objetivo la memoria reciente del país, narrando un hecho real que conmocionó a toda Irlanda en 1988, cuando el país se preparaba para votar en referéndum el Acuerdo de Paz de Viernes Santo, un cruel atentado perpetrado por un grupo de disidentes del IRA opuesto al acuerdo que obligó al distanciamiento entre Londres y Dublín, hizo que los unionistas abandonaran el proceso de paz, sumiendo a Irlanda del Norte en un violento conflicto. Todo el proceso histórico es seguido en la persona de un abnegado padre que pierde a su hijo, y tras ello, la cinta nos muestra a un abnegado padre que pierde a su hijo, y continúa mostrando a un abnegado padre que pierde a su hijo. Esta redundante monotonía es la sensación que se le queda al espectador tras una película en la que no sucede nada que albergue algo de interés, donde todo es prescindible y la tragedia acaba transformándose en un auténtico ladrillo directo a la mente de un público que no puede por más que bostezar ante el ostracismo de la forma de describir las secuelas emocionales del atentado, representado por un magnífico actor como es Gerard McSorley, lo mejor del filme en su papel de apocado ‘padre coraje’.
Lineal, obtusa y discapacitada argumentalmente, ‘Omagh’ esconde su mayor defecto en el prestigioso guionista Paul Greengrass, que se ha dedicado a exhibir una serie de condicionamientos y secuencias dramáticas que tienen como colofón las receladas letras sobre negro relatando lo que debería haber descrito la película entera. Decepcionante y soporífera son los adjetivos que definen una de las más insoportables y tediosas cintas del festival.
Curiosa es ‘El cielito’, de María Victoria Menis, filme que, sin contar absolutamente nada, se deja querer debido a lo ingenuo de su propuesta: Félix, un raterito vagabundo que comienza a trabajar en la pequeña chacra de una pareja que vive con su bebé, despertará la responsabilidad de proteger al pequeño de la violencia familiar y el desamparo social que se derrumba sobre la familia. Durante 90 minutos asistimos más que a una película dramática sobre el desamparo metafórico de los más desfavorecidos en una Argentina huérfana no ubicada ni en espacio ni en tiempo, a un dulcificado publirreportaje cinematográfico de ‘Cómo ser un buen padre’, ya que el filme rehúsa a cualquier atisbo de dramatismo para enfocar su visión a la relación paternofilial del vagabundo y el chavalín. 90 minutos mostrando al joven jugando con el niño, dándole de comer, durmiéndole, proporcionándole cariño... Atiborrada de dulzura ‘El cielito, es ideal para todo aquel que crea que ha despertado la necesidad de ser padre. A pesar de que en ningún momento se sepa muy bien qué quiere contar la realizadora porteña ni mucho menos se explique su absurdo y necesario final, es una obra sin pretensiones correcta. Sin más.
La sorpresa en la temática de esta edición centrada en el acercamiento en los estratos sociales de toda índole y en los problemas de los mundos que nos rodea ha llegado de la mano, como no podía ser de otra manera, del cine oriental, en su faceta ‘fantastique’ de leyendas, fantasmas y recuerdos regresivos. La cinta en cuestión, ‘Geo mi-soop (Spider Forest)’, de Song Il-Gon, es una complicada trama con final sorpresa que se muestra como perturbador puzzle de los fantasmas del pasado de Kang Min, un hombre que acaba de presenciar un asesinato y que es atropellado posteriormente. Tras 14 días en en coma, recupera su vida sin memoria para intentar resolver su tortuoso pasado y el asombroso e inesperado presente.
Por medio de la ‘estructura Omega’ en un guión de engarces fascinantes, que en su desarrollo se abre y se cierra en un mismo punto, variando el posicionamiento y realidad de sus personajes, Il-Gon sumerge al espectador en un juego que se metaforiza en una tela de araña, descolocando su perspectiva constantemente a través de sus recursos a medio camino entre el ‘thiller’, las historia de fantasmas orientales y pequeñas pinceladas de terror. ‘Spider Forest’ profundiza en los recuerdos ocultos que se descubren en el presente, donde la memoria enferma de los errores conciben un cenagoso y oscuro mundo imaginario donde la realidad y el pasado sirven para ocultar terribles secretos. Un puzzle que se va creando con pequeñas piezas mostradas como llaves que abren puertas al entendimiento de una película algo inasequible, a la que le faltan fragmentos, recuerdos que encubren la clave de los sueños, las leyendas de un oscuro bosque que son necesarios para asumir la propia acción que de lo que está sucediendo. Fascinante y necesariamente digerible, esta producción fantástica se siente proscrita (más factible en la Semana que esta ciudad le dedica al género) entre tanto cine social.
