lunes, 26 de noviembre de 2012

Nos dejan Tony Leblanc y José Luis Borau

1922-2012
Ha sido un fin de semana de despedidas dentro del cine español. Uno de esos trances aciagos que cumplen esa pérfida ley no escrita que dicta que tras la muerte de un querido miembro de la familia de la farándula vienen otros fallecimientos que se suceden en una negra estela de desapariciones. La muerte de Ignacio Fernández Sanchez, más conocido por el mundo del cine como Tony Leblanc se produjo unas horas después de que José Luis Borau, otro de los directores más admirados del séptimo arte patrio, nos abandonara para siempre.
Siempre se cuenta que Leblanc trabajó desde muy pequeño como ascensorista en el Museo del Prado, donde su padre ejercía de conserje o que fue un gran bailador de claqué, destacando en su biografía su versatilidad como actor a la vez que se llegó a proclamar campeón de los pesos ligeros amateurs en Castilla como boxeador. Auspiciado por compañías actorales de la época como la Celia Gámez y la de Nati Mistral, Leblanc ha sido historia viva dentro de la interpretación, dando vida a galanes o a estafadores de poca monta, a vividores simpáticos y a remotos personajes televisivos como Cristobalito Gazmoño. Su vis cómica se anticipaba a su talento todoterreno que cedió protagonismo al humorista antes que al actor dramático. ‘El Tigre de Chamberí’, ‘Sabían demasiado’, ‘Muchachas de azul’, ‘Historias de la televisión’, ‘091 Policía al habla’, ‘Las chicas de la Cruz Roja’, ‘El astronauta’ y, sobre todo, ‘Los Tramposos’, dirigida por Pedro Lazaga y protagonizado por Leblanc, Antonio Ozores, Manolo Gómez Bur, José Luis López Vázquez y la que fuera pareja artística en la pantalla, la actriz Concha Velasco, son sólo algunos ejemplos de esa versatilidad. En el 75 se retiraría y años después sufriría un accidente de tráfico que estuvo a punto de matarle. No obstante, Santiago Segura le devolvería a la gran pantalla con la saga de ‘Torrente’, resurrección artística y soplo de vida que reavivó su estrella. Aquel hombre que aceptó el reto de aparecer haciendo algo inaudito y “nunca visto antes en televisión” que salió al Florida Park, peló una manzana, se la comió y desapareció delante de un atónito José María Íñigo. Escritor y cómico, el gran hombre nos ha dejado con la suerte de tener su legado artístico con el que poder seguir disfrutando de su excelencia.
1929-2012
Por su parte, Borau debutó con ‘Brandy’, un western de 1963 con guión de José Mallorquí, autor de ‘Coyote’ y uno de los referentes de la literatura popular española de los años 60, a la que seguiría ‘Crimen de doble filo’ un ‘thriller’ policíaco sobre un pianista que presencia un asesinato y comienza a ser acosado telefónicamente. Dos muestras de la inquietud contracorriente de un director avocado a convertirse en un ‘outsider’ de la época, sumando a su vez su función de productor independiente. Borau fue un cineasta complejo, capaz de experimentar y trabajar en el oficio desde los márgenes, inflexible cuando se trataba de caer en la complacencia. De ahí que la pericia como realizador se muestre con contundencia en ‘Hay que matar a B’, otra película que hoy en día nada tiene que envidiar a los clásicos americanos de serie B del género. La caza furtiva como forma de abigeato, como metáfora de clandestinidad y represión, hicieron de ‘Furtivos’ uno de los paradigmas de la crítica al franquismo y su más redonda obra maestra. Un título que simboliza la grandeza del cine español y el punto álgido de su carrera. Pese a los constantes vaivenes de crisis de nuestro cine, Borau se aferró a la idea del riesgo, como creencia que nunca abandonó en su filmografía, con coproduciones internacionales como ‘La Sabina’, ‘Río abajo’, rodada en Estados Unidos y que fue un fracaso y ‘Tata mía’, que tampoco logró satisfacer las exigencias de crítica y público. El cineasta aragonés, volvería años más tarde a demostrar la magnificencia de un autor único e intransferible con prodigios como ‘Niño nadie’ y ‘Leo’, singulares y desconcertantes cintas que reflejaron que la veteranía nunca fue un obstáculo para perpetuar ese combinación de destreza artística de libertad con la huella personal, de espíritu iconoclasta y verdadero. Así era Borau.
Nos vamos quedando sin figuras míticas, sin la esencia y raigambre de aquellos nombres que hicieron del cine español una cuna de obras imperecederas y que dejan el recuerdo de su grandeza en forma de película a las que acudir para lamentarse de que un día el cine estaba bien considerado en nuestro país. Ellos deben ser nuestros modelos para evitar que, ante el empeño de algunos que así lo desean, el cine español siga adelante.
D.E.P ambos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Review '007: Operación Skyfall (Skyfall)', de Sam Mendes