En Zabaltegi se está viendo muy buen cine. Sin excesivas desproporciones de calidad de otros años en los que se ve una obra maestra por cinco ínfimas producciones, en esta edición el nivel se ha asentado en interesantes muestras venidas de todo el mundo dentro de su objetivo unificador, abierto a la pluralidad genérica y cinematográfica. Así, se puede disfrutar de uno de los mejores trabajos de Claude Chabrol, en su última genialidad ‘La Demoiselle de Honneur’, como de, a juicio propio del que escribe, la mejor película vista hasta ahora en el festival, ‘In Nordwin’, excelente título de Bettina Oberli.
En la primera, el veterano cineasta francés adapta la novela de Ruth Rendell ‘Amores que matan’, la historia de un joven que, enamorado de una hermosa y excéntrica chica, hace de su vida una pesadilla cuando ésta le pide como demostración de su pasión que mate a alguien para declarar así hasta qué punto le ama. La historia juguetea en todo momento con el ‘thriller’ y el drama romántico sazonado de un humor negro ya habitual en el incombustible Chabrol. Con un ritmo cadencial, acompasado por su virtuoso manejo de la cámara, el realizador galo confiere a su película una insólita lección de ‘tempo narrativo’ con tópica historia de amor a primera vista, ajustada a la más oscura vertiente que enarbola su siniestra y enfermiza fábula de una pasión que desea ser el único fin y meta de una vida, la entrega total en cuerpo y alma, sin preguntas, sin reproches ni sospechas, hasta llegar a un sacrificio letal que compromete la integridad física y ética del individuo.
Chabrol manifiesta ser un maestro en el descubrimiento de promisorias actrices con la elección de Laura Smet, una deslumbrante y perturbadora actriz francesa (vista el año pasado en la maldita ‘Le corps impatients’), que le da a su personaje un halo de ensoñación apabullante y que es, a todas luces, lo más sobresaliente de una ya de por sí estupenda película. Un análisis sobre la debilidad humana que, más allá de la ‘femme fatale’ al uso, formula la inusual figura de un súcubo psíquico y físico convertido aquí, de nuevo, en uno de los elementos naturales del cine de su director: la tentación y el amor representado en un envenenado aguijón que conlleva al sometimiento más perturbador circunscrito, cómo no, en la burguesía representativa de los defectos sociales y humanos dentro del cine del gran Chabrol.
La segunda, traducida en nuestro país como ‘Viento del norte’, aborda un cuento que implora el realismo y naturalismo para, de forma diáfana y contundente, sondear la vida de una familia cercana y corriente en su travesía hacia el infierno que supone la realidad social del paro, de los problemas de comunicación familiar y de la mentira como excusa encubierta, como placebo ético. Mediante su apabullante verismo, su desgarradora y diáfana sencillez, la directora suiza lanza su historia con una honestidad que descoloca por lo espontáneo de sus secuencias, por el ritmo con el que se cuentan los pequeños retazos de una vida familiar en la que las tensiones, las máscaras, los anhelos y la realidad se sobreponen por encima de cualquier concesión al dramatismo o al efectismo. Un filme que, sin duda alguna, marcará con su calidad lo mejor de esta sección.
También cabe destacar, para finalizar, la comedia coral, algo apática y de vocación ‘indie’ ‘Wilby Wonderful’, de Daniel MacIvor y ‘Nietos (Identidad y memoria)', de Benjamín Ávila, efectivo y conmovedor documental sobre las Abuelas de Plaza de Mayo que persisten en su empeño de unir a los nietos de los ‘desaparecidos’ de la dictadura militar con sus familiares.

martes, septiembre 21, 2004

52 Festival de Cine de Donosti (V)

Historias de amor entre cartas y tormentos
Que Robert Guèdiguian es uno de los cineastas con más reputación dentro del panorama europeo con una evolutiva trayectoria donde ha sabido desarrollar un inconfundible estilo enérgico lleno de talento analítico para con la sociedad francesa menos favorecida y marginal (sobre todo con el entorno inmigrante y desterrado) no se va a poner en duda. Que su propensión a trabajar con el mismo equipo técnico y artístico es el gran distintivo del cineasta francés, se puede empezar a discutir. Y es que cuando uno asiste a ver la última película presentada al festival por parte del francés ‘Mon père est ingènieur’, tiene la sensación de haber visto más de una vez (y de dos) lo que Guèdiguian tiene que contar. Y no es que esté mal contado, no, sino que su apego por esa temática definida en su vertiente negativa por la consolidación y creación de bolsas de marginalidad en el mundo y en el interior de las sociedades occidentales empieza a resultar reiterativo y un tanto cansino.
Su nueva historia de amor reúne lo esperado; a Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan y Pascale Roberts y una trágica historia de incomunicación, de rencor y de renacimiento del amor en la historia de Natacha y Jérémie, una pareja que, después de muchos años en los que fueron amantes, vuelven a reencontrarse. Él intentará descubrir el por qué de su estado catatónico, investigando y recuperando la vida actual de ella, conociendo así a la gente que ella conocía, que la rodeaba y a la cual atendía como pediatra. En su última cinta, el realizador galo abandona su constante de ahondar en relaciones sociales y de desigualdad para ofrecer una historia de amor, de evocaciones metafóricas en un curioso paralelismo con el nacimiento católico de Jesús encuandrado una vez más en los más pobres obreros francos. Una historia de tintes melancólicos que reflexiona sobre el amor verdadero, las oportunidades perdidas y la felicidad ignorada. Pero todo ello no es suficiente para que el público caiga en el más que taciturno de los aburrimientos. El cuento romántico de Guèdiguian se obstruye en su desmesurado pesimismo lacónico, en su lento cavilar por las emociones compartidas por la pareja, en los lentos 'flashback' que recapitulan la afinidad ideal de la pareja en el apsado. Una lástima que esto suceda, porque la idea de encierro sentimental y el drama romántico propuestos suponían un nuevo punto de giro en la sugestiva y prolífica filmografía del director.
Por contra, sí convenció, al menos al que esto relata diariamente, ‘Yi feng mo sheng nu ren de lai xin (Carta de una desconocida)’, de Xu Jinglei, ‘remake’ asiático del texto homónimo de Stefan Zweig, uno de los más populares autores de la primera mitad del siglo XX y que ya viera llevado a la pantalla su obra por el maestro Max Ophuls en 1948 cuando realizara una de las tantas obras maestras. Sin caer en el absurdo error de comparar ambas adaptaciones, Jinglei acomoda la novela a su Pekín natal, situando la acción en 1948 (en claro homenaje a Ophuls) y readapta una de las historias de amor más conmovedoras jamás concebidas. En la misma, un hombre vuelve a casa después de la guerra y descubre una carta de una mujer que afirma haber muerto. En la misiva le relata la historia de su amor por él, una pasión de toda una vida que no ha disminuido con el paso del tiempo, pero de la que él nunca ha sabido nada. La directora asiática olvida los exactos trazos de perfección de Ophuls y su drama vienés para adecuarlo a China, por medio de referencias culturales y estéticas, donde el argumento fluye melancólico y silencioso como la actitud de la amante sigilosa y oculta. Mediante una fotografía meticulosa y perfecta en su aspiración ambiental, los detalles más nimios, los concisos diálogos que pierden protagonismo en favor de las miradas, de los 'raléntis' románticos y de la emoción oculta en cada plano, el desarrollo de la acción introduce, sin embargo, ciertos cambios en el argumento que no afectan el resultado final, pero que son testimonio de lo poco que la sociedad china de los años 40 (y del mundo entero) era capaz de entender que la heroína de un amor tan delicado, tan entregado y tan fiel pudiera desprenderse del corazón impuro de pecado de una cortesana como la mujer que acaba siendo en el libro de Zweig.