La reconstrucción y perpetuación del mito
Sam Mendes profundiza con elegancia y pulso en los miedos y defectos de un James Bond vulnerable y envejecido a través de una historia fundamentada en el juego de contrastes entre el pasado y presente.
‘Casino Royale’ supuso una ruptura con el mito de James Bond, una desmitificación y renovación que, más allá de cualquier simbología con el ‘reboot’, cuestionó con acierto la representación de ese héroe exquisito, encantador e irremediablemente atractivo. El Bond al que da vida con una convicción fuera de toda duda Daniel Craig ha pasado a ser un hombre acerbo y obstinado, tan visceral como descreído y despiadado con las misiones que acomete.
La resurrección continuista había dado con la clave para vivificar una serie que parecía haber entrado en un bucle de cuestionamientos y circunlocuciones con un fondo realista del icono creado por Ian Fleming, sin renunciar a una delineada fisicidad hemostática y dinamismo dosificado del personaje. Si bien ‘Quatum of solace’ desperdició la tentativa con su falso artificio sometido a la acción hiperbolizada de incertidumbre argumental y carencias de profundización que se le exigía a esa rehabilitación, parece que ‘Skyfall’ quiere retomar el rumbo de esta nueva línea de un sugestivo 007 coincidiendo con su 50 aniversario y que supone la vigésimo tercera cinta de la saga.
‘Skyfall’ arranca con un listón de acción que evidencia la esencia de lo que será esta parte de la saga, donde el espectador asiste a una frenética persecución por los tejados y las calles de Estambul, una montaña rusa de acrobacias acometida con ejercitada coreografía visual. Desde su comienzo, asistimos a la hipotética muerte del agente cuando M insiste en arriesgarse a sacrificar a su mejor hombre por un bien mayor: una lista de agentes infiltrados en las mayores agrupaciones terroristas internacionales, algo que recuerda con bastantes analogías a la lista NOC (Non-official cover) del primer ‘Mission: Impossible’ de De Palma y motor fundamental del filme.
Los créditos diseñados por Daniel Kleinman envuelven e insinúan la materia de la que va a nutrirse la cinta de Sam Mendes, un caleidoscopio de las lápidas, imágenes de muerte y sangre girando en espirales o contornos femeninos sugerentes al son de una canción de Adele queriendo convertirse en la nueva Shirley Bassey ponen al espectador entre el paradisiaco entorno en el que Bond sucumbe a una vida de vicios una vez desaparecidos y la grave situación de crisis que sufre el MI6, cuyo emblemático edificio es foco de un atentado que arrastra a M a la inquisición de un órgano en el que deberá defender su alterado estatus y las decisiones de sus operaciones dentro del centro inteligencia.
El regreso de Bond se convierte en algo personal, en un deber movido por la lealtad y la supervivencia. Desde el comienzo, Bond asume que no es más que un instrumento para combatir el mal, supeditado a un superior al que, en el fondo, le debe todo. Se muestra así el componente esencial de un individuo que, pese a su heroicidad y carisma, despliega un fondo de compasión. ‘Skyfall’ gira en torno a un Bond falible y vulnerable, cuestionándose su inapelable heroísmo, cansado y desencantado con su trabajo y con la sensación de ser un agente arcaico, casi anacrónico, para los nuevos tiempos, como sucedía en las últimas novelas de Fleming, abriendo un nuevo frente para enfrentarse a su culpa y ambivalencia. Es ésa profundización en los miedos y defectos de Bond, la debilidad que va mostrando en sus misiones, lo que más destaca en el guión de Neal Purvis, Robert Wade y John Logan, entroncando el modelo esperado con una oportunidad de explorar el personaje más allá del formulismo, pero sin perder el ritmo, la acción y evitando que el público se anticipe a cada movimiento argumental. Una sutil complejidad emocional capaz de dejar a Bond a un lado para dar preeminencia a la figura de M (de nuevo corporeizada por la estupendísima Judi Dench), que no asume su responsabilidad en los fracasos del MI6 evidencia un cambio considerable.
Dentro del discurso, si algo se subraya desde el primer momento y que será el eje sobre el que orbita constantemente el filme, es su juego de contrastes entre el pasado y presente. M afirma en la película que sus métodos funcionan porque los enemigos del mundo se han movido entre las sombras, es la representación de la vieja escuela geopolítica en contraposición de Mallory (Ralph Fiennes), que ejerce de impoluto presidente de la comisión del servicio de inteligencia dentro del Parlamento y relevo a esa vetusta defensa ideológica de organizaciones como el MI6 o la CIA. También en la improbable secuencia de la National Gallery que presenta a un remodelado Q (Ben Whishaw), más joven y ‘geek’, ajustado a los tiempos que corren, Bond acierta a rebatir a su joven compañero exhortándole que a pesar de que la edad no sea una garantía, la juventud tampoco lo es en cuanto a innovación. Parece que el discurso, en ese sentido, responde a los propósitos de balance entre lo viejo y lo nuevo, por mucho que se enfatice con algunas pinceladas la situación de crisis mundial, la hipocresía política y la incertidumbre quebrantada por los nuevos tiempos que se avecinan.
Por otra parte, el villano, Raoul Silva, es un ‘hacker’ sexualmente ambiguo capaz de poner en jaque a cualquier institución o poder gubernamental que se le antoje con un solo ‘clic’. De ahí que se le haya comparado con Julian Assange, debido a que ambos suponen una amenaza contra la seguridad de los servicios de inteligencia al publicar información confidencial del gobierno a través de Internet. Es el enfrentamiento por parte de Bond a un nuevo modelo de villano actualizado. Él, sin embargo, parece moverse como un agente de campo chapado a la antigua que ironiza en una secuencia de amenaza y seducción por parte de un Javier Bardem que borda un personaje entre lo inquietante y patético, lo perverso y caricaturesco, asustando con una caracterización lograda con la habitual destreza de un intérprete de altos vuelos.
Mendes, por su parte impone en todo momento el clasicismo y elegancia innegable que se le esperaba, exhibiendo un respeto por el legado en su afán por recuperar, dentro de la novedad, guiños a la raigambre más conocida del personaje. No faltan por tanto, una amante exótica hermosa llamada Sévérine (Bérénice Marlohe), que es víctima parte y femme fatale, un plano con martini y vodka “agitado, no revuelto” e incluso la aparición del Aston Martin DB5. Además del clásico de Monty Norman sonando más que en otras entregas recientes.
La excusa ideal para que 007 regrese a sus orígenes, brindando una visión revisionista, pero innovadora. Con ello, Bond viaja al pasado, al lugar de su infancia, de sus recuerdos ocultos, a los orígenes más remotos, insuflando una nueva perspectiva a lo que ha venido siendo la clave de la pugna entre héroe y villano, en una doble disposición de la influencia fuertemente maternal que ejerce M sobre su agente predilecto y a su vez sobre el malvado ‘hacker’, que no es más que un ex agente del MI6 en busca de venganza. Sin embargo, lo que debería ser una épica confrontación entre Caín y Abel, la resolución del complejo edípico entre ambos, la estratosférica pugna entre este par de cachorros hermanados por un mismo objetivo que se muerden en el camino, necesitados de una madre que pueda perdonar sus errores y salvaguardar su redención, desluce lo erigido con una absurda linealidad que cae en la más tremenda decepción.
Incluso el maestro Roger Deakins, brillante en la creación de una estética cambiante a juego con los movimientos de Bond, decae en una operística cromática de colores mostaza producto de una explosión incandescente e interminable que irradia su belleza fotográfica a varios kilómetros de distancia y que ejemplifican un tramo final que termina por difundir la contundencia exhibida en la relativización de sus conclusiones con gran torpeza, echando por tierra todo lo acometido hasta el momento, incluyendo ese imposible giro que transforma de un plumazo a una agente secreto de campo (Naomie Harris) en una secretaria archiconocida de la saga.
Pese a todo, los logros de ‘Skyfall’ definen una cinta que evidencia que estamos ante otro soplo de aire fresco que entronca el mito de Bond dentro de su elocuencia e ingenio, del vibrante y trepidante manejo de la acción, que pone a prueba de bombas a un personaje ahora reconstruido y persuasivamente reinstalado en otros conceptos modernizados de espía al servicio de Su Majestad. Con ello, James Bond tiene vía libre para continuar siendo tan lucrativo y rentable como siempre. La resurrección del mito es un hecho fehaciente. Y que dure por muchos años.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012