Y es que la nueva ‘Carta de una desconocida’ de Jinglei es una triste y dramática historia de amor cuya intriga que no se sostiene en la búsqueda y el descubrimiento posterior de un final sorprendente, sino en el examen de los motivos que provocan el drama ocasionado por un poderoso sentimiento de amor. Algo que eternamente sucede en el romanticismo. Un sentimiento que alcanza la condición de juramento por el carácter que imprime a su protagonista femenina (interpretada con tesón y ternura por la propia Xu Jinglei), una mujer enamorada, atrapada en un amor que ni puede ni quiere controlar, consciente de que infaliblemente su pasión la llevará a la perdición.
Una de las películas más esperadas en Zabaltegi fue ‘Diarios de motocicleta’, de Walter Sales, película de perfecta conexión que conjuga una estimulada síntesis de las anotaciones que tomó el joven Ernesto Guevara durante su viaje por Latinoamérica, que son la materia de fondo que alimenta el excelente guión mostrado en este apasionante periplo. El filme de Walter Salles define con exactitud, en breves pinceladas, a sus personajes principales, Guevara y su inseparable Alberto Granado, como burgueses argentinos con ganas de aventuras en una vieja Norton a la que llaman ‘La poderosa’ para meterse de lleno en el trayecto vital que será el apogeo de su conocimiento acerca del verdadero sentido de la vida. Bajo un estilo llano y honesto, sin caídas en la prosopopeya y en los subrayados a los que se presta obviamente la figura de Gael García Bernal, el espectador tiende a asociar sus rasgos a los del icono universal en que acabó convirtiéndose el personaje que el actor mexicano edifica con sensacional naturalidad y talento. Tal vez lo mejor de esta magnífica cinta sea la capacidad de extraer anotaciones no sólo de un relato y una atmósfera determinada, sino de algo más y de gran calado, de los problemas sociales que vivió Ernesto en su viaje siguen vigentes en la totalidad de los lugares menos privilegiados de toda Latinoamérica y que le transformaron en el idealista y revolcuonario ‘Ché’.
Lo grande de estos festivales multitudinarios es que se pueden encontrar películas que difícilmente se podrán ver en la gran pantalla. ‘Innocence’, de Lucile Hadzihalilovic, es una incógnita. Y no sólo cuando se afirma la primera frase, sino en su totalidad, como concepto llevado al cine y como idea transgresora de expresión cinematográfica. La historia de unas niñas que viven en un caserón en el que reciben clases de ballet como única vía de desarrollo personal es una de las obras más originales, metafóricas, incitantes y estéticas que se van a ver en este festival y en todo 2004. Una odisea que, encubierta en lo ambiguo de sus pilares, va abriendo su sentido en sus ascendentes impulsos hacia una significación establecida en la historia simbólica sobre la infancia, la feminidad y lo que con ello desemboca. Es decir, un recorrido hacia la pubertad mujeril. Bajo una inquietante y siniestra fotografía y una disposición de la oscura puesta en escena, Hadzihalilovic realiza todo tipo de alegorías a la metamorfosis que lleva el hecho de pasar de ser niña a mujer, a la pérdida de la inocencia referida en el título y al sentimiento de tristeza que provoca este cambio hormonal, significado en las mariposas siempre presentes en el trasfondo temático.
A estas películas destacadas en Zabaltegi, cabe añadir ‘Salvador Allende’, de Patricio Guzmán, documental que, frugalmente, lanzando ideas políticas a favor del engrandecimiento de la figura personal y gubernamental del célebre mandatario, va desgranando toda la maquinaria ideológica y política que convirtió al presidente más carismático de Chile en una leyenda y un mártir. El documental de Gumán quedará para los fastos como un nuevo panfleto idealista en el que los colaboradores de Allende, sus amigos y seguidores del partido ‘Unión Popular’ dejan bien claro que el líder socialista chileno nunca quiso una “dictadura del proletariado” y donde Edward Korry reconoce la participación de Washington en el sanguinario derrocamiento de Allende.
PD: Este post se supone que lo tenía que publicar mañana día 22, pero os lo dejo ya´. Por si no me da tiempo. AUPA!