lunes, 19 de noviembre de 2012

'Kane', una genial obra incandescente de Paul Grist

A pesar de pertenecer a los años 90, ‘Kane’, una de las obras más reconocidas de su autor, el británico Paul Grist, continúa considerándose como uno de esos referentes a redescubrir en el ámbito del cómic que logró aunar reconocimiento de crítica y público y arrasar en nominaciones y premios dentro de los mejores certámenes del ámbito del cómic (Eisner, Eagle, Professional Comic Awards…). Parece que el tiempo no pasa para un creador que imprimió en esta obra su impronta alejada de todo tipo de convencionalismos, ilustrando y guionizando con personalidad absoluta un complejo juego con la morfología de la narración. ‘Kane’ es una modélica obra donde su grandeza de detallismo se esconde en la sencillez de un trazo que cautiva al lector desde el primer momento, estudiado desde un fin artístico y exteriorizado en la distribución de las viñetas y los contundentes dibujos.
Ubicada en el género policiaco, desde una disposición orientada a sacar partido a las posibilidades del medio tebeístico, Grist construyó una narrativa a través del arte y diseños innovadores que logró impulsar a través de las emociones y las tramas de sus dibujos, con un blanco y negro sin matices, forjando sus virtudes mediante el uso de la página y el espacio en blanco. Su historia se sitúa en el departamento de policía 39 de Nuevo Edén, una ciudad que fuera un paraíso que evocara su nombre, pero que, como todo en este mundo, ha acabado pervirtiéndose y embruteciéndose. El detective Kane regresa al servicio cuestionado por sus compañeros tras una suspensión de medio año después de matar en defensa propia a su ex compañero, Dennis Harvey, al que iba a arrestar por un tema de corrupción. Por si fuera poco, le acaban de asignar a una nueva compañera de fatigas, Kate Felix, junto a la que intentará dar caza al gran capo mafioso de la ciudad, el oscuro Oscar Darke.
Lo que caracteriza a ese Nuevo Edén es que se configura como una orbe delineada dentro de una moral desordenada y confusa, ideal como sustancia de dramas internos y humanizadores, donde Felix, pese a su creencia en la justicia y el honor, nunca ejerce como la voz de la razón ante Kane o el villano puede resultar muy cruel a la vez que humano y piadoso. El cómic amplia su profundidad con ‘flashbacks’ ciertamente solemnes, añadiendo una modélica diversidad de puntos de vista integrados como parte de la narrativa más allá de la intención del autor, sin recurrir a un solo diálogo en algunos de sus capítulos, asumiendo alteraciones argumentales deliberadas para alcanzar el realismo necesario tanto en la rutina policial como en las espectaculares persecuciones. A Grist le encanta salpicar sus viñetas con frases de ambigüedad y dobles sentidos para que el lector intuya que la criminalidad y la defensa de la ley encubren dudosas motivaciones. ‘Kane’ no necesita circunloquios ni explicaciones visuales para dar entender qué está pasando, tampoco inferir con recalcados en ese fondo metafórico alusivo a la Biblia o a la hora de referenciar y aportar ofrendas o parodias a estereotipos del género.
No es necesario que surjan nombres como David Lapham o Frank Miller a la hora buscar comparativas en sus reminiscencias del ‘noir’, enfundadas en la ironía que no deja vislumbrar esa pesadumbre que mantienen todos los personajes de la historia, permitiéndose incluso acercarse a la parodia. Por tanto, ‘Kane’ es una impredecible y enérgica obra, capaz de articular un lenguaje idiosincrático que expone del mismo modo las hazañas de este peculiar agente de la ley a la vez que las de un improbable Sr. Flopssie Whopssie, un ladrón disfrazado de conejo que no soporta que le comparen con Bugs Bunny. Se trata de un cómic policial extraordinario, una cumbre en su género que rezuma libertad por todos sus flancos con su sorprendente y fascinante habilidad dentro de un medio entregado a la mecánica visual con grandes planos generales únicos y habilidosas fragmentaciones llenas de matices.
Una genialidad que no hay que perderse.

viernes, 9 de noviembre de 2012

'It's alright', de Call Me John: el videoclip

Continuando el post anterior, en la noche de ayer tuvo lugar la presentación del videoclip ‘It’s alright’, de Call Me John. El mítico Bar Ciao se llenó de amigos y gente con ganas de divertirse con este estreno que fue acompañado con un estupendo concierto acústico que se marcó un grupo destinado a hacer grandes cosas en el mundo de la música. Tocaron temas inéditos, bebimos cerveza, reímos, desfasamos, vimos el vídeo varias veces y la fraternidad se consolidó en una perfecta consumación de esos factores que convierten la diversión nocturna en algo mítico. Incluso me permití el dudoso lujo de acompañarles al micrófono cuando cantaron la canción del videoclip tras una encerrona que me fue devuelta de esta forma tan maravillosa.
Fue una noche para el recuerdo, aunque parte de ella, se diluyera con los efluvios de la felicidad y la cerveza. La diversión, ese término clave que circunscribe el espíritu libre del videoclip, fue la protagonista de esta velada memorable en la que el genial Ángel Zamanillo “Zama” hizo que esta presentación fuera posible con su generosidad eterna. Tanto los miembros del grupo, Luis, Luzia, Mario, Manu y Jose como yo mismo agradecemos a toda esa gente que se acercó a compartir este acontecimiento con nosotros, así como a los que han participado en el proceso creativo del videoclip y también los que habéis dado muestras de apoyo a través de las redes sociales.
Sin más… aquí os dejo el resultado de todo esto. Disfrutadlo y compartirlo.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Mi primer videoclip: 'It's alright', de Call Me John

Desde siempre he querido dirigir un videoclip. Para alguien que adora el medio audiovisual y se mete en este tipo de aventura de riesgo que es dirigir es una deuda que hay que saldar antes o después. Sobre todo si la música también forma parte de la filia constante y nutre tanto la creatividad como el desafío formativo. Me había encontrado con bandas de diversos estilos y géneros que me habían preguntado de vez en cuando si me apetecía que dirigiera algún videoclip para ellos. No se encontró ni el momento ni la conciliación para llevarlo a cabo. En ocasiones, porque no me identificaba con la esencia del grupo en concreto o no reunían la calidad suficiente para embarcarme en el proyecto y en otras, simplemente, por imposibilidad de fechas o diversas circunstancias.
A los chicos de Call Me John los conocía hace tiempo, de compartir cervezas, partidas de futbolín y charlas de todo tipo de las noches comunes en ese templo de la diversión y la dipsomanía lúdica salmantina que representa el bienquerido Bar Paniagua, local al que llevo yendo desde hace más de dos décadas. El conocimiento de su grupo llegó de forma posterior. Viven en Salamanca porque han estudiado en la universidad; tres de ellos medicina, otro farmacia y el último ciencias económicas. Luis, Luzia, Mario y Jose son portugueses. Manu, de Logroño. Se conocieron a través de la música y decidieron formar uno de los conjuntos más prometedores del panorama musical nacional. Es así de simple. Son todos muy majos y entrañables. Se hacen querer casi de inmediato. La empatía estaba establecida.
Sin embargo, cuando escuché su primer (y hasta el momento único) disco ‘Little Show’, quedé enganchado al estilo diverso de la banda. No es extraño que fuera designado como mejor LP de 2011 en Castilla-León por la conocida revista MondoSonoro. Un grupo circunscrito al rock alternativo, que podría incluirse al mal delimitado estilo llamado garaje rock y que suena creando adicción. Su música se mueve entre sonidos ‘lo-fi’ muy frescos y desbordantes de energía con una fusión y mezcla de cadencias, cambios de tiempos, tonalidades y acordes, como muestra de una música fresca y directa, con letras llenas de contenido vital. Pero si por algo se caracterizan es por ofrecer unos increíbles y potentes shows en directo, donde despliegan la esencia de un grupo con un futuro más que prometedor.
Cuando me dijeron que si quería hacer un video con ellos, no lo dudé ni un instante. Acepté de inmediato, sabiendo que podíamos crear algo muy divertido y atrevido. Al menos, tanto como sus canciones. Tras varios encuentros que acabaron en profusión de cerveza, conocimiento mutuo y que aprovechamos para forjar una sólida amistad, fuimos delimitando, primero la canción que rodaríamos y segundo un ‘brain storming’ de concepciones locas y enfurecidas sobre lo que describir y narrar en la minúscula historia de fondo de ese ‘It’s alright’ seleccionado, una canción que apenas llega a los dos minutos de duración. El espacio de rodaje sería un regalo caído del cielo y cúmulo de providencias, ya que, precisamente, el escenario sería el bar Paniagua, junto a amigos y clientes habituales que aceptaron sucumbir a la dirección de este enloquecido servidor. “¿Y de qué irá el video?”, me preguntaron en varias ocasiones. “Muy fácil”, contesté, “una sola palabra: DIVERSIÓN”.
El rodaje de la pieza musical tuvo lugar el pasado mes de julio, logrando congregar a multitud de personas que participaron en el clip. Y eso hicimos. Divertirnos. A la vez que íbamos metiéndonos dentro de la tónica propia de la fiesta nocturna local, conferimos al espíritu de la grabación todo aquello que se hace cuando uno disfruta y se lo pasa como nunca. Puedo asegurar que jamás había disfrutado, me había reído y había bebido tanta cerveza trabajando en un proyecto audiovisual. El enfoque lúdico tan arraigado a las noches salvajes de esta ciudad tienen su punto de encuentro en un ambiente de fiesta que se transmite desde dentro y desde fuera de un videoclip que contó con un equipo técnico en el que destaca mi amigo del alma y hermano, el gran cineasta Iván Sáinz-Pardo, que vino desde Munich a no perderse el evento y currar hombro con hombro y echar una mano y el fotógrafo charro Hernán Martín (presidente de AFOSAL y responsable de la foto fija y making of de ‘3665’), que tampoco quiso perderse la oportunidad de participar en él.
La espera ha acabado. Hoy se presenta ‘It’s alright’. Y lo hace en otro clásico de la noche salmantina, el Bar Ciao (Calle Consuelo, 6), arropados por el gran Zama, a partir de las 21:30, donde además de tener lugar la presentación de este trabajo, Call Me John brindará un espectacular concierto acústico a los asistentes de la presentación de este su nuevo videoclip. La entrada será libre hasta completar aforo.
Estamos seguros de que lo vamos a petar… ¿A qué esperáis? ¿Os lo vais a perder?

miércoles, 31 de octubre de 2012

Especial 'La noche de Halloween', de John Carpenter

La noche del psicópata de Haddonfield
Ya en los años 70, cuando el ‘glam’ se apoderó de los Estados Unidos y el cine porno hacía sus primeros pinitos comerciales (hermanado de alguna forma al cine de serie B en varios de sus aspectos más fundamentales), una nueva y potente hornada de directores y productores se hicieron con un hueco en un mercado internacional que les otorgaría un aura de inteligencia y rentabilidad gracias a la explotación de terrenos que hasta entonces el cine había considerado tabúes. Esta generación de cineastas creció entre cómics, el descubrimiento de la televisión y las eternas películas de bajo presupuesto (primordialmente de ciencia-ficción y de terror), tan comunes y beneficiosas en los años de posguerra. Películas que se convertirían en el génesis de la creatividad de directores como Steven Spielberg, Joe Dante, George Lucas, Tobe Hooper, Brian De Palma, John Landis, Larry Cohen... Cintas de presupuesto y medios exiguos, pero inmensas en imaginación y en intenciones de transgredir lo impuesto, para ofrecer nuevas y arriesgadas ópticas en los diversos géneros que se acometían.
Toda aquella influencia amalgamada con nuevas técnicas e inquietudes abrieron la imaginación hasta extremos anteriormente desconocidos que, sorprendentemente, eran igual de atractivos tanto para los adultos nostálgicos que vivieron aquella etapa imperecedera, como para los adolescentes más avispados con ganas de ver películas disolutas. Muchos de ellos lograron la gloria comercial. Algunos tuvieron su momento efímero, pero imborrable... Otros, empero, se han mantenido constantes en la serie B, intentando dar el salto de vez en cuando a las grandes producciones, dependiendo de la desconfianza o confianza de los peces gordos de Hollywood. Sin embargo, sólo uno de ellos se logró mantenerse en un término medio, apostando por un cine personal, consolidándose poco a poco como un mito, fraguando una filmografía tan sincera y honesta como reivindicativa. Su nombre, cómo no: John Carpenter.
La génesis del ‘psycho-killer’
Todos conocemos a estas alturas al célebre Ed Gein, el asesino en serie que sirvió, entre muchos otros, como fuente de inspiración a Robert Bloch en ‘Psicosis’ o de exacto patrón del Buffalo Bill de ‘El silencio de los corderos’ y que acuñó el término hoy conocido como ‘psycho-killer’. Sigue siendo extraño que un asesino patógeno y espeluznante haya supuesto para la cultura norteamericana un icono de modernismo referencial a la hora de inspirar los asesinos de la literatura de suspense o del cine. El germen de ‘La noche de Halloween’ no se encuentra tanto en la evocación que encuentra el asesino Michael Myers hacia Gein, sino en la idea de hacer pasar miedo al público con el modelo que siguieron adorados cineastas de culto como Herschell G. Lewis, Tobe Hooper o Wes Craven en sus clásicos del cine ‘gore’.
Era el momento adecuado para realizar una cinta de terror, los jóvenes norteamericanos estaban en plena revolución cultural y sexual y la ‘slasher movie’ era el ingrediente que buscaban los productores y el público en una sala de cine. Fue entonces cuando el productor Irwin Yablans sugirió a Carpenter rodar una película de terror de serie B sobre un psicópata que asesinara ‘babysitters’. Carpenter, ávido de nuevas fórmulas en su afán de hacer cine y en su constante afición por el cine de terror, puso su maquinaria en marcha, esta vez en colaboración con la que se establecería como inseparable pareja artística, Debra Hill, con la que escribió un sorprendente proyecto en tan sólo diez días de trabajo conjunto.
‘La noche de Halloween’ tenía un argumento simple y básico, sin grandes complicaciones. Una historia que, a pesar de su pureza, resultaba aterradora. La misteriosa y popular noche de Halloween en el tranquilo barrio suburbial de Haddonfield, Illinois, donde la multitudinaria celebración norteamericana se teñía de sangre con la aparición de un desequilibrado llamado Michael Myers, un neurótico precoz que se escapa del psiquiátrico, continuando la masacre que comenzara él mismo día 15 años atrás cuando, en un arrebato de locura infantil, asesinara brutalmente a su hermana. Este argumento formulario ya había tenido sus antecesoras en inolvidables clásicos ‘Blood Feast’, ‘La matanza de Texas’ o ‘La última casa a la izquierda’, como enunciación de la abrupta irrupción del mal en la rutina cotidiana, sin embargo, la película de Carpenter era la primera que conseguía una estética que fusionaba el suspense más ‘hitchcockiano’ con la vena ‘gore’ que estaba de moda por aquellos años; inolvidable es la secuencia inicial, con la vista subjetiva de Myers mirando a través de una máscara de carnaval, los tres asesinatos posteriores o la del clímax final con acoso en el armario al personaje de una jovencísima Jamie Lee Curtis.
Una excepcional obra fundacional
El filme de Carpenter simboliza una película de carácter fundacional, que atribuía sus intenciones a un halo de posmodernidad no buscado, en el que su axioma sangriento se va licuando por su perfecto sistema de coordenadas y métodos del análisis intencional y fílmico que propone Carpenter, en el que la exploración del suspense y la insinuación se superpone a lo explícito. Tal vez ahí es donde la recreación narrativa del cineasta aporte su mejor y más reconocible estilo, armonizado en el tiempo de prórroga y expectación, donde los puntos de vista cambian según se adapten a la atmósfera y a la cadencia fílmica impuesta por su creador. Carpenter lo condiciona también a la escenificación, a la música o la gran aportación fotográfica de Dean Cundey. ‘La noche de Halloween’ sabe sacar partido a la incertidumbre provocada por la prolongación de algunos instantes en los que juega con los clímax hasta lograr la inquietud y el recelo, haciendo que lo evidente pase a una esfera de abandono, proponiendo que incluso el espectador se meta en la piel del asesino de forma velada y malintencionada para crear un sentimiento de agobio casi metalingüístico.
El filme encuentra asimismo varios puntos de crítica contra la sociedad del momento, con un sedimento acusador hacia varios elementos del país en aquellos tumultuosos años, como la desaprobación y censura general a tanta libertad sexual en la juventud sedienta de experiencias iniciáticas, la inacción del momento, simbolizada en esos vecinos que ignoran a Laurie, herida y atacada por Myers, cuando ésta acude a llamar muerta a su puerta que remite al caso real de Kitty Genovese, una mujer de Nueva York apuñalada hasta la muerte cerca de su casa en Kew Gardens ante la pasividad de sus vecinos, que contemplaron el espeluznante caso sin mover un solo dedo, lo que provocaría el llamado “efecto espectador”. También hay una invectiva velada a la tecnología en el hecho de que una de las víctimas de Myers muera estrangulada con un cable de teléfono… Carpenter y Hill tenían una idea clara: mostrar a ese asesino como una creación de la sociedad que se vuelve contra ella.
‘La noche de Halloween’ se rodó a mediados de 1978 de forma fulminante, acabándose en sólo mes y medio (incluida post-producción). Durante el rodaje ningún miembro del equipo técnico cobró, excepto Donald Pleasance, que ya que tenía un reconocido caché debido a sus apariciones en películas importantes, casi siempre en papeles secundarios. Había una eufórica sensación común que devino en actitud esperanzadora. Todos intuían que su Halloween fuera un éxito en taquilla. Nada más lejos de la realidad. Cuando se estrenó, fue un rotundo fracaso. Todos los miembros del equipo, con Carpenter a la cabeza, se llevaron la mayor decepción de su vida. Las esperanzas puestas en una película generada para las generaciones de adolescentes sedientos de sangre en la pantalla no se consolidaron en absoluto.
El cineasta y la productora dieron por perdido un proyecto en el que habían puesto lo mejor de sí mismos. Pero, incomprensiblemente, cuando se reestrenó al año posterior, coincidiendo con la noche del 31 de octubre, festividad de Halloween, el público acudió en masa a presenciar la obra que lanzaría internacionalmente a su director. Y no sólo eso, sino que, además, la película de Carpenter se convertiría en la cinta independiente más rentable y taquillera de la historia del cine, levantando una auténtica fiebre en todo el país.
Un icono llamado Michael Myers
También pasó a los fastos cinematográficos por ser la precursora de toda una generación de perdurables ‘psycho-killers’, cuyos creadores vieron en Myers un progenitor y modelo de psicópatas como Jason Voorhes, Freddy Krueger, Pinhead, Candyman o Ghost Face... Myers pasaría a ser de dominio colectivo, plagiado hasta la extenuación. ‘La noche de Halloween’ se mostraba al espectador como una estilizada muestra de sofisticación, de acabado perfecto y con un dominio de cada aspecto formal que concedía a esta sublime obra el privilegio de ser una de las pocas películas que lograban un objetivo hoy inalcanzable: el terror como sensación de la que no se puede escapar.
La construcción de la atmósfera, el ritmo narrativo con la dosificación perfecta de las apariciones (muchas de ellas subjetivas) del asesino del barrio, su inclinación hacia una violencia apenas sangrienta, pero filmada con contundencia o esa respiración ahogada y constante son algunos de los elementos que invocan a una película que, con los años, ha ido configurándose como un clásico a la vez que ha adquirido cierta inocencia debido al automatismo violento al que el público actual está acostumbrado. De alguna forma, Carpenter estableció con ‘La noche de Halloween’ los tópicos y clichés del cine subsecuente, estructurando las particularidades del cine de terror venidero, donde el susto, la conmoción marcada por un ‘score’ inmediato y pegadizo o la emoción contextual llena de texturas y miedo atávico formularon algunas de las virtudes de este clásico del género.
En ‘Halloween’ el mencionado Donald Pleasance que encarnaba al Dr. Loomis, un personaje adyacente al profesor Van Helsing de Bram Stoker y homenaje declarado al personaje de John Gavin en ‘Psicosis’ y la estupendísima Jamie Lee Curtis como la joven estudiante Laurie Strode son el eje fundamental en la lucha por la supervivencia contra el asesino sin escrúpulos. Con un ‘tempo’ unitario (todo transcurre en la citada noche), los violentos y estudiados planos y la calmada dimensión estética se rompían con la mala hostia de las secuencias cumbres en la que todo está tan afilado. Uno de los aspectos más sobresalientes del filme fue, como casi siempre, la música compuesta por el propio Carpenter, que le confirió a la totalidad del filme un característico ‘leitmotiv’ imposible de olvidar. ‘La noche de Halloween’ ganó el Gran Premio del festival fantástico de París, así como el del prestigioso festival de Avoriaz.
Una obra de culto y un clásico a la altura de cualquier obra maestra de cualquier otro género y que es una de las películas más recordadas y entrañables de este perspicaz cineasta. Carpenter se convirtió, por méritos propios, en cineasta de culto gracias a la película que marcó una era en el género de terror y en gran medida, la carrera del propio director. ‘La noche de Halloween’ no es una película ‘splatter’, como algunos han querido ver, pero sí origen de una retahíla de títulos genéricos que han pasado con letras de oro a la historia del cine ‘gore’, pero sobre todo a la genealogía de la ‘slasher movie’, donde sigue siendo una referencia inevitable.

viernes, 26 de octubre de 2012

PES 2013: La falta de respeto de Konami

Hace más de un mes desde que saliera el esperado PES 2013. Las expectativas eran altas, puesto que la Demo aparecida allá por julio hacia presagiar algunas de las mejoras más necesarias en esa espiral de incremento hacia un juego total que la empresa asiática de Seabass ha ido imponiendo por mantener su sello e idiosincrasia. La verdad es que las mejoras han sido evidentes sobre su antecesor. Las avances de movimientos, su jugabilidad, la IA interna, los desmarques del jugador sin balón, el realismo de los pases, las oscilaciones estratégicas, la incorporación de estadios reales de toda la BBVA y parte de otras ligas internacionales, el afinamiento de imperfecciones relacionadas con el portero o la física de un balón totalmente análogo a la realidad… no representan los alicientes necesarios para hablar bien del juego.
¿Podríamos haber asegurado que este PES 2013 es el mejor de su generación? Podríamos, sí. Es más, lanzando argumentos y analizando con detalle todos estos adelantos. No va a ser así ¿Qué ha sucedido? Konami, siempre tendente a incluir alguna chapuza en sus lanzamientos globales, este año ha incurrido en una terrible negligencia que ha cabreado hasta el insulto a gran parte de los habituales defensores del juego. Obstinados en sus mejoras online, en facilitar todo tipo de accesibilidad a los que juegan entre ellos de forma alienada dentro de la Red, no ha tenido en cuenta a los miles de jugadores que aplican este juego para su ocio colectivo compartido. Todos sus esfuerzos se concentran en mejorar la experiencia de juego en línea en una de las peores decisiones perpetradas en la peor estrategia comercial vista nunca en Konami.
Es decir, que todos aquellos que quedamos habitualmente para jugar con familiares y amigos nos hemos llevado la decepción más absoluta cuando descubrimos que los lumbreras de Konami han extirpado sin aviso las opciones Liga y, sobre todo, Comunidad, que impide jugar Copas y Ligas mano a mano con alguien que no sea virtual a tu lado, compartiendo una cerveza, echando unas risas, visualizando estadísticas, derrotas y victorias, goles, etc… Los nuevos tiempos imponen un juego de frialdad absoluta contra rivales sin rostro. Y para colmo, crean MyPES, una aplicación de Facebook que permite analizar resultados y competir con amigos en un ránking particular ¿Qué demonios es esta parida? Es el futuro que nos espera. La muerte de la interacción en este tipo de pasatiempos. Es lo que fomenta un juego que está haciendo que los valedores de su sistema y características estén optando por abrazar el juego estrella de la competencia. El simulador de fútbol es el mejor, vale. Pero… ¿para qué cojones queremos un juego que no vamos a poder compartir con nuestros amigos? ¿Es ésta vuestra oferta?
Se considera, por tanto, muy lamentable esta acción. Tanto es así como muchos no dudan en referirse a ella como un fraude que ha supuesto este imprevisto para aquellos que se han dado de bruces con esta decisión que, por ahora (y sin perspectivas de cambio), no tiene solución. Miles de usuarios se sienten estafados por la actitud irresolutiva de unos responsables que, sin tener mucha idea de lo que representa lo colectivo y lo grupal y de lo que suponen este tipo de juegos, han infringido la peor de las incurias: se han reído en la cara de todos aquellos fieles que, lógicamente, consideran que ya va siendo un cambio cambiar de aires. Cuando mejor lo tenían para solidificar su posición como líderes dentro de los simuladores de fútbol, cuando PES abría una línea de progreso espléndida, prefieren hacerse el harakiri y despreciar a los jugadores. Si no hay solución inmediata, Konami habrá terminado de perder el respeto a sus compradores y pasará a sufrir el enfado de millones de usuarios que no volverán a confiar en el adictivo juego que detuvo su evolución por una solución absurda, mal pensada y peor ejecutada.
Este año, PES 2013 simboliza la desilusión y la contrariedad de los que siempre les hemos respaldado. Esto se acabó. La esperanza queda puesta en la marca de juegos deportivos 2K Games… ¿A qué esperáis para haceros con este mercado? Las alternativas son volátiles y, a la vista, bastante mediocres. Es el momento de llevaros todo el pastel de los juegos de fútbol.
Konami parece que lo está deseando.

martes, 23 de octubre de 2012

Review 'Lo imposible (The Impossible)', de J.A. Bayona

El emotivo equilibrio entre catastrofismo e historia familiar
La historia de supervivencia de J.A. Bayona consigue conmover con una experiencia concreta dentro del descomunal sufrimiento que provocó el tsunami que azotó Asia en 2004.
J.A. Bayona ha conseguido con ‘Lo imposible’ un récord absoluto de taquilla en sus primeros días de exhibición en nuestro país. Su maquinaria comercial encomiable y patrocinio ejemplar de mercadotecnia estudiada han dado como consecuencia el fenómeno de masas que está suponiendo la segunda cinta dirigida por el cineasta catalán. Todo un paradigma de operatividad consecuente de lo que debería ser la normalidad dentro de nuestro cine. La realidad es bien distinta, pese a que a final de temporada la estratosférica recaudación del filme deje unos números que hagan albergar algún tipo de expectación respecto a la salubridad del cine patrio.
El 25 de diciembre de 2004 un catastrófico tsunami asoló las zonas inmediatas a Indonesia, Tailandia y la costa noroeste de Malasia dejando más de 300.000 personas muertas y otras tantas de miles desaparecidas. Esta tragedia es el objetivo de ‘Lo imposible’. A través de la adaptación a la ficción de los acontecimientos que rodearon a la familia española Álvarez Belón, supervivientes reales del tsunami, se traslada a la gran pantalla su terrible experiencia mediante otra familia modélica, compuesta por un británico empresario, su esposa y sus tres hijos pequeños para dar arranque a la acción con la llegada a una urbanización de bungalows de lujo en Khao Lak, en Tailandia, sin faltar algunos recalcados de idoneidad con los que se esculpe la cercanía e identificación con cada uno de ellos. Todo es idílico; la relación entre los padres, la educación de sus hijos, una Nochebuena con globos de luz en la nocturnidad de una playa paradisíaca y un despertar en el que Santa Claus deja regalos para todos… hasta la llegada del terror, de la ola que marcará sus vidas para siempre.
De repente, el espectador se sumerge con los protagonistas dentro de la inclemencia de una situación que impone su lógica realidad con una impoluta dramatización de los eventos, con una inclinación minimalista, sin perder la austeridad ni ejercer aspavientos grandilocuentes ni espectáculos innecesarios. Mediante unos efectos a medio camino entre realidad reconstruida y el CGI de altísimo nivel que podría calificarse como proeza técnica, la ola que se come literalmente a todo lo que desfila por la pantalla y desaparece bajo un poder recreado con tintes de terror análogo a lo que es un movimiento sísmico de esta magnitud ejerce tal fascinación y angustia, arrastra al público la narración posterior de este impresionante golpe de efecto.
‘Lo imposible’ comienza su periplo como una película de catástrofes donde los hiperbólicos desastres se dan cita interrumpiendo de forma devastadora un paraje y una situación placentera que aboga por diseccionar esas imágenes de destrucción en un primer tramo de absoluto deslumbramiento visual. La abrumadora verosimilitud está mostrada con destreza a la hora de implicar al espectador dentro de ese terrorífico suspense cuidadosamente diseñado, sin ahorrar detalles ni pensar en el ojo aprensivo, como esa pierna de la que cuelga un enorme trozo de carne que culmina el terror absoluto que ha provocado la sensación de ahogamiento hasta mostrar el caos que espera en la superficie y que seguirá sucediéndose con varios instantes de realismo riguroso e incómodo.
Bayona orquesta con ello una narrativa puesta al servicio de un constante vendaval de imágenes y sensaciones sentimentales que van y vienen, que golpean y arrastran a una maraña de ramas y detritus que serán la esencia y resorte de la acción y del drama. Una vez pasado ese mal trago en el que destaca la admirable utilización del sonido como elemento radical de la conmoción, tanto al cineasta como a su guionista, Sergio G. Sánchez, lo que les interesa es que, más allá del horror natural, de la catástrofe de ese infierno real, la consecución y vivencias se transmitan desde la perspectiva de los ojos infantiles de un niño que experimenta el final de una infancia abortada por la fortaleza que emerge desde el mismo fango de la pesadilla.
Es lo que deja en un prisma opaco, de forma intencional, del descomunal sufrimiento de los oriundos de las zonas afectadas y demás víctimas, porque ‘Lo imposible’ habla de una experiencia concreta, a partir de la historia de supervivencia de una familia diseccionada por el tsunami destinada a sufrir para reencontrarse. No obstante, se atribuyen ciertos valores metafóricos respecto a la maternidad, la unidad familiar frente al desastre, a la muerte y la diatriba psicológica y física que golpea a los protagonistas en esa constante búsqueda que pretende remover el sentimentalismo del público entre hospitales atestados de heridos, légamos con olor a muerte y refugios improvisados.
La grandeza de una fantástica dirección a cargo de Bayona no queda exenta de cierta manipulación emocional, de intercambios melodramáticos, interludios dolorosos y cierto juego sentimental con algún pasaje ligeramente insostenible que se van dando progresivamente en esta aventura de compasiones, desconsuelos, encuentros y desencuentros con una intención comercial característica del ‘blockbuster’ que representa. A cambio, el director sabe sutilizar el tremendismo, sujetando los atisbos de sensiblería a los mecanismos del drama que vincula la tragedia con el relato, nunca al revés.
Ni siquiera cuando toca ofrecer una lección sobre la elevación del sacrificio del ser humano, cuando se trata de ponerse en la piel de otros en momentos de desesperación y más aflora el sentimiento de solidaridad y el sentido de humanidad, sabe acercarse con delicadeza a una simple llamada de teléfono como catarsis del dolor o a un niño gritando nombres entre camas sumidas de tragedia que encuentra la recompensa de un encuentro, como el desencadenante de un regusto agridulce en su clímax, tan complaciente como traumático en un futuro a largo plazo, lo que invalida el ‘happy end’ con ese último plano de la zona afectada y desolada por la fatalidad.
Y es precisamente la relación de equilibrio entre lo monstruoso de la catástrofe colectiva y la pequeña historia familiar con tono de ‘tearjerker’ (película de kleenex y lágrima viva), lo que consigue que el drama de esa separación e incertidumbre de la lejanía que sufre la familia entre sí confiera a la narración, a priori previsible, un incremento del dolor de la ausencia, del temor a la pérdida que ahoga las esperanzas de los integrantes de una estirpe sin llegue a verse afectado por el exceso, aunque dependa de él para lograr sus propósitos en todos los sentidos.
‘Lo imposible’ está ejecutada con un inmutable sentido del propósito, buscando desde el primer instante que el sufrimiento desesperado descubra su éxtasis lacrimógeno en la fuerza irrefutable del emotivo e imposible reencuentro bajo las circunstancias de concomitancias expuestas. En ése sentido, la película de Bayona es una cinta convertida en una experiencia en sí misma, que incluso escapa a cualquier discurso existencialista (a excepción del sobrante cameo de Geraldine Chaplin y su teoría estelar), al estipular el fondo del destino a la crudeza de la suerte como factor desencadenante de la historia, la misma que deja a Dios o cualquier planteamiento pseudoteológico de la providencia (que hubiera sido lo fácil) sepultados junto a los miles de muertos que quedan bajo el horror del tsunami.
Desgarradoramente actuada por parte de una poderosa Naomi Watts o el gran factor de ensamble de los personajes en que se convierte el joven Tom Holland, junto a los demás intérpretes que dan vida a los miembros de la familia encabezados por Ewan McGregor, marcan un tono de intensidad a la hora de mostrar la capacidad para sobrevivir a los desafíos físicos extremos. Una película que vehicula sus intenciones estéticas a través de la estupenda fotografía de Oscar Faura, la fuerza musical (a veces con exceso de subrayado dramático) de Fernando Velázquez y la prodigiosa dirección de producción, como atributos necesarios para que la vivencia cinematográfica resulte conmovedora e impactante. ‘Lo imposible’ consigue que el público se vuelque con las emociones a flor de piel en un cuento de supervivencia tan hábilmente conducido hasta los objetivos comerciales de unos responsables que pueden sentirse orgullosos de haber creado una película única.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012

lunes, 15 de octubre de 2012

El metafórico salto de Baumgartner

Ayer a las 20:05 el mundo que seguía a Felix Baumgartner en su enloquecido desafío de batir varios récords en un salto al vacío desde una distancia descomedida y estratosférica mantuvo la respiración antes de verle caer a ese caos que llamamos mundo. A más de 39.000 metros de altura todo debe parecer minúsculo. Logró rebasar la barrera del sonido sin propulsión a una velocidad de 1.341,9 kilómetros por hora. Bajo la atenta mirada de millones de personas que siguieron la gesta épica en directo a través de televisión y sobre todo Internet, el paracaidista austríaco logró aunar la atención de la tarde del domingo en una temeraria pugna contra los elementos amparada por la marca de bebida que te pone a cien con el antisalubre efecto de la taurina: Red Bull Stratos.
Joseph Kittinger, un ex capitán de las fuerzas aéreas que en 1960 también se arrojó desde una altura de 31.000 metros, iba instruyendo a Baumgartner, consciente de la dificultad del reto. La intrepidez alcanzó cotas de tensión dignas del suspense de una película de ficción, destacando el instante en que la escotilla se abrió dejando ver el espacio exterior y cómo la cápsula se tambaleaba antes de producirse el salto. Esos segundos de reflexión ante la atónita mirada del espectador, que había esperado dos horas y treinta y seis minutos, llegó a su culmen cuando vio cómo el cuerpo del paracaidista caer a la nada haciendo de la hazaña una realidad.
Fueron cuatro minutos y treinta y diecinueve segundos de caída en los que vimos durante unos segundos al heroico insensato dar vueltas sobre sí mismo como si fuera un muñeco. Kittinger lanzaba una súplica que dejó al mundo en vilo “sigue hablando”, repitió un par de veces. De repente, Baumgartner se convirtió en una metáfora del mundo que le veía, de la economía que ahoga a los débiles, de los problemas contra los que luchan aquellos que son tan volubles como él en esos instantes de pánico en los que ha reconocido que estuvo a punto de perder el conocimiento.
Felizmente, logró reconducir su cuerpo y estabilizarse antes de abrir el paracaídas que le depositaría en tierra firma sano y salvo, consciente de que, por un día, era la persona más popular del planeta consiguiendo saltar desde el escalón más alto del mundo. Esperemos que los tiempos procelosos que nos amenazan y ahogan sigan el mismo camino de éxito y propósito cumplido que el de este obstinado saltador, porque a decir verdad, ahora mismo estamos cayendo de forma similar, pero sin ayuda de patrocinadores, sin seguridad médica y lo que es peor, sin paracaídas.

martes, 9 de octubre de 2012

Imfdb (The Internation Movie Firearms DataBase): arsenal de armas cinematográficas

Hay cierto tipo de gente que cuando ve una película no se fija en la sutileza del movimiento de cámara, la intención del encuadre o de la utilización de la fotografía para subrayar un propósito narrativo. Todo el arte queda en un segundo plano. Muy menudo, surge esa tipología de espectador que se obsesiona por descubrir fallos de ‘raccord’, objetos que aparecen y desaparecen, de reflejos o vestuario cambiante. En las películas es normal que se den anacronismos o saltos de continuidad de montaje, pequeñas sutilezas imperceptibles para el ojo de cualquier espectador, pero que sirven para dejar en evidencia las dotes minuciosas de un director y su ‘script’.
No obstante, hay una categoría dentro de ése público con morbidez detallista que llama la atención de entre todas las demás. En estados Unidos todo ciudadano yanqui posee el derecho de tenencia, uso y transporte de armas de fuego para su utilización deportiva, como método de defensa e incluso con cariz cinegético. La controvertida libertad que se deja 9.500 víctimas al año por arma de fuego no es óbice para que el mundo de las armas de fuego continúe siendo un universo tan atractivo como peligroso.
El caso es que hay peña obsesivamente convulsiva que adora este inframundo armamentístico de halo tan atractivo y heterogéneo con olor a pólvora. El cine se encargado, en gran parte, de divinizar ese halo seductor y perverso que convoca un arma en pantalla, casi imprescindible en determinados géneros en los que la violencia de disparo, una amenaza o un tiroteo se hace indispensable. Existe en la red una página imperativa para todo aquellos para los que las armas de fuego convoquen una devoción apasionada. La atracción por este extensísimo catálogo de armas de repetición, semiautomáticas y automáticas que incluye una lista insondable de calibres, balas, alcance y cadencia, milímetros, cargadores, ocultaciones, funcionalidades, antiguayas o de última moda técnica y militar… tiene su cúlmen en ese santuario llamado Imfdb (The Internation Movie Firearms DataBase), una antológica recopilación de armas de fuego en el cine.
Dentro de este site, podemos pasarnos horas buscando fichas de películas que recogen todos y cada uno de los modelos de armas que aparecen en ellas, puntualizando el instante exacto del filme en que se ve el arma en forma de captura a máxima resolución, con una relación descriptiva del modelo y las características de cada una. La web identifica cualquier pistola, fúsil de asalto y de precisión, minas antipersona, UBGL, ametralladora ligera, lanzacohetes, granadas de mano, lanzamisiles… Todo un universo sugerente y meticuloso que provocará que en las conversaciones cinéfilas, más allá de intenciones estéticas o argumentales y críticas baladíes, uno pueda apostillar con precisión que en tal o cual filme uno de los personajes dispara con un M4, un Browning, un FN FAL, un Thumper, un Sturmgewehr 44, un M24 SWS con la mítica Beretta 92F, una Smith & Wesson 64 o una Glock 17.
Un submundo apasionante que crea adicción y filia.